CAP 13 - Tete a tete (II)

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No creáis que no intentó pocas veces que él hablara sobre su familia: quiénes eran sus padres, la existencia de algún hermano, algún abuelo que extrañara, cómo y con quién se crió, sus amigos y sus chiquilladas, sus años escolares o sus travesuras y castigos, episodios traumáticos de adolescencia, retales de felicidad anclados en el tiempo, que le describiera el lugar dónde creció o le desvelara rincones secretos de Escocia, anteriores novias, su primer amor, quizá alguna que hubiese sido el detonante en su agitada promiscuidad actual, pero todo lo que halló fue un archivo memorial cerrado a cal y canto, recuerdos sepultados y custodiados por un silencio absoluto, abandonados mas no olvidados. Los evadía porque estaban ahí, agazapados y a la espera, integrados como compañeros de viaje pero no aceptados, preparados para reaparecer en cuanto pudieran colarse por alguna rendija descuidada en sus instantes –que eran pocos– de vulnerabilidad.

 

Pero es que no era eso lo que yo quería saber…me refería a que tú no eres como Alain o Mick. –protestó Marine,ante la perplejidad divertida de él, quien pese a entender su queja no daba el brazo a torcer– Sabes…es como si tu naturaleza no perteneciera a la nuestra. Las personas normales…es decir, de clase media, no frecuentamos estos lugares ni estas avenidas, no sabemos para qué sirve cada cubierto ni cada copa, no conocemos las reglas de la etiqueta que hoy me has enseñado como si se tratara de lo más común del mundo. En este restaurante yo siempre sería parte del servicio y no de los invitados, ¿comprendes? Así que desembucha, ¿de dónde te has escapado?

 

Me he escapado de tus sueños para llevarte conmigo, y sólo por ti he cobrado vida, como un feliz Pinocho– replicó sonriente con la que creía una romántica evasiva, tenía la mano doblada sobre la mandíbula izquierda y los nudillos apretándole la piel, evidenciando la tensión. Pese a su contradictoria imagen, sentía por dentro una sensación recurrente de discriminación positiva que, sin embargo, le confinaba a la más amarga de las soledades–. No, qué va…es algo complicado y, si me lo permites, muy pesado. Largo y tedioso, y nos estropearía el día. Hoy prefiero que me hables de ti. De dónde vienes, qué planes tienes, qué sueñas, qué ambiciones tienes, tus fracasos y anhelos, qué odias…prefiero saberlo todo acerca de ti. Hoy pienso dedicar mi tiempo por entero a Marine. Y, mademoiselle, espero que no escatimes en detalles escabrosos ni escándalos, porque esos sí que son mis vicios ocultos.

 

El almuerzo acabó alargándose mucho más tiempo del previsto y fueron rellenando las horas con bebida y helado cuando se les hizo la media tarde. Marine no tuvo reparos en relatar episodios felices e incluso trágicos de su vida, sus momentos de vértigo vital, qué le hacía feliz y las pequeñas cosas que le hacían desgraciada (éstas no eran muchas pero sí significativas, aunque había días que podía llorar de forma inconsolable incluso por una mancha en un vestido), relató los momentos en los que tuvo que tomar decisiones trascendentales, y admitió con sinceridad que la mayoría del tiempo, durante los últimos meses compartidos junto a ellos, se sentía feliz. Curt la miraba y asentía, sonreía y callaba; en los momentos en que necesitaba una pausa para salir a fumar, antes de entrar, se quedaba observando su espalda a través de la puerta acristalada del salón y se convertía en testigo de todos sus movimientos: cómo se colocaba un mechón del cabello tras la oreja, oteaba los alrededores, alisaba la falda de su vestido o admiraba las vistas desde la ventana. Solía tardar varios minutos en decidirse a entrar y fingir que nada cambiaba, que era sólo una comida más y que no llevaba meses esperando un encuentro semejante.

 

Se sentía confuso consigo mismo e internamente aturdido por un conjunto de sensaciones indescifrables que le asediaban, porque en realidad deseaba cobijar algún sentimiento de pasión o cariño hacia Marine (el amor para él era una palabra prohibida, inalcanzable, perdida), pero al mirarla sentía algo diferente, cuya complejidad no se limitaba al mero concepto de la lujuria o el afecto. No entendía qué sentía, la mayoría de las veces tampoco lo había comprendido pero tampoco se esforzó por hacerlo, qué era aquello que azotaba en su interior. En cambio, su reacción siempre había sido huir. Hasta ahora huir era sencillo. Reprendía la semilla que parecía querer germinar por momentos: la sumía en la oscuridad, le prohibía el agua y la pisoteaba para que volviera a hundirse bajo tierra: era el momento de detenerse, de poner fin y devolver esa chica en cuestión a la colección de amantes que nunca volverían, al desahogo de los instintos y necesario intercambio de fluidos, de congelar esos minutos y desterrar el día vivido a la cómoda de sus podría haber sido. Pero esa vez todo se complicaba, porque irremediablemente al día siguiente volvería a verla. Y al otro. Y al otro. Y al próximo también. Podía evitar cruzarse con ella por las estancias comunes del piso, pero se reencontrarían en el trabajo, y entonces no podría eludir su presencia, porque allí Marine pasaba a estar bajo su responsabilidad laboral durante unas horas. Nunca debió llegar tan lejos con alguien de quien no pudiera deshacerse en un abrir y cerrar de ojos, tenía la impresión de que no sabría sobrellevarlo y de que había puesto el pie en un terreno resbaladizo y desconocido, repleto de trampas ocultas.

 

Por ese motivo le sobrevino la urgencia, pagó al maître antes de reencontrarse con ella (una suma desorbitada), y ni siquiera hizo ademán de sentarse; quiso interrumpir las confesiones de Marine, que por otra parte él mismo había alentado, y su actitud volvió a mostrar una transformación –éstas eran cada vez más evidentes, aunque él mismo luchaba por corregirlo, y con los años suponían una empresa que cada vez entrañaba más dificultad–. Ella no replicó y le siguió con obediencia, sin preguntas, no opuso resistencia y ni siquiera replicó.

 

Marine recordó que antes, en los horribles primeros meses de adaptación, pretendía entender su humor variable, pero había llegado a un punto tal que aprendió a aceptarlo. Había visto a Curt enfurecido y eufórico, incluso cegado por un ataque de ira incontrolable, y sobrevivió a todo eso; ella intentaba no juzgarlo, pero se daba cuenta de que sus acercamientos eran penalizados con doble distancia. Marine, en ocasiones contadas, conseguía aproximarse y era entonces cuando le arrancaba algún recuerdo extraviado (no solía ser nada confidencial o de suma importancia, sino anécdotas del tipo “Mick y yo nos hicimos amigos en mitad de una pelea” o “a veces tomaba fotos de algunas personas, parejas besándose, ancianos que se abrazaban por la calle, familias con niños y perros paseando felices por las avenidas, sin que ellos se dieran cuenta de que formaban parte de una de mis series más preciadas”), pero al instante Curt se daba cuenta de la incipiente hendidura abierta al exterior y entonces revestía su muralla, cerraba el puente levadizo y llenaba sus accesos de tiburones. La armadura blindada alrededor del pecho de Curt se antojaba insondable.

 

Nada más salir tomaron un taxi, cuyo conductor se negó en rotundo a adentrarse en los límites periféricos dónde ambos residían; el hombre los miró sorprendido y comenzó a desconfiar de ellos, pues era extraño que pasajeros tan bien parecidos como aquellos, bien vestidos y asiduos a la zona de Kensington quisieran merodear y pagar una carrera larga para concluirla apeándose en los suburbios, fuera de su área habitual (y que a ciertas horas comenzaban a ser barrios mucho más peligrosos, además su índice de criminalidad era bastante alto; a los taxistas procedentes del centro no les hacía ninguna gracia tener que merodear por ciertas calles, eran carnaza suculenta para delincuentes).

 

Así que Curt y Marine no tuvieron más remedio que caminar unas seis manzanas a pie. Al final se les había hecho bastante tarde y acusaban el éxtasis de los acontecimientos nada más comenzar el día, la falta de sueño, la copiosidad de la comida y una ligera tensión viciando el ambiente que amenazaba con acompañarles, “pero no siempre la tensión ha de ser mala”, se convencía Marine. Curt caminaba fumando, algo encogido por el viento helado que se había levantado de repente, y ahora andaban alineados y él le hablaba de las bellas y singulares hojas amarillas y otoñales de los gingkos biloba que crecían por los alrededores, la esbeltez fantasmal de los álamos negros y a languidez melancólica de los sauces llorones. En realidad no sabía de qué hablar, pero le incomodaba el silencio, y de esta manera podía liderar la conversación, así se aseguraba de que ella no lograra volver al grado de intimidad anterior. La impresión de la charla y las horas compartidas en el restaurante había sido tal que todavía se sacudía el susto tras el craso error de dejar entrever las compuertas de su vida.

 

En un rápido movimiento que Marine deseó reprimir –quizá no lo intentó con ahínco, puede que el alcohol hubiera al fin hecho efecto y fuera el verdadero culpable, la realidad es que no pudo ni quiso evitarlo– se giró hacia su cara, rodeó su cintura por fuera de la chaqueta y apretó su cuerpo contra el de él, interrumpiendo así su perorata poética sobre flora londinense, entonando un gracias seductor y susurrante. Él quiso acercarse más y la agarró con una mezcla de cuidado y aplomo, la atrajo hacia sí queriendo besarle, pero Marine se escabulló entre sus brazos y le dejó embobado y quieto varios pasos atrás. Sentía como los ojos de Curt se clavaban en sus andares y en la silueta de su cuerpo. De repente éste le declaró en voz alta y en mitad de la calle desierta, que parecía un escenario preparado para el ensayo de su propia obra teatral, con un tono autoritario:

 

Cuando giremos la calle te voy a abrazar y después te besaré.

 

¿Y si no giro nunca?

 

Amiga mía, eso es inevitable. Yo, por si acaso, voy a ir unos pocos pasos detrás de ti, Para no parecer tu sombra y así hacerte creer que no está todo tan calculado. Pero en el momento en que la sombra del pezón de uno de tus pechos o la puntera de tus zapatos sobrepase el primer ladrillo, te juro que te voy a abrazar y después te besaré.

 

Ella rio por la originalidad, o puede que por la tierna obscenidad, o por lo presuntuoso de su disposición. Comenzó a caminar divertida con evidente lentitud forzada, y Curt la imitaba. Diez pasos a ritmo normal quedaban para llegar a la esquina donde por fuerza tendrían que girar; se dio cuenta de que ya no había sol, escondido éste entre nubarrones que prometían lluvias caprichosas de entretiempo, y no podría ver su sombra larguirucha y deformada por ningún sitio. Andaba dos pasos, y luego se paraba, y sonriendo giraba la cabeza por encima del hombro e intentaba captar de soslayo la mirada de Curt. Él la seguía unos metros por detrás: las manos en los bolsillos, algo encogido de hombros por el frío y con el cuello de la fina chaqueta levantado, resguardando así su cara, la sonrisa ancha, la mirada infantil que le devolvía con picardía y una sombra de incertidumbre.

 

Por supuesto, y a pesar de su intención de retrasar el minutero, Marine acabó girando hacia la calle perpendicular. Y por supuesto, tal y como prometió, Curt la besó. Sin embargo, a Marine aquel beso le transmitió una sensación extraña. En realidad no resultó lo que ella esperaba. Al fantasear con ese momento –lo había hecho en numerosas ocasiones– lo creyó apasionado, un beso prolongado, cargado de dulzura y erotismo, como aquellos que los novelistas de temática romántica describían entre sus personajes principales. El ansiado momento repleto de expectativas que, en un final apoteósico, se materializaban y se cumplían con creces. Sin embargo, se dio de bruces con otra realidad. No es que fuera muy frío ni demasiado lascivo, tampoco podía decir que le disgustase; quizá el problema fue lo inseguro que se mostró de repente, como si se tratase de otra persona muy diferente, el escalofrío que le embargó de pronto a Curt y que ella notó deslizarse por su cuerpo, y que la acabó contagiando, porque percibió que no se dejaba llevar lo más mínimo (ojos abiertos, torso retirado, músculos de los antebrazos tensos) e interponía barreras entre ambos cuerpos. De hecho, Marine hizo ademán de tocarle los hombros, deslizar sus manos bajo la chaqueta para intentar tranquilizarlo con suave contacto físico, y él se alejó aún más y con cierta brusquedad. La miró algo avergonzado por su reacción repentina, los ojos muy abiertos y la boca semicerrada, intentando vocalizar sin que consiguiera que salieran las palabras adecuadas.

 

Puedo hacerlo mejor –resolvió tajante, aunque él mismo dudaba de que esa fuera unasolución o un agravamiento del problema– pasa conmigo esta noche. Verás que puedo hacerlo mucho mejor.

 

No ha estado tan mal como crees– le tranquilizó Marine en un murmullo, en un tono comprensivo y muy suave, como si se dirigiera a un niño con el orgullo herido, muy cerca de su oreja. A Curt le llegó el olor dulzón del chicle con sabor a melón que ella había masticado tras bajar del coche; siempre atesoraría ese recuerdo y lo asociaría a ella en el futuro, incluso cuando ya no estuvieran juntos.

 

Marine no quiso pasar la noche con él, y él suspiró aliviado cuando se encerró entre las paredes de su habitación por no tener que hacerlo. A pesar de lo obstinado que siempre fue, y del impulso sexual que sentía hacia ella, no insistió: prefería que nada se complicara y necesitaba que se detuvieran todas las invasiones, o lo que él entendía por invasiones, vetar posibles explicaciones, lidiar con preguntas íntimas el día de mañana, o quizá al otro, y dar respuesta a ciertos y lógicos porqués. Lo mejor era reprimir tentaciones, deshacer lo vivido, enterrar los momentos, olvidar y huir, huir y olvidar, la tónica invariable de su vida sentimental y emocional. Si es que lo suyo podría llamarse así.

 

Marine pensó que los sucesos que se encadenaban aquel día y los acontecimientos que acaecían incontrolables e inesperados, uno tras otro, no dejaban de ser extraños y por ello inolvidables. Aun quedaban algunas calles hasta llegar al piso, pero la incomodidad derivada de esa declaración de intenciones mutuas (“no, no vamos a pasar la noche juntos, al menos en la misma cama”) no dio lugar a ningún silencio embarazoso. Curt retomó conversaciones que diluían la tensión, empezó charlando sobre el aumento de responsabilidades asignadas en el local de forma más o menos reciente (ahora se encargaba, a parte de los tratos con proveedores, de los pagos. las recepciones y devoluciones de mercancía, de controlar la tesorería, concertar reuniones con representantes bancarios a causa del cúmulo de créditos, las nóminas de los trabajadores y demás asuntos administrativos) y cuando los recursos acerca del ámbito profesional que compartían se fueron agotando, supo enlazar otro tema a la perfección –no dio siquiera oportunidad a ninguno de esos silencios incómodos que Marine tanto aborrecía, algo que ella agradeció– y acabaron hablando sobre la obra teatral recién estrenada: “un encuentro fortuito”, en la que dos amigos (un virtuoso violinista que lleva una vida profesional plagada de éxitos, y sin embargo dueño de un carácter misógino y antisocial, y un dependiente de supermercado con numerosas habilidades comunicativas y asertivas), se reencuentran veinte años después de romper lazos afectivos. Curt improvisaba una crítica inteligente y mordaz, y ella imaginaba cómo podría escribir ese guión a partir de sus explicaciones detalladas, y gracias a ellas proyectó con facilidad en su mente las declamaciones de los actores, la escenografía recargada y la iluminación tenue.

 

Resultaba un placer, dotado de una fluidez persuasiva y muy agradable, conversar con Curt y dejar que así pasaran las horas, siempre y cuando no le diera uno de sus arrebatos de genio salvaje sin conocer el motivo y de pronto se mostrara fiero y huraño como un felino enjaulado. El problema era que no sabía cuáles eran las palabras, o los gestos, que le sumían en ese estado de hostilidad y agresividad que tanto temía, y descubrió que estar con él entrañaba un atractivo riesgo que, en lo más profundo de su psique, anhelaba correr.

 

En el bloque donde compartían vivienda era necesario subir un tramo de seis peldaños para poder llegar al rellano donde se accedía al ascensor. Una vez allí Curt pulsó el botón, y por unos instantes, mientras lo esperaban, por fin se mantuvo callado. Se miraron con ternura y deseo al mismo tiempo, pero aunque Marine deseaba acariciarlo, acercarse a él, darle aunque fuera un abrazo, se controló y rehusó el hacerlo. Él, en cambio, alargó la mano y le atusó con delicadeza el cabello rebelde que le caía sobre la frente y la mejilla derecha, y luego recorrió la comisura de sus labios, perfiló con cuidado la m de los superiores y la curva carnosa de los inferiores con la yema de los dedos, como si tratara de buscar la mejor pose de su flamante musa, el rasgo más destacable destinado a su fotografía ideal.

 

Quiero que me fotografíes.

 

Me encantaría hacerlo.

 

Pero como las profesionales que me dijiste que habías expuesto.

 

Serán las más profesionales de mi vida, te lo prometo.

 

Y entonces llegó el ascensor, con un estruendo inaudito. Unos sonidos chirriantes que parecían perturbar a todos los vecinos excepto a Mick, Alain, Curt y Marine. Ellos adoraban los románticos y ruidosos movimientos desproporcionados que emitía ese ascensor anticuado con verjas, puerta con picaporte, un banco para sentarse y rodeado de espejos. Ella entró, pero él decidió quedarse fuera y caminar un poco más por su cuenta, o eso fue lo que le utilizó como excusa. En realidad, al respirar una bocanada de aire fresco decidiría que tenía ganas de volver a casa –quizá podría verla antes de dormir, escondido en un rincón del pasillo o tras las ranuras de la puerta de alguna habitación, lo cual hacía todo mucho más dramático, de una teatralidad que siempre le había entusiasmado– y subiría los seis pisos inferiores a pie.

 

Marine hoy recuerda que antes de cerrar la verja del ascensor era obligatorio cerrar una puerta. Aquella puerta dejaba cuatro ventanales cuadrados de vidrio acrílico que parecía muy duro, estaban ya tan rayados que habían perdido su naturaleza diáfana.

 

Ella dentro y él fuera, más juntos que en todas las horas anteriores, se leyeron un buenas noches, dicho casi al unísono, que nacía en sus labios. No sonó en voz alta, pero sí que lo pronunciaron. Y entonces se unieron y se fundieron en un beso apasionado, durante el cual ella levantó ligeramente la cabeza, sintió como la melena caía sobre su espalda y apoyó todo su cuerpo contra la puerta. Curt también se acercó, y ésta vez sí que se entregó un poco más, no tuvo miedo de cerrar los ojos y no dejó que los separaran tantos metros como en el anterior intento, en la calle, donde todo hubiera resultado más sencillo en apariencia. Cómo explicar que él necesitaba la seguridad de un cristal ajado y enmarcado por resina color caoba, haciendo las veces de escudo, para poder mostrarse tal cual era, sin distinguir ninguno de sus miedos.

 

Juntaron las manos y los labios, aunque separados por la muralla que se antojaba transparente. Se embarcaron en una parálisis de movimientos, desoyendo ruegos por escapar que él ya no atendía porque no se sentía atacado y pensó que eso salvaguardaba su zona personal, cerciorando su insatisfacción vital poniendo en marcha un cruel mecanismo de autodefensa que escapaba a cualquier razonamiento. Pensaba: “si la ventana no se abre, no hay nada que temer”. Sin miedo a que lo atrapen, no tendrá por qué huir. En aquel momento pudo fingir que se entregaba, porque para Curt no era real. Porque había una ventana, y si bien no saboreaba su boca sí que podía sentir su presencia, y de esta manera se aseguraba de que no pudiera tocarlo pero sí sentirlo. Es ése el lugar donde al fin podía gritar que se encontraba a salvo.

 

Curt cerró la verja tras el beso y el ascensor ascendió varios pisos, dejándolo ahí anclado. Marine guardará ese momento como un recuerdo preciado, que irá adquiriendo mucha importancia con el paso del tiempo, de los meses y de los años. Se convertirá en una reliquia sagrada encofrada en su memoria. Conservará esos escasos minutos –¿fueron dos o sólo uno?–, los únicos minutos en los que vio a Curt envuelto por una belleza radiante y un atractivo fascinante, con las facciones amables y relajadas, desprendido de cualquier atisbo de renuencia, aprensión, dureza, inestabilidad o miedo. Lo vio feliz y seductor. Se trataba de un mísero minuto que separaba dos universos temporales: antes de ese beso nada valía porque una incomodidad le abrumaba, después de ese beso sólo quedaba acercarse más, y las reacciones con las que él respondería a las futuras aproximaciones estaban muy lejos de ser distendidas y satisfactorias, tanto para los demás como para sí mismo.

 

Le queda la imagen de Curt despidiéndose, con el cuello del abrigo recubriendo su nuca y una sonrisa despejada y dócil. A Marine le sacude la certeza de que ya nunca volverá a disfrutar esa expresión, porque dentro de él habitan bestias horribles, carroñeras, que no le abandonaron antes ni le dejarán en paz después. Justo en ese instante logró esquivarlas, y durante medio minuto, puede que setenta segundos, pudo eludirlos.

Pocas veces más, con toda probabilidad ninguna, logrará Marine acercarse, siquiera rozar, ese momento que se empeñó en inmortalizar a partir de aquel día, porque algo en su intuición sobresaliente le repetía: “nunca más volverá a ser tan tuyo, tan moldeable, tan afable. Jamás será tan receptivo ni te mirará de esta manera. Nunca más”.

 

Comentarios

  1. GermánLage

    26 junio, 2018

    Admirable, querida Esteff. Fascinado he recorrido ese camino que va del restaurante al ascensor y asistí a ese inigualable beso que no volverá a repetirse (¿o sí?). Debo reconocer que en cada nueva entrega te superas respecto a las anteriores. Seguiremos pacientemente el desarrollo de la aventura sin hacer cálculos sobre la luz que, allá lejos, parece vislumbrarse.
    Un fuerte abrazo, Esteff.

  2. Cortex

    26 junio, 2018

    La huida, la constante en la vida de relación. Una solución que impide definirse a la pareja, que aleja al inconsistente proveedor de voluptuosidad. Las zonas erróneas acumuladas como bagaje, o como lastre o como anomalía de origen: la bastardía, el abandono, la miseria, o la venganza a los ultrajes adolescentes. Te amo, pero te temo, Te deseo, pero sólo por el trance de la hechura. Te necesito, pero no puedo depender de ti. No soy capaz de dar mi corazón, porque está roto o contaminado o es prestado.

    Tu posesividad me espanta, no puedo mostrar mi alma, porque padezco el influjo de Dorian y no podría explicártelo. Mejor huyo, y mantengo mi “safe performance”.

    Excelente narrativa: un espejo de la complicada definición de ser tal cual.

    Mi voto, estimada Stefanía.

    CORTEX

  3. Mabel

    26 junio, 2018

    ¡Excelente historia! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  4. LluviaAzul

    26 junio, 2018

    Querida Estefanía, extasiada con esa maravilla de historia. Vamos por más!!!! Un abrazo, inmenso

    Posdata: Amo leerte, solo nos falta un cafesito… Y esto sigue!!!

  5. Esruza

    27 junio, 2018

    Estef: me fascina lo que escribes, como dice Lluvia, ¡vamos por más! señora escritora.

    Un abrazo bien fuerte y felicidades.

    Estela

  6. Esruza

    27 junio, 2018

    Estef, olvidé decirte que me recuerda a alguien, es como su retrato, el de él, por supuesto.

    Saludos y mi voto

  7. Luis

    27 junio, 2018

    Es difícil mantener el interés en el lector de una novela: la tuya lo hace, como un verdadero prodigio. Un abrazo y mi voto, amiga!

  8. Zorro Lux

    27 junio, 2018

    Una historia que tiene a acaparar mis atenciones, la felicito…

  9. Vladodivac

    28 junio, 2018

    Sigues siendo mi preferida @estef314 preciosa narración, no añadiré nada más que German to te dijera ya, es difícil encontrar algún texto tuyo que no me atrape. Un gran abrazo.

    Semper Fidelis

    Joaquin.

  10. JR

    29 junio, 2018

    ¡Cuántos detalles, todos encajando perfectamente! Como un rompecabezas gigante. Es fantastico tu trabajo.

  11. Leonel Insfrán

    4 julio, 2018

    Al fin pude leer este! jaja No se quien me intriga más si Curt o Marine… siempre es un gusto leerte. Un abrazo!

  12. Estefania

    4 julio, 2018

    @elleondavid jeje espero que llegues a una conclusión final y me la digas. Vuelvo a agradecerte que me dediques tu tiempo. Voy a buscarte por fb! Un abrazo!!!

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