Había algo en sus ojos, una especie de compuerta tan delgada pero poderosa al punto que me era imposible dejar de ver el vacío que se extendía en su expresión ahogada en un sueño interminable. Era ella, la del nombre sobre la cama, y al mismo tiempo era también la del nombre borroso en la bolsa de servilletas dispuestas en su mesa de noche. Un desdibujo, un fue y un no será más.
En lila… un azul desteñido.
Velaba la usencia de su aliento, no su respiración. El aire que expiraba de su boca hundida carecía de la fuerza suficiente para arrebatar al tiempo cualquier memoria. Mientras en esta natural huida la observaba, esa donde la vida deja de ser el verbo de los días, me preguntaba sobre lo que significaba y ya no significaba más. Después de todo, esta imagen de tronco raspado en surcos e inerte, será también mi rostro postrado a la orilla de una caída sin retorno. Este espejo que yace en sabanas blancas, aún sigue siendo humano.
Me dije segura, pero no me lo creí.
La conciencia, la propia, que pesa más que la ajena, elabora el retrato imperfecto de lo que somos. En presente. Soló puede pintarse en el presente porque no existen los humos del olvido, dejados atrás, ni las batallas imperiosas que se luchan hacia adelante. Estamos siempre presentes e impresentables. Mis ojos ya no podían encontrarla. Estaba, aquella persona estaba, solo que ya inconsciente de su respiración.
Y respiraba, pero no el aire. Solo el anhelo.




Mabel
¡Excelente historia! Un abrazo Natalia y mi voto desde Andalucía
Natalia Ikchel Rodríguez
Gracias Mabel!!
Luis
Buena historia, Natalia, mi voto y un saludo!
Natalia Ikchel Rodríguez
Gracias Luis!!