El maestro de música

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Marisol Gonsálvez es la madre de Ataulfito. Y Ataulfito siempre hace lo que ella le indica. Es un chico alto, delgado, callado… Tiene doce años. No suele salir a la calle ni tiene amigos. Sin embargo, en la escuela es un excelente alumno y obtiene muy buenas notas. En su casa, pasa gran parte de su tiempo encerrado en la biblioteca de su padre. Lee con evidente fruición textos de Arthur Schopenhauer, novelas ilustradas del Marqués de Sade, varios capítulos de El origen del hombre y algunas otras cosas, también.

Ataulfito es un niño culto y solamente habla cuando alguien le formula algunas preguntas que considera apropiadas para exhibir su talento. Si no es así, pone cara de pocos amigos y sus interlocutores no vuelven a molestarle con sus tonterías.

Un día, su madre lo llamó. Ataulfito estaba leyendo Justine o Los infortunios de la virtud. Cerró el libro y se dirigió al pequeño salón donde ella estaba sentada junto a un señor de escasa estatura, traje blanco y chalequito de color rosa.

La señora Marisol sonrió cuando vio entrar a su hijo.

-Cariño – le dijo -, este señor es don José María Castañuelas, insigne profesor de música del Real Conservatorio de las Infantas Perpetuas. A partir de mañana será tu maestro. Él te guiará por los intrincados caminos de la poética musical.

La mujer miró al maestro.

-Profesor Castañuelas, le presento a mi hijo Ataulfito.

El hombre sonrió y le dijo:

-Creo que eres un jovencito muy inteligente y aprenderás deprisa todos los entresijos de la poemática lírica, los sublimes misterios de los arpegios, las notas asonantadas de los acordes y todo lo demás…

Ataulfito consideró que aquel enano era un mequetrefe pedante y afeminado. Y no se equivocó.

El profesor Castañuelas no concurrió al día siguiente a la casa de la señora Marisol Gonsálvez y esta, algo nerviosa, lo llamó por teléfono para saber qué le había ocurrido. Le atendió su secretario. Este le dijo que el profesor estaba indispuesto y que en los próximos días le informaría sobre el estado de salud de don José.

Dos meses después, el profesor daba su primera lección de música a Ataulfito, pero antes de explicar a su pupilo las nociones elementales que debe saber cualquier novato en el campo de la música, optó por expresar algunas ideas esenciales.

-La música, querido amigo – dijo el profesor -, es un arte sublime, divino, majestuoso… Nada comparable con ella. Toda persona culta y sensible ama la poesía, la pintura de los grandes maestros, la arquitectura…

La señora Marisol interrumpió al maestro.

-Disculpe, profesor, ¿le apetece un café?

-¡Ah, esa es una buena idea! ¡Aunque considero que sería más oportuno tomar un whisky con hielo!

La mujer salió del pequeño salón.

El maestro continuó con su cháchara:

-¡Bien, jovencito! Como decía hace un momento, las personas cultas aman la poesía, la pintura y la, laa…

-La arquitectura – dijo Ataulfito.

-¡Así es, querido amigo! ¡La arquitectura es algo hermoso y sublime! ¡Sin embargo, la música…! ¡Aaah, la música…! ¡La música no ha sido creada por la mente humana, sino que…!

Entró la señora Gonsálvez y dejó sobre una pequeña mesa una botella de whisky y un vaso con dos cubitos.

-¿Está bien así, profesor? -, dijo la mujer.

-¡Perfecto, señora Gonsálvez, perfecto! ¡Tenga la bondad de dejar la botella!

La señora Marisol dejó la botella y salió.

-¿Por dónde íbamos…?

-Decía usted que la música no ha sido creada por la mente humana, sino que…

-¡Ah, sí…! ¡Ahora lo recuerdo!

El profe miró de reojo la botella de whisky. Lleno el vaso y bebió.

-¡Delicioso! ¡Esta es una de las grandes aportaciones que algunos sabios eminentes han hecho a la humanidad! ¡El whisky, tomado con moderación, dignifica la vida, alegra el corazón y propicia la paz y la buena voluntad de todos los hombres! ¡Aaah, el whisky…! Sin el whisky, ¿qué sería de nosotros? Nada. Absolutamente, nada… Sigamos. Decía que…

Ataulfito repitió algunas de las palabras de su maestro:

-…la música no ha sido creada por la mente humana, sino que…

-¡Efectivamente, tiene usted una memoria prodigiosa, querido Ataulfito! ¡Y ahora, permítame continuar: la música no ha sido creada por la mente humana, sino que procede de lo más alto y excelso del universo y

Ataulfito levantó un dedo y dijo:

-Disculpe, profesor…

-¿Alguna pregunta?

-Sí señor. ¿Sugiere usted que la música es una revelación mística de los dioses? ¿Algo así como un lenguaje secreto que no aporta ideas, sino sentimientos y emociones sublimes? No sé si esto que acabo de preguntarle es una tontería o una ocurrencia carente de fundamento. Se trata de algo tan complejo que yo, humildemente…

-Lo ha expuesto usted muy bien, Ataulfito. Mejor, imposible.

-Gracias, profesor. Es usted muy amable.

-Bien. Decíamos que…

Castañuelas recordó que tenía la lengua más seca que un papel secante. Cogió el vaso y bebió un poco más de whisky. Ahora estaba en óptimas condiciones para exponer sus magistrales teorías sobre el origen divino de los acordes celestiales.

-¡Keejem…! ¡Esto va muy, pero que muy bien Ataulfo! ¡Y ahora, otro traguito y seguimos!

El joven levantó nuevamente el mismo dedo y le dijo al profe:

-Me encantaría que usted me llamara Ataulfito y no Ataulfo. Ataulfo es una palabra vulgar, grosera, pedestre, impertinente…

-¿Impertinente? – preguntó Castañuelas -. Bien, si usted prefiere que le llame Ataulfito y no Ataulfo, no tengo ningún inconveniente en complacerle. De ahora en más, usted será Ataulfito y no Ataulfo.

-Se lo agradezco muchísimo, profesor.

-¡Decía que…! ¿Qué decía yo Ataulfito?

-Hablaba usted del origen divino de los acordes celestiales…

-¡Cierto! ¡No sé qué sería de mi sin su portentosa memoria…! ¡Los acordes celestiales fueron descubiertos por el célebre anacoreta y misógino Tremebundo Pancreaticus. Fue precisamente en la pequeña aldea de Sofrestia donde su madre lo trajo a este depravado mundo…

Ataulfito levantó el índice de la derecha.

-¿Otra preguntita, Ataulfitito?

-No señor. Se trata de algunas consideraciones y reflexiones geniales vertidas por el insigne filósofo Arthur Schopenhauer…

-¿Y qué dice su insigne filósofo Arturito Shofenfafer?

-Que las bebidas alcohólicas son perniciosas para la salud, y pueden ocasionar cirrosis, taquicardias, alucinaciones y demencia.

-¿Nada más, Ataulfitito?

-Nada más, señor. Si a usted le parece bien, puede llamarme Ataulfito y no Ataulfitito.

-Sí señor, eso fue lo acordado. Le ruego que acepte mis disculpas. ¿Alguna otra cuestión?

-No señor.

-Entonces, prosigo… Decía que Tremebundo Pancreaticus nació en Sofrestia en el siglo II de nuestra era. Un día, mientras meditaba en lo más profundo de una cueva, descubrió los acordes celestiales. Primero, oyó un sonido; después, dos… Luego, la cueva se iluminó y una música celestial dejó a Pancreaticus absorto y desconcertado. Nunca había oído nada igual. Tremebundo Pancreaticus llegó a la conclusión de que él no era un simple anacoreta, sino el mesías de la música, el valedor de los arpegios y las armonías celestiales. Esa noche, después de orar, una voz retumbó en la cueva. Y la voz le dijo que con siete notas y algunos artilugios elementales, cualquier persona podía componer las más bellas canciones, las más hermosas melodías y las más sublimes sinfonías.

-¿Solamente con siete notas? – preguntó Ataulfito.

-Sí señor, con siete notas… Desde luego, esas notas tienen un nombre y se representan con los signos apropiados.

-¿Y cómo se llaman?

-Se las diré: doo, guee, miii, fraa, sool, laaa, siii…

-¿Nada más?

-Nada más, mi querido Ataulfito. La sencillez es un atributo de los dioses. Bien, repita el nombre de las siete notas.

Ataulfito miró al maestro y dijo:

-Doo…

-¡Muy bien! ¡Prosiga…!

-Gueee…

-¡No, así no! ¡Con la erre!

-¿Con la erre? ¡Usted dijo gueee…! ¡Y esta palabra se escribe con ge y no con erre!

-¡Ataulfito, déjese de monsergas y haga lo que yo le digo!

-¡Reee…!

-¡Muy bien, así debe ser!

-Me parece que usted debería dejar de beber whisky.

-¿Qué insinúa, joven? ¿Intenta decirme que estoy piripi?

-Bueno, yo…

-¡Continúe con la lección! ¡La siguiente nota es…!

-¡Miii…!

-¡Perfecto! ¡Y luego…!

-¡Fraaa…!

-¡Nooo, imbécil! ¡Sin la erre!

-¡Pero usted dijo…!

-¡Déjese de peros…!

La señora Marisol entró en el saloncito algo asustada.

-¿Qué ocurre, profesor?

El hombre bajó la voz, sonrió como un perrito faldero y le dijo a la mujer:

-No se preocupe, señora. Estas cosas suelen ocurrir.

La señora Marisol volvió a la cocina mucho más tranquila.

Ataulfito exclamó:

-¡Faaa…!

-¡Muy bien! ¡La siguiente…!

-¡Soool…!

-¡Bien…!

-¡Laaa…!

-¡Perfecto! ¡Siguiente!

-¡Siii…!

-¡Sí señor, esas son las siete notas musicales! ¡Y usted las ha aprendido perfectamente! ¡Y ahora, dígalas una tras otra sin equivocarse!

-¡Dooo, gueee…!

-¡Nooooo…! ¡Joder, usted no es más burro porque no se entrena! ¡Con la ge no, con la erre!

-¡Reee…!

-¡Siga!

-Miii, faaa, soool, laaa, siii.

-¡Eso es! ¿Se da cuenta de que la cosa no es tan difícil?

-Es cierto, profesor. Seguramente son los nervios y uno…

-No se preocupe, Ataulfito. Todos los principios son difíciles. Persista y triunfará.

La señora Marisol volvió a interrumpir al profesor Castañuelas:

-Estoy preparando algunas cosas en la cocina y nos encantaría que las compartiera con nosotros, ¿le parece a usted bien, profesor?

-¡Oh, señora, es usted muy amable!

-¡Perfecto! ¡Podrá usted degustar el mejor jamón serrano del mundo, quesos diversos, sopa, unas chuletitas de cordero…!

-¡Eso es maravilloso!

-¡Muy bien! ¡Dentro de unos minutos, todos a comer!

-¡Es usted una persona encantadora, señora Gonsálvez!

-¡Y usted, un hombre que sabe cómo tratar a las mujeres! Dígame, profesor, ¿está usted casado?

-No, señora Gonsálvez. Eso del matrimonio no es para mí.

-¿Por qué? Usted es un hombre de mundo. Sabe conversar de un modo ameno, tiene los medios necesarios para ganarse la vida, seduce a las mujeres…

-El matrimonio es algo muy complejo. Cuando una pareja decide vivir bajo el mismo techo, pronto sobrevienen las discrepancias, los reproches y la agresividad. Cada uno de los cónyuges no ve al otro tal como es, sino como supone que es. Y esto da lugar a interpretaciones que no se corresponden con la realidad. De aquí, los malentendidos, las discusiones gratuitas, las peleas y finalmente el divorcio.

-Considero que usted sería un buen marido.

-No lo crea. El matrimonio no es para todo el mundo. Yo no soy un hombre valiente. Me encanta la música, el arte, la literatura… Soy una persona solitaria, tímida y un tanto sentimental. La gente como yo no prospera. Carece de la energía necesaria para triunfar. Uno debe aceptar su realidad tal como es y no fantasear con ensoñaciones ridículas. Creer que con el transcurso del tiempo todos los problemas humanos se resuelven, no deja de ser una estupidez. Con frecuencia, el matrimonio suele ser una fuente de amarguras. La vida transcurre rápidamente y no es propio de personas sensatas dejar que sea la suerte la que rija el destino de cada uno de nosotros.

-Pensé que era usted un hombre frívolo y sin embargo…

-¿Puedo preguntarle si está usted casada?

-Mi marido falleció el año pasado.

-Es usted una mujer admirable y muy valiente.

-Las quejas y los lamentos no resuelven ningún problema. Mi marido era un buen hombre. Alguien a quien yo quería muchísimo. Nos legó este piso, un coche nuevo y un montón de dinero en el banco. Mi hijo y yo vivimos muy bien, y tratamos de ser muy discretos. Procuramos hablar lo menos posible y oír con atención solamente lo que nos interesa…

-Evidentemente, usted es una persona prudente, señora Gonsálvez.

-Gracias, profesor. Bien, ahora, si a usted le parece, dejaremos para otro momento las reflexiones filosóficas y pasaremos al comedor.

Don José María Castañuelas levantó la barbilla. Movió la cabeza hacia la izquierda y luego la desplazó lentamente hacia la derecha. Su agudo olfato no detectó la existencia de los manjares que tan elocuentemente habia descrito la señora Gonsálvez. Desconcertado, miró a la mujer. Ella sonrió, sacó un sobre apaisado de uno de sus bolsillos y exclamó:

-¡Por aquí, profesor…!

El hombre la siguió.

Ella abrió la puerta del piso.

Le entregó el sobre cerrado.

Y le dijo:

-En ese sobre está el dinero que acordé abonarle a usted por su lección de música. El ascensor no funciona. Deberá descender por la escalera. No vuelva usted más por aquí.

El hombre guardó el sobre en un bolsillo.

Salió.

Cruzó la calle y abrió el sobre.

De él, sacó algunos recortes de revistas pornográficas.

El profesor Castañuelas, fuera de sí, comenzó a gritar y a mesarse los pocos pelos que le quedaban en la cabeza.

Alguien llamó a la policía.

Y esta lo llevó a un hospital.

Aquella tarde, Ataulfito terminó de leer Justine o Los infortunios de la virtud. Dos días después, no recordaba absolutamente nada de quién había sido Tremebundo Pancreaticus, ni del significado de los entresijos de la poemática lírica, ni de los sublimes misterios de los arpegios, ni de las notas asonantadas de los acordes y ni de todo lo demás.

 

Juan Puig Chuliá

  Agosto 2018 

Del mismo autor:

1. Amores fétidos

2. Corruptolandia

3. Detective privado

4. Salvajemente, amor

5. Farsantes y camanduleros

6. Hablar en ge

7. La horda de los politiqueros

8. Los infortunios de un proletario

9. Indagaciones y sofismas

10. La cuestión social. Trepadores y excluidos

11. Las veleidades eróticas de la Sra. Celia

12. El maestro de música

13. La horrible historia de los muertos vivientes

14. Codicia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. Mabel

    9 agosto, 2018

    ¡Excelente! Un abrazo Juan y mii voto desde Andalucía

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