El contrato (cuarta entrega) 4

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Digiriendo los cambios

 

Por primera vez desde que llegué a Escocia, me despertó la brillante luz de un día soleado. Me levanté de un salto y corrí hacia la ventana; comprobé con asombro que casi no había nubes en el cielo, y las pocas que había apenas eran pequeños girones algodonosos de color blanco que posiblemente no trajeran lluvia alguna. Abrí la ventana y aspiré el aire, relativamente seco. Casi hacía calor y apenas soplaba el viento. Por mis venas corría la adrenalina, parecía que estaba en casa de nuevo.

Bajé al comedor con mi viejo pijama de algodón. Tenía un hambre canina ya que el día anterior no había comido ni cenado.

—¡Buenos días María! –exclamé con energía tras su espalda.

Ella dio un bote, producto de la sorpresa, y se giró rápidamente para mirarme.

—¡Vaya! Veo que te has levantado de mejor humor, además has madrugado.

Escuchar eso hizo que mi felicidad descendiera un ápice, casi había olvidado que después de lo acontecido la noche anterior debería estar enfadada, dolida y con ganas de emprenderla con cualquiera que se me pusiera a tiro, pero después de ser testigo del increíble día que hacía ahí fuera, sentí que las penas eran tan solo un mero recuerdo.

—¿Qué hay para desayunar? –pregunté sentándome sobre la silla frente a la mesa.

—¿Dulce o salado?–me dedicó una resplandeciente sonrisa.

—Dulce.

—En ese caso me acaban de traer un surtido de pastelería que aún debe estar caliente. ¿No prefieres ir a cambiarte mientras te preparo el desayuno?

Eché un vistazo a mi pijama desgastado y me encogí de hombros.

—Sinceramente, María, tengo más hambre que ganas de vestirme.

Me dedicó una sonrisa de oreja a oreja y se dirigió rauda a la cocina.

Esperé impaciente a que apareciera mientras contemplaba el revoloteo de las motas de polvo en los chorros de luz que se filtraban por la ventana trasera.

Unos pasos aproximándose por mi espalda me hicieron desconectar y girarme para reparar en el responsable de perturbar mi paz. En cuanto le vi, mis ojos le siguieron desde la lejanía, era incapaz de dejar de mirarle.

—María, esta tarde vendrán los jardineros a eso de las cuatro y media, he dejado instrucciones precisas para la decoración del paseo y… –Edgar detuvo su discurso no bien alzó el rostro de los papeles que ojeaba y advirtió mi presencia, claramente no contaba con encontrarme ahí tan temprano– Lo siento –se disculpó y bajó la mirada.

María apareció sosteniendo la bandeja con el desayuno.

—He preparado el desayuno, el café como te gusta y unas pastas.

—Bien –respondió serio–, bájalo a mi despacho, por favor.

—¿Es que no vas a desayunar aquí, como siempre? –preguntó desconcertada.

—No, prefiero tomarlo abajo –repitió.

Le miré extrañada. ¿Era su manera de respetar mi espacio o se debía a que no sabía cómo abordar la situación de vernos cara a cara de nuevo después del desencuentro de ayer?

—No hace falta que te vayas –intervine poniéndome en pie–, puedo irme yo.

—No, por favor, quédate –respondió con rapidez.

Me mordí el labio inferior, observarle me resultaba morboso, no me había acostumbrado a su rostro desfigurado y sabía que mi inquisitiva mirada le molestaba, pero era superior a mis fuerzas disimular mi descaro.

—¿Y si desayunan juntos? –sugirió María, esperanzada. Era obvio que se preocupaba mucho por el bienestar de Edgar, pero también me había cogido cariño a mí y no deseaba otra cosa más que los dos pudiésemos llevar una convivencia normal dentro de esa casa.

Me senté de nuevo sobre la silla, esperando a que él ocupara la que estaba a mi lado. Por un momento pareció dudar, era como si en ese instante, su seguridad y fortaleza hubiesen flaqueado un poco y no supiera cómo actuar. Apuesto que al ser un hombre que tenía todo firmemente controlado, una situación inesperada como esa, le había dejado desconcertado y sin capacidad de reacción. Por alguna razón, sentí que su inseguridad me daba ventaja y eso hizo que me sintiera poderosa.

A continuación, Edgar dobló los papeles que estaba ojeando y avanzó con firmeza hacia la silla vacía. Prácticamente no apartó su mirada de mí mientras se sentaba y acomodaba a la mesa con elegancia.

María sonrió y se apresuró a servirnos el café para dejarnos a solas.

La cara de Edgar seguía siendo desconcertante, aunque ya no me resultaba tan repulsiva. Sin embargo no podía decir lo mismo de sus ojos, el azul velado de su ojo izquierdo me daba escalofríos con solo mirarlo.

—¿Cómo te encuentras? –preguntó relajándose en su asiento.

Después de haber accedido a desayunar conmigo volvía a dominar la situación, y resurgió el hombre decidido y fuerte que me había transmitido ser los días anteriores. Tampoco parecía molesto porque no le quitara ojo, y porque no pudiera dejar de mirar las profundas cicatrices de su rostro que con esa luz, se veían aún más marcadas.

—Mejor que ayer –esbocé una frágil sonrisa y desvié la mirada para coger uno de los cruasanes que había sobre la bandeja.

—Me alegro.

Asentí y pellizqué un trozo de cruasán con los dedos para llevármelo a la boca. Edgar se limitó a coger su café y recolocarse el nudo de la corbata con la mano que le quedaba libre antes de dar un pequeño sorbo a su taza.

—¿Qué tienes planeado hacer hoy?

Era obvio que intentaba entablar conversación conmigo, pero yo permanecí lívida, en cierto modo intimidada por su proximidad.

—No lo sé, pero con el día que hace me gustaría salir, aprovechar el sol.

Edgar asintió con la cabeza.

—Philip está a tu disposición –tuve que hacer serios esfuerzos para no resoplar–. Por cierto, deberías bajar vestida a desayunar, a veces hay operarios o personas trabajando en la casa y no conviene que descuides tu imagen.

Mi boca se abrió por la incredulidad, ¿estaba de broma?

No. Efectivamente no lo estaba.

—Pues verás, agradezco la sugerencia, pero me da igual quién haya en la casa, mi manera de vestir es cosa mía.

Sus labios se curvaron en una sonrisa contenida y alzó la mirada para encontrarse conmigo.

—No es una sugerencia, Diana, es una orden.

Apreté los puños por debajo de la mesa para controlar la rabia.

—Edgar, a ver si te lo expongo de forma más clara, para que lo entiendas –dije con chulería–: haré lo que me dé la real gana –le dediqué una forzada sonrisa.

Recibí por eso una mirada penetrante, después torció el gesto y dio otro sorbo a su café humeante.

—Eso ya lo veremos.

—¿Me estás retando? –quise saber.

—¿Lo haces tú? –prosiguió desafiante.

—No, –negué convencida– solo digo lo que voy a hacer, te guste o no.

—Bien, entonces yo haré lo que crea conveniente, te guste o no.

Me quedé con la boca abierta, era el hombre más inflexible que había conocido jamás y sus manías y meticulosidad empezaban a rozar lo patológico.

—Resulta que lo que has puesto en mi armario no es de mi agrado y pienso volver a mi ropa habitual.

—Parece que olvidas que ahora perteneces a otra clase social y debes vestir como tal.

Me crucé de brazos y arqueé las cejas, daban ganas de darle una bofetada cada vez que abría la maldita boca. «¡¿Cómo diablos podía ser tan arrogante?!»

—Y tú parece que olvidas que a mí eso me da igual y prefiero ir desnuda a ponerme la ropa de estirada que hay en mi armario.

—¿Ah, sí? –sonrió con traviesa maldad– ¿Hasta ese punto llegarías?

Me acerqué a él omitiendo su burla que aún relampagueaba en sus ojos claros, coloqué los brazos cruzados sobre la mesa y le miré con gran intensidad sin mostrar miedo.

—No me conoces si piensas que vas a poder hacer conmigo lo mismo que haces con todo el mundo. Veo cómo la gente te teme, cómo hacen todo lo que quieres sin rechistar, pero resulta que a mí eso me da igual y no pienso ceder porque tengas un capricho.

—En primer lugar, la gente no me teme, me respeta. Y en segundo lugar no se trata de un capricho, se trata de que ahora eres la señora de este casa y espero de ti que te comportes como tal. Por desgracia disponemos de poco tiempo para intentar… –hizo un gesto con la mano intentando encontrar una palabra que me definiera– feminizarte un poco. Mañana es un día importante y espero de ti que estés a la altura.

—¿Mañana? –ese detalle desvió mi atención– ¿Qué pasa mañana? –pregunté desconcertada, omitiendo todo lo anterior.

—No quería que fuese tan pronto, pero tengo una agenda imposible este mes y dado que ya nos conocemos, no veo por qué debería atrasarlo.

—¿El qué? –inquirí impaciente.

—Mañana haremos tu presentación oficial, vendrán unos amigos a conocer a mi esposa.

—¿Cómo dices? –no era capaz de salir de mi asombro, ¿hablaba en serio?

Así era. Edgar únicamente hablaba en serio.

—No será mucha gente, solo la imprescindible. Todos saben que me he casado y una de las funciones de mi esposa es acompañarme a los actos sociales a partir de ahora, así que antes debería presentarte a mi círculo privado.

—No me lo puedo creer…

Reí, sarcástica.

—¿Qué pasa? –preguntó con el ceño fruncido, como si no fuera capaz de entender mi reacción.

—Yo no… no quiero conocer a nadie, no puedes obligarme a…

—Diana, no te estoy obligando a nada. Tú misma accediste cuando te convertiste en mi esposa, no sé qué esperabas, la verdad, pero mi idea, ni mucho menos, no es la de dejarte encerrada en casa, escondida al mudo.

—Oh, no, tú idea es la de exhibirme como a un caniche de exposición –afirmé entrecerrando los ojos.

Edgar sonrió de medio lado, giró su rostro ofreciéndome su perfil sano, esa mitad que casi parecía haber sido esculpida por un ángel, y luego volvió a mirarme fijamente. El contraste entre ambas mitades de su rostro fue tan brusco que resultaba imposible no mostrar ninguna reacción.

—No te voy a quitar la razón en eso, Diana. Tu belleza es algo que hay que potenciar y mostrar, así que puedes apostar a que mañana te exhibiré orgulloso. Esta tarde, a las seis, tienes cita con la modista, así que procura que tu paseo no dure todo el día, el vestido ya está confeccionado, pero debe ajustarlo a tu cuerpo para que esté listo para mañana.

Y sin decir nada más, se levantó de la silla con elegancia, sosteniendo aún la taza en la mano y se dirigió con paso firme hacia la salida.

No sabría explicar el cúmulo de sentimientos que invadían mi cuerpo en ese momento. Tenía ganas de descargar contra alguien, de vengarme, de decir «aquí estoy yo y nadie va a manejarme como a un muñeco», pero al mismo tiempo yo había sido la única culpable de firmar mi sentencia de muerte, claro que no por ello iba a ponérselo fácil. Puede que Edgar fuese un hombre autoritario acostumbrado a mandar, pero yo no tenía nada qué perder, seguiría las reglas del acuerdo a mi manera y esperaría a que él se cansara de mí, tal vez entonces podría regresar a mi verdadero hogar, con los míos, y todo esto no será más que un recuerdo aislado de una pesadilla vivida tiempo atrás. Tal vez sí disponía de las herramientas necesarias para desquiciar a un hombre como él, y podía apostar a que ese sería mi principal objetivo a partir de ahora.

 

Mi paseo fue corto. En lugar de ir al centro de la ciudad decidí merodear por la finca, caminar por los espesos y frondosos parajes que rodeaban la mansión. Los árboles habían enredado sus ramas creando arcos, cúpulas inmensas que a duras penas dejaban que el sol se filtrara por el dosel de ramas. Pero a esas alturas ya había descubierto que el sol no parecía mostrarse interesado en iluminar Escocia, tan solo era un mero espejismo, pues el breve amago que había presenciado a primera hora de la mañana, se había disipado y ahora las nubes volvían a cubrir con su color grisáceo todo el paisaje. El mal tiempo, la envolvente humedad, la lluvia… hacían que mi ánimo se adormilara cada día que pasaba, y mi desbordante alegría, esa que solía tener en España, ya casi no estaba presente en el día a día.

Jamás imaginé que un lugar pudiera deprimir tanto con sus colores, con su escasa luz… La imagen idílica de paisajes inmensos que me dejó perpleja los primeros días, se había ensombrecido, ya que me encontraba limitada, desprotegida, extraña en un lugar que no era el mío. Tal vez sería más feliz si alguien se hubiese molestado en enseñarme a valorar algo tan hermoso, en hacerme ver su lado positivo, el valor de los bosques, la vida de sus ciudades… si una sola persona me hubiera llevado de la mano los primeros días, todo hubiera sido diferente.

El viento soplaba con fuerza haciendo crujir ramas y hojas. Me abracé con fuerza para intentar vencer la sensación de frío que había provocado la humedad, calándose hasta los huesos. Aquí todo era de color verde acuoso, incluso el terreno que pisaba parecía una alfombra de musgo verde, resbaladiza y traicionera que amenazaba con hacerme caer.

 

 

 

La fiesta

 

Mi actuación fue espectacular, propia de una de las mejores actrices de Hollywood. Permanecí impasible mientras la modista ajustaba la tela a mis curvas.

Edgar había escogido para la ocasión un precioso vestido rojo anudado al cuello que se ceñía a la cintura para luego caer hacia bajo con elegancia. El tejido era una gozada, tan cómodo como una segunda piel, además no se arrugaba, lo que me permitía moverme con libertad. Los zapatos rojos con pequeñas incrustaciones de cristal era lo que más llamaba la atención, pues eran las únicas joyas que llevaba, aun así, el conjunto reflejaba una elegancia exquisita, lo que lo hacía totalmente inadecuado para mí.

 

María canturreaba mientras me ayudaba a prepararme para la fiesta. Volvió a colocarme el vestido, esta vez perfectamente entallado, y todo adquirió un nuevo color, ¿era yo esa misteriosa mujer rubia con vestido rojo que había frente al espejo?

Un equipo de estilistas pulían los últimos detalles. Se centraban en el peinado y el maquillaje para que todo fuese acorde con el vestido, y ya puestos, con los deseos de Edgar. Apuesto a que dejaba poco espacio a la improvisación, dando órdenes precisas a todo el que había entrado esa tarde en mi habitación.

Mientras tanto, María me acariciaba el cabello maravillada. Habían recortado levemente las puntas, pero decidieron mantener el mismo color dorado que tanto gustaba a María. Además, después de la cantidad de productos utilizados, la suavidad se hacía palpable.

Con movimientos lentos, el estilista fue recogiéndomelo hacia un lado, permitiendo que mi larga melena cayera hacia delante por encima del hombro derecho, despejando así mi espada.

El maquillaje también fue decisivo para igualar mis ojos. Siempre me había dado la sensación de que el derecho parecía más grande que el izquierdo debido a su color, pero los profesionales supieron dónde y cómo aplicar el maquillaje y suplir ese pequeño defecto que siempre me habían acomplejado.

Los labios también los habían repasado ligeramente, embadurnándolos en un tono rosáceo natural muy bonito.

Después de la larga intervención, por fin abandonaron la habitación. Únicamente María se encontraba a mi lado, mirándome como si fuera su hija a punto de acudir al baile de fin de curso.

—Estás tan, tan guapa cariño… –en sus ojos percibí destellos brillantes y casi pude sentir un atisbo de remordimiento por lo que estaba a punto de hacer.

—Ya, bueno… –desvié la mirada hacia el suelo con aire avergonzado–, realmente no es para tanto, esta… –me señalé con la mano– no soy yo.

—¡Claro que eres tú! –María sostuvo mis manos rígidas y las juntó en el centro para tirar tiernamente de mí– Tengo muchas ganas de ver la reacción de toda la gente en cuanto aparezcas. Vas a dejarlos sin palabras, en especial a Edgar.

Arrugué la nariz, incómoda. Si ella supiera lo que me proponía…

—La verdad es que me da igual impresionar a esa gente o no. Esto –enfaticé mirándome de arriba abajo–, no es más que un disfraz. A todas esas personas no les importa lo más mínimo conocerme o saber quién soy, sólo han acudido para cotillear.

—¡No digas eso! Puede que aquí encuentres a personas interesantes, con las que puedas quedar, hacer planes…

Puse los ojos en blanco.

Pobre María, jamás será capaz de ponerse en mi lugar, estaba sumamente ligada a Edgar y siempre defendía todas y cada una de sus decisiones. No valía la pena malgastar saliva para hacerle entender que a mí esa gente me daba igual, sólo se acercaba por el morbo, por tener algo jugoso de qué hablar; francamente, no me interesaban. ¿Quién quiere eso en su vida?

Suspiré y regresé la mirada al robusto espejo que decoraba la pared de mi cuarto, cuanto más me miraba, más cuenta me daba de que ese mundo no era para mí y jamás estaría a gusto en él.

—Bien, cariño, voy a preparar unas cuantas cosas abajo. Te espero ahí –aclaró la mujer acariciando fugazmente mi espalda desnuda.

Suspiré sonoramente al tiempo que me concedía unos minutos de reflexión. En general solía estar segura de mí misma, de lo que hacía, de mis actos… pero en esta ocasión tenía miedo de que mis decisiones tuvieran algún tipo de repercusión, después de todo, no conocía lo suficiente a Edgar como para intuir su reacción, esta vez iba a poner la guinda del pastel y jugármela de una vez.

El murmullo del gentío y la música a piano se escuchaba desde el piso superior, posiblemente todos los invitados ya habían llegado y permanecían expectantes por mi gran aparición, por ver quién era la misteriosa mujer que había conseguido cazar a uno de los millonarios más influyentes del país. Si ellos supieran la verdad, quedarían todavía más impresionados.

En condiciones normales me sentiría nerviosa ante una situación semejante, pero no era el caso, en realidad estaba muy tranquila, preparada para llevar a cabo mi maléfico plan.

Con decisión me llevé las manos a la cabeza para quitarme las horquillas que con tanto esmero me habían colocado, seguidamente me despeiné dejando mi habitual look salvaje; liso de la raíz y algo ondulado de medios a puntas. Me apresuré a quitarme el despampanante vestido rojo y corrí al armario, donde había escondido la maleta con mis pertenencias. Cogí mis vaqueros rotos favoritos y me los puse en un tiempo récord, así como la camiseta negra de los Guns and roses que solía ponerme para ir a la universidad.

Me eché a reír mientras me enfundaba las deportivas negras y ataba los cordones con determinación. Es curioso, pero mientras cubría mi cuerpo con mis cosas me sentía como la heroína de una batalla al haberme salido con la mía.

Finalmente cogí un trozo de algodón embadurnado crema desmaquilladora para retirar el carmín de mis labios. Sonreí frente al espejo al ver emerger a mi verdadero yo.

«Ahora se va a enterar ese snob estirado, quién sabe, puede que después de esto decida dejarme y enviarme de regreso a casa».

Salí al pasillo y me cuadré frente a las escaleras; había llegado el momento.

Después de coger una enorme bocanada de aire y exhalarla con lentitud bajé las escaleras con entusiasmo infantil, descendiendo los escalones de mármol uno a uno con gracia. No tardé en alzar el rostro para contemplar a toda esa gente y sonreí al ver sus bocas entreabiertas a causa del asombro.

Podía constatar que era el blanco de todas las miradas. Los rostros que me estudiaban con detenimiento no tardaron en reflejar incredulidad, siendo incapaces de disimular sus reacciones. Ser testigo de sus debates internos me hizo exhibir una enorme sonrisa que culminó con el absoluto silencio que se instauró en el salón. Ese mismo silencio sepulcral fue el que me acompañó por la estancia mientras buscaba a Edgar con la mirada.

Y ahí estaba. No tardé en divisar su porte serio de estreñido en uno de laterales de la habitación. Me fijé en su atuendo, como no, no podíamos ser más distintos, vestía con un elegante traje azul marino que, para qué negarlo, le quedaba a la perfección. Otra cosa que me llamó la atención fue que había cubierto la parte quemada de su rostro con una especie de máscara que se ajustaba a su frente y pómulo, ocultando incluso su ojo izquierdo. Veía su precioso cabello negro hacia un lado, depositado cuidadosamente sobre la máscara, esquivando los finos cordones de seda que se anudaban detrás de la cabeza. A su izquierda había un hombre alto y serio, pero con cierta chispa de humor en la mirada, a diferencia de mi esposo, que no parecía divertirle en absoluto la escena que estaba protagonizando.

Pizpireta troté por el improvisado pasillo de personas que se había creado en el salón y me conducía directamente a él. En cuanto estuve delante de mi desubicado esposo, me coloqué a su derecha y le obsequié con un rápido beso en el rostro. No quería dejar lugar a dudas respecto a quién era yo, quería que todos confirmaran que era su esposa, y no una chica del lugar que se había colado por error en su fiesta. Aunque reconozco que lo que más me excitaba era haber reivindicado mis derechos de esa forma tan peculiar, a sabiendas que le enfadaría. Después de todo no había nacido hombre que me obligara a acatar sus órdenes, por mucho dinero y modales que tuviera, de entre todos los momentos, elegí precisamente ese para hacérselo saber.

El murmullo de los invitados se reanudó de forma progresiva, sin embargo Edgar se había quedado mudo.

Le dediqué una enorme sonrisa para restar importancia a mi pequeña venganza y entre dientes, susurré:

—Ya que has decidido presentarme ante tus amigos como tu esposa, agradecería que fingieras que eres feliz.

Una sonrisa a mi espalda me hizo darme rápidamente la vuelta para ponerle rostro.

La discreta carcajada provenía del mismo hombre alto y delgado que vi a su lado mientras descendía las escaleras. Era un hombre guapo, de piel muy blanca y ojos miel. Me llamó especialmente la atención su rostro inmaculado, ni tan siquiera se apreciaba la sombra de una incipiente barba.

—Encantado de conocerte, Diana –me tuteó sin preguntar, agradecí enormemente el gesto–. Soy Steve, el mejor amigo de Edgar, alias bloque de hielo.

Edgar soltó un bufido por la nariz, como un búfalo a punto de embestir y, sin añadir nada, se separó de nosotros con aire despechado.

—Vaya, me parece que no le gusta nada el bonito conjunto que he elegido para la fiesta… –dije negando con fingido pesar–, qué pena, con lo que me lo he currado…

Steve soltó un carcajada y aprovechó que el camarero pasaba por nuestro lado con la bandeja para coger un par de copas de champan.

—Bueno, la verdad es que nos has dejado sin habla a todos.

Iba a contestarle, cuando un grupo de señoras, escondiendo la risa, se acercó a presentarse. Podía intuir que se reían de mí a mis espaldas, me criticaban, y lo cierto es que no me afectaba lo más mínimo. Edgar, en cambio, parecía muy ocupado hablando con los invitados, posiblemente se sentía avergonzado y la verdad es que ser conocedora de ese detalle me divertía, mi plan para desquiciarle acababa de empezar, me consolaba pensar que si lograba que me considerara como un caso perdido, me dejaría marchar más pronto que tarde, rompería el contrato y, simplemente, se desentendería de mí para siempre. Podía sentirme orgullosa de lo que había conseguido esa noche, todo empezaba a dar resultado.

Para distraerme seguí la conversación a distintas mujeres, algunas alababan mi belleza, obligándome a esconder la risa. Sabía lo falso que era ese mundo, lo importante que eran las apariencias y que a raíz de mi espontaneidad, Edgar y yo seríamos la comidilla de la alta sociedad escocesa durante meses.

Por suerte, en ningún momento me sentí sola, Steve fue quién tomó las riendas de la situación y me acompañó por la sala presentándome a todas aquellas personas a las que jamás llegaría a conocer ni recordar sus nombres. Lo cierto es que desde el primer momento me pareció un tipo encantador, práctico y con sentido del humor, era una de esas perdonas con las que resultaba fácil conectar. Que alguien así fuese el mejor amigo de Edgar, daba qué pensar; no podían ser más opuestos.

Guns and roses es uno de mis grupos de música favoritos –me confesó en voz baja, acercándose a mi oreja.

—¿En serio? No sé por qué pensaba que aquí nadie los conocería.

Se rió y me acompañó guiándome sutilmente de la cadera hacia la mesa de los canapés.

—Bueno, apuesto a que más de uno los conoce… y ya que estamos, Edgar es uno de ellos, aunque te cueste imaginártelo escuchando rock.

—Vaya…–le miré ojiplática.

—Tuvo una etapa roquera secreta en la universidad –concretó moviendo la mano para restarle importancia–, pero será mejor que no lo digas por ahí, pone mucho esmero en ocultar ciertos pasajes de su vida…

—Ya me he dado cuenta de que es un hombre hermético –cogí un diminuto canapé de atún y me lo llevé a la boca–. ¿Hace mucho que lo conoces?

—Muchos años. Nos conocimos en la biblioteca de la facultad.

Le miré sorprendida.

—Curioso… –comenté asintiendo.

—Nada más verlo me llamó la tención e insistí varios meses hasta lograr ganarme poco a poco su confianza. En general no le gusta la gente, supongo que ya lo habrás notado. No hay nadie en el mundo con menos don de gentes que él –negó divertido con la cabeza.

Apreté una carcajada.

—¿Por qué es así? –quise saber.

—Bueno, Edgar es… –movió las manos intentando buscar la palabra correcta– es un hombre bastante complicado, dejémoslo ahí –zanjó restándole importancia–. Se ha pasado la vida luchando para conseguir lo que tiene, no le ha resultado fácil. Desde mi punto de vista los mejores hombres son los que se hacen a sí mismos, los que nunca han tenido nada y se lo ganan todo a pulso, luchando en un mar de tiburones para hacerse un hueco. Yo le admiro precisamente por eso, por su tenacidad. Pero a veces tengo que recordarle que ahora puede relajarse un poco, no sé si me entiendes… No tiene por qué estar constantemente a la defensiva…

Hice una mueca y di un sorbo a mi bebida. El brebaje descendió rápidamente quemando mi garganta, recordándome que no estaba acostumbrada a beber.

—Siempre está tan rígido, tan… –hice una pausa para mirarle a los ojos– ¿Puedo hablar con franqueza?

—¡Por favor! –me animó sonriente.

—Parece como si llevara un torniquete en los huevos desde hace años. Es incapaz de relajarse y permitirse el lujo de dejar que algo fluya sin tomar el control, me resulta desquiciante.

Steve soltó una escandalosa carcajada, pero antes de que pudiera contestarme Edgar se interpuso acercándose por nuestra espalda.

—Me alegra ver que lo pasáis tan bien, si me disculpas un momento, Steve, tengo que hablar con mi esposa en privado –recalcó lo de «esposa».

Le miré con los ojos bien abiertos, ¿a caso estaba celoso de que me lo estuviera pasando bien con su mejor amigo?

—No hay problema –dijo Steve levantando las manos en señal de rendición sin dejar de reír por lo bajo.

Edgar me cogió del codo y tiró levemente de mí hasta llevarme a un lugar apartado del tumulto pero dentro de la misma sala. En ese pequeño rincón olvidado no habían miradas indiscretas que pudieran perturbarnos.

—Sé lo que intentas, y si piensas que el numerito de hoy va a quedar impune, es que no me conoces…

—¿Eso es una amenaza? –le provoqué.

Esbozó una sonrisa forzada.

—Eres terca y obstinada, pero te advierto de que yo lo soy más. Además, soy un hombre paciente Diana, no te imaginas cuánto. Ya imaginé que contigo no sería fácil.

De pronto su comentario despertó todo mi interés.

—¿Por qué te has casado conmigo, Edgar? Lo tienes absolutamente todo, no hay nada que yo pueda aportarte. ¿Por qué decidiste complicarte la vida con alguien como yo, alguien que no tiene nada que ver con todo esto?

—Ya sabes por qué.

—No, no lo sé –confesé, más relajada. En un momento como ese necesitaba una pequeña ofrenda de paz para seguir indagando en la raíz de este asunto, ya que desde que aterricé en Escocia no dejó de dar vueltas por mi cabeza sin obtener respuesta.

—Está bien, te lo enseñaré –aceptó. No obstante, sus ojos seguían invadidos por la rabia de haberle avergonzado en una reunión tan importante como aquella.

Edgar me guió del brazo por la casa hasta llegar a la puerta que daba lugar a su despacho. Me acordaba de esa puerta y de que siempre estaba cerrada. Me puse nerviosa cuando vi que sacó una llave del bolsillo de su pantalón y la abrió de par en par, permitiéndome pasar delante de él.

Descendí las escaleras de mármol blanco y como el primer día, llegué a esa especie de galería de arte. Decenas de vitrinas acristaladas mostraban objetos, telas, manuscritos, cuadros… objetos muy antiguos.

—¿Y bien? –dije mirando distraída a mi alrededor.

—Todo lo que ves aquí –señaló hacia sus luminosos escaparates–, ¿qué te sugiere?

Emití un suspiro y avancé por el pasillo delante de él, dejando que me siguiera dos pasos por detrás. Había antigüedades de diferentes épocas: jarrones, joyas, tapices de los que yo no sabía apreciar su valor, aun así intuía que los tenían.

—Te gusta coleccionar, eso está claro –constaté.

—Me gusta coleccionar –asintió, seguro–. Cierto.

Desvié la vista de unos antiguos tapices bordados en oro para mirarle.

—¿Qué tiene eso que ver con nuestra boda?

Edgar frunció los labios y rehusó mi mirada para devolverla a la vitrina que había frente a él. Seguí el recorrido y descubrí una colección de monedas de distintos materiales, tan antiguas que casi no podían apreciarse sus incrustaciones. Me fijé que la colección, ordenada por tamaño, estaba prácticamente entera, le faltaba solo una pieza para completarla y había suplido esa carencia colocando en su lugar una fotografía de la moneda en cuestión.

Fue inevitable pensar en mi padre, al igual que Edgar, también coleccionaba monedas, algunas incluso las había heredado de mis abuelos, pero su repertorio era mucho más escaso y carecía de valor, pues desde niña siempre me había dejado jugar con ellas.

—Quarters –dijo mirando atentamente su colección.

—¿Cómo dices? –pregunté frunciendo el ceño.

—La moneda que falta ahí es conocida como «quarters». Es una moneda de veinticinco centavos producida en mil novecientos setenta. Por un error de impresión, hicieron muy pocas unidades, de ahí su enorme valor.

—No entiendo de monedas –le aclaré.

Edgar desvió el rostro para encontrarse conmigo y mostrarme su expresión sombría.

–No me sorprende –sentenció–. Lo que intento decirte con esto es que siempre intento tener lo mejor, lo exclusivo, y no me detengo hasta conseguirlo. Tarde lo que tarde o cueste lo que cueste, ¿entiendes?

Descolgué ligeramente la mandíbula.

«¿Se estaba quedando conmigo?»

—¿Podrías ser más claro, por favor? –le pedí.

—¿Todavía no lo entiendes? –me miró con su expresivo ojo azul, tan lleno de vida, de fuerza, que me dejó helada al instante, o tal vez fuera el tono brusco de su voz– Coches de alta gama, la mejor casa de Escocia, propiedades similares en otros países, ropa de altas firmas, joyas exclusivas… –señaló abiertamente a su alrededor– No iba a ser menos con mi esposa.

—¿Qué? –pregunté, desconcertada.

—No sé de qué te extrañas –confirmó mirándome atentamente–. Digamos que tengo un buen ojo para los negocios y el arte, cuando te vi supe que solo una chica como tú podría convertirse en mi esposa y completar mi colección.

Le miré horrorizada.

—¿A qué te refieres? No sé… ¿qué…?

Me costaba digerir todo lo que me decía.

—¿Cuánto hace que no te miras en un espejo, Diana? Pese a que te empeñes en ocultarlo, eres preciosa. Única diría yo –matizó con seguridad–. Todo en ti, tus ojos, rasgos, tu forma de moverte, tu cuerpo… –me ruboricé al instante por sus palabras–, me fascina la simetría de tu rostro, la ausencia de marcas, tu suave piel, la originalidad de tus ojos tan distintos y cálidos… Solo hay belleza en ti, no hizo falta maquillaje o ropa elegante para que me diera cuenta de eso. Todos los complementos adornan un cuerpo pero tú tienes la base, esa base es la que despertó mi deseo por hacerte mía. Si te soy sincero he tenido varias oportunidades de casarme, pese a mi aspecto muchas mujeres se han acercado a mí, algunas con intereses más profundos que otras, pero jamás sentí que estuvieran a la altura. Eran bellas, sí, pero no eran únicas, no tenían esa mezcla exótica, dulce y amarga a la vez, esa elegancia innata… Eso no se adquiere con clases o práctica, con esa distinción se nace, y tú para mí eres la chica más perfecta de cuantas he visto.

Parpadeé aturdida.

—¿Me estás diciendo que lo único que te impulsó a casarte conmigo fue mi aspecto?

Edgar hizo una mueca, como si no entendiera a qué venía esa pregunta.

—¿Y qué otra cosa podía ser? ¿Tu inmadurez, terquedad, falta de modales, tu verborrea inquietante repleta de palabrotas?

Su sinceridad fue un mazazo en pleno corazón, me sentía como si no fuera más que una más de sus estúpidas monedas, una simple propiedad…

—¿Crees que soy como una de tus adquisiciones que puedes poseer hasta que te canses y la vendas o reemplaces por otra mejor?

Puso los ojos en blanco y emitió un suspiro.

—No digas sandeces, Diana, no eres un maldito cuadro. Eres una obra de arte, sí, pero sé que no eres un simple objeto, en realidad eres mucho más que eso para mí, por eso me he casado.

Le miré desconcertada, no entendía absolutamente nada de lo que estaba diciendo, le escuchaba, pero sus palabras no solo me hacían daño, además herían profundamente mi ego.

—¿Y si no soy un simple objeto, qué soy para ti?

Me encontré con su mirada perpleja, se extrañaba que no fuera capaz de captar la obviedad del asunto, y confieso que era realmente así, no sabía adónde quería llegar con todo eso.

—Algún día serás la madre de mis hijos, Diana, la que me dará descendencia.

—¿Queeeeé? –empalidecí.

—¡Dios! ¿No firmaste el maldito contrato? ¿No te explicaron bien lo que esperaba de nuestra relación, a lo que te comprometías? –espetó indignado.

—Pero yo no… no… no sabía que…, eso no es lo que yo…

—¡Espabila de una vez! –gritó con rabia– Me aseguré que el notario te explicara todos los puntos, uno por uno.

—Pero yo no escuché que… –las lágrimas me impidieron continuar.

No podía creer que estuviera tan distraída el día que decidí vender mi vida al hombre insensible y frío que había frente a mí, ¿tan ausente estaba para no escuchar las clausulas que mencionaba?

Edgar negó con la cabeza, decepcionado.

—Realmente no sé qué esperabas, ¿qué creías que iba a ser esto sino un negocio ventajoso para ambos?

Me enjugué las lágrimas y le miré desolada.

—Lo que no esperaba era que tuviera que renunciar a todo con ese contrato, a ser feliz, a encontrar el amor…

—Puedes ser feliz conmigo, es más, yo quiero que lo seas. Estás en esta casa, puedes hacer lo que quieras, gasta todo el dinero que te venga en gana, cómprate cosas que te hagan sentir bien… Aquí estarás siempre protegida, no dejaré que te pase absolutamente nada, cuidaré de ti siempre. Respecto al amor… –hizo una breve pausa antes de continuar– es un sentimiento idealizado y sobrevalorado, algo pasajero de lo que se puede prescindir. Con el tiempo dejarás de darle importancia.

Mis ojos volvieron a llenarse de lágrimas, lamentando el camino que había escogido.

—Pero yo nunca me he enamorado, nunca he sentido… –me toqué el pecho sintiendo nostalgia por un sentimiento que jamás experimentaría.

Edgar negó con la cabeza, parecía apenado por mi actitud, tal vez vio que era más niña de lo que esperaba, y eso lo conmovió.

—Si algo me ha enseñado la vida es que no se puede tener todo, tal vez la única renuncia que tengas que hacer tú sea esa. Ojalá fuera distinto, pero no es así. Ambos sabemos que jamás nos enamoraremos, del mismo modo que jamás seré tu caballero de reluciente armadura. Podría regalarte flores, bombones, joyas… pero sabrías que no surgen de forma natural en mí, que carecen de significado.

Le miré una última vez más, sintiéndome cada vez más pequeña. Empezaba a entender qué hacía ahí y cuál sería mi papel en todo ese asunto, pero al mismo tiempo, tenía que hacer una última pregunta para acabar de enterrarme en mi dolor.

—¿Por qué el contrato especifica que deberemos estar unidos durante veinticinco años?

—Durante un mínimo de veinticinco años –puntualizó.

—¿Por qué? –insistí.

—Es el tiempo que he calculado antes de que…–detuvo su discurso de inmediato y lo corrigió al instante–, si algún día tenemos descendencia no querría que mis hijos se criaran sin su madre, así que puse un plazo aproximado, en el que si decidías acabar con todo y dejarnos, ellos no fueran demasiado pequeños y…

—Dios mío –dije con pesar, recriminándole con la mirada–, eres realmente retorcido, Edgar.

—Soy precavido, no me gusta dejar cabos sueltos en mis acuerdos.

Apreté la mandíbula inmensamente dolida. Me acerqué decidida a él, sin intimidarme por su altura, su cuerpo en forma o sus duras facciones. Le miré a la cara fijamente, analizando todo lo que acababa de decirme y de pronto, brotó de mí una rabia infinita. Sin miramientos alcé el brazo y le crucé la cara con toda la fuerza de la que fui capaz. Edgar se quedó descolocado por mi ataque, cubrió su mejilla con la mano sin apartar su ojo de mí.

—Eres un monstruo despreciable –sentencié antes de dejarlo solo en el sótano.

Volví a mi habitación sin despedirme de nadie y me metí dentro de la cama para ahogar mi llanto contra la almohada. No sé en qué pensaba cuándo dije a todo aquello, supongo que me sentí sobrepasada por cuánto me estaba pasando y esa fue la única válvula de escape que encontré, aunque mi idea, ni mucho menos, fue la de convertirme en mártir.

 

 

Continuará…

Comentarios

  1. gonzalez

    23 diciembre, 2018

    Me gustó mucho, Annabel. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

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