Cuando el Mago Tabuzán perdió su magia. Capítulo 1. ¿Dónde está mi magia?

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Esa mañana, cuando el mago Tabuzán se levantó, se dirigió al baúl de su magia. ¿Os imagináis un baúl repleto de magia? Increíble, ¿verdad? Pues Tabuzán metió la mano en él, la sacó y… nada, no sacó nada. Volvió a meterla, esta vez hasta el fondo y… de allí no salió ni una gota de magia. Puso cara de disgusto, esa que ponemos cuando abrimos el cajón de las chuches y no queda ninguna. Tabuzán metió sus narices, se zambulló dentro, salió, colocó su baúl bocabajo y… ¡NADA! ¡Esto no podía ser! ¡Se le había agotado la magia! Se acordó de su bola de cristal. La frotaría y le preguntaría dónde podía encontrar más. La plantó encima de la mesa, la limpió, relimpió, le sacó brillo y… ¡nada! Lo único que veía era el reflejo de su nariz grandota y su cara roja de la rabia.

—¡Mi varitaaaaa! ¿Dónde está mi varitaaaaa?—. Los pelos de Tabuzán se erizaron con el grito, tanto, que hasta su gorro de mago salió volando por los aires. Lo cogió justo antes de que cayera en un charco de barro que había junto a él. El mago Tabuzán estaba acostumbrado a hacerlo todo con su magia: limpiar, cocinar, ordenar… Así que su casa estaba hecha un desastre.

Rebuscó entre los cientos de trapos que tenía rociados por el suelo. Después de un largo rato, bajo un zapatón rojo, que parecía más de payaso que de mago, encontró su varita.

—¡Al fin, Clotilde! ¡No me falles, vieja amiga!—. Para Tabuzán, su varita Clotilde era como su hermanita pequeña. Y como todos sabemos, a veces, los bebés son caprichosos.

Agitó la varita en el aire y… ¡Una chispa! ¡Una minúscula, microscópica, casi invisible chispa salió! Tan diminuta, que solo los ojos de un mago podían verla.

—¡Vamos, Clotilde! ¡Tú puedes!—. La varita puso cara de pena y agotamiento. Se esforzaba, pero también se le había agotado la magia. Hasta su voz había desaparecido.

Tabuzán miró a su alrededor. Entre el montón de ropa, platos y trastos varios descubrió… ¡Su lámpara mágica! ¡Allí estaba la solución! ¡Cuánto tiempo sin hablar con el genio Carulón! Se lanzó en picado a la lámpara. Tanto corrió, que tropezó y se dio de narices con el pitorro.

—¡Ay! ¡Uy! ¡Ay!

Por un momento, hasta se olvidó de lo que estaba buscando. ¡Qué dolor! Cuando se le pasó, cogió la lámpara, la frotó, refrotó y… ¡nada! Le quito la tapa, acercó su boca al agujero y gritó:

—¡Carulón! ¡Genio amigo! ¡Te necesito!

Del pitorro comenzó a salir una zigzagueante línea de humo, parecida a una serpiente fina saliendo de su cesto. Tabuzán soltó la lámpara en el suelo y esperó con paciencia. ¡Y es que los magos, con eso de que viven siglos y siglos, nunca tienen prisa por llegar a ningún sitio! Después de un rato, un genio con más años que el fuego, salió bostezando y con cara de no querer mucho trabajo. Tabuzán se alegró tanto al verlo que fue a abrazarlo y, como olvidaba que los genios son de humo y no se pueden achuchar, lo atravesó por completo. Carulón se deformó y volvió a armar.

—¡Genio mágico! ¡Viejo amigo! ¡Cuánto tiempo!

El genio volvió a bostezar. Abrió tanto la boca que incluso se le coló una mosca que buscaba un lugar para posarse. La cerró, sin percatarse de su nueva inquilina. ¡Qué asquito! Después de unos segundos, con toda la tranquilidad del universo, le recriminó al desesperado mago.

—Tú solo me buscas cuando me necesitas, así que no me llames amigo. A ver, ¿qué quieres ahora?

—Tienes razón. Lo siento —se disculpó Tabuzán, que no quería enfadarlo. Era su única esperanza—. ¡Es que estoy desesperado!

—¡Qué novedad!—. El genio se cruzó de brazos, acostumbrado a escuchar la misma frase durante siglos.

—Esta vez es un asunto serio. Mi magia ha desaparecido. Me ha abandonado. ¡Ayúdame a recuperarla!

—¡No me extraña! La usabas hasta para bajarte los pantalones cuando ibas al baño. ¡Serás un mago flojo!

—Cambiaré, aprenderé a hacer algunas tareas sin usarla. Pero, por favor, ¡ayúdame!

—Mientras que la recuperas, no te queda otra —el genio dejó escapar una risita. Se imaginó a ese mago vago haciendo tareas humanas, sin usar la magia, y le gustó.

—¿Me la devuelves entonces? Ese es mi deseo.

—¡Ay, Tabuzán! Agotaste tus tres deseos hace ya un par de siglos. Yo, como mucho, te doy una receta para fabricar una poción. Cuando la tengas lista, te la bebes y ya está. ¡Tu magia volverá!

—¿Una receta? ¿Yo? ¿Cocinar? ¡Ufff!— A nuestro mago no le gustó la idea, pero era la única salida, así que resopló, cogió papel y lápiz para apuntar y miró al genio con resignación—. Vale, dámela, por favor.

—Apunta. Necesitas:

 

“El eructo de un dragón”

“La verruga de una bruja”

“Un pelo de un príncipe rana”

“La punta del cuerno de un unicornio”

Cuando lo tengas todo, lo mezclas en el caldero, lo hierves y, sin dejar que se enfríe, te lo bebes, del tirón. Es la única forma de recuperar tu magia —y diciendo esto, el genio se volvió a su lámpara. Antes de desaparecer completamente, volvió a bostezar, momento que aprovechó la pobre mosca para escaparse. Era una mosca lista y se había resguardado en el hueco de una muela, una que había perdido hace siglos, pero esa es otra historia.

—¡Espera! ¿Dónde encuentro yo esos ingredientes! Si ya apenas queda magia, ¡de seres mágicos ni hablamos!—. De nada le sirvió al mago volver a frotar la lámpara, el genio Carulón había comenzado a echarse una siesta, una de esas que duran unas cuantas décadas.

Tabuzán comenzó a dar vueltas por la habitación, protestaba, se quejaba y daba traspiés. Entre tanto desorden, tropezó con su antiguo caldero, uno negruzco y lleno de hollín.  Lo cogió, lo levantó con esfuerzo y lo colocó en la chimenea.

—Bueno, al menos te tengo a ti, por algo se empieza.

Tabuzán estaba acostumbrado a hablar con sus objetos, cuando eran mágicos, le respondían, pero ahora ya no le quedaban palabras. Se encontraba solo, en un caserón sin magia y lleno de objetos inservibles. Decidió irse a la cama sin cenar, se le había quitado el hambre del disgusto. De todas formas, lo único que había en casa comestible era la mosca que acababa de escapar de la boca del genio y no resultaba muy apetecible. Mañana sería otro día, esperaba que el sueño le ayudara a organizarse. Su cabeza estaba como su casa, toda patas arriba.

Comentarios

  1. Mabel

    3 diciembre, 2018

    ¡Qué hermoso! Un abrazo Elisabeth y mi voto desde Andalucía

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