El juicio de las 11.15.

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—Mamá, quiero ser como tú.

—Claro hija. Cuando seas mayor.

La madre daba vueltas alrededor del espejo, comprobando la idoneidad del tono de sus zapatos con el resto de indumentaria.

—¿Y por qué es tan negra?

—Se llama toga, y es una prenda heredada de los antiguos romanos. Hoy día es un signo distintivo de jueces, fiscales y abogados.

—¿Y por qué es tan negra?

—Es así, cielo. Bueno, vayámonos, llegaremos tarde al cole. Y luego tengo un juicio.

—¿Qué es un juicio, mamá?

—Vamos ya, te lo explico luego.

Cogió un maletín y dos bolsas, una de ellas contenía la toga recién planchada. La otra, una prenda que tenía que descambiar luego en El Corte Inglés. Le quedaba pequeña.

Ambas salieron y acomodaron sus posaderas en los asientos delanteros del Nissan que había correspondido a la madre en el reparto de gananciales. El motor rugió, demostrando que el coste de la puesta a punto había merecido la pena. La pequeña dio un beso húmedo a su madre antes de irse y el Nissan quemó rueda: quería llegar al juzgado con tiempo.

Miró su reloj, si no había demasiado atasco llegaría con quince minutos de sobra.

La abogada subió las escaleras del edificio judicial hasta la segunda planta, y allí estaba su cliente, frotándose las manos en clara actitud nerviosa.

—No le pegué, se lo juro, se lo ha inventado. Es una vecina molesta y tuvimos unas palabras, pero no le puse la mano encima.

—¿Y qué hacemos con el parte médico que está en el procedimiento? En él se indica que fue agredida.

—Pues no sé, se lo habrá hecho ella misma.

—Bueno, a ver cómo se nos da, no se preocupe.

En ese momento, el agente voceó los nombres de los implicados. La abogada por curiosidad consultó de nuevo su reloj: las 11.15, justo la hora señalada. Abrió los ojos en señal de asombro, y todos entraron. Ella se colocó en el estrado, en la mesa reservada para la defensa, a la derecha del juez. Su cliente se sentó en el banco cercano. Al lado contrario estaba la presunta agredida. Iba sin abogado.

El juez tomaba notas en un papel, con una concentración que parecía absoluta. Luego, como si despertara de un largo periodo de inconsciencia, miró a su alrededor, alargó la mano y tomó lo que parecía ser el juicio de las 11.15. Se dirigió primero a la fiscal, y luego al funcionario que manejaba el ratón junto a la pantalla, y a ambos les dijo “¿Empezamos?”

La fiscal asintió con la cabeza primero, y el funcionario después. Luego, como si acabara de ver a la abogada, se dirigió a ella: “Señora Letrada, debe ponerse la toga”.

“Perdón señoría, ahora mismo”.

Ella maldijo por lo bajo, culpándose de no haber tenido en cuenta ese detalle tan importante, de modo que cogió la bolsa y se puso la prenda.

Inmediatamente, el funcionario accionó el ratón y le indicó al juez con un gesto que la grabación del juicio había comenzado.

“Se inicia la vista del juicio por delito leve número 548/18, seguido entre partes …”

No pudo articular ninguna palabra más.

Su boca se abrió, y de la misma salió una enorme carcajada, que tras unos segundos convirtióse en una risa nerviosa que fue contagiando a todos y cada uno de los presentes en la sala.

La única que no se reía era la abogada, que no veía explicación a tal manifestación jocosa. Sin embargo, pudo notar que los asistentes, cuando se reían la miraban a ella, de modo que primero observó su mesa, pero no vio nada anormal. Acto seguido, desvió la vista hacia las mangas, y su vello se erizó: a causa de los nervios, llevaba puesta, en lugar de la toga, la bata blanca con lunares rojos y ositos panda que pensaba descambiar luego en El Corte Inglés.

Comentarios

  1. Mabel

    11 octubre, 2018

    Muy buen relato. Un abrazo y mi voto desde Puente Genil (Córdoba)

  2. Melek

    19 octubre, 2018

    Gracias. El hecho de que alguien comente ya es un éxito para cualquier relato.

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