Cap. 13 – Y se lleva a la chica

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Alain cruzó la calle con el nervio anclado en su pecho cuando perdió de vista el último pliegue de ropa de Marine, que se perdía en la carrera. Suponía que el cupo de desprecios que ella podía soportar había llegado a su tope, y en lugar de demandar explicaciones había preferido apartarse y apresurarse alejándose de su vista. No le podía reprochar algo semejante, pero es que era incapaz de explicar las razones que provocaban tal necesidad de permanente aislamiento; a veces incluso a él le costaba entenderlas.

 

 

Alain normalmente subía a pie los siete pisos que separaban la casa de la calle, pero esos días frenéticos le habían dejado agotado no sólo mentalmente, si no que su cuerpo también se estaba resintiendo. Supo que Marine, en su huida hacia delante, había inmortalizado su camino impregnándolo de huellas por las sandalias mojadas con restos de arena; también supo que Curt sufriría una pequeña alteración en su ánimo inestable al observar que las baldosas del pasillo, a consecuencia, quedarían sucias. En los últimos días Curt le tenía bajo unas expectativas asfixiantes, en una permanente guardia que mermaba sus fuerzas.

 

Mientras abría la vieja portezuela del ascensor que se acompañaba de una verja inútil y pesada, subía con chirridos constantes y volvía a repetir la parafernalia de cierre, notó el peso de los párpados y el sueño agolpado en su frente. Necesitaba dormir más, pero le era imposible: un constante estado de alerta le impedía alcanzar el estado rem con los dos ojos cerrados. Se estaba agotando. Pensó que debía poner freno a esta situación que se le estaba yendo de las manos en cuanto fuera posible, quizá huyendo de allí en el momento idóneo, cuando consiguiera desaparecer de forma inadvertida y se despejara aquella emboscada en la cual andaba inmerso, y que ahora experimentaba su momento más álgido. Consideró seriamente el poner cerrojos en la puerta de su habitación mientras tanto. Si no, ese compendio de situaciones y circunstancias acabaría con él.

 

La casa donde vivían contenía techos altos y habitaciones espaciosas propias de antigua construcción; nada más entrar se extendía un oscuro y estrecho pasillo, y a mano izquierda encontraba una de las puertas que daba a la cocina. La cocina, a su vez, se comunicaba con el salón mediante otra puerta; ésta estaba acristalada, y tenía en el centro una rosa enorme grabada al ácido, con gruesos trazos negros. Alain siempre recordaría con fabuloso simbolismo el contorno de esa rosa en el cristal. Acortó el camino al salón porque tenía hambre y Marine solía ocuparse de que hubieran suficientes plátanos, cerezas y nísperos en un frutero de acero inoxidable sobre la barra frente al fregadero; a través de la puerta acristalada, que estaba cerrada, atisbó distorsionadas dos figuras, y tomó aire para enfrentarse a ellas. Por más que intentó descifrarlas, ninguna de ellas respondía a la de una mujer.

 

 

Suspiró de alivio cuando al hacer acto de presencia vio a Mick sentado en el sofá, con un vaso collins vacío entre las manos. Al fondo, tras la puerta que daba a la terraza, donde tenían la secadora instalada, Marine se hallaba vaciando ropa del electrodoméstico, la extendía y la doblaba, con esa manía suya de acercarse las toallas a la cara y acariciarse con ellas, recién salidas de las elevadas temperaturas, casi ardiendo. Curt sintonizaba unos canales en la televisión, investigando los botones de los laterales, pues durante los días anteriores habían roto el mando a distancia. La tensión en el ambiente se palpaba y se adhería a la piel como el sudor de un clima húmedo en verano. Alain se sintió desubicado, casi ingrávido a medida que avanzaba, atrapado en la calma engañosa de un tornado que estaba a punto de arrasar, preparado para llevárselo con él.

 

Fue hacia Mick porque necesitaba calmar su conciencia mala y pobre. También le urgía sostenerse en el hombro sincero de un amigo, aunque no supiera ni pudiera explicar el porqué de aquella necesidad. Quería transmitirle con los ojos que había luchado todo cuanto pudo para impedir involucrarlo en un asunto tan turbio, que de veras lo intentó, y que se aseguraría de que, una vez pasada la mala racha de alarma, se liberara de la delicada responsabilidad que ahora transportaba sobre la espalda.

 

Hola, Mick

 

Saludó con la mayor afabilidad que pudo rescatar de su frialdad habitual, con una sonrisa tímida, tendiendo la mano e intentando asegurar, de veras desando creer, que nada entre ellos había experimentado el mínimo cambio. Sabía en el fondo que ya nada sería igual, pero Alain se agarraba a un clavo ardiendo con el que pretendía borrar la semana anterior, hacer como si nada de aquello hubiera existido. Era una táctica que solía llevar a cabo desde su adolescencia y que en los últimos tiempos estaba dejando de resultar. Parecía que guardar vilezas y arrepentimientos bajo la alfombra estaba haciendo que ésta se desnivelara demasiado, y ahora era incapaz de obviar sus hechos. Se le enquistaban los recuerdos, remotos e inmediatos, como un insecto en su capullo, envuelto en su seda engañosa.

 

Mick le miró, y sus ojos le parecieron inyectados en rojo rabia. Estaba sentado y ladeó la cabeza para verle mejor, con el rictus amargo le dirigió una áspera mirada inquisitiva y el gesto displicente cargado de reproche. Luego lanzó el vaso sobre la mesa y, al levantarse, le golpeó fuerte y a propósito con el hombro, descargando su furia, de manera que ya estaban frente a frente. Tan sólo hizo falta un susurro:

 

Traidor, me has destrozado la vida. Has arruinado el resto de mi vida. ¡Me has enjaulado!

 

Y luego se fue a su habitación, que era la más cercana, con avidez y disimulo. A Alain se le congelaron los rasgos de la cara, asomaron a sus labios palabras casi visibles, pero las contuvo. Tragar saliva en ese momento era igual a beber hiel. De repente, los brazos y las piernas comenzaron a pesarle como cuatro yunques, y la sangre pareció bajar de la cabeza para agolparse en el corazón. No pudo tan siquiera cerrar la boca, se quedó impertérrito y sentía un vacío en el pecho, como si se tratara de un pozo infinito. En escasos minutos, todo pareció encauzarse, el cuerpo volvió a bombear y la vida se reanudó. Quiso decir algo, preguntar qué había hecho él, defenderse, justificarse –que no excusarse– y que le permitiera explicárselo, reclamar su derecho a réplica. Confesar que sí, que no podía negar la razón, que lo había espiado incansable y lo había vendido de alguna forma, pero que no se atendió su voto y se hizo caso omiso a sus palabras, porque él no pretendía hacerle daño. <¿Qué estás pensando? ¿Qué crees de mí?>, las preguntas se arremolinaban en su mente.

 

Y, de repente, al advertir los ojos de Curt clavados en los suyos, controlando todas las reacciones como si de un director de orquesta se tratase, le recorrió por los nervios la fidedigna sensación de que él mismo había sido víctima de la traición, que lo más probable era asumir la pérdida de la amistad. Pensó que al irse Mick de su lado ya nunca volvería, ni tan siquiera al regresar sería él mismo. Otra vez le tocaba el papel de asumir interrogantes sin respuesta y enterrarlos bajo la arena. El hombro le ardía a causa del dolor ocasionado por la insidia, la maquinación y finalmente la ruptura.

 

 

Curt y Alain parecían dos gatos dispuestos a sacar las garras y enzarzarse, palpando el terreno, cautos y apretando los dientes. Ambos demandaban explicaciones, víctimas de la incertidumbre. De repente, toda incipiente conversación se convirtió en preguntas intrigantes y afiladas con regusto a desconfianza, tanto de uno como de otro.

 

Curt temía que alguna de las ejecuciones planificadas al dedillo hubiese salido mal, se preparaba para alguna felonía o algún paso atrás; no las tenía todas consigo respecto a Alain, sobre quien se cernía una nube de humanidad inaudita y nunca antes vista. La visible rebelión en sus últimas conversaciones, y desacuerdos en cada una de sus proposiciones, le hacía sospechar la existencia de un resquebrajo en su hasta entonces inquebrantable relación.

 

Por su parte, Alain nadaba en un mar de dudas. La reacción de desquite que tuvo Mick le dejó aturdido, sin saber qué se pretendía de él: ¿una disculpa, una explicación o una despedida?. Pero de lo único que estaba seguro era de la identidad del culpable, quien tenía impasible frente a sus ojos y ajeno al dolor, aunque aún no conseguía entenderlo ni anticiparse a él –y eso que hacía muchos años que se conocían– ni tampoco lograba distinguir cuál era su modus operandi. Y le molestaba profundamente, aún más le dolía, porque la amistad era lo único puro que podía conservar, y hasta eso le pretendían arrebatar.

 

De repente estallaron dos cuestiones al unísono:

 

¿Qué le ocurre a Mick?

 

¿Ya no hay moros en la costa?

 

Y a la vez, algo inoportuna (o quizá al revés), entraba Marine asiendo un viejo cuévano junto a la cadera repleto de ropa recién doblada, escudriñando a ambos, oliéndose la tirantez y haciendo, sin querer, de mediadora.

 

Todo limpio.

 

Fue la frase ambigua de Alain; Marine asintió, creyendo que se refería a lo que transportaba bajo el brazo, y le miró cabizbaja y sin atreverse del todo, entre ofendida y molesta, queriendo retrasar el tiempo y con un atisbo entre ternura y contrición.

 

Resultaba una obviedad que la aclaración no iba referida a ella, pero el doble sentido fue un alivio para todos. A Curt se le iluminó la cara, y su magnética sonrisa resplandeciente no pudo disimular la satisfacción de los deseos cumplidos y las venganzas saldadas.

 

 

Si algo diferenciaba de una forma abismal a Alain y a Curt era la impetuosidad y el carácter impulsivo de uno frente a lo meditado y lo circunspecto del otro. Así pues Alain estuvo toda una mañana acompañando a Marine y fue incapaz de insinuar o expresar nada, ni de conducir algún acercamiento físico que ella incitaba abiertamente o de reunir suficiente valentía para derribar el muro que encerraba sus pasiones o instintos más primarios y vitales. Sin embargo, Curt materializó esos deseos reprimidos en apenas dos minutos. Efusivo, con la adrenalina a flor de piel y la seguridad del vencedor, ordenó a Marine (porque éso le pareció a Alain: una orden con voz serena pero de tono tajante, disfrazada de indirecta petición sin lista de opciones):

 

Marine, ponte el mejor vestido que tengas y maquíllate, pero no tardes; voy a llevarte a comer al mejor restaurante de la ciudad.

 

Y a Marine sólo le faltó saltar de entusiasmo. Llevaba semanas, incluso meses, esperando palabras similares, buscando alguna cita con el vikingo con el fin de poder satisfacer esa pretensión suya de desgranarle y quitarle el caparazón, convencida de ser la única mujer del mundo capaz de obviar su dureza y acariciar sus debilidades y bondades escondidas bajo la apariencia de hombre impenetrable y a ratos severo, siempre cubierto de presuntuosidad.

 

No se atrevió a mirar a Alain, y quedó patente cómo él buscaba encontrarse con sus ojos (aunque bien sabía que no era nadie para exigir explicaciones, ni siquiera valiéndose de rentas) pero ella se evadía y lo eludía, mirando al frente como un toro impedido de visión lateral, corriendo apresurada a través del salón sin querer enfrentarse ni a él ni a sus sentimientos perturbados, algo dañados. Por su parte, él lo notaba todo irreal, no comprendía lo que sucedía a su alrededor: todo se le inundó de interrogantes, laberintos sin salida, rencillas y decepciones, con muchos caminos abiertos que carecían de destino.

 

Cuando Marine desapareció presa de un entusiasmo evidente aunque algo comedido y una sonrisa que resplandecía en su rostro, Curt quiso reanudar la conversación en aquel desierto habitado por ánimas dolidas y supervivientes. Se escuchaban a lo lejos ruidos de perchas moviéndose frenéticas en un armario y pares de zapatos golpeando el suelo, y dichos preparativos resultaron ser demasiado para la paciencia de Alain; así que éste dio la espalda y fingió preparar algo de almuerzo en la cocina, dejando la puerta acristalada entreabierta, sin mediar palabra y creando barreras, imponiendo silencio.

 

 

Marine salió a los pocos minutos. Cambió su vestimenta playera y más informal por un vestido floreado, juvenil y sencillo, las piernas al descubierto, y subida en unos altos tacones parecía que caminara de puntillas. Tenía ondas en el cabello, provocadas por la brisa marina –que era una experta natural en crear nuevos peinados– y con toda la melena hacia un lado, cayéndole sobre un pecho, se veía más sensual que nunca. Alain clavaba sus ojos en ella cuando ésta se giraba, se distraía o se mostraba de perfil, acicalándose y retocando el maquillaje, absorta en alguna otra cosa, esperando que Curt finalizara la reserva del restaurante por teléfono y la apremiara a salir. Para el francés, en esos momentos, el reloj imitaba los latidos del tiempo y su pulso propio.

 

No sintió exactamente una punzada de celos…aún no había llegado a ese punto, no podría definirlo así. Sí sintió el dejo de la injusticia taponando su paladar, la impotencia y la rabia agolpadas en su pecho y cierta admiración por las dotes de diablo de Curt. Fisuraba una amistad y se llevaba a la chica en un mismo día, sin más dilación, sin apenas pestañear y sin llamadas de conciencia. Mientras tanto Alain ponía a hervir patatas y, atravesando el vapor, giró la cabeza y vislumbró a su hasta entonces camarada, las pupilas ambarinas clavadas en él omitiendo el óbice de la distancia, mientras Marine, ajena a toda reacción sospechosa, pintaba sus labios concentrada en el espejo del salón.

 

 

Ambos protagonizaron un duelo callado, parados y dispuestos. Alain mantuvo valientemente la mirada durante un instante audaz y, como si leyera su mente, el vikingo escocés esbozó su sonrisa más canalla. Luego alzó la mano con el dedo índice hacia fuera y el pulgar ladeado como el percutor de una pistola, a continuación dejó caer el pulgar y disparó. Resultó una oda u homenaje a los caídos de aquellas noches, vanagloriándose de sus mandatos. Había un irresistible fulgor en su mirada.

 

Curt se dirigió hacia la puerta con paso rápido cruzando el pasillo, pero Marine decidió atajar atravesando la cocina. Fue fruto de un instante cuando se acercó a Alain y escaló su espalda, y rozando su nuca a la vez que acercaba los labios al borde de su oreja le pidió en un susurro: “llévame al mar libre, donde nadie nos vea”.

 

No dejó tiempo para una respuesta. Salió casi saltando, impregnando el aire con un extraño aroma mezcla de salitre y agua de colonia floral, quizá jazmín, dueña de un taconeo que se alejaba poco a poco y que se iba confundiendo con risas y murmullos, cada vez más lejanos al otro lado de la puerta de entrada. Alain apagó el fuego, cubriendo de repente todos los agujeros de su estómago, y dejó caer con fiereza su peso sobre los puños, que hincaba haciéndose daño él mismo sobre el mármol de la cocina. Cuando quiso apartar la vista se encontró su reflejo, que en la puerta de cristal grabado con el contorno de una rosa, lo doblaba y lo partía en dos.

 

Comentarios

  1. GermánLage

    5 junio, 2018

    ¡Vaya! Otro giro no tan inesperado, pero no por eso menos sorprendente, con la espada de la sorpresa desenvainada a última hora. Seguimos disfrutando y a la espera.
    Los consabidos abrazos, Esteff.

  2. Luis

    5 junio, 2018

    Buen texto de continuación de la saga de Curt y Alain, esperemos que no tengan redención, un abrazo y mi voto Esteff!

  3. LluviaAzul

    5 junio, 2018

    Querida Estefanía, fantástico solo eso. Un abrazo, fuere.

  4. Mabel

    5 junio, 2018

    ¡Excelente! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  5. Esruza

    5 junio, 2018

    Siempre nos sorprendes Estef!! a la espera del siguiente estimada escritora.

    Abrazos y mi voto

  6. Klodo

    18 junio, 2018

    Me ofenden los cambios de Marine y nuevas actitudes de los demás
    personajes. ¿ Son permanentes ? …¿ Es sólo un juego transitorio ?
    Me temo que tus personajes sean como el espejo de tu vida. Cambias tú
    y los haces cambiar a ellos.
    El conflicto mayor es por supuesto siempre el eje de una novela y tú lo res
    petas, pero ahora introduces cambios sorpresivos que nos sacuden.
    Un abrazo de amigos, Estefanía, junto con mi voto.
    Sergio

  7. Leonel Insfrán

    19 junio, 2018

    Es excelente! Es una escena que no dura más que minutos, y sin embargo tiene adentro mil millones de universos!

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