La Flor de Eguzki

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Todo iba perfecto hasta que nació mi hermana Eguzki.

Antiguamente, como muchos en el mundo saben, la gente vivía de manera sencilla. Todas las noches salían a los claros para mirar hacia el cielo. Y entonces aparecía yo. Ilargi me solían decir, señalando mi rostro blanco con sus dedos. Los jóvenes sentían ganas de bailar con la sangre arremolinada en las mejillas. Los adultos se dedicaban a agradecerme por todas las cosas que les había concedido: La miel en las cántaras, los pastos crecidos, los sanos rebaños. Y los ancianos, ¡ay!, los ancianos… Algunos retiraban su mirada, suponiendo que yo así no me fijaría en ellos. Otros, desprovistos de ánimo, alzaban sus plegarias al cielo para que los acompañara pronto junto a mi madre, Amalur. Eran felices conmigo. Yo espantaba a las criaturas malignas con mi sola presencia, los protegía de las tempestades y de las malas cosechas. Ellos me respetaban. Me adoraban.

Pero un día un tal Artimuño regresó empapado a su aldea. Llegó exhausto de nadar por corrientes subterráneas y arroyos. Contó que había escapado de milagro del gigante Tártalo, que tenía un solo ojo. Que el gigante se había comido a su hermano mayor. Y su madre lloró desconsolada. Como le prestaban atención, les dijo también que había conocido mujeres con pies de pato que vivían cerca de los riachuelos y que peinaban sus largas cabelleras con peines de oro, pero que no eran afables y que sus cánticos tenían la capacidad de obnubilar el pensamiento. Y las gentes se asustaron porque conocieron los peligros de los que yo les mantenía alejados.

Tanto lloró la madre de aquel pastor Artimuño y tanto pidieron las gentes de su aldea, y de las aldeas colindantes, que mi madre se apiadó de ellos. Y de las entrañas de la tierra, pasados nueve meses, nació mi hermana Eguzki.

Era bellísima. Con unos preciosos ojos negros que nunca nadie pudo contemplar, pues era imposible mirarle a la cara sin quedar completamente eclipsado por su luz, y con una larguísima cabellera rubia que, de tan larga, rozaba las estrellas con sus puntas.

Las gentes bailaron gozosas ante el nacimiento de mi hermana, pues ella lo calentaba todo con su luz, con su amor, con su calor. Ya no tenían miedo a los caminos, y comenzaron a separarse y a conocer otros sitios, otros paisajes preciosos donde fundar aldeas y asentarse. Ya no temían las cuevas en las montañas, ni las grutas donde antes vivían las alimañas. Al contrario, buscaban su sombra para refrescarse de la dulce mirada de mi hermana.

Por culpa de la belleza y la dulzura de mi hermana Eguzki, las criaturas que antes deambulaban por los campos y las montañas tuvieron que ocultarse en las grutas, o en las simas bajo tierra, o al resguardo de los bosques. Solo cuando Eguzki se retiraba a descansar, y su luz cesaba en el cielo, dichas criaturas podían salir a la superficie. Poco a poco se fueron acostumbrando a la oscuridad, a vivir en sitios fríos y húmedos. Sus ojos se hicieron grandes y negros y profundos. La tiniebla empezó a devorarles las almas a las que eran benevolentes y a enardecer el fuego perverso de las que no lo eran. Y así sucedió que la gente empezó a temer la llegada de la oscuridad. Mi presencia ya no servía para calmarlos. «El día para los del día» —decían—, «y la noche para los de la noche».

Cuando ya fuimos mayores nuestra madre decidió casarnos. Como buenas hermanas que éramos decidió casarnos con los dos hijos de Mari: Atarabi y Mikelatz. Quizás pensó que así, al emparentarnos doblemente, nuestras disputas quedarían aligeradas. Se equivocó la todopoderosa Madre-Tierra.

Los cuatro pasamos gran tiempo juntos, conociéndonos. Los hermanos estudiaban en una caverna regentada por Etsai, el demonio. Desde los seis años, Atarabi y Mikelatz se habían dedicado a estudiar las ciencias, las artes y las letras; es por eso que ambos eran sabios. Atarabi era jovial y pulcro, de bella y poderosa mandíbula, recatado y muy culto. Era el mayor de los dos, y había heredado de su madre la misericordia, el afán por cuidar la naturaleza y el amor por las gentes corrientes. Mikelatz era rubicundo, con una mirada muy penetrante, pero un tanto hosco al trato. Siempre vestía con largas túnicas oscuras, hechas de hojarasca y de pieles de animales, y portaba un báculo con forma de rayos que utilizaba para lanzar tempestades cuando se aburría.

Yo soñaba con encandilar a Atarabi, pues su voz era melodiosa y hacía volar el viento y las nubes, y conseguía sublimarme en rocío y deleitarme con su caricia. A veces, de tan dulce que era la sensación, yo menguaba y menguaba, me hacía pequeñita, y de cuando en cuando llegaba a desaparecer. Después, cuando Atarabi se marchaba, yo volvía a crecer, y a brillar con fulgor en el cielo nocturno esperando su regreso.

Una vez completamente versados en las artes y en la magia llegó el momento de la recompensa de Etsai. El pago acordado fue que el demonio escogería a uno de los dos hermanos para que realizara todas las tareas que le impusiera. Y se quedaría con él, preso en la cueva, para siempre.

Etsai escogió a Mikelatz, pues conocía las dudas de su corazón y veía la sombra de su mirada. Él sabía que terminaría por corromper su corazón. Atarabi, consciente del daño al que se vería expuesto su hermano pequeño, decidió intercambiarse con él, quedando así preso por siempre en la cueva y Mikelatz liberado del pacto.

Entonces, una vez liberado del pacto, Mikelatz debía desposar a una de las dos hermanas. Escogió ser libre. Huyó a los bosques y allí, entre las sombras, encontró el regocijo de las criaturas abyectas. Mi hermana y yo quedamos desconsoladas.

Pasado mucho tiempo, Atarabi rogó a Etsai que le pusiera otra prueba para liberarse de la gruta. Mari descendió desde su morada, las cumbres de Anboto, para rogarle al diablo misericordia con su hijo mayor. Etsai ni siquiera permitió la entrada de Mari en la cueva, pues sabía que si la diosa ponía un pie en la gruta la convertiría en su hogar y Etsai no tendría poder ninguno allí.

Tuvo que intervenir la mismísima Amalur, mi madre, y a cambio de que Etsai propusiera una nueva prueba a Atarabi, esta le entregaría mayores poderes al demonio: Sería libre para poder aparecerse en varios sitios y tentar los corazones de las gentes de bien. Etsai, embelesado ante tal oferta, aceptó el trato, y le prometió la libertad a Atarabi si conseguía tamizar toda la harina que conservaba en la cueva.

El cedazo que Etsai le dio a Atarabi era muy tosco, y sus mallas poco tupidas, así que la harina y el salvado se colaban sin que Atarabi pudiera tamizar nada. Era una misión que jamás se acabaría. Y Etsai, para controlar a su discípulo y evitar que escapara, a cada rato le preguntaba:

—Atarabi, ¿dónde estás?

Y el pobre Atarabi respondía:

—Aquí estoy.

Incontables noches pasamos en soledad; Atarabi encerrado en la gruta, Eguzki sin brillar, yo perdida en el reflejo plateado de los arroyos. Pero una noche en que el diablo estaba adormilado, fatigado de tanto cometer fechorías, Atarabi, que era sabio, formuló un hechizo para enseñar al cedazo a hablar. A la mañana siguiente, cuando Etsai se despertó y preguntó «Atarabi, ¿dónde estás?», fue el cedazo el que respondió. Y así Atarabi engañó al diablo y pudo escapar de la cueva.

Llegó el momento de la boda y Atarabi decidió desposar a Eguzki. La pareja de novios se reunió en los verdes campos para celebrar su unión delante de todos los mortales. Eguzki solicitó, como premisa para acudir al gran banquete, que cada invitado trajera la flor más bonita que pudiera encontrar, pues las flores son la sonrisa de Mari en la tierra. Algunos acudieron con rosas silvestres, otros con narcisos. También llevaron malvas, gladiolos y caléndulas. Pero yo, desbordada por la rabia y el enfado, llevé un cardo. Un cardo redondo y chafado, el más feo que pude encontrar.

Mi hermana escogió aquel cardo que yo le entregué para adornar el tocado de su cabeza y, ante todos los presentes, se desposó con aquella flor como único adorno. Con la felicidad de mi hermana y de Atarabi llegaron muchos años de prosperidad y bonanza, de cosechas plenas de grano y de fruta. Las tempestades que provocaban Mikelatz o Etsai se disolvían ante una sola palabra de Atarabi, pues Eguzki estaba radiante y él era feliz.

Es en agradecimiento por todo aquel tiempo de felicidad que hoy las gentes sencillas adornan sus puertas con un cardo redondo y aplastado, con largos brazos que asemejan el cabello de mi hermana. Así se protegen de los malos espíritus y de las tormentas que arruinan sus campos. Es en su honor que en todas las casas de esta tierra luce, como el sol, un Eguzkilore. La flor de Eguzki.

Comentarios

  1. Mabel

    9 octubre, 2018

    Muy buen Cuento. Un abrazo Carlos y mi voto desde Andalucía

  2. The geezer

    9 octubre, 2018

    Me han gustado mucho estas leyendas y como las cuentas. Por curiosidad cultural…¿son leyendas vascas existentes, que tú luego has completado con otros elementos?
    César

  3. Carlos Calleja

    9 octubre, 2018

    Hola César, sí, es mitología vasca.
    La historia es inventada, digamos, el cómo se ha ido entrelazando, pero los mitos son más o menos fieles a como los cuento (teniendo en cuenta que los relatos mitológicos divergen de un sitio a otro).

    Este es uno de los relatos que tenía presentado a un concurso, en este caso a un que quería recoger mitología de la península.

    Espero que os guste,
    Carlos

  4. Luis

    14 octubre, 2018

    Muy bueno tu trabajo, a destacar, un saludo y mi voto Carlos!!

  5. JR

    25 octubre, 2018

    Carlos, mis felicitaciones por tan hermoso trabajo. Me ha gustado mucho.

  6. gonzalez

    24 diciembre, 2018

    Me gustó mucho, Carlos. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo. (Felices fiestas)

  7. Ger_GERTZEN

    10 septiembre, 2019

    ¡Bonito guiso de elementos de la mitología vasca!

    Yo siempre he leído y escuchado «Atarrabi» pero tus personajes, como es lógico, se llaman como tú quieras. Te lo indico porque los demás sí que los llamas como en la mitología vasca.

    Cosas que yo corregiría:

    – El salto de sujeto que haces en «la gente vivía de manera sencilla. Todas las noches salían a los claros». «La gente» es singular.

    – «peligros de los que yo lOs mantenía alejados». La RAE lo tolera. Yo no porque la RAE, por el contrario, no tolera «peligros de los que yo lEs mantenía alejadAs» y porque un l@ísmo es un l@ísmo (confundir CD y CI), lo tolere la RAE o no. Aparte que, con esa lógica, admite también salvajadas como «sujétameles, por favor».

    -«y tanto pidieron las gentes de su aldea, y de las aldeas colindantes, que mi madre se apiadó de ellAs («gentes»).

    – «Era bellísima. Con unos preciosos ojos negros que nunca nadie pudo contemplar, pues era imposible mirarlA» (ahí es ella la mirada, no sus ojos, «mirarle a los ojos» pero «mirarla a ella»).

    – Quitaría «, una vez liberado del pacto,» pues «liberado del pacto» lo acabas de escribir y no aporta nada más.

    – En castellano toca escribir «Amboto» por la regla de las bilabiales y por el fenómeno que subyace. En euskara se puede pronunciar «Anboto» porque hay más espacio entre las sílabas, de hecho lo hay exactamente igual que entre las palabras por lo que «etxe berria» (casa nueva) y «Etxeberria» se pronuncian (se deberían pronunciar) exactamente igual (aunque, la verdad, la mayoría de la gente vasca pronuncie los apellidos vascos como en castellano, es una curiosa costumbre, derivada de siglos de imposiciones administrativas).

    – «y, a cambio de que Etsai propusiera una nueva prueba a Atarabi, «. Falta la coma inicial, pues la frase es un inserto, exactamente igual que «, mi madre,» que va antes de la conjunción copulativa.

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