Una noche cualquiera

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Sólo estuve hablando con ella, y eso no es serle infiel a nadie; sólo por quedar una noche en ese pub de la luz azul en la puerta. Es verdad que dejé a mi mujer en casa, pero después de once años de casados y ni una sola vez…

Le dije que iba a llegar tarde por una reunión en el trabajo. Claro que era mentira, pero mi mujer no iba a entender que tuviera ganas de charlar un rato con la secretaria, sobre todo porque iba a preguntarme, seguro, cómo es, y yo no tenía ganas de decirle que es pelirroja, parece que con ese dato lo demás se da por hecho. Yo sólo quería tomar una copa con ella y hablar un rato, solamente un rato. La conversación se alargó hasta las dos de la madrugada y la pelirroja, que se llama Sara, estuvo coqueteando conmigo y yo con ella, aunque no más de lo normal, lo que es de rigor entre dos personas que trabajan juntas desde hace un año y comparten el mismo espacio.

Me sentía a gusto allí, en un local de la calle Balmes al que no volvía desde que tenía veintidós años. Se lo conté (ella no mencionó lo que yo ya sabía, que justo tenía veintidós años), y pensé que no iba a empezar a explicar lo joven que me casé, lo del crío y todo eso. No, empecé a contarle lo que me gustaba hacer antes de ponerme a trabajar en serio, antes de tener que tomarme la vida en serio. Le conté que había escrito algunos cuentos que no estaban mal y que nunca había tenido el coraje de intentar publicar. Le dije lo que ya no le recuerdo nunca a mi mujer, desde el día en que se echó a reír diciéndome que si fuera un escritor de verdad hubiera seguido escribiendo. Aquel día, hace varios años, tuvimos una discusión por eso, a mí me molestó que no tuviera en cuenta que me había sacrificado por el niño, porque había que contar con ingresos fijos para el niño; ella dijo que por qué no escribía los fines de semana si no tenía tiempo. No quise seguir hablando pero después hubo malas caras unos cuantos días y aparqué el tema.

Sara sí, Sara me entendió. Nos sentamos a la barra, uno de los focos encendía sus cabellos cuando se inclinaba a un lado y entonces parecían tener luz propia. Pensé que era eso lo que primero me había llamado la atención de ella, pero en realidad me había decidido a invitarla porque parecía alguien que te estaba escuchando todo el tiempo y te creía. Hablé yo casi todo el rato y no me pareció que se estuviera aburriendo, todo lo contrario, me pidió que le contara uno de mis cuentos, y lo hice. Mientras, me acordaba de la época en que los había escrito y me sorprendió darme cuenta de que Sara se parecía mucho a la chica con la que yo salía por aquel entonces (me sorprendió no haberlo pensado antes). Ella también escribía y un poco más tarde, cuando ya habíamos dejado lo nuestro, supe que había empezado a publicar. Ahora es bastante conocida como escritora de literatura juvenil, y alguien me había dicho que tenía casi acabada una novela. Recuerdo que tuve muchos problemas con mi mujer cuando empezábamos a salir, cuando aún no había ocurrido lo del niño y no nos habíamos casado; ella creía que seguía enamorado de mi antigua novia, creía que habíamos tenido que dejarlo porque nos peleábamos muchísimo y yo sospechaba que se veía con otros, creía que yo siempre pensaría que era la mujer de mi vida. Tenía razón, pero nunca se lo he dicho.

A Sara tampoco se lo dije, ni le hablé de mi mujer, no debía de ignorarlo, en la oficina enseguida se saben esas cosas. Bueno, hablé mucho, tenía una buena noche y me sentía eufórico porque contando mis cuentos me parecía que todo aquel tiempo no había pasado, que todas mis hojas manuscritas eran recientes o que, al menos, esos años no habían sido más que un inciso, un cúmulo de experiencias de donde podría salir mi mejor obra, la novela decisiva, o el impulso para reescribir lo antiguo y darlo a la luz. Me parecía haber descubierto que no dejaba de ser un escritor pese a las ocho horas de oficina, pese a la boda y al niño, que en cualquier momento iba a seguir de nuevo y que los once años no iban a menguar mi facilidad expresiva. En aquellos instantes me sentí recuperando mi tiempo y decidido a mecanografiar mis textos, tal vez pudiera enviarlos a alguna editorial. Luego cambiamos de tema y estuvimos comentando las películas que habíamos visto, ella frecuentaba el Mèlies, un cine donde casi todas se proyectan en versión original; ya no lo conocía. Me sentía inspirado, no me di cuenta de que había pasado el tiempo y ya era mucho más de medianoche; estaba acabando mi tercera cerveza cuando Sara me lo hizo notar. Sonrió y dijo que era un poco tarde, dijo que si no dormía al menos seis horas al día siguiente no era nadie. Me hizo gracia, aunque pensé que eso debía de haberlo dicho yo, pensé que mi mujer estaría durmiendo sola y que yo le había contado que tenía una reunión de trabajo, y no era verdad.

Pagué las copas y salimos. Hacía una noche un poco fría y recuerdo que me molestó, era casi verano pero parecía que había nevado en las montañas. Había luna llena y se distinguían algunas estrellas. Sara se sentó a mi lado, en el coche, y la llevé a casa. Apenas hablamos durante todo el trayecto de regreso, miré sus piernas cruzadas, ella miraba por la ventanilla. Teníamos que atravesar toda la ciudad para llegar a donde vivía y le comenté que se veía demasiada gente por la calle para ser jueves de madrugada; dijo que ahora la gente sale mucho entre semana, ahora. No dije nada, habíamos llegado y debíamos despedirnos, se inclinó hacia mí y me besó en la mejilla, su pelo rojo me rozó la cara, olía como a canela, pero no era canela. Luego la vi correr hacia el portal, sus botines apenas hicieron ruido; y yo regresé.

Encendí un cigarrillo porque a mi mujer no le gusta que lo haga en casa. Yo no fumaba cuando nos conocimos, pero en el trabajo, durante el primer año, me sentía algo desplazado y me aficioné… por falta de seguridad, supongo, de todos modos lo hago muy de vez en cuando, lo tengo completamente controlado, sólo si realmente me apetece. Bajé la ventanilla y me oí suspirar, fue entonces cuando sentí una ligera opresión en el pecho, nada alarmante, en realidad más parecía un estado de ánimo, que algo físico; tal vez tenía sueño, pero la palabra que me vino a la mente fue desazón. No sé por qué, había sido una buena noche. Me pregunté dónde habría guardado aquellos cuentos que le había explicado a Sara; los que escribí a los veinte años y algunos más de cuando empezaba a salir con mi mujer; no recordaba ya si ella los había leído todos, creo que no, creo que no llegué a enseñárselos. Era extraño que hubiera olvidado dónde los tenía, yo siempre he sido un maniático del orden. Seguro que estarían en alguna parte, tal vez en las cajas de cartón del altillo; el fin de semana echaría una ojeada mientras mi mujer salía a pasear con el niño.

Volví a notar que hacía frío, tiré el cigarrillo y subí el cristal de la ventanilla. Estaba muy cerca de casa y empecé a buscar aparcamiento, tuve suerte, había varias plazas libres en mi calle, debía de ser cierto eso de que la gente sale mucho entre semana; había sido agradable, tenía que hacerlo más a menudo, frecuentar distintos ambientes, aunque ahora me sintiera algo cansado. Cuando metí la llave en la cerradura volví a notar la desazón de hacía unos minutos. Entré procurando no hacer ruido, por nada del mundo quería despertarla. Fui a la cocina y cerré la puerta, tal vez tuviera sueño pero de pronto advertí que no podía meterme en la cama. Me serví un vaso de agua y mientras bebía me pregunté qué habría sido de mi vida si no hubiese conocido a mi mujer, si no hubiera pasado lo del niño y yo no trabajara en la empresa. Me pregunté qué iba a sentir cuando desenterrara los cuentos, donde fuera que estuviesen, si seguiría creyendo que eran tan buenos y si no habría pasado demasiado tiempo. Luego mis ojos se detuvieron en el mostrador, es de color blanco y de un material que no queda limpio si no se pasa lejía; eso es de lo que siempre se está quejando mi mujer.

Pensé que relucía, que toda la cocina relucía, y me dio un poco de pena.

Comentarios

  1. Gemma

    1 mayo, 2018

    Me encantó el relato. Enhorabuena Lilo, sinceramente un saludo

  2. Mabel

    1 mayo, 2018

    ¡Excelente! Un abrazo Lilo y mi voto desde Andalucía

  3. GermánLage

    2 mayo, 2018

    Una auténtica delicia, Lilo. Se nota no solo el talento sino también el oficio. Un aire de improvisación perfectamente logrado.
    Un cordial saludo.

  4. Leonel Insfrán

    2 mayo, 2018

    Tal vez para una persona normal, un aficionado a la lectura ocasional, será un buen relato. Para un escritor frustrado, o uno que está empezando… es casi terror. Te felicito, pusiste sobre la mesa uno de los grandes miedos de quienes soñamos ser escritores… o artistas en general. Un abrazo!

  5. Torrecilla

    8 mayo, 2018

    Muy buen relato. De como suceden las cosas, desde otra perspectiva 🙂

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