Abrió los ojos y lo primero que percibió fue el parabrisas oscurecido por el barro. Sostenida por el cinturón de seguridad solo atinó a pensar que la posición en la que se encontraba le hacía acordar grotescamente a una montana rusa.
—¿Estás bien? -preguntó su marido.
— Si -dijo con seguridad.
— No te asustes, ahora voy a desabrocharte el cinturón.
No alcanzó a contestarle cuando sintió que su costado chocaba contra el de él. Se pararon sobre la puerta del acompañante, el auto había quedado de costado.
De repente a María se le ocurrió que necesitaban urgentemente salir de ahí, la gente se había agolpado contra el auto y para ayudarlos querían darlo vuelta con ellos adentro, sintió pánico, ¿y si se incendiaba, o estallaba? Facundo pensando lo mismo comenzó a patear el parabrisas que ya estaba convertido en un millón de cristalitos con forma de rompecabezas, apenas sujetos por el polarizado.
Salieron y lo primero que sintió María fue una mano fuerte, áspera a la que se aferró, después todo fue confusión, la gente los rodeaba, los obligaba a acostarse en el piso. ¨Estoy bien¨, trató de protestar, pero su voz sonó débil hasta para ella misma. El hombre que la había ayudado en un principio le hablaba como si ella fuese una criatura. ¨Lo importante es que están bien, decía, yo venía con el colectivo por la mano de enfrente cuando vi lo que pasó, esta ruta es un desastre, está toda rota por el paso de los camiones, siempre hay accidentes, ¡y encima hay que pagar peaje!¨.
A su lado una mujer de mediana edad mascaba chicle y la miraba indiferente, los ojos fijos, demasiado maquillados y las cejas pintadas en un arco imposible le hicieron acordar a la protagonista de una telenovela mejicana. El colectivero trajo una manta y la cubrió con ella, sólo en ese momento se dio cuenta de que su cuerpo temblaba sin control.
Un bombero dijo ¨ya viene la ambulancia¨ y entonces ella buscó con los ojos a Facundo que estaba acostado a su lado. Él también estaba bien.
Los trasladaron a una pequeña guardia, ya que en ese pueblito no había ni siquiera un hospital.
Les hicieron placas, les tomaron la presión, les dieron diclofenac, y les dijeron que tenían que esperar 6 horas para irse de allí. Era el protocolo.
Finalmente los dejaron solos en una habitación. Facundo la abrazó, conmovido por lo que había pasado, en sus ojos había lagrimas, ella se aferró a él; hacía tanto que no se abrazaban… trató de dominar su miedo que de a ratos amenazaba con aflorar; ojalá pudiera llorar, pensó, pero sentía un peso en la boca del estómago como si todavía lo peor estuviese por venir.
Facundo salió para hablar por teléfono con el seguro y arreglar todo, y ella al fin se quedó sola.
Miró por la ventana el plomizo cielo, la calle gris estaba inundada y corría vertiginoso un rio de barro y lluvia. Cruzando la acera vio al colectivero y su maquillada mujer que la saludaban con la mano desde enfrente. Un poco obligada por haber recibido su ayuda contestó el saludo, pero no dejó de parecerle algo incómodo que los dos hubieran seguido la ambulancia. Después vio que Facundo cruzaba la calle, se reunía con ellos y hablaban. Cuando lo vio volver, se apresuró a recostarse sobre la frazada raída y arratonada.
__ Te compré una seven up, y de paso saludé a Marta y Fulgencio.
__ ¿A quiénes?
__ Marta y Fulgencio, el colectivero y su mujer. Son tan cordiales, se ofrecieron a ayudarnos. Mirá, cuando salgamos de acá van a ser como las doce de la noche, y en este pueblo miserable no hay ni taxi, ni hotel ni remise, ¡no hay nada! así que ellos muy amablemente se ofrecieron a llevarnos a Río Tercero. Mañana veremos cómo hacemos para llegar a la capital.
__ ¿Y vos que dijiste?
__Que si, obvio. ¿Qué querías que dijera?, no tenemos otra.
María no contestó, la angustia que sentía viró y comenzó a mutar en una zozobra difícil de explicar. Pensó que estaba teniendo un ataque de pánico y respiró profundo, como el profesor de yoga le había enseñado. Poco después se sintió mejor.
Se hicieron las doce, les dieron el alta, se subieron al colectivo y emprendieron el camino a Rio tercero, a treinta kilómetros de allí, donde Marta y Fulgencio tenían su hogar. La ruta estaba oscura y por un momento María sintió que el miedo volvería a aflorar, tomó la mano de Facundo a su lado, como buscando refugio. Él se la estrechó, tenía los dedos helados y el contacto en lugar de reconfortarla hizo todo lo contrario. Fulgencio hablaba y hablaba, su mujer permanecía callada, sólo se escuchaba de vez en cuando la explosión del chicle globo que seguía mascando. María trataba de seguir el hilo de la conversación, pero el sueño la vencía, las luces del camino la iban sumiendo en un leve sopor; poco a poco la ruta se convirtió en la terraza de su casa y las luces en estrellas… ella cavaba en una maceta, y sentía el roce de las alas de los pájaros que volaban muy cerca, de golpe levantó la vista y se dio cuenta de que no eran pájaros, eran otra cosa. ¨No todo es como parece¨, decía una voz en off. Se despertó de golpe, habían llegado.
La casa era grande, María miró de refilón la decoración: muñecos de papel maché, flores de plástico en frascos, pelotitas de colores flotando en un plato, hasta un enano de jardín descascarado.
Marta le señaló con el cuchillo con el que estaba cortando una pizza, un placard donde colgar sus abrigos. Facundo acomodó el suyo y el de María en una misma percha. Cuando intentó cerrar la puerta no pudo, un libro la atascaba. Lo levantó y con sorpresa leyó en voz alta “Diccionario de Filosofía” de José Ferrater.
—María, el mismo que usabas en la facultad —exclamó encantado, como si esa casualidad fundara entre ellos un punto en común que los hiciera más cercanos.
— Es mío —dijo Marta sin detenerse a celebrar la casualidad, y se lo sacó de la mano de un tirón.
Comieron la pizza en silencio, apenas interrumpido por algún comentario de Facundo, que no sabía de qué manera agradecer la gentileza de esa gente.
Masticando la pizza, que con cada bocado chorreaba aceite, María se sintió como dentro de una película; sorprendió varias veces a Marta observándola, vio la blusa transpirada de la mujer y se extrañó, la noche era fría.
Los dueños de casa les ofrecieron su propia habitación para pasar la noche, ellos se acomodarían en el cuarto de al lado.
Facundo se deshacía en agradecimientos diciendo cosas como ¨es increíble que sean tan buenos, la palabra gracias no alcanza para decirles lo que sentimos¨ María se dio cuenta de que la incluía, como siempre hacía, como si los dos pudieran sentir exactamente lo mismo frente a las mismas situaciones.
Quedaron solos y se metieron en la cama.
—Que increíble esta gente, seguía diciendo Facundo.
—Yo diría que raros son -contestó María.
— ¿Raros? ¿Es lo único que se te ocurre decir?
— ¿No te parece raro?, nos esperaron seis horas en el hospital, nos dan de comer, nos traen a su casa… ¿Por qué?, ¿sólo porque si?
— Mirá que sos mala vos, che —-protestó Facundo— Frená un poco tu imaginación que como de costumbre está desbocada.
Pero María se dio cuenta de que algo de lo que ella había dicho lo había puesto a dudar. Unos golpes tocaron su puerta. Era la mujer con una bandeja.
—Les traje un tecito de tilo, para que pasen bien la noche —dijo-— y a María su tono le pareció artificial, fingido, como respondiendo más a un libreto aprendido de antemano.
Se tapó sintiendo el tacto inédito del algodón de las sábanas, escuchando los sonidos ajenos de la casa, el aroma desconocido del suavizante de ropa que usaban, el viento arbitrario que se negaba a parar. Sus ojos divisaron en la penumbra el brillo plateado del gato chino de la suerte que movía el brazo desde arriba del televisor.
Suspiró y trató de calmarse, Facundo roncaba suavemente a su lado. Comenzó a sumirse en un duermevela y se esforzó en mantener los ojos abiertos, fijos en el picaporte que se iluminaba a medias con la luz que se colaba a través de las ranuras de la persiana; pero el gato chino se desdibujaba, y el cuadrado del televisor se deformaba, y los párpados le pesaban.
Imaginó los colores naranjas de un atardecer en el mar, el sonido de las olas lamiendo la orilla, la arena apenas tibia, abandonada del calor del sol que se hundía en el horizonte.
No supo bien qué hora era cuando algo la despertó de golpe. Prestó atención y escuchó los crujidos del piso entablonado de maderas largas y elásticas que parecían hundirse a cada paso, sintió apenas el chasquido del picaporte al ser accionado, percibió la puerta que se abría poco a poco, y se tapó la cabeza con la sábana, como si esa torpe defensa pudiese evitar lo que sobrevendría.




gmarcelo
Me gusto mucho. Una historia cargada de misterio y detalles. Muy bueno. Mi voto desde el muro.
Mabel
¡Impresionante! Un abrazo Carmen y mi voto desde Andalucía
The geezer
Impresionante relato, sinceramente. Desde el principio me he quedado enganchado con un mal presagio, buenísima la atmósfera que se va creando, enhorabuena
Pablo P.
Un relato maravilloso. Felicidades porque manejas las palabras con maestría. NO sobra ni una sola. Mi admirado voto. A partir de ahora no te perderé de vista
Carmen de María
Muchas gracias por tus lindas palabras !, un saludo afectuoso.
Carmen de María
Muchas gracias por tan gratificantes palabras y tu voto de confianza!, un abrazo!
Carmen de María
Gracias Mabel!, un abrazo.
Klodo
Hola Carmen María
Impactante relato y excelente ritmo narrativo.
Cautivas desde el comienzo y ya no sueltas más.
Entretienes siempre. Un verdadero agrado leerte.
Un saludo cordial y mi voto
Sergio
Carmen de María
Muchísimas gracias!, me emocionó mucho tu comentario. Gracias por tu voto pero sobre todo por tu comentario tan gratificante que me impulsa a seguir. Saludos!