Verde ingente

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No falto del agobio de los aguafiestas, tomaba lugar el ingreso de un conjunto de minúsculas extravagancias antropomórficas por el portal de las raíces y hongos provenientes de un mismo árbol, transportando enormes carretillas, proporcionalmente hablando, atiborradas de alimento; barriles deteriorados que dejaban rastros de líquidos raros en las piedras, coloreándolas; y un sinfín de hierbas llevadas por unos con mantas sujetas ellos; además, entonando alegremente melodías con un patetismo inusual, aunque perfectamente armonizadas con laudes y flautas diminutas. El sol mismo, si no junto a los todos entes inanimados que iluminaba, con sus últimos suspiros, opacado injustamente por el tiempo, agradecía la dicha y el gozo que tal espectáculo le ofrecía, llorando y maldiciéndose profundamente.

Y muy cierto es todo, ya que no tengo manera negar que aquella escena tan extraña a mis ojos muy acostumbrados al humo negro ocurrió tal y como si no lo fuera. Mi propio criterio, al cual le tenía mucha fe, y mi incondicional esperanza en la veracidad de la ciencia ortodoxa hicieron que la cómoda y breve estancia que tuve ocultándome entre arbustos y otros objetos que por allí yacían, se tornara en un combate confuso y caótico entre emociones comunes y otras totalmente ajenas a mi persona. Asimismo, sin considerar el mal tiempo que en esos días era muy frecuente, el aura fácilmente advertible, y de un radio ridículamente extenso, que el evento aparentaba esparcir, a su vez causando raros tropismos, provocaba un misterioso sentimiento de angustia acompañado de una gran capacidad seductora sobre mí.

La música antiquísima prodigiosamente ejecutada era el talento por excelencia de estos seres, sin embargo, muchos de ellos (por no decir todos), en su afán de jactarse de sus extraordinarias habilidades, llegaban al punto de destrozar sus instrumentos e incluso dañar sus propios cuerpos; la violencia en su actuar pudo espantar a cualquiera. Aun así, mi compasión hipócrita y las risas silenciosas que mi maldad me suscitaba a tener, y que tengo el valor de reconocer, apaciguaron débilmente el conflicto ya mencionado que ocurría en el interior de mi cabeza. Y es que la actitud que supuse que tendrían, acorde a los relatos que conocía, no era ni la mínima parte del comportamiento que observé en aquellas criaturas ni en su extravagante cultura de la cual posteriormente me hice una vaga idea.

Pensé durante varios minutos, arrodillado sobre hojas muertas, en las probabilidades que podría tener de documentar mi experiencia con éxito: “¿Una fotografía? Sí…, si regreso a casa rápidamente es muy probable que al regresar sigan aquí, pero… ¿Y si no?”, “Tal vez, un dibujo a lápiz con alguna de las libretas en mi maleta. No, no, no… pensarían que estoy loco, aunque podría justificar una imaginación y creatividad bastante basta con esto. Sí…”. Tuve suerte de encontrar algunas hojas vacías; usaba las libretas para únicamente clases extensas de matemática.

Los bocetos imperfectos que realicé inútilmente me tomaron un poco más de diez minutos, sin embargo, en un momento dado, mi perfeccionismo desequilibrado se apoderó de mis pensamientos, apartando mi mirada del camino por donde estos hombrecillos bastante grises y sucios, vestidos con ropas humanas totalmente modificadas, estaban marchando. Un gran temor me bañó por completo cuando noté que las canciones de palabras desconocidas se desvanecían mientras más se adentraban en la oscuridad, porque ha de saberse que la noche había cubierto al país hacía ya rato. En ese momento de desesperación por perder de vista a mi grandioso descubrimiento, no hice más que retirar mi cabeza de la vegetación exuberante en la que me hallaba, a fin de divisar alguna señal de la comunidad que espiaba cuidadosamente; pero, después de una búsqueda minuciosa por mis alrededores, decidí que lo mejor sería seguir andando hasta encontrármela.

Así, trotando en silencio detrás de los árboles y recibiendo una ventada agridulce, sentí como el panorama artístico se reducía a un aislado y solitario punto de luz tenue en movimiento. Aceleré, pues, el paso, siempre sigiloso y oculto entre mis amigas las plantas, aunque eso no evitara que el sombrero se me cayese. Entonces, al llegar a mi destino y cerciorarme de que todo no era un producto de mi imaginación, rebosé de felicidad haciendo toda clase de ademanes como señal de ello, sin mencionar la gran sonrisa que gobernaba mi cara. Grande fue mi asombro al verlos casi completamente callados y mucho más tranquilos que en un principio, conversando mediante susurros ininteligibles y alzando antorchas improvisadas mientras tan solo uno de ellos, subido sobre una carretilla llena de cereales de extraños colores, tocaba suave y dulcemente una flauta de madera soltando algunas lágrimas.

El completo desasosiego por el que mi alma se dañaba trágica e inevitablemente al pasar los años y el total aburrimiento que día a día me atormentaba, pareció erradicarse paulatinamente al conmoverme profundamente por la calidez hogareña que me otorgaba el acompañar, oculto detrás del verde ingente e irreal de la flora adyacente al camino pedregoso, a la comunidad jovial.

Aquella paz sin par en la tierra hubo de concluir al cabo de media hora, cuando llegaron al río que dividía esta parte del bosque con su otra mitad, aun más cercana a la famosísima Ciudad Central del Norte, donde estudiaron, según me han dicho, la mayoría de mis parientes. Ellos siguieron caminando, por supuesto, recogiendo objetos interesantes del suelo y guardándolos o en sus bolsas o en sus grandes sombreros graciosos, pero tuve que aceptar que mi observación había concluido; solo es posible cruzar el río, actualmente ya muy seco, por un puente de madera oscura cuya procedencia siempre ha sido desconocida. Si hubiera intentado pasar con ellos, hubieran sido capaces de verme con facilidad, y si acaso esperaba a que lo cruzasen, no solo se perderían en la oscuridad ellos. Aun así, quise hacer el intento de esperar a que pasaran para, en seguida, ir a su búsqueda. Por lo que me liberé de los arbustos con un poco de esfuerzo y caminé por el sendero a oscuras.

Aún así, no resolví controlar mi estupidez y la adrenalina, de manera que, al ignorar lo dificultoso que el sendero era, tropecé con una piedra torpemente, dando un golpe contra el suelo y liberando un alarido tan estruendoso que provocó la sorpresa del grupo, conque todos escaparon desesperadamente cargando con sus carretas y sus instrumentos hacia solo Dios sabe dónde.

Muy deprimido, asimilando lo sucedido y abandonado por la luz pacífica de los pequeños hombres, caminé de regreso a la ciudad, la ciudad del humo negro, con la cabeza baja, limpiando mi sombrero y maldiciéndome profundamente.

Fin.

Comentarios

  1. Mabel

    29 octubre, 2018

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

  2. Esruza

    30 octubre, 2018

    Muy bueno, nos leemos.

    Mi voto y bienvenido

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