Final Cap. 13 - Cristales

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Algunos niños no saben canalizar sentimientos negativos como la rabia, la culpa o la decepción,y entonces reaccionan con conductas agresivas, pero hacia sí mismos. Algunos golpean su cuerpo contra el suelo, otros se tiran del cabello presos de una desenfrenada tricotilomanía. Es desconcertante y horrible observar ese sufrimiento y no comprender a qué es debido, si hay que esperar a que transcurra la fase o si es mejor poner freno al minuto de descubrirlo. Es una sensación de impotencia tan atroz que inutiliza. Por suerte, y por norma general, siempre hay padres –o figuras similares– que se dan cuenta de tales reacciones y desean buscar remedios, que luchan contra aquel monstruo vil que aborda al niño, libran una batalla ardua contra algo que a priori desconocen y que al final logran vencer. El hijo confía, se siente protegido, de repente arropado, y entonces ya no se daña a sí mismo. Aprende a amarse: aquellos que le quieren le enseñan las herramientas necesarias, que utilizará ya el resto de su vida, para que pueda y deba hacerlo. Y todos respiramos aliviados, porque no hay nada peor que ver a un niño atormentándose, que crezca amistándose con el dolor.

 

Alain no tuvo quién se lo impidiera. Comenzó a hacerlo de pequeño, por entonces sus padres aún vivían. Le dijeron que eso que hacía era algo enfermizo, le tildaron de loco, y a veces su madre –en sus fantasías de alcohólica, cuando llegaba a un estado insufrible– le gritaba espantada que no parecía su hijo, sino el retoño de Satanás, y le zarandeaba y alejaba de su lado con violencia. A veces lo encerraba en el lavabo, atemorizada, y esperaba tras la puerta a que los impulsos incontrolables, los ruidos y los golpes, cada vez más vehementes, cesaran. Cuando sobrevenía la calma se fundían en un abrazo prolongado, y luego su madre le besaba en la cara, rozaba y curaba sus heridas. Eso era lo mejor, aquella era la recompensa, por eso valía la pena.

 

Este niño sólo se detendrá cuando por fin le aparezcan los cuernos de antílope y su cara se convierta en la de una cabra. No es normal, no es una persona. ¿Cómo pude gestar algo así, Dios mío? ¡Cuánto castigo! ¡Está poseído, lo está!”, gritaba mientras le señalaba con un dedo acusador cuando tenía seis o siete años –en realidad lo clamaba con las ventanas abiertas, a él y al mundo entero, a todo aquel que quisiera escuchar–, y él seguía haciéndolo con más ahínco y sin poder detenerse; no paraba de golpearse contra la pared hasta que se mareaba o sangraba. A veces perdía el conocimiento. Cuando creció, su hermano mayor Jean-Baptiste le advirtió: “tienes que dejar de hacer eso, Alain, es peligroso. Un día te tomarán de verdad por un demente, unos señores te llevarán y te encerrarán. Te quedarás solo”. Y entonces Alain se asustó y pasó varias noches llorando, se alarmó mucho porque uno de los motivos por los que se golpeaba con tanto ímpetu o se arrancaba mechones y mechones de pelo (entonces era cuando sentía esas terribles punzadas en el cuero cabelludo), era debido al temor que le infundía justamente esa soledad. Fueron tantos días los que se perdió o se olvidaron de recogerlo y tuvo que deambular agotado por las calles, y tantas noches hambriento y desvalido esperando tras la puerta de su casa a que alguno de sus padres volviera a cruzar el umbral del hogar, que desarrolló auténtico pavor. Y para no sentirlo, se dañaba. No es que doliera menos, tan sólo se le olvidaba aquel dolor y lo sustituía por otro. Pero eso estaba mal: su hermano se lo había dicho, en voz baja y en secreto, bajo la luz tenue de una bombilla desnuda y en plena madrugada, cuando comenzaba a evidenciar un nuevo ataque de histeria. “Alain, esto que haces está mal. Hazlo de una forma que no sea tan evidente. Que no lo noten. Pero deja de armar tanto escándalo, porque acabarán separándonos”. Y así aprendió a ser más comedido, y siguió perfeccionando sus técnicas. Al final pasaba tan desapercibido que nadie volvió a darse cuenta, y cayó en la necesidad de hacerlo cada vez con más asiduidad.

 

Marine se había acercado mucho, muchísimo, y luego había desaparecido, agarrada del brazo de Curt, y lo había abandonado. No la podía culpar por no haber tenido paciencia, por no esperarle lo suficiente: él mismo conocía de sobras su carácter complejo, su incapacidad comunicativa y sus desplantes distantes. Mick le había rechazado, huyó de su presencia como si anduviera por ahí con un aura radioactiva que no admitía compañía alguna. Habían sido, en definitiva, unos días muy duros. Le invadió una soledad tremenda, sofocante, y mientras preparaba un pastel de carne en la cocina sintió la necesidad de volver a hacerlo, de repetir un patrón que una vez (él lo recordaba muy remoto, pero en realidad ocurrió unos cinco años atrás) le había sumido en una habitación de hospital varios días y le condenó a una exhaustiva terapia psiquiátrica –a la que no acudió– y a unas meticulosas curas diarias –a las que tampoco fue–. Esa vez se armó tal revuelo a su alrededor, dejando al descubierto sus rituales secretos como consecuencia de un desvanecimiento fatal, que enseguida supo que había hecho mal. Recordaba las palabras de su hermano, repitiéndose como una salmodia: “hazlo de una forma que no sea tan evidente. Que no se te note”. Así que una vez repuesto, aunque no reparado, inventó otras maneras, quizá no tan efectivas pero sí con idéntico resultado.

 

Hoy es una situación excepcional. Extraordinaria, aislada. No lo tomaré otra vez como norma. Soy lo bastante inteligente como para no hacerlo. Pero hoy lo necesito. Lo necesito. Lo necesito”. Se repetía una y otra vez, y cuando se paraba a pensarlo no alcanzaba a discernir si le sonaba más a excusa que a verdad.

 

Fue entonces cuando escogió una copa que estaba al fondo del armario alto con escurreplatos, y que aún dejaba caer gotas de agua, escapándose entre las rendijas, sobre el fregadero. Estaba resbaladiza, recién lavada. Sacó de la vitrina una amplia servilleta de tela, pertenecía a la mantelería que reservaban para las comidas y cenas de postín, y para las visitas. Envolvió la copa y la golpeó contra la encimera de mármol. Lo hizo varias veces, con mesura y tenacidad, hasta que notó a través del algodón que el cristal se había hecho añicos, y los trozos cada vez eran más minúsculos. Rebuscó en uno de los cajones más hondos hasta hallar un bol algo estrecho pero con bastante profundidad, en el que solía desayunar cereales con leche, y lo llenó de agua fría (aunque no mucha). A esas alturas, ya tenía las medidas memorizadas, calculadas con la precisión de un arquitecto. Los pequeños trozos de vidrio repiquetearon contra la cerámica, parecía que aguijoneaban su pecho cuando se zambullían en el agua, cayendo al fondo y quedando allí esparcidos, como si no entrañaran peligro alguno, como si fueran insignificantes e inofensivos.

 

Y entonces aspiró aire, miró hacia arriba –no quería ser testigo de dicha recaída, aunque reiterara en su mente que sería excepcional–, cerró los ojos con fuerza hasta que los párpados le lastimaron y hundió poco a poco su mano en el interior del cuenco. Reprimió el primer grito (que era el peor, el de más desasosiego y el más impulsivo: superado el primero, se aseguraba asumir el resto) o cualquier gesto de dolor, y luego se obligó a abrir los ojos, con las cuencas vidriosas que nublaban su vista. Movía los dedos, la muñeca, la mano entera. Los cristales punzantes luchaban por clavarse en su piel, por adherirse a él, por escarbar dentro de sus uñas mientras destruían y se resquebrajaba la queratina, por consolar sus miedos y acallar los remordimientos. Notaba cómo se incrustaban algunos pequeños y dolorosos en sus nudillos y le remachaban las yemas de los dedos, también la palma de la mano, cómo deshacían sus cicatrices viejas para crear otras nuevas.

 

Es una crisálida” –pensaba, y casi se convencía– es una reinvención. Aguanta”.

Orugas hambrientas. Mariposas saciadas.

 

Cuando casi no notaba la sensibilidad y apenas podía mover la extremidad, la extrajo con cuidado y dificultad, apoyándola en el borde del fregadero. No osó inspeccionarla, ni siquiera el rastro de su castigo, ya imaginaba el agua de color encarnado y no le hacía falta verla. Valiéndose de las pocas fuerzas que le restaban, reanudó el atroz protocolo: le tocaba el turno a la mano izquierda. Esta vez hundió aún más la muñeca y la expuso con crueldad: quiso que el cristal atravesara los huesos de Carpal, que anulara las venas sobresalientes del dorso y el nervio mediano, que le absolviera del tormento de sentir. Cuando el techo se difuminó y no era capaz de distinguir los azulejos de las luces, porque ya no existían para él los colores ni las formas, supo que había llegado el momento de parar. De repente, su rostro estaba pálido y exangüe. Le pareció que el cerebro ya no bombeaba sangre, que se había sumido en una extraña sístole sin diástole, que se había concentrado toda en algún punto entre el antebrazo, el corazón y los pulmones. Como pudo recobró el aliento, y las sienes volvieron a latir, y ya no pensaba en destrucción ni en abandono, en deslealtades ni en amistades rotas. Ahora sólo pensaba en cómo curar, mimar y restablecer sus pobres y atormentadas manos.

 

Cuando se repuso, borró de un plumazo todas las huellas del desastre. Separó cada esquirla, cada medialuna con una delicadeza casi exagerada, y las depositó en una bolsa verde y gruesa que luego lanzaría al contenedor selectivo. Observó el remolino de agua roja que acabó perdiéndose, engullidos por el desagüe el líquido y el símbolo de su atrocidad. Con las manos vendadas logró abotonar una camisa (vestirse con el jersey resultaba ahora demasiado aparatoso) y decidió salir a tomar una copa, respirar aire fresco y escapar de aquellos rincones, y de esta manera no darse tiempo para procesar nuevos recuerdos. Podría decirse que era un experto en huir hacia adelante.

 

Caminaba hasta uno de sus bares favoritos –era uno que pertenecía a un hotel y que le gustaba por su luminosidad, por el uniforme del barman, por su decoración sencilla, por sus mesas despejadas y el espacio diáfano, por sus moquetas color bronce que dibujaban formas octogonales y parecían tener relieve, por la música ambiental escogida con gusto– e iba digiriendo las sensaciones que creía haber relegado al olvido y que ahora renacían. Confluían en su mente el arrepentimiento, sobre todo cuando con el rabillo del ojo observaba las vendas teñidas aún por un diminuto círculo rojo, porque sabía que su acto había sido espantoso y vituperable. Pero luego estaba la satisfacción y el alivio. Se recordaba que al salir airoso de una nueva acometida contra su propia integridad, constataba que la vida volvía a aceptarlo, que superaba el examen crucial con nota y merecía volver a ser empujado fuera del nido, que ya se le permitía volar. Sentía que ahora había aprendido de veras a batir las alas, a alzarse en el cielo y planear sin ayuda, a valerse por sí mismo sin necesidad de compañías ni apoyos, y así podría hacer frente a esa soledad que antes tanto le angustiaba. Comprobó que era fuerte y podía hacerlo, se felicitó orgulloso por su heroicidad y al instante se reprendió por ello: “la próxima vez tienes que aguantar más. Te ha faltado entereza. No es suficiente. No luchas como debieras. Siempre podrás hacerlo mejor”.

 

Llevaba unos veinte minutos dando sorbos, con cierta desgana. Había pedido un ron 151 de alta graduación, pero sabía que no sería capaz de acabarlo: nunca se encontraba cómodo bebiendo. Sin embargo, le gustaba tenerlo enfrente, como un telón de fondo que se difuminaba, y el olor que después desprendían sus labios y su aliento a través de esa bebida le resultaba familiar. Sí, aquél era el verdadero motivo, y por eso lo pedía siempre en sus horas más bajas: porque le sabía a hogar. El hogar luego quedaba impregnado en su ropa y en las sábanas de la cama, y durante unos días todo se calmaba.

 

De repente notó una palmada que destilaba condescendencia y confianza sobre su espalda, y al girarse vio a Mick tomando asiento a su lado. No le esperaba, aunque tampoco le sorprendió.

 

Mick supo dónde encontrarlo. Sabía dónde buscar a todos sus amigos cuando éstos decidían perderse, conocía sus escondites y los pequeños trozos de mundo que adoptaban como madriguera cuando la vida les azotaba con demasiada fiereza. Pero nunca se atrevía a acecharles o a robarles ese momento de intimidad, ni siquiera a cambio del mayor de los consuelos. Para Marine era el espigón de la playa de Brighton –ella se lo había contado una noche, sin tapujos, e incluso le invitó a ir. Él declinó la oferta: no quería invadirla–. Curt solía refugiarse en el bosque de los álamos, en una zona pedregosa, intransitable y montañosa de Londres, y en ocasiones también lo hacía en un rincón idílico y aislado perteneciente a los páramos escoceses. Alain se agenció varios puntos clave en rincones inauditos: playas desiertas en invierno, naves industriales abandonadas, pendientes o acantilados, garajes subterráneos, y en los últimos tiempos el bar del hotel Arosfa, con sus magníficas lámparas de araña luminosas, su amplitud y su poca afluencia de personal.

 

Mick también sabía que cuantos más escondrijos de reflexión se crearan, más grave era la sensación de asfixia y mayor el problema.

Curt y Alain se llevaban la palma de parajes desérticos y secretos conquistados.

 

Mick se había equivocado al prejuzgar y vilipendiar a Alain. En aquel momento le invadió una ola de celos al verlo aparecer tras Marine; conocía el aire serio y dispuesto de ella lo suficiente como para garantizar que algo había sucedido entre ambos. Actuó de forma desproporcionada e irracional. Mick no era así; después del momento de genio, pronunciadas las palabras y exagerado gestos de puro desprecio, se sintió tan culpable que decidió salir en su busca.

 

Observó la figura inequívoca de su amigo a través de las ventanas exteriores del hotel. Camisa negra, espaldas anchas aunque algo delgadas pero firmes y muchos centímetros de piel: su cabeza sobresalía entre las demás. Le temblaron las piernas a medida que se acercaba a la barra del bar, se sintió como si fuera a retirar el puñal que hacía unas horas había clavado en su espalda, y sólo esperaba extraerlo con una delicadeza tal que impidiera la aparición de un surtidor irreparable e irrefrenable, dejando tras sí una herida sin sanar. No sabía cuál había sido con exactitud el alcance de su reacción. En realidad, las palabras que le dijo no fueron para tanto. Girarle la cara, mirarle con odio y golpear su hombro, como si le repeliera su persona, sí lo fue. Y sabía que, pese a su apariencia férrea, Alain era un hombre sensible en extremo a dichos comportamientos, y esos rechazos le herían profundamente.

 

No fuiste tú, ¿verdad?

 

Te juro que intenté mantenerte al margen, Mick. Puedes creer que lo probé todo para disuadirlo,pero no me hizo caso. Fue como pretender razonar con una pared.

 

Oh, lo siento mucho, Alain. No debí desconfiar…lo siento. –Y de veras sus palabras fueron sinceras, pues creía a pies juntillas que Alain había utilizado todos los argumentos posibles en su defensa. Sabía que Curt era hocicado e impenetrable cuando adoptaba una decisión–.

 

¡Eh, lo sé! No te preocupes. No pasa nada. Todos tenemos días malos.

 

Antes de que Mick escogiera su bebida, Alain se adelantó y pidió dos sodas con hielo y limón. Apartó el licor con el vaso más lleno que vacío (que, por cierto, resultó ser muy caro) para avenirse con su compañero, cuidando de sus progresos e intentando allanarle el camino. Pensó que encarnaba al tipo hipócrita que no veía la paja en el ojo ajeno: el hombre que impedía las recaídas de otros después de recaer él mismo.

 

Mientras Alain pagaba al barman, Mick no pudo evitar fijarse en las vendas apretadas manchadas con algunos cercos escarlatas que envolvían sus manos y muñecas con el rabillo del ojo. <Dios, otra vez no. No empieces de nuevo un calvario. Dime que ha sido un accidente…aunque para qué preguntar. Cuéntame otro cuento, otro que yo ya sepa, que yo también los he contado>. Como si tuviera un sexto sentido, Alain intentó de una forma perspicaz cambiar de posición, de manera que sus extremidades quedaran fuera del radio visual de Mick, eludiendo su sorpresa y dictamen. Oían de fondo, manteniéndose en silencio, cómo el camarero escanciaba el agua carbonatada en sus vasos.

 

¿Cómo crees que acabará todo esto? ¿Piensas que se relajará?

 

Ni siquiera cuando alardeaba de su linaje de prestigio o cuando se sumergía en la abundancia…nunca en la vida Curt fue tan poderoso como lo percibí aquel día. Ahora que ha conseguido su propósito, lo es más. Creo que sufre una especie de señorío exquisito.

 

De repente risas. Risas comedidas. Risas fingidas de ambos. Risas que transpiraban miedo y se perdían en la incertidumbre futura. Risas abocadas a la impotencia de estar ahora supeditados a los acontecimientos. Risas que se sabían sin libertad. Unas risas que estaban muy lejos de parecer alegres. Era como si esas risas medio reprimidas se congraciaran con ellos mismos, y con las almas de los tres, incluso la que Curt parecía haberse dejado por el camino.

 

¿Te he contado alguna vez lo de la terapia?–preguntó de repente Mick. Alain respondió negando con la cabeza.

 

Cuando mi madre murió me obligaron a ir a un psicólogo juvenil. Estoy seguro de que no lo necesitaba, lo estaba en esos momentos y lo estoy ahora. Tan sólo me mostraba triste, pasaba mi duelo, tenía derecho a hacerlo. Pero no estaba hundido: me hundí antes de que muriera, fue una enfermedad muy larga. Tuve tiempo para caerme, levantarme, concienciarme y despedirme…es sólo que estaba triste porque la echaba de menos. Necesitaba asumir la pérdida como me diera la gana, lo único que deseaba es que me dejaran en paz. Pero me presionaron, y como todavía era menor de edad y en ese periodo mi nota media bajó muchísimas décimas no tuve más remedio que acudir. Creo que accedí porque si me negaba retirarían la beca, o algo así. La cuestión es que tras varias sesiones, el tipo me dijo: ¿te das cuenta de que sólo me hablas de tu amigo Curt? Y yo asentí. Lo veía normal, porque Curt era mi mejor amigo, mi apoyo en esos momentos, y habíamos compartido muchos años de vida juntos y todo tipo de experiencias. Formaba parte de mi vida, de mi familia. Y me lo preguntó con un tono inquisitorio, como si aquél fuera el origen de mi problema y de mi tristeza. “¿Se ha fijado, señor Sin, que toda su conversación gira en torno a su amigo, el señor McNeill?”

 

¿Se refería a vosotros como señores con quince años?

 

Sí…era desternillante.

 

Pura estrategia de cercanía.

 

Ambos sonrieron en una amistosa complicidad. Luego Mick prosiguió:

 

Entonces yo le contesté: sí. Usted me pregunta acerca de mi vida y yo se la explico, ¿cuál es el problema?. Y luego exclamó, siempre lo recordaré, como si se le hubiera encendido una bombilla en el cerebro: “¿no ha pensado, señor Sin, en que podríamos haber llegado a descifrar el origen de sus conflictos, aquello que le impide avanzar? ¿Ha oído usted hablar de las relaciones tóxicas?”

 

Tuvo la gran idea de superar una pérdida con otra. Gran profesional, sí señor.

 

Sí, toda una eminencia. Realmente, aunque no lo creas, lo era. Al menos tenía renombre y buena fama entre el gremio de los terapeutas.

 

Entonces no me quiero imaginar cómo serían los demás. Al final, ¿qué le respondiste?

 

Le dije: “Bing, no es tan sencillo…¿o es que usted sabría como volver a nacer?”

 

Ambos se miraron, intentando curvar los labios en una sonrisa melancólica, y se entendieron a la perfección. Los tres eran proporcionalmente nocivos tanto para unos como para otros. Pero se defendían, se querían, se apoyaban y se comprendían. Trataban como un sacrilegio el que alguien pretendiera separarlos porque sí, tan sólo guiándose por las habladurías, la mala reputación o las influencias pésimas, las hazañas reprobables o usando confidencias narradas en la intimidad. El psicólogo Bing quizá fuera un déspota en lo que se refería a Curt al expresar sus diagnósticos sin tacto alguno, pero en el fondo Alain y Mick, ya en su adultez, entendieron que tenía razón. Curt era peligroso, pero ¿acaso ellos eran mejores que él?. Si le hicieran caso al señor Bing, quizá deberían autocensurarse a la hora de realizar un memorando de todas sus vivencias y acometidas.

 

¿Sabes? Creo que el tal señor Bing es un imbécil –repuso Alain.

 

Sí, yo también lo creo.

 

¿Qué hiciste luego?

 

Abandoné las sesiones. Pero pude conservar la beca. Váyase usted a la mierda, señor Bing.

 

¡A la mierda! ¿Se lo has comentado alguna vez a Curt?

 

¿Bromeas? ¿Pretendes que de más de comer al ego desmedido de ese vikingo con síndrome de emperador infantil? Acabaría engullendo la mitad del Reino Unido.

 

Ahora sí que estallaron en una carcajada, en mitad de aquel torrente de confesiones pasadas que reforzaba su unión. Mick, que parecía nostálgico esa tarde e iba desarmando uno a uno multitud de recuerdos añejos, prosiguió el hilo de la conversación con la mirada al frente, perdida entre los cuellos de las botellas de alcohol mientras se mojaba los labios con su agua:

 

Enseñé a Curt a afeitarse. Se estaba desgraciando la cara porque no sabía hacerlo, y muchas veces los cortes eran profundos. Cada tres o cuatro días aparecía con medio paquete de algodón sujeto alrededor de la boca –Alain y él se miraron con cara de circunstancias, pero se resistieron a dejarse llevar por la lástima–. A mí me enseñó mi padre,desde Irlanda y por videoconferencia. Fue como un espejo. No puedes imaginar lo complicado que es aprender a afeitarse con alguien dándote directrices a través de una pantalla de ordenador. ¿Pero sabes qué es lo más jodido de todo? Que mi padre me enseñó a afeitarme viviendo a una hora de ferri, mientras que Curt vivía con el suyo y tuve que enseñarle yo.

 

No ha tenido una vida fácil –concluyó Alain, a sabiendas que la suya tampoco había sido un dechado de felicidad.

 

Mick volvió a dirigir la mirada hacia las vendas, evidenciaba cierta preocupación. Se le ocurrió que podría ser la ocasión perfecta para rodear y abordar el tema de lo ocurrido sin parecer demasiado ansioso.

 

¿Y a ti quién te enseñó?

 

A Alain se le palideció el semblante y la mirada se le volvió trágica. Notaba como se posaba en sus manos la curiosidad compasiva de Mick, quien antes de preguntar ya adivinaba qué había ocurrido y antes de arrancarle una revelación ya lo conocía todo, y sentía sus ojos como espejos ustorios sobre la piel quemada. Alain acabó la soda de una sentada y entornó los ojos, acompañando un ceño disuasorio:

 

Debo irme. Tengo que hacer un par de recados más antes de que cierren las tiendas.

 

Mick asintió apesadumbrado. No podía detenerle contra su voluntad ni obligarlo a relatar aquello que le perturbaba. No quería convertirse en otro señor Bing.

 

En realidad Alain necesitaba salir de allí, porque el dolor atravesaba sus manos, después sus brazos y al final aterrizaba en sus hombros, en ocasiones notaba por segundos cómo se paralizaban los músculos o se ralentizaban sus movimientos cuando ése no era su propósito. Pero no se marchó al piso y mintió cuando argumentó que tenía tareas pendientes, sino que descendió las escaleras del metro para viajar hacia el otro extremo de la ciudad.

 

Mientras caminaba –ya tenía un rumbo fijado– pensó en Tier, quien le había enseñado a afeitarse. Con una navaja milenaria y mucha paciencia, con rigidez y sin repetir las instrucciones, como solía ser su proceder. Alain jamás se cortó. Ése era uno de los pocos instantes con tintes paternales recaudados en su vida, se mantenía intacto en el recuerdo (cada gesto, cada palabra, cada sensación, el sonido de la espuma expandiéndose en la cara, la hoja de la navaja curvada contra la piel), con miedo a evocarlo demasiado para evitar que se diluyera su rastro o su importancia, que se perdieran sus huellas valiosas y nítidas.

 

Se dirigió hacia el barrio del difunto Andrew Smith, el hombre quien ordenó asesinar. Sabía que dejaba una viuda devota y tres hijos. Llevaba todo el día con la necesidad imperante de observar y atestiguar los significativos días posteriores al suceso desde la distancia. Andrew Smith vivía en una casa adosada con un jardín que se dividía en dos porciones. Todo en aquel lugar parecía cortarse por la mitad: el ala este le correspondía a tal vecino, el ala oeste al otro. Alain se colocó lo suficiente lejos para no ser visto, atisbó una muchedumbre dentro de la casa y aspiró aires fúnebres. Celebraban un responso en memoria de Smith, y a veces el eco de los llantos sin reprimir retumbaban dentro de sus oídos. El pequeño trozo de jardín que correspondía a la familia de Andrew Smith tenía juguetes esparcidos, sin orden ni concierto, y también tenía un pequeño columpio con un asiento de neumático anclado en la tierra. Había un niño sentado sobre él, solitario, intentando darse impulso. Tenía la mirada desorientada y un semblante apagado y vacío, aunque no compungido. El pequeño Harry era la viva imagen de su padre.

 

Alain quiso atrapar la atención del niño pero se encontraba demasiado lejos. Necesitaba pedirle perdón por lisiar su vida, por amputar una parte vital de su infancia que le acarrearía consecuencias todos los años restantes, por destrozar su futuro. El niño sólo tenía ojos para la nada, no miraba nada específico, no entendía qué había sucedido en las últimas horas y acabó cegado en un mundo interior atestado de repente por zonas acechantes y lúgubres.

 

Alain se preguntó si el hijo mayor de Andrew Smith, apartado del resto y con un padre desaparecido de la noche a la mañana, también se golpeaba la cabeza contra la pared. Se preguntó si estiraba con tanta ira su pelo arrancando su cuero cabelludo. Se preguntó si se hacía trizas la piel, si se daba puñetazos a sí mismo como si su pecho se reconvirtiera en un saco de boxeo. Se preguntó quién le enseñaría a afeitarse y rogó para que un Mick apareciera en su vida, pero nunca un Tier con una milenaria navaja suiza.

 

Comentarios

  1. Mabel

    3 julio, 2018

    ¡Impresionante! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  2. Luis

    3 julio, 2018

    En realidad, tu estilo es así, Esteff, incisivo, cortante y lleno de realismo. Un abrazo y mi voto!!

  3. GermánLage

    3 julio, 2018

    Bien; acaba el capítulo 13 y la novela sigue más abierta que nunca; abierta a la intriga y al drama. Seguimos esperando y disfrutando cada entrega. Con perseverancia y sin prisa.
    Un doble abrazo, Esteff.

  4. LluviaAzul

    4 julio, 2018

    Querida Estefania, sigues cautivando, extasiando. ¡Me encanto!!!! Un abrazo, inmenso.

  5. Esruza

    4 julio, 2018

    Cada entrega me electriza, ¿de dónde sacas tanto?, eres increíble. Esperamos más.

    Un abrazo sincero. y mi voto

  6. JR

    6 julio, 2018

    Estefania, saludos, un abrazo fuerte! Es impresionante tu habilidad para narrar con tantos detalles. Mi voto.

  7. Leonel Insfrán

    6 julio, 2018

    Gran capítulo!!! La cantidad de detalles que regalas en cada entrega es increíble. Eres una gran escritora. Un abrazo!

  8. Bren

    9 julio, 2018

    ¡Me has dejado impresionada!
    mi voto y saludos.

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