Unos trabajos y una mujer

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En el silencio del amanecer, sorbía un café instantáneo y escuchaba el rugir de aquella nevera, que imitaba a la perfección el viento siberiano sobre la tundra rusa.

Bajé a la estación de Archway y atrapé el TNT [1]y hete aquí que aparecía un anuncio buscando gente con Spanish Looking para una película sobre nuestra guerra civil. Vaya suerte que, en lugar de mi habitual blanco cadavérico londinense, ese verano lucía un insólito bronceado ibérico.

¿El secreto? Trabajaba en un hotel, de seis a doce, haciendo desayunos y luego iba al lago de Hempstead Heath a bañarme y dormitar. El mismo lago donde patinábamos sobre la superficie congelada en invierno. El buen color no disimulaba, sin embargo, las ojeras por levantarme a las cinco de la mañana todos los días.

Llamé y me citaron la tarde siguiente en una oficina en Hounslow. Tumbado en la orilla del lago, intenté recordar, sin éxito, alguna película rodada recientemente en Londres, para inventarme experiencia.Quizá sirviese con alguna española. Luego fantaseé un rato con que decían… ¡Eh!, ¿Quién es ese figurante con tanto carisma que se está comiendo la cámara?, ¡Necesito hablar con él!

Hounslow me pareció agradable –o sería el atardecer- y la gente simpática, asiáticos en su mayoría. Intentaron indicarme la dirección, pero nuestros incompatibles acentos nos llevaron por el camino del malentendido y acabé en una calle peatonal vacía. El sol se ocultaba y una chica barría la puerta de una hamburguesería.

Le pregunté en inglés y no supo entenderme, y entonces vi la chapa con su nombre, Rosalía. Se lo repetí en español y los dos nos reímos. Me dibujó amablemente el itinerario en una servilleta, y como era medio guapa y sonreía, le conté que iba a un casting y me deseó suerte.

Tras comprobar mis datos, una recepcionista que quería aparentar que trabajaba mucho, me mandó hundirme en un sofá milenario junto a otras personas, la mayoría más apuestos que yo.

Cuando al fin me llamaron, el individuo encargado estaba ya cansado y lo intentaba disimular moldeando su voz. Sin embargo, estuve inspirado contando anécdotas inventadas de rodajes y, como parecía gay, intente flirtear con él todo lo que pude. Seguramente hice el ridículo, pero finalmente sonrío, suspiró y sacó un nuevo formulario: Estaba dentro.

Ya era de noche cuando salí. Decidí volver paseando por la calle de la hamburguesería, aunque no para comer.

Saludé a Rosalía y, como ya me consideraba actor, exageré toda la entrevista con el incalculable apoyo de su fingido asombro, se reía de mí, se reía conmigo y yo me perdía en la inteligencia que se le desbordaba en cada gesto, cada comentario.

La convencí para tomar una pinta a la salida y ya en la intimidad de la moqueta y las cervezas, reconocimos que debíamos ser amigos, aunque viviésemos a horas de distancia. Me acompañó al metro y me quedé colgado de sus ojos marrones, a ratos madre tierra, a ratos volcán.

Pero ni eso me salvó cuando sonó el despertador a la mañana siguiente.

Tras mi jornada, subí a la vetusta oficina del manager del restaurante para anunciarle mi dimisión. Me dirigió una breve mirada de desprecio, y se dispuso a llamar a una agencia para que le enviasen a otro. No hubo apretón de manos. Salí antes de que colgase, sintiéndome aliviado y satisfecho. Sin embargo, noté como me crecía la congoja cuando bajé a despedirme de algunos compañeros del Hotel, sobre todo de Marcellus, mi compañero de Cabo Verde. Al terminar el turno me llevó a la cocina y, entre todos los friegaplatos africanos y yo, nos bebimos un horrible vino búlgaro a la salud de mi rutilante carrera artística.

Pasaron dos semanas hasta que pude al fin quedar con Rosalía. Se mudaba al día siguiente a New Cross con un ¿amigo? Y necesitaba porteadores. El traslado era a mano y en metro. Así es cuando todo lo tuyo cabe en cuatro maletas. Como tenía rodaje esa mañana, solo pude quedar en su nuevo piso, para ayudarla “en destino” a colocar sus pertenencias y darle apoyo moral.

Me alegró que el barrio fuese New Cross, hogar de uno de mis antros preferidos. No me acuerdo como se llamaba, porque ya entonces se le habían caído la mitad de las letras del rótulo. Lo mejor era parte trasera -a la que se accedía a través de los servicios- donde se podía jugar al billar, fumar marihuana, y perder en tiempo en general hasta altas horas.

El piso tenía un dormitorio y salón; a ella le había tocado el salón, pagando un poco más. Por lo demás contaba con la clásica moqueta raída, el baño con un lavabo diminuto encima del wáter, y cocina también minúscula con fogones eléctricos mugrientos y peligrosos.

-¡Este sitio tiene una pinta buenísima! –Dije-

-Uf, ¿tú crees? Llevo un día, tío…

-Cuéntame guapa, ¿qué ha pasado?

-Me he olvidado cosas, la maleta esa de libros no veas como pesa, el taxista no encontraba la dirección…

-¿No veníais en metro?

-Sí, pero al final era demasiado…

El otro chico, Antonio, era solo un amigo, a juzgar por su desinterés; tenía tele en su cuarto y estaba mirándola sin atender a nuestra conversación.

Así podía examinarla con detenimiento: Me encantaban sus dientes un poco separados y sus mofletes rojos por el cansancio; me hubiese gustado echar una mano con el desorden, pero no sabía qué consejos darle para colocar sus enseres. La mayoría –pensé- estarían mejor en la basura.

-Vámonos –dijo ella, salvándome- ya organizaré todo mañana, ahora estoy cansada, vamos a un pub.

De forma que pude llevarla a mi bar preferido. Ahora me acuerdo como se llamaba, Locksmith Tavern.

Así, estando sobrios, parecía muy lúgubre. Nos sentamos.

-¿Qué tal tu película? -preguntó

– En realidad no me entero de nada, todos los jefes y los protagonistas son engreídos e imbéciles más allá de la comprensión humana. Pero me gusta rodar, hoy he muerto tres veces; la tercera me salió genial, aunque no sé si saldré en la peli, ¿sabes?, igual la cortan. Bah, pero bien. Además, la tropilla de extras es divertida; hay un tío de Vigo, como tú.

-¿Vas mañana? –un destello me pedía que no-

-Sí, pero tarde. –Mentí-

Notaba como me escrutaba conforme pasaban las Guinness, y yo a ella. Finalmente llegó el momento de las voces roncas y de los besos y el paseo abrazados a su casa. Me sentí buena persona, libre, amigo, amante.

Me gustó mucho su cuerpo y su tacto de bailarina, era mágica del todo.

Nunca volví al rodaje, llamé diciendo que estaba malo y me dijeron que, en ese caso, no me necesitaban más, y que me mandarían el cheque a casa. Colgué y volví a la cama, algo confuso al haber abandonado mi carrera artística por amor.

Entonces éramos jóvenes, yo tenía veinticuatro años y ella algo menos y la promiscuidad parecía algo natural e intrascendente. Con el tiempo, siento que esos recuerdos son como trozos de alma que dejé por el camino.

Nuestra historia tuvo luego algunas anécdotas divertidas y, por supuesto, un final; quizá lo cuente en otra ocasión.

Ahora vivo en Brixton Hill y tengo un buen trabajo. Mi actual nevera silba como la brisa mediterránea.

Anochece, está lloviendo y no tengo ganas de salir, y tampoco demasiadas de recordar. Dicen que la vida no es hacia atrás ni a los lados, sino adelante. Eso será.

 

[1] Revista gratuita londinense de los años 90, especializada en alojamiento y empleo

Comentarios

  1. Carlos Calleja

    9 octubre, 2018

    Qué bueno tu relato. Evoca Londres en cada poro, y esa ciudad tiene magia, cine, y mil y una peripecias.
    Cuenta con mi voto.

    Y si te sirve de ayuda, échale un vistazo a la coma del vocativo, y algún detallito de corrección ortográfica que te afea un poco el texto.

    Un saludo,
    Carlos

  2. The geezer

    9 octubre, 2018

    ¡Muchas gracias por tu comentario, Carlos! Y también por tus observaciones, las prisas son malas para estas lides, me pondré con ello. Un saludo

  3. The geezer

    9 octubre, 2018

    Muchísimas gracias Naúfrago, me alegro de que te gustase.

  4. Esruza

    30 octubre, 2018

    A mi también me gustó, César.

    Un saludo afectuoso, aunque tarde

    Estela

  5. The geezer

    30 octubre, 2018

    Muchísimas gracias Estela, un gran abrazo para ti
    César

  6. TrinitaH

    1 noviembre, 2018

    The Geezer. Hermoso relato y me encanta como mencionas los recuerdos…»con el tiempo, siento que esos recuerdos son como trozos de alma que dejé por el camino». Maravilloso.
    Gracias

  7. Klodo

    2 noviembre, 2018

    Hola The geezer
    Me gusta mucho tu prosa, Cesar.
    Siempre tienes mucho que decir y lo narras con talento de verdad.
    Realmente nos transportaste a Londres….Gracias.
    Sergio

  8. El Cappo di mama

    3 noviembre, 2018

    Me encanta la facilidad con la que cuentas la historia evocando melancolía. ¡Felicidades!

  9. The geezer

    4 noviembre, 2018

    Muchas gracias Trinita, me ha emocionado mucho tu comentario, porque justo esa frase es el origen del relato, ¡menuda puntería! Un abrazo grande
    César

  10. The geezer

    4 noviembre, 2018

    Muchísimas gracias Sergio, me alegra si te hizo pasar un buen rato. Esperaré tu próxima historia llena de humor inteligente.

  11. The geezer

    4 noviembre, 2018

    Muchísimas gracias Cappo por tu lectura y el detalle del comentario. Un saludo
    César

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