La hinchazón urbana

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Tener bosques productivos a cargo de comunida­des locales reduce la pobreza campesina, reduce la hinchazón urbana y mejora la situación del agua, los suelos, la flora, la fauna y la subsistencia de los pueblos indígenas.

Muchos campesinos mexicanos viajan a los Esta­dos Unidos en las temporadas intensivas de mano de obra agrícola. Es una buena cosa para ambas partes, cuyos resultados pueden ser notables. La familia de Lupe Pochzol, que se fue de bracero a los viñedos de California, produce hoy sus propios vinos: www.pochzolvinas.com en el valle de Guadalupe, B.C.

Otros paisanos emigran como jardineros, que tam­bién es bueno porque los jardines públicos y las ciu­dades arboladas sanean y ennoblecen la vida urbana. Pero no hay que limitar este beneficio a las ciudades. El país entero se está desarbolando a una velocidad alarmante.

Ocupar a los campesinos en cuidar la ve­getación, la fauna, los suelos y el agua del lugar don­de viven sería bueno para el país, porque los daños ecológicos cuestan más que evitarlos. El Banco Mun­dial presentó un análisis de costos y beneficios en el reporte: ¿Cuánto cuesta un ecosistema?, determi­nando el valor económico de preservar (2015), el cual está apoyando proyectos comunitarios de empleo fo­restal, aunque le faltó añadir los costos sociales -el desarraigo— de abandonar el campo para sumarse a la población urbana.

Hace 58 años Antonio Carrillo Flores (SHCP) dijo que el problema del campo se resolvería en las ciudades, creando empleos industriales. El re­sultado fue un desastre urbano al trasladar el problema de la desocupación y multiplicar el costo de la supuesta solución. El error estaba en creer que la vida en el campo se reduce a producir alimentos para las ciudades, —para lo cual bastan muy pocos agricultores tecnificados—, y que los campesinos salen sobrando. Para, LEA, el dixter de ALO, los cam­pesinos no estaban en el campo para producir, sino para votar. Ergo, preparlos para ser productivos en el campo, en donde mejor pueden vivir, debe ser la meta.

La extrema pobreza rural se concentra en comuni­dades tan marginadas que ni siquiera reciben la ayu­da del programa Prospera de SEDESOL. Como no hay escue­la, ni centro de salud, y la ayuda está condicionada a que los niños vayan a la escuela y se vacunen, no pueden participar –recibir la ayuda sin condiciones de control caciquil– mientras falten insumos, servicios públicos y financiamiento.

Su vida y tradiciones se funden con la naturaleza: Son los «jardineros u hortelanos» ideales para cuidarla. Aprovechar que están ahí, ayu­daría a resolver el problema del campo, en tres fren­tes simultáneos: la pobreza, el deterioro ecológico y el desastre por hinchazón urbana.

En las comunidades rurales, pesa mucho el costo del transporte. Lo práctico no es producir alimentos para las ciudades (donde llegan productos basicos de importación com­petitivos), sino para alimentarse mejor en su lugar de origen, en su comarca. El intercambio con las ciuda­des debe concentrarse en aquellos productos y servi­cios donde sí pueden competir: productos naturales de precio alto por kilo como el mamey o el aguacate (para pagar los fletes), manufacturas ligeras con mucha mano de obra, pero sobre todo, servicios de conservación ecológica (más costosos si se lleva gente de las ciudades a esos lugares remotos), acopio de basura y prevención de incendios.

La desaparición constante de los bosques arruina los suelos, el agua, muchas especies vegetales y ani­males, y hasta los bonos internacionales que se ganan por el servicio de limpiar la atmósfera del planeta ONU*. La Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Natura­les ha llegado al extremo de invitar a la población ur­bana a que pase un sábado-domingo en el campo reforestando. No es una mala idea (los conscriptos del servicio mili­tar lo hacen), para la toma de conciencia, pero se trata de una solución simbólica, de ganar bonos con divertimento*. La verdadera solución está en contratar a los campesinos locales.

Hay algunas reforestaciones que deben asumirse como un costo social, análogo al de tener ciudades arboladas. Aunque no todas. Según The Economist, una comunidad indígena de Oaxaca apo­yada por el Banco Mundial ya tiene una producción silvícola de diez millones de dólares al año. Según el mismo banco, el cultivo comunitario del piñón mexica­no (www.jatrophacurcas.com) puede ser muy lucrati­vo. Costa Rica ha desarrollado notablemente el turis­mo ecológico lo mismo que Ecuador el selvático y Bolivia el del lago Titicaca. Las artesanías de firma y origen son muy apreciadas y exportables principalmen­te a países europeos.

Nuestro país vive un desastre en relación con la pobreza, el agua, los bosques y la hinchazón urbana. La pobreza se concentra en las zonas rurales y espe­cialmente en el monte, donde hay o hubo bosques e indígenas.

Ya basta de redimir a los indios de México. Hay que dejarlos en paz. Se gasta demasiado en agencias y comisiones indigenistas que lo único que hacen es despilfarrar el presupuesto. Ya es tiem­po de usar los recursos del subsuelo para fomentar su bienestar allá donde pueden y saber ha­bitar.

Arraigar a nuestros campesinos. Darles empleo y equipamiento, convertlrlos en vigías del terruño, diseñando un verdadero expansionismo rural —allí en su entorno ancestral— aprovechando sus artes y oficios para volverlos productivos y autosuficientes.

Hay que deshinchar las ciudades: esa es la meta. El servicio militar obligatorio -y efectivo- para reciclar el desperdicio de los NINIS es una buena herramienta. Ya está en la Constitución: La tarea es entonces reconvertir ese músculo en “expansionismo del cambio”. ALO lo sabe: él lo fue por allá en sus años mozos en la Chontalpa.

 

CORTEX

Comentarios

  1. Mabel

    28 agosto, 2018

    Me parece un texto increíblemente bien hecho, con una sutileza elegante que le da una forma productiva y sobre todo original. Un abrazo Alfonso y mi voto desde Andalucía.

  2. Cortex

    28 agosto, 2018

    Mil gracias, querida Mabel. Tu comento es una lluvia refrescante. Vivifica mi espíritu y hace renacer el sentido de la (tu) poesía.

    CORTEX

  3. Esruza

    28 agosto, 2018

    DE acuerdo contigo, pero ¿tomará en cuenta AMLO todo ésto?

    Mi voto

  4. Luis

    28 agosto, 2018

    Pues no, querido Alfonso: ¿a quién, de entre los indios nativos, o de las personas empobrecidas, le puede interesar sembrar un huertecito con vistas a los muros de Donald Trump? Yo te contesto, si lo prefieres: ni a Dios- como se suele decir acá-. Y, ¿a los ninis de cualquier país pretendes meterlos en un convento militar? Difícil decisión y ocupación para personas que no tienen, según las estadísticas demográficas, ni oficio ni beneficio. En fin, qué no. Un abrazo y mi voto-.

  5. Sosias

    29 agosto, 2018

    ¿Cuanto cuesta un ecosistema? Todo el dinero del mundo no es suficiente para pagarlo.
    ¿Se pretende que los campesinos nos limpien el aire que nosotros contaminamos con los vertidos incontrolados de venenos por tierra mar y aire?
    Claro, como siempre fueron la última carta de la baraja,se le puede exigir y si no lo cumplen
    ¡Mano dura!
    Ellos trataran de sobrevivir criando un pollo o un ternero ,que ,al final, tendrán que vender porque tienen necesidades,y sólo podrán pagarlo aquellos que viven bien.
    En las comunidades rurales no hay infraestructuras, y los que llegan a comprar sus cosechas le ofrecen por todo su trabajo menos de lo que ellos pagaron por las semillas.
    Que limpien bien el monte para que no se incendie y en caso de que lo haga que lo apaguen aunque sea a escupitajos, porque allí no llega el camión de los bomberos ni los hidroaviones.
    El G 20 no sabe como solucionar esta catástrofe que entre todos cargamos en unos hombros tan frágiles.

  6. Cortex

    29 agosto, 2018

    Mira LUis: el extremo que planteas: el huerto frente al Muro, puede, con endoctrinamiento ad hoc, ser un atractivo turístico marginal: vender artesanías, comida étnica con materias primas orgánicas (de sus huertos), levantar escuelas con ayuda de los gobiernos y aprender a ser autosuficientes. Los Ninis, son jóvenes y adolescentes en edad para convertirse en agentes de cambio en las zonas rurales no en los cuarteles: un moderno extensionismo para acabar con las mafias caciquiles explotadoras, y mostrar a los campesinos que si se puede cuidar el bosque y vivir de sus productos pagados por el gobierno sin intermediarios (como lo hizo LULA en Brasil). Hay una obra de teatro, bien documentada y elaborada, que muestra este programa se llama El Extensionista. Seguro ALO la conoce. Allí hay un comienzo para un presidente que lo hizo en la CHontalpa en sus años mozos al frente del Instituto Nacional Indigenista.

    Los indios son recios, tienen su propia cultura, sus usos y costumbres para sobrevivir: Simplemente hay que dejarlos que se valgan por si mismos. La ONU tiene esos fondos para auxiliar a las comunidades rurales con programas ecologistas y de rehabilitación de bosques y aguas. El gobierno simplemente debe canalizarlos y evaluarlos con sentido humano (ALO lo tiene por experiencia de vida y trabajo, Stella) y de solidaridad a los dueños originarios de las tierras mexicanas, querida señora Sosias, y a la mayoría mestiza que voto al nuevo gobierno. Obviamente que hay caines y advenedizos que obraran en contra, pero esa es la naturaleza humana que prevalece en mi País.

    Gracias por su votos.

    CORTEX

  7. Esruza

    2 septiembre, 2018

    Ahora resulta que AMLO, querido Cortex, es el nuevo Mesías.. dista mucho de serlo. Alguien que en “sus años mozos, quemaba instalaciones petroleras, fue y será siempre populista y agitadorcillo y como dije: alguien que no tiene presencia, que no sabe hablar, podemos dormirnos mientras habla, qué será cuando tenga que decir un discurso, ¿sabrá leer¡¿. Ojalá me equivoque. A veces los tontos/inteligentes saben rodearse de personas que saben cómo hacer las cosas, ¿lo hará así AMLO, GENTE INTELIGENTE DETRÁS DE ÉL?
    Por otra parte, nuestros indígenas son, en una gran parte, flojos y atenidos, ahora esperarán más ayuda del Gobierno, pero en efectivo, les gusta ir a ser humillados a USA y sólo traen malas costumbres. Lo siento, así pienso y me pregunto: ¿De dónde sacaba dinero para vivir?

    Estela

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