El enano de los huevos de oro

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Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos años, vivía un rey poderoso en India que tenía dos hijos, un varón y una hembra, ambos mellizos. Tras varios años sin descendencia, la bella esposa principal del monarca dio a luz a dos hermosos bebés. Sin embargo, fruto de los problemas del parto, la madre murió a los pocos días, quedando el rey desolado, sin esposa y con dos hijos a los que educar. Rechazó a partir de entonces el contacto sexual con sus otras mujeres, a las que repudió y envió a sus casas, si bien cargadas de oro por los servicios prestados. Su determinación era educar personalmente a los niños, y decidir cuál de los dos sería su sucesor.

Tomada la decisión, el rey dióse cuenta de que la elección que tendría que realizar pasados unos años no iba a ser fácil, de modo que consultó con varios adivinos y augures por si facilitaban su futura tarea. Unos decían que la hija sería mejor gobernante, otros que el hijo mejor guerrero y por tanto más idóneo para el cargo, con lo cual, la incertidumbre siguió anidando en el corazón del rey, que tomó conciencia de que la decisión iba a necesitar de toda la ayuda posible. Y estaba claro que los consejeros que tenía no eran capaces de dar con la solución al problema. Ellos se excusaban basándose en que la coincidencia en el día del nacimiento de los niños podía dar lugar a errores, con lo cual, el problema subsistía.

Para dar un giro al asunto, el rey volcóse en la búsqueda de una solución espiritual, solicitando pues la ayuda de cuantos hombres santos habitaban en su territorio. Sin embargo, unos, los más, se limitaban a hablarle del ahora y el aquí, en clara alusión a los preceptos budistas, y esto no podía en modo alguno solucionar un problema futuro. Otros, los menos, realizaban aparatosos rituales de adivinamiento que tampoco ofrecían el convencimiento que el monarca ansiaba.

Los niños crecían en belleza, entendimiento y saber, y su padre aún no sabía qué iba a hacer de ellos en el futuro. Deseaba un sucesor capaz, inteligente y justo, pero ambos lo eran, con lo cual, la decision seguía en el aire.

Un día, cansado ya de escuchar a los santones y monjes del entorno, firmó un edicto que anunciaba gran recompensa a quien pudiera desverlarle los misterios de la vida. Tal persona sin duda sería capaz de ayudarle en la decisión que tendría que tomar. En su cumplimiento, cientos de heraldos montaron sus caballos y se dispersaron por todos los confines del reino, con la orden expresa de rebasar los mismos y llegar hasta donde pudieran sus monturas, con la finalidad de que hasta en países lejanos se supiera de la pretensión del monarca.

Numerosos personajes acudieron, todos de muy lejos, hasta alguno del ignoto Egipto, a la corte real, pretendiendo revelar al monarca secretos nunca antes desvelados bajo la promesa de la gran recompensa en oro. Sin embargo, todos y cada uno de ellos fueron despedidos por Ajak —que así se llamaba el rey—porque sus conocimientos eran manidos, antiguos y carentes de utilidad.

Unos, exhibían poderosas facultades de contorsión que aseguraban conocimientos extraordinarios; otros, pretendían conocer los secretos de la meditación para acceder a reinos inmateriales y efímeros. Sin embargo, todo ese conocimiento estaba ya en los libros que había consultado el propio rey a lo largo de su vida, y por tanto, a todos los despachó, cada vez más enfadado.

Los años pasaban y la búsqueda conseguía resultado positivo, ni siquiera en los reinos más ignotos. Ya los niños eran adolescentes, y ambos, varón y hembra, eran a juicio de su padre, iguales en entendimiento, valor y aptitudes.

Así las cosas, el rey, cansado de tantos años de búsqueda estéril, se olvidó de su propósito, dedicándose a gobernar con justicia mientras veía crecer tranquilamente a sus hijos. Se prometió sin embargo retomar la idea cuando ambos, los hijos, accedieran a la mayoría de edad.

Sólo entonces decidiría.

Un día, años después, mientras Ajak almorzaba, consultó el calendario real, y notó con cierta ansiedad que faltaban tan sólo quince días para que sus hijos fueran mayores de edad. Mentalmente, repasó los años anteriores, y nada de lo que visualizó pudo dar con la solución al problema.

La hija había estudiado filosofía, meditación, y a la vez, armas e historia militar. Era una buen arquera y dominaba las artes y las ciencias del momento. El hijo, en consonancia, había estudiado lo mismo, y destacaba en la disciplina de la lucha de carros con lanza y arco. Ambos eran bellos como amaneceres y fuertes como juncos. Además, los dos eran sinceros y de buen corazón. Y para colmo de males, el rey los amaba por igual.

La decisión, pues, seguía siendo muy difícil.

Una lágrima resbaló entonces por la mejilla de Ajak, y se juró que daría lo que fuera por encontrar la solución al problema, hasta su propia vida incluso si fuera necesario.

Moriría tranquilo en ese caso.

Su vida, en ese momento, le pareció entonces un precio bajo si hallaba la respuesta que necesitaba.

Casi terminaba de almorzar cuando un visir reclamó audiencia bajo un estado de intensa excitación. El rey, contra todo pronóstico, accedió. Era un funcionario de una provincia lejana, y hacía tiempo que no tenía noticias de su gestión, de modo que lo recibió.

—Mi señor, confío en que aún recordéis vuestra promesa hecha años atrás, pues he encontrado una persona que creo puede cumplir vuestras expectativas.

—¿A qué os referís, buen visir?

—Me refiero a que he encontrado a una persona que puede revelaros la verdad de la vida.

El rey dejó caer la manzana que tenía en su mano, y de inmediato, ordenó que trajeran a su presencia a tal persona.

—Debo advertiros que no es un hombre normal, mi señor, no le interesa el oro ni las riquezas, y sólo accedió a acompañarme a cambio de una petición descabellada y hasta insolente.

—Y ¿qué es ello? Hablad.

—A cambio de veros, quiere un dedo.

—¿Un dedo de quién?

—De vos.

Ajak miró al frente, pero no pudo ver nada. El resto de la estancia había desaparecido. Su mente funcionaba a toda velocidad, y sin quererlo, buscó castigos adecuados a tanta osadía.

—Ya veremos. Haced pasar a ese insensato.

El visir se marchó, y al poco, apareció, custodiado por dos guardias, un hombrecillo, enano para más señas, vestido con ropas de campesino.

—¿Cómo te llamas?—inquirió el rey.

—Mi nombre es Ramsal.

—Bien, ¿pretendes tener el secreto de la vida?

—Sí, lo tengo.

—Y bien, ¿cuál es? Te advierto que he escuchado a muchos, y ninguno tenía nada que ofrecerme. Si fracasas, puedes perder la vida.

—La vida no es nada, rey. ¿Quieres saber el secreto?

—Claro. Habla.

—Antes debo dejarte claro el precio: un dedo de tu mano izquierda, el meñique concretamente. Y deberás pasar una prueba. Se lo dije a tu visir.

—Que pase él, pues. Quiero enterarme.

Uno de los guardias salió, y el visir, con cara de incertidumbre, fue conducido a la sala. El rey lo miró.

—Mi señor, este hombre predica en una región muy lejana de un país a muchas leguas de aquí. Como ves, es un enano y dicen que tiene los testículos de oro, y que todo aquel que los ve y toca, se ilumina. El precio de la iluminación es un dedo de la mano. No sé más.

—¿Es eso cierto, Ramsal?

—Sí, rey. Todo depende de tu interés en saber la verdad.

Ajak dudó, pero su curiosidad pudo más. Momentos antes había jurado dar hasta su vida si tenía el conocimiento necesario para tomar la ansiada decisión, de modo que tenía poco que perder.

Miró detenidamente al enano. Su físico era horrible, un rostro extraño en un cuerpo más extraño todavía.

—Dejadnos solos.

La sala se despejó, y quedaron solos rey y enano.

—¿Y bien?—inquirió el rey.

—Si estás dispuesto a saber la verdad, deberás comprobar en primer lugar si tengo los huevos de oro. Es la primera enseñanza que te daré. Hay una segunda.

—¿Y cuál es?

—La sabrás si pagas el precio: un dedo de tu mano.

Ajak volvió a dudar.

Si el enano era un embaucador, era muy bueno. Había conseguido suscitar su curiosidad en grado extremo.

¿Acaso sólo pretendía reírse de él?¿Humillarlo para divulgarlo después por todo el reino?

—Decídete. Si me marcho, no tendrás nunca más esta oportunidad.

El rey se vio presionado por el insólito personaje, pero su curiosidad y los años de espera pudieron más.

—De acuerdo, pues. ¿Qué hacemos ahora?

—Desnúdate completamente.

—¿Para qué?

—Tendrás que comprobar si mis testículos son dorados, o si por el contrario, iguales a los tuyos. Es necesario, créeme.

El rey, decidido, miró en derredor, pero en la estancia sólo estaban él y el extraño personaje, de modo que siguió adelante, y se desnudó con parsimonia.

—Bien. Ahora lo haré yo, y podrás comprobar lo que dicen.

El enano hizo lo propio, y cuando terminó, el rey pudo ver la desnudez del hombre en toda su extensión. Sin embargo, con cierto pudor y algo de repugnancia, miró una y cien veces la entrepierna del enano y no vio nada anormal.

—Quiero que los toques, es necesario.

El rey, superando su reparo, se acercó al enano, y tras un espacio de tiempo que le pareció una eternidad, vio con detenimiento los testículos del enano. Finalmente, los palpó, y comprobó que eran normales.

—Ahora, palpa los tuyos.

Ajak, en un gesto pudendo, se cubrió los genitales a la vez que los palpaba. Eran del mismo aspecto y parecida consistencia que los del enano.

—Bien, ya has accedido a la primera enseñanza: todos somos iguales sin distinción alguna. ¿Quieres saber la última y definitiva verdad?

—Sí.—El rey no acababa de comprender lo que estaba ocurriendo.

—Pues entonces, habrás de pagar el precio: haz que uno de tus soldados me entregue uno de tus meñiques.

Ajak no podía pensar con claridad. Algo así no podía ocurrirle a él, no ahora. Sin embargo, tenía algo muy presente: su intuición le decía que la persona que tenía delante no se parecía en nada a ninguna que hubiera visto antes. Su tono de voz y la seguridad de sus palabras quizá tuvieran su razón de ser en la verdad oculta en un cuerpo deforme. ¿Sería posible algo así? En todo caso, si el destino le brindaba esa rara oportunidad, no iba a desperdiciarla. No en vano, un rato antes había ofrecido su vida a cambio.

Elevó la voz, y uno de los guardias se presentó al punto. El rey puso la mano izquierda sobre la mesa, y le ordenó que con su espada, seccionara sólo el dedo pequeño y se lo entregara al enano.

El soldado sacó su arma, y con la mirada, buscó el consentimiento del monarca. Este, a modo de respuesta, desvió la vista, de modo que el militar esgrimió la espada, la acercó a la mesa, y de un golpe seco y muy preciso, seccionó el dedo meñique izquierdo del rey.

Ajak mostró una mueca de dolor, pero no gritó.

—Llama al físico.

—Sí, mi señor.

El soldado salió mientras el rey detenía la hemorragia con una de las servilletas de paño de la mesa.

—Ahí tienes el precio, enano. Ahora, dime la segunda enseñanza y vete. Y procura ser veraz.

El enano se acercó a la mesa, pero no tomó el dedo de Ajak. Simplemente le dedicó una mirada breve. Luego, buscó la del monarca.

—Rey, la segunda enseñanza es que no somos el cuerpo. Si así fuera, tú serías menos persona, menos hombre y menos válido que antes de pagar el precio, y sin embargo, no es así, ¿verdad?

Ajak lo miró con odio. El físico entró a toda prisa, y tomando la mano izquierda del monarca, le aplicó un empaste para detener la hemorragia.

—Medita sobre las dos verdades que acabas de aprender hoy, y hallarás la solución a tu problema.

El rey quiso contestarle, pero el dolor anuló su mente y no dijo nada. Cuando el físico terminó su trabajo, preparó un bebedizo calmante y al poco, cuando lo ingirió, Ajak pudo hablar, pero su interlocutor ya no estaba allí.

—¿Y el enano?—inquirió al físico.

—No he visto a nadie en la estancia, mi señor.

El rey llamó a los guardias y les ordenó traer sin demora al extraño personaje a su presencia, pero nadie pudo encontrarlo. Como mudo testigo de lo ocurrido, el dedo del rey seguía sangrando, solitario, en la mesa.

Cuenta la leyenda que no se encontró rastro del enano en los años sucesivos, pese a que el rey cada cierto tiempo ordenaba renovar la búsqueda de tan insólito personaje. El visir que lo trajo declaró que el tal Ramsal había aparecido una noche en su tienda, solicitando ver al rey en persona. Decía venir de muy lejos para iluminar la conciencia del monarca, aunque no citó expresamente su lugar de procedencia.

Cuentan también que después de lo ocurrido, Ajak se recluyó en un monasterio para meditar. Salió al cabo de catorce días exactos, con la herida de su meñique curada y a punto de anunciar su decisión al reino: sus dos hijos serían los herederos, sin ninguna distinción y con los mismos poderes.

Por último, se cuenta que Ajak vivió muchos años más, aunque a los pocos abdicó del trono en favor de sus hijos, que gobernaron con sabiduría y en armonía, dictando leyes igualitarias para hombres y mujeres y evitando guerras con los países vecinos.

Ajak murió a una edad muy avanzada, en posición meditativa y con una sonrisa en los labios.

A su funeral, acudió ser extraño, un enano al que nadie había visto anteriormente.

Comentarios

  1. Mabel

    22 noviembre, 2018

    ¡Qué hermoso Cuento! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. Melek

    23 noviembre, 2018

    Gracias por los comentarios, un abrazo!

  3. Esruza

    24 diciembre, 2018

    ¡Muy bonito cuento, Melek!

    Mi voto y saludos

    Estela

  4. gonzalez

    24 diciembre, 2018

    Me gustó mucho, Melek. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo. (Felices fiestas)

  5. Melek

    26 diciembre, 2018

    Gracias, Felices Fiestas igualmente!

  6. The geezer

    1 marzo, 2019

    Muy original! Sabio y también con su punto de humor!
    César

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