Cap. 13 - Tete a Tete

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La vida se basa en los deseos”

Plan diabólico

 

Casi no mediaron palabra durante el trayecto, aunque ella era consciente de que la repasaba con descaro de arriba abajo, y a pesar de la timidez que por momentos se volvía insoportable, a la vez se sentía atractiva y expuesta. El sol pugnaba por sus últimos minutos de existencia mientras iban palideciendo el cielo numerosas nubes, y al mismo tiempo Curt y Marine disfrutaban de la belleza natural, de la suya propia que les brindaba la juventud y de la brisa otoñal que acompasaba la prosperidad de aquel mediodía. El taxista finalizó la carrera en una de las avenidas más exclusivas de la ciudad; Marine pisaba aquel suelo por vez primera. De repente se sintió inhibida sin saber muy bien cómo actuar, desubicada entre mujeres que creía mucho mejor arregladas y mucho más hermosas que ella, pero al sentirse presa de la mirada de Curt dicho complejo se desvanecía, y un amenazante complejo de inferioridad se evaporaba. Él tenía el poder de reducir el mundo a la nada y dejarla sola en el epicentro, una atracción inamovible hacia su persona que les convertía en las dos únicas llamas de vivos colores entre figuras andantes de ceniza. Mientras Curt la guiaba con pequeños pasos imperceptibles por delante e imperante seguridad, ella caminaba apocada con la cabeza algo gacha, y un exceso de modestia le impedía alzar la vista; a veces los ojos,sin querer, se clavaban en su nuca, su cabello a mechas rojas y rubias, su codo, su mano o sus espaldas, y todas esas partes comunes en otros cuerpos que en el de él parecían únicas, y por ese motivo le encantaban y se convirtieron en sus favoritas.

 

El lugar escogido se asemejaba a un bar de moda en el que a duras penas cabían mesas y sillas, aunque sí había una enorme barra de bar, custodiada por amplios espejos de fondo con luces halógenas, que serpenteaba a lo largo del local mostrando todo de tipo de entremeses con presentaciones indescifrables debido a su extravagancia, y que parecían deliciosos tesoros escondidos bajo las vitrinas; una amplia variedad de licores y vinos revestían las paredes laterales haciendo las veces de una bodega decorada con cierto gusto ecléctico.

 

Se reunían pequeños grupos de hombres y mujeres, que con probabilidad se hallaban dando un respiro a su vida laboral dentro de los numerosos edificios de negocios situados alrededor, y destacaban por su envidiable apariencia: ellas, con ropas de telas lustrosas y refinadas, y ellos, en su mayoría vestidos con trajes elegantes, casi mimetizados todos, conversaban en un tono de voz alto que acompañaban de varios aspavientos, copa en mano y de pie, a veces levemente apoyados en altos taburetes modernos de cuero y con respaldo. Creaban un estruendo en el que no se distinguía una palabra y que a Marine le causó una sensación de aturullamiento; Curt, sin embargo, parecía acostumbrado a ello y le dio la impresión de que conocía la mayoría de aquellos rostros –que a ella le parecían iguales–, e incluso saludó a varias personas desde lejos, con una sonrisa de reconocimiento pero sin incitar al acercamiento, eludiendo conversaciones de posibles curiosos. Educado, magnético e irresistible, asía a Marine de la mano y la hacía caminar tras él, convirtiéndose en su escudo frente a una selva humana que a ella le resultaba desconocida y amenazante.

 

Un joven con gorra y americana cruzada de cuatro botones a franjas blancas y azul marino desenganchó el cordón de entrada y les abrió el paso hacia unas escaleras resplandecientes de caracol, que quizá contarían con veinticinco o treinta peldaños, y que se iluminaban tras percibir el contacto del calzado. Al llegar arriba, otro hombre con idéntico uniforme les abrió una puerta acristalada y les enseñó un salón fastuoso, con amplios y altos ventanales, que proporcionaban unas excelentes vistas desde las alturas a uno de los puntos vitales del Londres más emblemático y hermoso, y a la vez quedaban resguardados ellos dos, afortunados en su urna privada, mientras observaban el tumulto ajetreado y casi asfixiante de allá afuera.

 

Todo parecía un sueño: las mesas, detalladamente engalanadas con exquisitez y pulcritud en tonos tierra, marfil y dorado, las servilletas con las iniciales del restaurante grabadas, los manteles de tela buena, cuatro copas y siete u ocho cubiertos ya preparados en una de ellas, separadas todas por un biombo tallado de madera que confería un ambiente oriental a la sala y recordaba esplendores del palacio de la Alhambra en Granada. Había otra pareja compartiendo confidencias, Marine sólo atisbó el brazo de uno de ellos y las risas y murmullos a lo lejos, en la esquina opuesta. Pensó que nunca había estado en un lugar tan distinguido.

 

Por segundos, Marine tenía la sensación de que no encajaba allí, y que visitar dichos emplazamientos, así como acompañar a las personas que lo solían frecuentar –como Curt– podía ser un placer sujeto a lo efímero del momento,un regalo que podía contemplar pero no debía palpar, algo que jamás le pertenecería y demasiado lejano a su posición social que tan sólo alimentaba ilusiones vanas. Esperaba algún indicio de rechazo o alguna mirada reprobatoria del entorno, alguna palabra que la sumiera en la evidencia de que aquél no era su sitio. Pero Curt, en el tiempo que dura un chasquido de dedos y con pocos gestos, conseguía que se diluyera esa amarga impresión que la desubicaba. Cuando en el futuro Marine eche la vista atrás, se emocionará pensando en la sensación que llenaba su cuerpo una simple mirada suya, e intentará revivirlo varias veces pero  jamás logrará hacerlo con nadie.

 

La trataba con inauditos modales siguiendo un protocolo que ella desconocía por completo –y ¿cómo demonios lo podía él dominar tanto, viviendo en el barrio suburbial en el que vivían y compartiendo piso con otras tres personas como si tuviera problemas financieros?– . Por ejemplo, se fijó en que le cedió el mejor asiento de la mesa reservada para ambos, y gracias a su elección ella podría tener tanto vistas generales al resto del salón como al paisaje que enseñaba el corazón de la ciudad. Luego le explicaría que, por norma, se cedía a la dama el asiento que quedaba a su derecha y que en la mayoría de casos era el mejor, y por ese motivo se apresuró (aunque sin ademán de desesperación) a separar la silla correspondiente y esperar que ella se acomodara.

 

Luego Curt examinó la servilleta, que por supuesto estaba libre de cualquier miga o mancha, la abrió y la colocó sobre sus piernas, y Marine intentó imitarle en todos aquellos movimientos. Él disfrutaba mirándola, cautivado por el interés y la curiosidad que le suscitaban todas las novedades, la amplia opción de cubertería, la atención complaciente del maître, sus recomendaciones, la exquisitez de los ingredientes y la composición de los platos, la amplia variedad y calidad de los vinos y el champán. Marine se sentía flotando en una nube sin casi entender nada, tan sólo dejándose llevar por las habilidades sociales del vikingo, quien parecía ser un asiduo en aquellos lares, ya que los trabajadores de dicha planta –mucho más exclusiva que el servicio inferior, atestado de gente y con una atmósfera irrespirable radicalmente distinta– parecían conocerle de hacía tiempo, y los trataban con una cordialidad que exigía bastante distancia, pero no tanta frialdad como cabría suponer al tratarse de un cliente a quien no hubieran visto nunca. Y, además, allí era apreciado. Eso se notaba.

 

A Marine le brillaban los ojos. Lo hacían de pura felicidad y entusiasmo, al contemplar tanto lujo y detalle dispuesto para ella, y lo hicieron aún más cuando el maître halagó su belleza y Curt lo secundó (en ese instante también le arrancó una sonrisa vergonzosa y apartó la mirada, ruborizada), cuando observó la carta de platos cuyos ingredientes apenas entendía, escritos en varios idiomas y con caligrafía dorada, y cuando también Curt decidió por los dos qué comer y qué beber sin antes consultar su opinión. En cualquier otra ocasión, y tratándose de cualquier otra persona, no lo hubiera permitido; pero en este caso deseaba desprenderse de cualquier obligación y tan sólo dejarse transportar, sin sobrellevar la carga de las decisiones –cómo odiaba tomarlas, incluso las más superfluas–y dejándose sorprender.

 

Curt escogió un vino blanco procedente de Alemania llamado Egon Muller y un tinto importado de la Toscana. Se decantó por un champán rosado francés, un Veuve Clicquot, aromático y afrutado. En realidad, la bebida fue un auténtico despilfarro a excepción del champán, cuya botella acabaron entre los dos casi sin darse cuenta. Tras la bebida pidió filetes de arenque macerados en una mezcla de vino y vinagre blanco, que se acompañaban de cebolla cortada en medias lunas y rodajas sutiles y finas de manzana, y otro plato no menos sofisticado de risotto con setas, compactado y en forma de cilindro. Los segundos fueron sendas lubinas al horno con sabrosas patatas, cuyo aroma resultó un regalo para el sentido del olfato, compuesto por una mezcla de limón, salvia y romero. Finalizó la comida con dos Custard como postre, y él remató con un café expreso. Marine, anclada en su impericia, ni siquiera se sirvió una porción de los entrantes, ni en sus primeros bocados le hizo falta utilizar los cubiertos, porque Curt se ocupó de decidir la cantidad correspondiente y distribuirla en su plato, dárselo a probar directamente en la boca, incluso de explicar qué gusto debía distinguir y qué sensaciones hallar al ingerirlo. Él se apropió del día, y de repente todo resultaba ser suyo: el restaurante, el ambiente, la comida, la bebida y ella misma.

 

No sé qué hacer con todas estas copas y tantos cubiertos.

 

Yo te enseñaré. Sólo has de simular que dominas el tema y seguirme a mí, nada más.

 

¿Y a qué se debe tanto despliegue de medios?

 

Pues…se debe a cierto éxito en los negocios que debo celebrar.

 

¿Conmigo?

 

Tú eres perfecta, estás hecha para las celebraciones.

 

Ya…

 

Marine entornó los ojos al escuchar sus zalamerías, más ocupada en aparentar un escaso dominio, o quizás una intuición fuera de lo común, que le hiciera acertar y no parecer tan inexperta sentada ante tan extraordinaria mesa, y optó por los cubiertos que no eran. Curt negó divertido con la cabeza, y ella volvió a equivocarse. Él la miraba enternecido: nada alimentaba más su orgullo, y henchía su afamado egocentrismo, que una aprendiz dependiente por completo de sus conocimientos y tan desorientada que le necesitara para moldearla a su antojo, y así poder ejercer con sutileza su dominio sobre ella, con total naturalidad. Fue por esta razón que la atracción crecía y crecía,se inflaba dentro de él, inspiraba sus fantasías y por momentos creía explotar preso de un deseo inenarrable, que sentía más fuerte ante aquel amago de sumisión que si se tratara de la más arrebatadora seducción física.

 

No, verás…para la ensalada debes coger este pequeño, ¿ves que tiene los dientes más pegados? Cuando te traigan la lubina, tienes que comerla con este tenedor de aquí, que es mucho más plano que los demás, ¿entiendes?

 

¿Por qué ponen cuatro copas?

 

Agua, vino rosado, vino blanco y champán. El vino blanco de esta bodega es espectacular, lo has de probar cuando entre el pescado.

 

Entonces fue cuando él le explicó con parsimonia y a modo de experto el porqué del cáliz, la boca y el fuste de dichas copas, para qué servían los diferentes filos y puntas de los cuchillos y en qué ocasiones se utilizaban ciertos tenedores según su anchura y la cantidad de sus dientes. Ella le escuchaba con el rostro aplicado de una alumna de primera fila, intentando captar como una esponja todas las explicaciones de aquel sibarita que le invitaba a entrar en su mundo; reía con perplejidad y sorpresa al saberse partícipe de detalles y curiosidades que hasta entonces le parecían inverosímiles, como por ejemplo el colocar los cubiertos sobre el plato vacío de forma paralela al finalizar, dejando los mangos a la izquierda, un lenguaje no verbal que implicaba que dicha comida le había parecido excelente.

 

Cuando se les acabó la conversación sobre comensales y arte culinario, y el discurso de Curt acerca de la etiqueta en restaurantes de postín dio sus últimos latigazos, ella decidió dar un giro brusco a la charla y apuntó directamente a resolver las dudas que la llevaban reconcomiendo desde la mañana, porque sentía que algo chirriaba. Ciertas cosas que hacía semanas en las que pensaba y que no le cuadraban, y basándose en las últimas horas vividas aún menos. Curt no representaba más que el despunte en un tejido llano, una única loza de mármol rodeada por azulejos de duro granito, todos los demás –incluida ella– eran también piedras naturales extraídas de las profundidades pero él, incluso adaptándose al entorno, seguía marcando la diferencia. Lo hacían sus conocimientos, sus escogidos pasatiempos, la educación estricta y modélica de las escuelas privadas que intentaba aparcar, en ocasiones ocultar, pero que siempre salía a la luz en las situaciones más inesperadas, versado en cuanto a etiquetas, protocolos o modales anticuados de los que no sabía ni podía prescindir, la facilidad con la que despilfarraba el dinero y éste llegaba a sus manos, el dominio de las mejores marcas y las más exclusivas tiendas, los porcentajes más adecuados y generosos en las propinas rayando la obscenidad, los trajes hechos por un sastre particular siempre a medida o, simplemente, en la elección de productos para su aseo personal o los comercios que frecuentaba con el fin de llenar la despensa, decorar o perfumar el piso, siempre elitistas, obsesionado por la búsqueda de lo mejor. Y no es que ella no quisiera lo mejor para sí misma, pero es que nadie le había enseñado ni tenía idea de qué se se suponía que era o cómo conseguirlo. Por otra parte, resultaba obvio que Curt carecía de conformismo y paciencia, rasgos que se notaba a leguas que no le habían sido inculcados: lo quería todo, de forma inmediata. Y, a pesar de sus esfuerzos por integrarse, la diferencia sobresalía como una punta de iceberg en un mar sosegado y plano, al igual que ese restaurante boato con el que Marine no se sentía identificada; podía negarse y disfrazar su esencia, pero ésta rascaba sin parar hasta asomar sobre la superficie.

 

¿De dónde sales? ¿De qué sitio eres tú?

 

¿Cómo que de dónde salgo yo?

 

¿Estudiaste bellas artes en la misma universidad que estudió Mick?

 

¿Y cómo deduces eso, diablesa? ¿O es que tienes complejo de pitonisa?

 

Soy curiosa, simplemente. Y Mick tiene fotografías de los dos en la universidad. Me las ha enseñado.

 

Al instante, Marine se dio cuenta de que se había puesto nerviosa y había formulado mal la pregunta. Debería haberse adelantado a sus acostumbradas salidas camaleónicas con algo más directo, como: “¿podrías explicarme por qué siempre puedes permitirte cualquier capricho material? ¿cómo es posible que lleves un rolex de oro en tu muñeca izquierda con un salario de jefe de sala en un local de copas nocturno bastante mediocre? ¿sueles costear almuerzos de este tipo –con un precio superior a mi nómina mensual– semanalmente, algo de fácil deducción puesto que en este lugar todos parecen conocerte?”. Pero no. Ella era demasiado reservada para tanta claridad, y él demasiado listo para no reconducir la impertinencia y encaminarla a su terreno. Aunque, a pesar de no satisfacer su curiosidad, Curt esparció brochazos con retales de su vida que había que atrapar al vuelo, porque las explicaciones sobre éstos en realidad eran nimias y hábilmente ornamentadas. Cuando llegó la noche y Marine estuvo a solas consigo misma las fue recordando, una a una, y se dio cuenta de que no sabía si éstas eran verdad o mentira.

 

Curt omitió su infancia y adolescencia, como si nunca hubieran existido, aun cuando ella intentaba indagar sobre éstas filtrando preguntas a colación, que acababan reduciéndose a meros deseos frustrados de escarbar en el pasado. A pesar de ello, pudo columbrar que su amistad con Mick se remontaba a tiempos de niñez y pubertad, y que pese a los distanciamientos puestos a prueba en la mayoría de relaciones personales, ellos sobrevivieron a tales cambios, y durante una época en la cual se alejaron y se reencontraron continuamente el destino los instó a seguir juntos un camino casi idéntico. Supo así que estudiaron en el mismo instituto, en Edimburgo, y sorteando varias dificultades ambos pudieron realizar sus carreras universitarias en la misma facultad de arte londinense: privada, carísima y famosa por su prestigio. Que mientras Mick se decantaba por la pintura figurativa (desde la niñez su vocación transparente reclamaba a gritos formación pictórica), él cada vez sentía más pasión por la fotografía, aunque se mostró muy indeciso durante aquellos años confusos y caóticos, en los que parecía tener la necesidad de husmear en todos los campos y sentía una necesidad hambrienta de hincar el diente a todas las vertientes artísticas, excepto a la escultura moderna (la cual siempre denostaba). Nunca le saciaba el arte, deseaba probarlo todo pero le daba miedo escoger el camino equivocado, pues había asimilado que carecía de aptitudes innatas. Así que, en realidad algo temeroso y por descarte, estudió fotografía e historia del arte, ambas a la vez, repartiéndose las asignaturas; según él, le resultaba sencillo obtener buenas calificaciones sin necesidad de recurrir a trampas, ya que su retentiva era eficaz siempre y cuando el tema le atrajera lo suficiente. “Tanto en lo académico como en la vida corriente, siempre ha sido una constante en mí”, añadió.

 

Y fue en ese momento cuando el tema Mick y Curt se diluyó por completo para dar paso al mundo de la fotografía artística, y le habló de ello con tal devoción que Marine se sintió incapaz de interrumpir, y acabó enfrascándose también en su mundo; ponía tal fervor en su discurso que incluso ella pareció contagiarse de su amor por lo que parecía conservar en recovecos de su memoria con fabulosa nitidez. La pasión con la que hablaba de aquello que le entusiasmaba hacía que brillaran sus iris ambarinas y se disolviera su habitual aire presuntuoso, dando paso al fervor de un niño esperando impaciente la víspera de los reyes magos. No habló de él mismo porque no se consideraba siquiera aceptable, tan sólo un mero aficionado sin altas pretensiones; sí que lo hizo, sin embargo, acerca de los retratos exóticos de Steve McCurry (y describió con todo lujo de detalles aquella popular fotografía de la muchacha afgana, “me obsesioné con aquellos ojos verdes y anduve lo menos tres meses en su busca, me fijaba en los iris de todas las mujeres que conocía, pero nunca se desvelaban tan expresivos cuando las fotografiaba. Los tuyos se parecen tanto…”, le explicó, con cierto aire soñador), los vertiginosos e impresionantes paisajes en blanco y negro de Ansel Adams (los describió de tal manera que a ella le pareció haber estado presente), las turbadoras instantáneas de Robert Capa (en especial mencionó aquel instante en el que un soldado republicano se desplomaba abatido por una bala) o las imágenes eróticas (“es erótico y no sexual, no demasiado explícito, que es lo realmente morboso y cautivador”) de Man Ray, en especial aquel perfil en la sombra de una mujer junto a la ventana, dónde únicamente se captaban dos pechos y el abdomen hasta el ombligo, sobre la piel bailan hermosas sombras que parecen hacerle un traje). Marine no conocía a ninguno de aquellos fotógrafos, y a priori no ubicaba ninguna de sus obras, pero le escuchaba con atención, y contra más le escuchaba más rápido se borraban los elementos que la rodeaban, con más fugacidad desaparecía su mundo y deseaba pertenecer al de él, fundirse e introducirse en su interior, en su cuerpo y en su mente, para no salir jamás.

 

Comentarios

  1. Mabel

    20 junio, 2018

    Muy buena historia. Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  2. Esruza

    20 junio, 2018

    Me encanta lo que escribes y cómo lo escribes Estef.

    Envío cariñosos saludos con mi voto

  3. LluviaAzul

    20 junio, 2018

    Querida Estefanía, simplemente maravilloso e encantador. Un abrazo, inmenso

  4. Klodo

    20 junio, 2018

    Me encantan todos los lugares que visitan o rodean a tus protagonistas,
    como por ejemplo, ese idílico bar londinense, aunque sea en el primer piso.
    Aunque en el segundo debe ser más grato compartir confidencias.
    Algo imperdonable. Parece que tus protagonistas despilfarraron el vino tinto.
    El champán rosado frutoso una excelente elección. Para lo que pase entre ambos después, se puede decir que el champán tuvo la culpa.
    Curt, el galán, parece irradiar una enorme capacidad de seducción, que yo
    no puedo aquilatar.
    ¿ Sabes ? …Ni los personajes de Hernest Hemingway beben tanto como los tuyos. Quedé un poco mareado…
    Pienso que tu eres tan buena gourmet como escritora.
    Excelente narración, Estefanía
    Un abrazo amistoso y mi voto
    Sergio

  5. GermánLage

    21 junio, 2018

    Como respecto a la estructura e intenciones de la novela hace ya mucho tiempo que estoy perdido, sólo me queda saborear cada una de tus entregas. Solo el capítulo 13 ya es más largo que muchas de mis novelas. Pero te sigo leyendo con fruición, a ver si yo aprendo a recrearme también en los detalles con esa elegancia tuya que cautiva y le retiene a uno embelesado hasta que decides poner fin al episodio. Debo reconocer que eso es la literatura.
    Un fuerte abrazo, Esteff.

  6. JR

    22 junio, 2018

    Estefania, con “una sensación de aturullamiento.” Tuve que utilizar mi diccionario (lo que ya pocos hacen), para buscar “aturullamiento,” nunca habia escuchado esa palabra. Asi terminé leyendo esta parte de tu historia, diccionario en mano! Es preciosa, llena de detalles hermosos. Mis felicitaciones!
    Pienso que Curt esta mintiendo para ocultar algo…

  7. Estefania

    25 junio, 2018

    @germanlr jeje sí, es cierto que me entretengo en los detalles (problema que también se traslada a mi vida personal, vaya…no lo puedo evitar);literatura….no creo, ojalá así sea algún día, solamente me limito a escribir como si fuera la mejor de mis terapias, una pura necesidad. El hilo parece que se pierda en flashbacks continuos pero te aseguro que todos tienen un final….culpa mía por los lapsus temporales, no ayudan. Mil gracias por vuestro inestimable apoyo (no me soltéis la mano en esta aventura, por favor). Un abrazo a ambos.

  8. Estefania

    25 junio, 2018

    @sergiorodriguez muchísimas gracias por tu siempre apoyo (significa mucho para mí, creo que una vez ya te lo dije, pero lo reiteraré las veces que hagan falta) aunque creo que aún me falta mucho por recorrer para escribir con tu fluidez y tu trazo (envidia de la sana).Espero que nos sigamos leyendo con la misma asiduidad. Un gran abrazo.

  9. Estefania

    25 junio, 2018

    @joserubengoycochea jaja, te aseguro que a partir de ahora pondré alguna de esas palabras raras para conseguir que continúes enganchado a mi historia! (algo así como una moderna Scherezade, no?). Me alegra captar tu atención, y espero de veras que sigamos leyéndonos. El gusto es recíproco. Un abrazo y gracias.

  10. Estefania

    25 junio, 2018

    @jessicarengifo muchísimas gracias por tu constante apoyo (me ayuda a coger aire y a poder seguir). Un placer leerte, amiga, espero más tuyo. Un gran abrazo.

  11. Leonel Insfrán

    27 junio, 2018

    Llego a casa, estoy agotado. Son pasada las doce de la noche, y mis ojos se cierran solos; el trabajo, el partido de Argentina y el parcial de apreciación musical se llevaron toda mí energía… pero recuerdo que tengo un capítulo pendiente, y que ya has publicado otro. Empiezo a leer con poca fe en terminar… Pero termino, simplemente porque eres una escritora excelente, con un ritmo siempre preciso, y unas descripciones bellísimas de los lugares, los personajes y las situaciones. Admiración total.

  12. Estefania

    29 junio, 2018

    @elleondavid adoro que me guardes un rinconcito, jeje. Cuando puedas, cuando quieras, ya sabes…me alegran, y agradezco muchísimo tus palabras. Sé que son largos, por eso aún te lo agradezco más.
    P.D. ¡Quiero más canciones!

  13. Leonel Insfrán

    4 julio, 2018

    Respuesta a la PD: Para más canciones buscame en mis otras redes: Face, Youtube o Instagram, siempre estoy como Leonel Insfrán (La originalidad no es lo mío jaja). Un abrazo!

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