El amor muerto

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El llegó del trabajo tarde, como siempre, y dejó la cartera sobre el sofá. Tras dar un beso a su mujer, le preguntó qué había de cena. Ella contestó “pollo”, y él manifestó su intención de ducharse. Ella puso la mesa mientras él se duchaba, y apagó el horno. El pollo estaba en su punto, y no convenía dejarlo allí por más tiempo. Llevó a la mesa del salón la ensalada, los cubiertos, las servilletas, el pan y los picos, y por último, el pollo lujosamente servido en una bandeja de plata, regalo de boda de sus padres, hacía ya veintitrés años.

Se sentó a la mesa en pijama, como siempre. Alabó el olor que desprendía el pollo, y procedió a trincharlo. Sirvió a su esposa, y después depositó en su plato una buena pieza compuesta por un muslo y un contramuslo.

Comieron en silencio, como siempre, viendo la tele. Ella preguntó por la jornada de trabajo, y él respondió que todo había sido normal, agotador, pero como cualquier otro día. Terminaron de cenar, ella recogió la mesa mientras él, como siempre, fumaba uno de sus puros acompañado de una copa de coñac. A ella le gustaba el coñac, pero lo bebía en pocas ocasiones. Lo único que tomaba comiendo era un par de cervezas a lo sumo, y nada más después de la cena. El le ofreció una copa, para acompañarlo, pero ella se negó alegando que le dolía un poco la cabeza.

Recogida la mesa y ordenada la cocina, los platos fregados y en su sitio, ella se sentó junto a él en el sofá, como tantas otras noches.

No habían tenido hijos, y nunca se habían preocupado por las causas de dicha circunstancia. El a veces decía que si Dios no quería que tuvieran descendencia, para qué insistir. Tampoco tenían perro ni gato, ni mascota alguna, ya que no eran aficionados a los animales.

Ella había dejado los estudios para casarse con él, cuando quedó encinta. Sus familias no habían visto otra salida que el matrimonio. De todos modos, por aquel entonces ya llevaban tres años de novios. No obstante, la fatalidad quiso que dos meses después de casarse, ella tuviera un aborto.

El trabajaba en una empresa de comunicaciones, de la que fue despedido años después. Lo pasaron mal, aunque el esposo encontró posteriormente un trabajo de administrativo que ya no había dejado hasta entonces.

El se durmió en el sofá, como siempre.

Ella le miró, y observó su respiración pausada y continua. Siguió viendo la tele, porque si la apagaba, él se despertaba, y lo hacía siempre de bastante mal humor. Al cabo del rato, ella volvió a mirarlo.

Parecía .. ¿que ya no respiraba?.

Su obesidad y sus problemas de corazón ya le habían dado más de un susto anteriormente. Él pudo superar un infarto hacía tres años. En aquella época, ella se sintió muy sola, ya que a pesar de que contaba con el apoyo de sus suegros, nunca era lo mismo con los padres de uno.

Los padres de ella habían muerto en un desgraciado accidente de tráfico, dos años después del aborto. Ella había sufrido muchísimo, no estaba preparada para un suceso semejante en su vida. Cuando pensaba en ello, sus ojos se humedecían. Aún conservaba la imagen de ambos fresca en su cerebro, como si pudiera sentir su presencia, como si los fuera a ver al día siguiente, como si realmente no hubieran muerto …

Volvió a mirarle, y comprobó que seguía sin moverse. Suavemente, le tocó un hombro, y lo llamó por su nombre, pero no obtuvo respuesta. Subiendo la voz, repitió su nombre.

Nada.

Acto seguido, procedió a tomarle el pulso en la muñeca, y no lo encontró. Lo intentó en el cuello, igualmente sin resultado. Por último, fue apresuradamente al cuarto de baño a por un espejito de mano, y se lo colocó a él delante de la nariz.

Esperó unos instantes, que le parecieron eternos, y retiró el espejito, que no se había empañado nada en absoluto. Colocó las palmas de las manos en las mejillas de él, y notó su cara fría ….

Se levantó del sofá sin dejar de mirar a su marido. Dio un paso atrás y se llevó la mano a la boca, como para ahogar un grito.

Su marido había muerto.

Muerto …

Aún de pie, respiró profundamente.

Tras unos instantes de indecisión, encaminó sus pasos al cuarto de baño. Sacó del armarito un pequeño trozo de papel conteniendo unas pastillas de color rosado, y las arrojó al retrete, tirando después de la cadena. Acto seguido, se dirigió al armario de su dormitorio, y de él sacó dos maletas de color verdoso, y una bolsa de mano, y las puso sobre la cama. En la bolsa de mano introdujo su monedero, su carterita y algo de dinero suelto. Revisó los cajones del armario, y comprobó con satisfacción que estaban vacíos. Todo estaba ya, pues, en las maletas, según lo previsto. Abrió una de ellas, la más pequeña, y en el forro de la misma comprobó que se encontraban varios documentos y diez gruesos fajos de billetes de cien euros cada uno. Volvió a cerrarla, y dirigió sus pasos hacia el salón. Cogió la botella de coñac, donde ella había disuelto las pastillas letales, y su contenido lo vació en el retrete. En su lugar, en el mueble bar, puso otra botella también abierta, pero con coñac sin adulterar. Ya en el cuarto de baño, y como todas las noches, procedió a lavarse los dientes, para después recoger en otra bolsita transparente todas sus cremas de belleza y otros efectos personales que le iban a ser indispensables en el lugar a donde iría.

“Al fin, está hecho”.

La herencia de la tía Antonia ha sido decisiva a la hora de tomar la decisión.

El día en que le dieron la noticia por teléfono no salía de su asombro: su tía le había nombrado heredera, y me dejaba todos sus bienes. No es que fueran muchos, pero al fin y a la postre, tres millones de euros son tres millones…

Tuve suerte de poder ocultárselo a su marido. Los trámites duraron dos meses, pero en ese tiempo, decidió lo demás. Estaba harta de la monotonía, de estar sola en casa y de aguantar que venga cansado del trabajo. Ella sí que estaba cansada de él, en definitiva.

“Porque a mí sí me gustan los animales y los niños, y me hubiera gustado tener muchos, muchos gatos y perros, y niños, muchos niños.”

La idea de las pastillas para dormir surgió días después. Le pesaba la idea de afrontar un proceso de divorcio, de escuchar las habladurías de la gente, de que pidieran explicaciones …

“Me había sentido tan empequeñecida cuando él tuvo el infarto … Sus padres, sólo preocupados porque se hiciera su voluntad, y él, interesado nada más en que su ropa estuviera bien dispuesta y a punto … era desesperante.”

Tuvo una flatulencia y pensó en el pollo: ¿demasiado especiado, tal vez? “La próxima vez le echaré menos de todo, para que me siente mejor al estómago”.

Porque él se quejaba casi siempre de la comida, que si mucha sal, que si muy cruda, que si más hecha…la verdad, siempre se quejaba de todo, eso sí, con mucha educación, pero se quejaba. Y luego, ni una palabra amable, ni una conversación interesante en diez años….. Un día, sin casi darse cuenta, llegó a la conclusión de que odiaba a muerte a su marido. ¿Por qué? Por nada y por todo, por una convivencia inútil, sin sentido, sin amor, sin razón de ser….por no tener una palabra siquiera tendente a replantear la situación, por no ser consciente de sus necesidades como mujer ….

En una palabra, por llevar una existencia vegetal e inútil.

El asesinato era algo que siempre le había repugnado. No obstante, la idea había ido cobrando forma en su cerebro poco a poco, madurando como una fruta, y el hecho de que las pastillas fueran una solución rápida y no violenta, alivió sus iniciales remordimientos. El no se iba a enterar de nada, se quedaría dormido como de costumbre, y las pastillas harían el resto.

“Así ha sido, y me alegro de haberlo hecho”.

Su corazón no ha resistido más, dirán los médicos. Y respecto a la ausencia de la esposa, ¿qué me importa lo que piensen? Me voy a otro país, donde cambiaré de nombre, y otros hombres me harán el amor….

Tantas perspectivas nuevas se abren ante mí…

Llevó las maletas hasta la entrada de la casa, y miró al cadáver de su marido. Parecía dormido, en la misma postura de hace un rato. Se tocó el corazón, pero no sintió lástima, sino tan sólo indiferencia.

—Ahí te quedas con tu mediocridad y tu vida vegetal, pobre diablo—dijo en voz alta.

Tuvo otra flatulencia, y un ligero ardor en el estómago.

—Vaya por Dios, tendré que tomarme un antiácido para el estómago.

Fue a buscarlos al armarito del cuarto de baño, y tras ingerir uno, volvió a comprobar el equipaje que estaba en la entrada. Acto seguido, y por última vez, se sentó junto a su marido, en el sofá.

—Si tú supieras lo injusto que puede uno llegar a ser ignorando a los que te rodean —le decía al cadáver—porque los que te rodean son tus únicos amigos, y yo era tu amiga antes, de recién casados. Yo te entendía y tú me entendías a mí. Ambos éramos uno, una pareja, hablábamos y discutíamos de todo …pero eso ya pasó. He llegado a odiarte mucho muchísimo, y por eso has muerto. El odio nace día a día, no en un momento determinado, año tras año, y por una conducta inmoral, y era inmoral el modo en que tú me tratabas. Tan indiferente, tan lejano, que era un maltrato claro hacia mi.

Sonó el teléfono fijo de la casa.

Ella quedó petrificada.

Sonó otra vez. ¿Quién podría ser a esas horas?

Sonó una tercera, y ella volvió de su estado de pasividad.

—Bueno, sea quien sea, voy a coger el teléfono. No pasa nada, no pasa nada…. – se decía en voz alta, intentando calmarse.

Descolgó el auricular.

—¿Diga? ¿Diga?

No se oía nada al otro lado de la línea. De pronto, el tono característico que suena cuando alguien ha colgado. Miró la pantalla: “Número privado”.

—Habrá sido una equivocación, seguro …

No obstante, quedó pensativa.

Su plan había tenido éxito. Nada le impedía ser feliz ya. Entonces, recordando que su marido siempre guardaba algún dinero en casa para las emergencias que pudieran surgir, decidió buscarlo y llevarlo consigo. Su gesto revelaba rencor, un rencor alimentado durante muchos años …

—Nunca me decías donde escondías el dinero para las emergencias, cabrón, pero ahora mismo me lo voy a llevar yo. No creo que tú lo necesites ya para nada.

Corrió al dormitorio, y abrió la mesita de noche de su marido. Los puros, una pluma, pañuelos de papel, algunas notas del trabajo escritas en papelitos amarillos… pero nada de dinero. Entonces abrió el armario de su ropa.

—Dónde lo escondías, maldito bastardo?—dijo en voz alta.

Metió la mano en todos y cada uno de los bolsillos de las chaquetas de él, pero no encontró nada. Probó con los pantalones, con igual resultado. Entonces recordó que la ropa que había traído hoy del trabajo, no estaba allí colgada.

—Estará en el cuarto de baño, junto con su cartera. ¿Y si siempre llevara ese dinero encima?—se preguntó.

Ella nunca le había registrado la cartera. Consideraba que la cartera de un hombre, al igual que los calzoncillos, formaban parte de su intimidad. Ahora ya no pensaba lo mismo, claro. ¿Qué intimidad podía tener un cadáver? Por eso, fue directa al cuarto de baño, y con placer descubrió que la ropa estaba colgada detrás de la puerta, tal y como había supuesto.

El teléfono sonó otra vez.

Un escalofrío recorrió su espalda. ¿Otra vez?

Sonó de nuevo.

Dirigió sus pasos hacia el saloncito, y se quedó mirando fijamente al aparato.

Sonó una tercera vez. La pantalla seguía indicando “Número privado”.

Con un creciente malestar en el estómago, se dirigió a la mesita auxiliar, y cogió de nuevo el auricular.

—¿Diga? ¿Diga? ¡Diga!

Habían colgado al otro lado.

Un miedo irracional la invadió de pronto.

¿Quién llamaba a esas horas, y por qué colgaba?

Se quedó de pie, delante del teléfono durante un momento. El tiempo le parecía que había dejado de existir. Sólo veía el aparato, y se imaginaba que de pronto iba a cobrar vida, e iba a avanzar hacia ella.

¿Sonaría de nuevo?

—Se habrán equivocado de nuevo—razonó, en un intento de calmarse.

Sin que el anterior razonamiento la hubiera tranquilizado, decidió que lo mejor era acabar cuanto antes, y marcharse de allí, lejos, tal y como tenía previsto. Caminó lentamente hacia el cuarto de baño, y registró la ropa de él. Sólo estaba la cartera, donde, tal y como sospechaba, había un buen fajo de billetes.

—Ya no los necesitas—gritó al caváver—. Me los quedaré yo, como anticipo de lo mucho que me debes por haberte soportado tantos años.

Los contó, y comprobó con sorpresa que había mucho dinero. Casi seis mil euros, en el abultado fajo que ahora iba a guardar en su maleta. Curiosamente, entre los billetes, y tapado por el último de éstos, vio un papel cuidadosamente doblado. Dejó el dinero en la tapa del inodoro y procedió a desdoblarlo. Era un documento con el membrete de la empresa donde trabajaba su marido. Leyéndolo, se dio cuenta de que era un finiquito.

“ … declaro haber recibido, en concepto de indemnización por despido la cantidad de …”

Cuando llegó a ese punto, su boca se abrió desmesuradamente, y su tez adquirió un color plomizo: “SESENTA MIL EUROS”…

Y el documento llevaba fecha de hoy…

Así que el maldito cabrón había sido despedido y a la vez indemnizado.

Y ¿dónde estaba el dinero de la indemnización?

¿Por qué le había ocultado algo así?

Su mente funcionaba a toda velocidad, tantas preguntas requerían respuesta que la bloqueaban, viéndose incapaz de llegar a ninguna conclusión. Lo único que pensó fue que el dinero tenía que estar en la casa.

Fue hacia el dormitorio, y buscó dentro del armario de su marido algo que fuera anormal, una bolsa, un sobre grande, algo que pudiera contener lo que buscaba.

En el suelo del armario, vio una bolsa de plástico de color verde. Nunca antes había estado allí, y nunca la había visto. Era de propaganda de una tienda de tejidos. Con manos temblorosas, la abrió, y dentro vio un sobre grande y de color manila.

El sobre estaba repleto de billetes de quinientos euros.

No lo pudo evitar. Con el sobre en la mano, fue al salón, y soltando una fuerte carcajada, con manos crispadas y nerviosas, le enseñó los billetes al cadáver.

—Mío, todo es mío ahora, cabrón…. Todo me lo llevo!! Ja, ja, ja…..

Un dolor punzante e intenso en el vientre cortó en seco su risa. Un dolor insoportable, inaguantable y anormal.

Ella se contrajo, y los billetes cayeron de sus manos, al suelo. Se acuclilló, y cayó saliva de su boca. Sin poderlo soportar, el dolor seguía, lacerante …. cayó por fin de lado, y sus ojos se pusieron en blanco.

A los pocos minutos, dejó de respirar.

El seguía en el sofá, en la misma postura.

Ella, tendida de lado en el suelo.

La televisión seguía ofreciendo uno de esos documentales sobre extraterrestres. El dinero, esparcido por el piso, inmóvil. Las luces de la casa encendidas, maletas en la puerta.

El teléfono volvió a sonar. Esta vez, continuó sonando sin que nadie lo descolgara. Sonó durante un rato, y de pronto calló. Al minuto, sonó otra vez, insistente, como antes, y por fin calló para no volver a sonar.

Pasó una media hora, quizá algo más.

Ya había terminado el programa de concursos de la televisión, y daban noticias.

Se oyó el ruido cauteloso de una llave al entrar en la cerradura de la puerta de entrada del piso. La llave giró, y la puerta se abrió.

Una mujer joven procedió a entrar, cerrando tras ella. Llevaba guantes en las manos. Con las llaves en una mano, y un bolso de piel en la otra, contempló la tétrica escena. Primero vio las maletas que había en la entrada. Después, se acercó a los cadáveres, fijándose especialmente en el de él. Acercándose más, le puso la mano en el cuello para encontrar su pulso.

Nada. Estaba frío como el hielo.

Dejó el bolso en una silla y mirando el cadáver de la esposa, comenzó calmosamente a recoger el dinero que estaba en el suelo, volviendo a introducirlo de forma ordenada en el gran sobre de color manila. Una vez finalizada dicha operación, recorrió con la vista la habitación, sin duda buscando una bolsa donde depositarlos. Volvió a ver las maletas, y abrió una de ellas, la más pequeña. Buscó en el interior, hasta encontrar el escondrijo que contenía el dinero procedente de la herencia de tía Antonia. Con una sonrisa de satisfacción, volvió a cerrar el forro desplegable, no sin antes depositar en el mismo el sobre con el dinero que había recogido del suelo.

Bueno, según sus cálculos, estaba todo.

Volvió al salón, y se detuvo frente a los cadáveres.

Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.

Sí, evidentemente, era su día de suerte. Todo estaba perfectamente planeado, pero nunca sospechó que saliera tan bien para ella. Su trabajo en la notaría le había permitido enterarse de los trámites de la herencia de la tía Antonia, habiendo informado a su amante, el ahora infortunado marido muerto. Entonces, planearon el asesinato de ella.

El veneno en la pasta de dientes había funcionado a la perfección. No obstante, no habían sospechado que ella también había planeado otro asesinato, en este caso el de su marido…. la culminación de ambos crímenes la dejaba a ella como única beneficiaria de todo.

Qué irónica es la vida…

Ambos se habían castigado mutuamente. Así pues, se había hecho justicia. Ahora sólo quedaba marcharse con todo el dinero.

En el trabajo había pedido vacaciones, y por tanto, nadie la echaría de menos. Y nadie tampoco la relacionaría con el crimen, ya que los encuentros con su amante habían sido muy discretos, y ninguno de los dos tenía amigos a quienes contar lo sucedido. El era en este punto incluso algo mojigato, ya que desde el inicio de la relación, deseaba que todo permaneciera en secreto. Tanto mejor.

Cogió las maletas y el bolso, abrió la puerta y salió.

Para ella, comenzaba una nueva vida.

Comentarios

  1. Mabel

    29 octubre, 2018

    ¡Impresionante! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. Melek

    30 octubre, 2018

    Gracias, me quedó un poco descuadrado el texto al pasarlo, pero me alegro que te guste, un abrazo!

  3. Mefisto Contreras

    7 noviembre, 2018

    Buen cuento. Te hace recordar que uno como persona promedio llega a tener una vida fútil. Ahora me voy a quedar viendo mis alimentos cuando me los sirva mi madre…por precaución. Como sugerencia, deberías revisar la ortografía, quedó un signo de interrogación cerrado, pero faltó abrirlo.

  4. Melek

    18 noviembre, 2018

    Gracias por la sugerencia y el comentario. Me alegro que te gustara. Un abrazo.

  5. Melek

    17 diciembre, 2018

    Gracias, ambos cazados entre sí … un saludo!

  6. The geezer

    1 marzo, 2019

    Qué buena historia, me mantuvo enganchado, por la intriga y por ese trasfondo incómodo de las existencias monótonas…¡mejor no pensar mucho en ello! Un saludo
    César

  7. Melek

    1 marzo, 2019

    Gracias por tus comentarios, César, un cordial saludo!

  8. Luis S.M.

    3 marzo, 2019

    Una historia bien trabajada. Engancha desde el inicio. Felicidades, Ahí va mi voto y la portada que tu relato se lo merece. Saludos

  9. Melek

    3 marzo, 2019

    Muchas gracias por tu comentario! Los ánimos nunca están de más. Un saludo cordial.

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