Lunes en Golders Green

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Nuestro hogar estaba en Belsize Park, Londres. El año, 1995.

El estudio consistía en una habitación rectangular de unos cuatro metros de ancho por seis de largo, con cuatro camas. Tras varios experimentos en búsqueda del ordenamiento ideal, las colocamos a lo largo junto a las paredes, dejando un espacio en el centro. Allí pusimos una mesa, y a ese área de un metro cuadrado entre las camas lo llamábamos, de broma, el salón. Así, si alguien se sentaba allí podía decir “voy a tomar una cerveza al salón”. En una esquina teníamos un fragadero con un hornillo eléctrico que constituía nuestra cocina. Por último, compartíamos unos baños en la entrada del edificio con cuatro modestos apartamentos como el nuestro.

Los primitivos moradores de ese piso fuimos tres amigos, un inglés y dos españoles, pero admitimos luego a una pareja en la cuarta cama (“la habitación de invitados”), para pagar menos. Al cabo de dos semanas, sin embargo, les echamos; era un incordio llegar a casa y encontrarlos follando a todas horas bajo el edredón. A ellos no parecía incomodarles mucho la situación, sin embargo a nosotros nos causaba fastidio hallarles asiduamente en ese trance.

No recuerdo mucho a la chica, aunque sí a él: Era muy inteligente y se sabía de memoria películas de los hermanos Marx; nos escenificaba los diálogos completos por las noches y nos revolvíamos de risa, cada uno sentado en su cama.

Un día me confesó que guardaba las llaves de su antiguo piso, pues tenían llamadas gratis en el teléfono comunitario.

En las casas pobres solo había un teléfono, dentro del portal, para todos los vecinos. Cuando sonaba, a menudo nadie se molestaba en ir a contestar, esperando a que se animase algún otro. Funcionaban únicamente con tarjetas de prepago, y en este caso parece que insertabas la tarjeta pero no te consumía el saldo, podías hablar con cualquier rincón del mundo a la salud de British Telecom. Yo también guardaba las llaves de mi antiguo hostel, pero solo me servían para robar papel higiénico o colarme cuando había ruido de fiesta.

Finalmente comunicamos el veredicto de destierro a la pareja: Hubo pocas palabras, pues creo que no nos comprendieron, y empaquetaron sus cosas con hosquedad. Tras su marcha revisé rutinariamente sus cajones y encontré las llaves, olvidadas. Tintinearon en mi mano unos segundos, y mi amigo Laureano y yo cruzamos una sonrisa y una mirada cómplice.

La casa era en Golders Green, y, a pesar de no ser sabbath, muchas personas iban vestidas de judíos ortodoxos, lo que nos daba una cierta sensación de estar en un lugar equivocado, y con culpables intenciones.

El edificio era antiguo, decrépito, y estaba dividido en pequeños estudios como el nuestro. Sin embargo, tenían una verdadera cocina comunitaria y el teléfono de marras junto a su puerta.

Llegamos temprano y no había nadie en las áreas comunes, ni se oía música o ruido en los apartamentos, así que comenzamos de inmediato y establecimos turnos de quince minutos, mientras uno llamaba el otro esperaba en la cocina; como no había radio, ni nada que leer, fumábamos mirando por la ventana y viendo pasear a la variopinta tropa londinense.

Llamé a todos los números que tenía: Familia, amigos actuales, pasados, amigos de Argentina, Brasil, compañeros de colegio de niño que casi no me recordaban, acabé asqueado. La cocina estaba llena de humo y colillas.

Estaba anocheciendo y llegó un japonés. Saludamos y continuó hacia su cuarto. Laureano ladeó la cabeza, asentí y nos levantamos.

El japonés nos alcanzó en la puerta de abajo.

-Eh, falta una sartén de la cocina.

-Nosotros no la hemos cogido –respondí.

-Escucha, no se cómo os habéis enterado de lo del teléfono y cómo habéis entrado, pero robarnos es demasiado.

-No hemos robado nada, ¿entiendes? –me indigné.

Volvió a entrar bufando y moviendo la cabeza. Mi amigo no había dicho nada. Al cabo de unos metros sacó la sartén de su mochila.

-¿Pero qué has hecho, coño? No deberías, joder.

-Vete a la mierda.

Su madre estaba muy enferma, y todas sus llamadas habían sido al hospital, así que decidí no discutir. Era ya de noche y caminamos despacio hacía el metro,. De nuevo comenzaba a llover en Londres.

La sartén era de puta madre.

 

Comentarios

  1. Naufragoenlaluna

    22 octubre, 2018

    Cuando acabas robando una sartén, sabes que a partir de ese momento sólo puede ir a mejor jajjaa
    Un saludo y mi voto.

  2. The geezer

    22 octubre, 2018

    Jaja y tanto! Muchas gracias por tu lectura y comentario

  3. Luis

    23 octubre, 2018

    Tristeza sardónica la tuya César, buen texto, un saludo y mi voto!

  4. The geezer

    24 octubre, 2018

    Recuerdo una frase de Chumy Chúmez que decía algo así como «pasamos todo tipo de calamidades, pero ¡que nos quiten lo «bailao»! En eso estamos jaj, un saludo y gracias!

  5. Esruza

    30 octubre, 2018

    Me gusta tu relato, César, disculpa que no había leído.

    Un abrazo y mi voto.

    Estela

  6. The geezer

    30 octubre, 2018

    Hola Estela muchas gracias por leerme, por supuesto no hay obligación faltaría más.
    Un abrazo muy grande
    César

  7. Mrs Verma

    31 octubre, 2018

    Me ha gustado mucho su relato, entiendo que es pura ficción …a mediado de los 90 vivi en los alrededores de Golders Green, alli visitaba con frecuencia a Daiki un amigo japonés al que llevaba tiempo prometiéndole una tortilla española. Me presenté con unos huevos y patatas justo el día que la sartén desapareció de la cocina comunitaria…comimos huevos revueltos de cacerola…salieron riquísimos.

  8. The geezer

    31 octubre, 2018

    Esto es realmente embarazoso Mrs.Verma, normalmente mezclo elementos reales con ficticios, pero en este caso concreto…¡hasta la última coma es autobiográfica! por lo que entiendo que hay algunas posiblidades de que fuésemos nosotros. Por si fuese el caso, le ruego acepte mis disculpas, así como que las transmita para el señor Daiki. Me alegra leer que supieron reaccionar con imaginación y dotes culinarias.
    La verdad, ante esta revelación ya no sé qué pensar…Espero que el bueno de Laureano -del que no sé nada desde hace veinte años- no se registre en «Falsaria» y me acuse a mí de haberla cogido yo.
    En todo caso, le agradezco mucho su lectura y su elogio. Un saludo muy afectuoso.
    César

  9. Klodo

    5 noviembre, 2018

    No había leído tu relato porque estuve alejado 3 semanas de Falsaria. Cada vez me leen menos.
    Excelente tu relato. Es una añoranza melancólica de tiempos idos que no fueron
    buenos pero que, por ser tan azarosos, quedaron marcados a fuego en la memoria.
    Es muy límpido tu estilo, aún describiendo miseria. Interesas desde el comienzo,
    mantienes el interés y no sueltas.
    Manejas muy bien el diálogo lo que en sí es ya todo un arte.
    Un abrazo de amigo y mi voto
    Sergio

  10. The geezer

    5 noviembre, 2018

    Muchas gracias Sergio, tomo con mucho orgullo tu comentario porque soy «fan» de tus diálogos y precisamente de lo frescos y divertidos que son tus relatos. Lo pongo aquí en público por si alguien quiere leer algo que no le va a aburrir. Un abrazo muy grande!!
    César

  11. B€RTA

    9 noviembre, 2018

    Me encantó. Mi voto

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