La provisión de fondos

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Terminó de hablar, y quedé sin palabras.

Cruzó la pierna izquierda sobre la otra, con estudiada lentitud, y vi claramente el rosado claro de sus bragas. Con encaje, preciosas.

¿A qué película me recordaba?

Sin quererlo, noté cómo la sangre acudió a mis mejillas.

“Concentración, es trabajo”, me dije.

En mis años de abogado, nunca antes había tenido tanta dificultad en tratar un caso. Claro, la chica no era una cliente como las demás, me atrevería a decir incluso que era la mujer más bella que había visto nunca antes en persona.

Aparentaba unos treinta, aunque quizá tuviera algunos más. Mi carnet era testigo de que mi fecha de nacimiento se produjo al menos, veinte años antes que la suya.

Su cabello, dorado de peluquería, caía sobre los hombros con una dolorosa espontaneidad que experimentaba sin duda el que tenía la suerte de contemplarlo. Sus ojos, oscuros como una noche de otoño, eran quizá lo más vistoso de su rostro, sin contar con esos pómulos tan proporcionados que harían enloquecer a un escultor griego. Sus labios, de un rojo brillante, dejaban entrever cada vez que hablaba unos dientes apetitosos, blancos como perlas, casi perfectos, con una delicada imperfección en un colmillo. Y por último, el hoyuelo en la barbilla, esa delicia que cualquier hombre —y cualquier mujer que guste de esos detalles— besaría durante horas.

Ella expuso su caso con precisión de relojero, sin prisas, paladeando cada fase procedimental, cada mirada furtiva, cada recurso. Yo mientras tanto, tomaba notas, en un desesperado intento por no distraerme. El folio recogió mis garabatos, obediente.

Hablé de las opciones procesales a seguir. Largo rato debatimos, ella con calma, yo con menos, y finalmente, hablé del precio.

“Es caro, Don Julián”, replicó.

“Bueno, si me da una buena provisión de fondos, le puedo aplazar el resto”.

Ella se levantó, rodeó la mesa, acercó mi sillón giratorio conmigo aún sentado, y se me plantó a horcajadas.

Besándome con lujuria, dijo:”¿Le parece esta una buena provisión para empezar?”.

Cerré los ojos, su lengua era deliciosa, pero me asfixiaba.

Un mareo después, y me desperté, mi perrita Elsa seguía lamiéndome la boca, incondicional.

 

 

Comentarios

  1. Mabel

    9 octubre, 2018

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida

  2. Melek

    9 octubre, 2018

    Gracias, me alegro mucho de que el relato te guste! Un abrazo también desde Andalucía.

  3. Javico

    13 octubre, 2018

    Hola Melek

    Te recomiendo en un relato corto, una prosa sencilla pero eficaz.
    Si quieres sorprender al lector, no hace falta rebuscar o utilizar
    cierta pomposidad.
    Debes revisar la puntuación.
    Lo que más me ha gustado es el final.

    Un saludo.

  4. Melek

    14 octubre, 2018

    Gracias por los comentarios, los tendré en cuenta. La puntuación es una de mis asignaturas pendientes. Un saludo.

  5. Carlos Calleja

    15 octubre, 2018

    Buena descripción de la mujer.
    Si me permites, tenemos que intentar huir de los clichés del tipo: «dientes como perlas», porque están muy manidos y, salvo que haya un motivo bueno para usarlos, rebajan el nivel de la escritura.

    El final muy bueno, coincido con Javico.

    Un saludo,
    Carlos

  6. Melek

    18 octubre, 2018

    Gracias por los comentarios. De acuerdo en lo de las perlas dentales, es cierto. Un saludo.

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