Hábitos saludables

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Hay que perder peso, y dejar malos hábitos, me había dicho el médico… ah, y «camine amigo, camine, que es muy sano». Mis valores de colesterol y- no-sé-que-más estaban por las nubes -si no quiere usted tener una muerte prematura hágame usted caso- sus palabras martilleaban en mi sien mientras corría sin aliento.

Mi mujer presionó también a su manera y para Navidades me regaló un chándal de color brillante, y unas zapatillas de deporte. Ya no tenía excusa. Las miré con desdén el día que las saqué de su caja, para calzármelas. Parecían cómodas, si. Hice un lacito con sus cordones alrededor de mis pies y se ajustaron como un guante. Apretaban en demasía quizás – pero quién era yo para valorarlo, si era un neófito en la materia-.

Salí a andar por los alrededores de mi vivienda rural, y desde la primera torpe zancada sentí que a pesar de mi barriga prominente, las zapatillas tiraban de mí. Me propuse caminar una hora como mucho, pero no pude parar, cuando quería aflojar la marcha, me quemaban la planta de los pies, y aceleraban el paso. Caminos con piedras, atravesar zarzales, cuestas arriba, nada se les ponia por delante -camine amigo, camine-.

Mi mujer se extrañó al no verme a la hora de comer, y ya al atardecer estaba verdaderamente histérica. Yo intentaba agarrarme a árboles, ramas, pero ellas quemaban, apretaban, me dirigían por caminos inhóspitos, y yo llegué a implorarles en voz alta que parasen. A lo lejos ví unas luces azules parpadeantes: estaba salvado, era la policía rural. Las zapatillas pararon en seco las muy…

En mi silla de ruedas, cerca de un ventanal, observo la alambrada del psiquiátrico. Llegué aquí por amputarme los pies tras mi curación, dos meses después… y porque mis razonamientos a los sucesos de aquel día les parecieron los de un auténtico loco. Y quizá lo esté. Pero… nunca, jamás, volveré a calzarme ningún tipo de zapatilla o zapato -camine amigo, camine- eso lo tengo clarísimo.

Comentarios

  1. Cortex

    24 julio, 2018

    Fatalidad, llevada al vórtice. El obeso se resiste a adelgazar… y la consorte le pone las zapatillas. El se resiste, se las pone, y se lanza en pos del milagro. El desenlace es así de dramático: los otros me salvan, pero ¿salvarme yo de las zapatillas? Sólo dislocado.

    Mi voto, Mar.

    CORTEX

  2. Mabel

    24 julio, 2018

    ¡Impresionante historia! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida

  3. LeccionDeMiedo

    30 julio, 2018

    Muy simpático, aunque sea de tintes tragicómicos. Por un momento pensé que no iba a dejar de correr. Me gusta 🙂

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