La felicidad era esto

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La felicidad frecuentemente se cuela por una puerta que no sabías que estaba abierta.

John Barrymore

 

—Teo, tú lo que necesitas es un buen masaje manual de envoltura autocalentable de aceite de pepitas y hollejos de uva y, cuando ya estés relajadito, con todas tus defensas por los suelos, en el cielo, con la mente en blanco y una sonrisa de oreja a oreja, que llegue un turco de dos metros y ciento veinte kilos de músculos, con bigotazo y turbante a ser posible, y te haga una buena depilación de ingles que te deje la piel de ahí abajo como la de un bebé —bromeó María Luisa entre sorbos de cerveza. Luego se permitió una carcajada. No había maldad; al menos no demasiada. Sólo se imaginaba la situación.

El hombre que tenía enfrente, sin embargo, la miró con cara de espanto unos segundos. También se imaginaba la situación. Ella, más distendida que él, seguía sonriendo maliciosa y lo miraba de reojo, observando sus reacciones. Por supuesto, la mujer no hablaba en serio. Sólo estaba estudiando un folleto de tratamientos y masajes de El Gran Hotel Balneario Manantial de La Jaromosa Real “Termas de Marcio Claudio Senator”, cinco estrellas gran lujo, y mezcló varias frases que había leído aquí y allí. Y para darle mayor vistosidad, se inventó a la estrella invitada con aspecto de jenízaro. Pero ese tratamiento no existía en el inventario del catálogo de las termas y los masajistas, dada la ubicación del complejo, sería arriesgado pensar que fueran del Imperio Otomano. Ella, simplemente, improvisó alegremente, por tantear el terreno.

«Vamos a tomar la temperatura», se dijo, aunque también reconoció para sus adentros que, quizás, se había dejado llevar un poco con el episodio de las ingles. Debía de ser un poco más sutil si quería convencer a Teodomiro.

Un rato antes habían entrado en una agencia de viajes y se proveyeron de varios catálogos de circuitos y tours, pero a la mujer sólo le interesó la publicidad del balneario y ahora, en la terraza donde tomaban unas cervezas, intentaba convencer a su interlocutor para que considerara la posibilidad de ir a La Jaromosa Real.

—Me parece que esto no va a ser buena idea —dijo Teodomiro Lealdini, evasivo—. ¿Por qué no pensamos otra cosa? No sé, un crucero por ejemplo… Mira este: “Maravillas del Adriático y el Egeo, con extensión a Venecia”, quince días, todo incluido.

—Déjate de cruceros abarrotados de turistas donde hay que ceñirse a un estricto programa de excursiones y donde todo se ve deprisa y corriendo. Te imaginas cada día consultando el reloj porque el barco se va y tú todavía estás en tierra. No, Teo, de eso nada. Precisamente lo que tú necesitas es olvidarte del reloj, mucha relajación, un poco de vida contemplativa, escuchar el silencio y el discurrir del agua, sin pensar en nada, sólo en tu bienestar, sin horarios ni agobios. En resumen: un hotel balneario a todo tren rodeado de montañas… Como este.

—Vaya, no recordaba que fueras tan locuaz.

Ella emitió una carcajada.

—Me has pillado. He cogido algunas frases prestadas de la primera hoja del folleto.

—Ya decía yo que eso de “escuchar el silencio y el discurrir del agua” no era de tu cosecha.

—¿Qué insinúas? Que no tengo una prosa fluida y poética.

—¿La tienes?

—Sí —afirmó y lo miró con una expresión teatral de agravio—. Pero no te desvíes del tema y mira en tu folleto qué tratamiento te gusta más.

El hombre no cogió la publicidad de la mesa. Como si temiera contraer una enfermedad sólo con tocarla.

—No sé, creo que me voy a sentir incómodo con los circuitos termales, tratamientos y esas mandangas. No estoy acostumbrado.

—Eso está claro.

—Y, además, no me gusta —refunfuñó.

—Lo que pasa es que eres un vergonzoso. Siempre lo has sido. Es hora de que venzas esa timidez. En concreto haciendo cosas como esta.

—Ya, pero…

—Ni pero ni nada. No seas tonto, en cuanto lo pruebes no vas a querer salir de allí. Y no te preocupes, en el folleto no aparece el tratamiento del turco —sonrió divertida la mujer con algo de malicia; no estaba dispuesta a que la efigie del imaginario y rotundo masajista de orillas del Mar Negro se perdiera sin sacarle algo más de jugo—. Tampoco veo ningún masaje de esos con “final feliz”, por cierto. Que sería lo que a ti te gustaría, ¿Eh, ladrón?

El hombre enarcó una ceja. Ella se carcajeó viéndole la cara.

—Tranquilo. Se ve que este hotel balneario es un sitio muy serio, respetable, de gente recta como tú —serenó con algo de sorna la mujer—. Todo muy honorable y distinguido.

—Sí, seguro. Como un estricto club inglés de esos del mil ochocientos.

—Justo en eso estaba yo pensando —mintió ella y le señaló con el dedo índice.

—Y a las cinco en punto tomaré el té en la sala de billar y comentaré con sir Phileas Sullivan Stuart, tercer duque de Devonshire, las últimas noticias del Times sobre la Guerra de Crimea —se dejó llevar con la imaginación Teodomiro.

—Exacto —confirmó la mujer, siguiendo el ejemplo creado por él—. Y después unas lindas señoritas, con corsé y polainas, os cogerán de la manita, muy dulcemente, y os acompañarán para que os den un masaje que os hará olvidar la guerra y el té. Al duque y a ti.

—Y en la cabina nos esperará el turco, calentando los músculos para darnos lo nuestro —culminó la escena Teodomiro—. Al duque y a mí.

Ella se rio, imaginándose al de Devonshire descubriendo al masajista de ciento veinte kilos con turbante y cayéndosele el monóculo. Como en los dibujos animados. Pero no mencionó la anécdota, porque no le interesaba seguir por ese camino; así que intentó enderezar la conversación.

—Anda Teo, deja de pensar en cosas raras.

—Has empezado tú, con la idea esta del balneario.

—Es verdad. Pero abre un poco la mente y no te pongas en lo peor. Y confía en mí. Esto te va a encantar, ya verás…

Justo en ese momento pasó a toda velocidad una ambulancia con la sirena puesta. Todas las personas que estaban en la terraza del bar cesaron su conversación e intentaron ver el ruidoso vehículo.

—¡Madre mía, qué escándalo!

—Esto es una señal de que nos olvidemos del asunto —teorizó Teodomiro.

—¿El qué?

—La ambulancia camino de un accidente. Debemos saber interpretar correctamente las señales. No está en mi destino ir a las termas esas. Lástima. Tendrá que ser otro viaje.

La mujer se rio incrédula.

—Eres un cuentista.

—Tenía que intentarlo —se disculpó el hombre con cara de disimulo.

—Pues no cuela.

Él tomó un trago de cerveza. Ella, tozuda, siguió estudiando el folleto.

—Pero, vamos a ver —dijo Teodomiro, retomando el tema muy a su pesar. Sus evasivas no estaban dando ningún fruto, así que no había más remedio que pasar al ataque—: ¿tú has probado esto de las hidroterapias alguna vez?

—No, pero todo el mundo me lo recomienda y, con lo estresado que estás tú, Teo, es un pecado no ponerse en manos de…

—Un turco de ciento veinte kilos.

La mujer volvió a reír.

—O de una despampanante señorita de larga melena morena —suavizó María Luisa—, generosas y redondas formas y grandes ojos verdes; como en el mejor de los boleros. Los/las masajistas, como las peluqueras o los informáticos son de todo género y condición —sentenció, haciendo alusión a los oficios de ella y de él—. Y, por supuesto, son profesionales, no andan con tus remilgos y pudores infantiles. Hombre o mujer, para ellos sólo somos un amasijo de músculos que relajar, una superficie que rellenar de barro o simplemente una persona a la que proporcionar felicidad. Así, a grosso modo.

—Pero son humanos y al final… —se revolvió Teodomiro. Lo de “pudores infantiles” no le había gustado un pelo—. Ya sabes. La cabra tira al monte…

María Luisa lo miró mostrando una exagerada y teatral expresión de estupor.

—Sí mujer, no me mires así —se escudó.

—A ver, Teo, hijo mío, que a veces piensas como si fueras un miembro del club inglés ese que te has inventado antes. Parece mentira que trabajes con ordenadores y cosas modernas de esas. Tú te tienes que relajar y disfrutar. Hazte a la idea de que son como los médicos y las enfermeras, que también son humanos, y cuando no hay más remedio nos ven desnudos y no andan pensando en las “cabras montesas” esas de tus refranes de Sancho Panza.

El hombre le dirigió una ojeada suspicaz. Seguía sin verlo claro. Tomó un poco de cerveza intentando ordenar sus ideas; esas que acababan de definir, entre otras cosas, como anticuadas. Al final, no consiguió ordenar nada, así que insistió:

—Pero entonces, en qué quedamos: ¿el masaje te lo da un hombre o una mujer? Dependerá de…

—Y qué más da.

—Pues vamos a ver… Te van a sobar aquí y allí… y si estás medio desnudo…

—Como si estás desnudo entero—. María Luisa le miró muy seria e hizo el típico ademán con los hombros que significa indiferencia—. Eso es lo de menos. A ver, Teo, tú eres un hombre de mundo, ¿no?

Teodomiro la miró sin saber a qué se refería.

—Bueno, de mundo, de mundo… Más bien eres un pudoroso empedernido… Por eso, insisto, necesitas vivir una experiencia de estas.

—¡Yo no soy pudoroso! —Protestó el aludido—. Pero estas cosas a mí no me gustan… También insisto.

—Tú eres más recatado que una monja clarisa de un convento de clausura del año mil doscientos.

—¡Hala!

—Que sí, que te conozco bien. Por eso tienes que ir a un balneario y darte un pedazo de tratamiento corporal. Para que se te quite la tontería…

María Luisa relajó el gesto y lo miró con media sonrisa y ojos picarones.

—No sé. Me lo pienso… No te prometo nada.

—Mejor no pensarlo. Si luego me lo vas a agradecer. Venga, que no se diga. Y no te importe enseñar ese cuerpo serrano que Dios te ha dado. Que todavía se puede ver…

El hombre bebió de su copa de cerveza cada vez menos convencido. Sin embargo, ella, muy ilusionada, seguía hojeando el folleto del Gran Hotel Balneario en busca del tratamiento más adecuado. Hasta que lo encontró.

—Mira, no le des más vueltas, este es perfecto para ti: página cinco, el cuarto: “Programa terapéutico especial de relajación y antiestrés”. No se hable más.

El hombre cogió el folleto de la mesa y buscó la referencia con cierta desgana.

—¡Pero son 150 eurazos!

—Más I.V.A.

—¡Qué burrada!

—Nada que no puedas pagar. Además, más te va a costar la estancia, la habitación. Y la media pensión; o ya puestos, la pensión completa. Me ha dicho un pajarito que debemos agarrarnos la cartera siempre que veamos eso de “cinco estrellas gran lujo”. Así que…

—Efectivamente, va a ser un dispendio. Mejor pensamos otra cosa —contraatacó.

—De eso nada. Esto es perfecto. Justo lo que necesitas. Ten fe… Mira, además, el complejo tiene un jardín privado de estilo oriental, los baños de las habitaciones son de mármol, hay un pequeño teatro, “wine spa” y del propio hotel salen tres rutas señalizadas para hacer senderismo por las montañas —enumeró María Luisa, leyendo algunas referencias escogidas de la página doce del folleto—. Anda, mira, también tiene un salón de té estilo inglés. Igual te encuentras allí con tu amigo el duque…

Teodomiro le dedicó una mirada burlona.

—¡Muy graciosa! Ya veo que no se privan de nada —reconoció mientras leía el texto de la página siguiente—. Según pone aquí, el restaurante tiene un jefe de cocina distinguido en la Guía Michelín. Nada menos. —La referencia se completaba con una foto del chef muy sonriente mostrando varios de sus trofeos y los platos de algunas de sus recetas premiadas—. Pues tiene una cara de tonto…

—Pero cocina cosas deliciosas.

—Supongo. Y en cuanto a las camareras, la más fea, será una “top model” internacional —inventó.

—Eso seguro.

—Y habrá un servicio de porteadores que te llevarán en brazos a todos sitios —ironizó al máximo.

—Claro —concedió la mujer socarrona.

—Ya.

—¡Ni ya ni yo! Y tampoco es tan caro. Mira en la última página.

—¡Joder! —exclamó Teodomiro como si le hubieran quitado la vida. No estaba acostumbrado a ver tantos dígitos en una lista de precios—. Pero esto… ¡Es que los grifos son de oro!

—Quizás —bromeo María Luisa observando la previsible reacción de su interlocutor—. O de diamantes. Tendrás que ir allí y descubrirlo.

—No sé… No sé…

—Venga. No seas rácano y anímate. La ocasión lo merece. Hazlo por mí…

Ese “hazlo por mí” era un golpe bajo. Los dos lo sabían y ella más que nadie. En general, Teodomiro hacía lo que fuera por ella.

—Bueno, ya veremos, ya veremos… —se resistió por partida doble, aunque sabía que estaba perdiendo aquella batalla. O ya estaba perdida sin que él lo supiera. Aun así, improvisó un último inconveniente.

—Sabes que el aire de la montaña me sienta fatal —inventó.

—¿Desde cuándo? Primera noticia…

—Mmm… Desde siempre.

—Mentira —le reprochó, sabiendo que aquel era un ataque desesperado.

—Es algo habitual entre los que somos urbanitas —dijo para dar un poco de rigor a sus argumentos—. Es llegar a la montaña y ¡zas! Entre el oxígeno sin contaminantes, los animalitos del bosque, el olor a pino y demás, nos ponemos malos sin remedio. No falla.

—Te acabas de reír. Te lo estás inventando todo y te cuesta hasta disimular —dijo ella risueña.

—Que no —intentó recomponer el gesto.

—Te sigues riendo. Que te veo.

—Mira, tanto aire puro de golpe es fatal para organismos sensibles y polucionados como el mío —aseveró con toda la dignidad que pudo.

—Te va a castigar Dios por mentiroso y liante.

—¡Yo liante!

—Tendrás que currártelo un poco más, figura. Tus excusas son de preescolar. Casi al nivel del niño que no ha hecho los deberes y dice que se los ha comido el perro.

Teodomiro se empezó a reír ya abiertamente.

—Tampoco tanto. Lo mío ha sido un pelín más elaborado, ¿no?

—No —negó ella inmisericorde, aunque tardó dos segundos en mudar su semblante hacia una de sus contagiosas sonrisas.

—Bueno, vale —reconoció él, digno en la derrota—. Dame tiempo y me inventaré una pretexto mejor. A ver… Déjame pensar…

—Es inútil, Teo. Sabes que soy muy capaz de convencerte de cualquier cosa… Y cuento para ello con más tiempo del que necesito —amenazó María Luisa, entre pendenciera y juguetona. Luego lo miró fijamente y sacó la lengua con ánimo provocativo, mientras se acariciaba su larga y rizada melena pelirroja a la altura del pecho.

—Lo sé —reconoció su interlocutor, ya vencido. La guerra quizás no, pero la batalla de hoy estaba perdida—. Y eso es lo que más miedo me da: que al final me engatusarás con tus malas artes.

«¡Qué guapa es cuando quiere! Bueno, en realidad siempre…», convino con admiración Teodomiro.

La mujer, sabedora de que ya había cubierto más de la mitad del camino, rio alegremente.

—Sí, soy una gata mala y me temo que esta vez, querido, lo llevas crudo, porque pienso emplear todo mi arsenal de “engatusamientos”…

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Comentarios

  1. Mabel

    4 agosto, 2018

    Muy buena historia. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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