El contrato (primera entrega)

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Sinopsis:

 

Diana jamás imaginó que se vería forzada a tomar la decisión más importante de su vida a la ligera. Cuando todo su mundo se desmoronaba, un misterioso desconocido le propuso un trato: la solución a todos sus problemas a cambio de una apresurada boda.

                Siendo consciente de que era su única salida, aceptó el acuerdo sin saber la identidad de la persona con la que había contraído matrimonio y las condiciones que ello implicaban.

                ¿Quién era él? ¿De qué la conocía? ¿Por qué la había elegido precisamente a ella? ¿Por qué se mantenía tras las sombras?

                Conocer las respuestas a todas esas preguntas la llevarían a indagar en la mente de un hombre solitario, hermético e intimidante con un pasado oscuro.

                Sin poder evitarlo, esa sana curiosidad se volvió en una fuerte obsesión y pronto descubrió que, había «algo» muy fuerte que la obligaba a permanecer junto a su marido.

 

 

 

Aunque tenía todo lo que su corazón podía desear, el príncipe era amargado, egoísta y arrogante.

 

La bella y la bestia.

 

 

Prefacio

 

¿Podía haber hecho algo diferente con mi vida? ¿Podía haber estudiado o buscado un empleo, podía haberme independizado o colgado una mochila al hombro y viajado por lugares remotos? Había un amplio abanico de opciones, pero de entre todas ellas tomé la decisión más cómoda y arriesgada a la vez.

A mis veinticinco años recién cumplidos aún tenía muchas cosas por aprender, en muchos aspectos seguía siendo como una niña ingenua, atolondrada y con una visión del mundo algo distorsionada, tal vez por ello hice lo que hice. Pensé en mis seres queridos y salté al vacio sin haberme hecho antes las preguntas adecuadas.

Ha llovido mucho desde entonces, y viendo las cosas en retrospectiva, volvería a hacer exactamente lo mismo si me encontrara en una situación similar. No me arrepiento en absoluto de haber arriesgado, aunque recuerdo que no siempre fue así.

Hubieron altibajos, buenos y malos momentos que aún recuerdo con nitidez, pero todos y cada uno de ellos me hicieron crecer, madurar, ser más fuerte y me convirtieron en mejor persona.

Voltire citó una vez: «Lo que llamamos casualidad no es ni puede ser sino la causa ignorada de un efecto desconocido«.

Con el tiempo supe sacarle jugo a esa frase y aprendí que pocas cosas ocurren por casualidad, y que todos los pasos que había dado en el transcurso de mi corta vida, me habían conducido irrefrenablemente hacia el punto donde me encontraba. Entonces supe que todo mi destino estaba escrito incluso antes de lo que creía.

Por poner un ejemplo, de niña mi cuento popular favorito era La bella y la bestia, y os preguntaréis, ¿qué relevancia tiene eso en la historia? Pues bien, no hubiese sido una dato significativo de no ser porque puedo asegurar que gran parte de mi vida encierra un inquietante paralelismo con el cuento más leído en mi infancia. Salvando las evidentes diferencias cronológicas, tecnológicas y de ficción, mi gran aventura también empezó en un castillo aislado, alejada de mi familia, al cobijo de un hombre oscuro que ocultaba grandes secretos.

Y así es como empieza mi historia, mi realidad; un sueño para algunos, una pesadilla para otros, para mí una experiencia que me llevó a traspasar todos los límites inimaginables.

 

 

 

 

Ocho años antes

 

 

El contrato

 

Aquello no estaba pasando.

Me negaba a creer que estuviera ocurriendo de verdad.

Si hace un año alguien me hubiera dicho que acabaría en la lúgubre habitación del despacho de un notario, a punto de firmar un matrimonio de conveniencia con un hombre al que no conozco, posiblemente pensaría que esa persona no estaba bien de la cabeza; sin embargo, ahí me encontraba, repasando las múltiples cláusulas que iban a condenarme de por vida.

—Las condiciones de este contrato prescriben dentro de veinticinco años, si transcurrido ese tiempo usted quiere tomar un camino diferente estará en su derecho de hacerlo sin tener que hacer frente a la deuda.

Levanté la vista del papel para mirar al notario con la expresión más seria que pude mostrar.

—De aquí veinticinco años tendré cincuenta. ¿Cree que servirá de algo el camino que tome a partir de entonces?

—No lo sé, señorita, únicamente me veo en la obligación de informarle punto por punto de todas las condiciones del acuerdo, la decisión es suya. No está sometida a coacción, puede negarse y no le pasará nada.

Suspiré con resignación y pasé una página del enorme dossier que había depositado en la mesa frente a mí.

—Bien –continuó señalando los puntos clave con su bolígrafo plateado–, cuando se haga efectivo su matrimonio irá a vivir a la residencia de E. Walter Blanch, en Escocia. Allí dispondrá de total libertad para disfrutar de la finca de dos mil setecientos metros cuadrados. Todos sus gastos estarán cubiertos desde el primer momento y jamás se le privará de ningún privilegio. Ahora, si presta atención al segundo apartado… –pasó una página del grueso dossier y señaló el párrafo que pretendía explicar con más detalle–habrá una serie de condiciones que debe cumplir.

—¿Más condiciones? –el joven notario frunció los labios y emitió un leve suspiro, pero decidió obviar mi comentario y continuar con su cometido.

—La primera y más importante es que será fiel a su futuro esposo y bajo ningún concepto podrá mantener relaciones extramatrimoniales con otras personas. Tampoco podrá abandonar la residencia sin consentimiento de su esposo, deberá cumplir estas cláusulas durante un periodo mínimo de veinticinco años, de no ser así, el señor Walter podrá demandarla y se verá obligada a pagar una elevada suma que equivale al total de todos los gastos invertidos hasta la fecha y a partir de ahora. En caso de no poder asumir dicha deuda, se procederá al embargo de la residencia familiar ubicada en Barcelona, así como todos los bienes adquiridos, e incluso podría ir a la cárcel por incumplimiento de contrato un periodo mínimo de cinco años y no superior a diez.

—¡Esto es una locura! –exclamé dejándome caer bruscamente contra el respaldo de la silla– ¡Ni siquiera conozco a ese hombre! Podría ser un degenerado y me vería obligada a estar esclavizada de por vida –alcé la mirada para encontrarme con los expresivos ojos negros del notario–. Le he buscado, ¿vale? He estado buscando en internet y no hay un solo perfil que corresponda a ese nombre, solo vaga información proporcionada por la prensa acerca de sus negocios y que tiene treinta y ocho años, ¡trece años más que yo! ¿Sabe usted lo que es eso?

—Entiendo que hay una diferencia de edad y… supongo que puedo comprenderla –alegó intentando ponerse en mi lugar–, por eso insisto que si no acepta no habrá ninguna repercusión para usted, es más, está en todo su derecho.

—Sí, pero si renuncio mi… –me mordí el labio inferior, no estaba segura de querer descubrir ese detalle, el detalle más importante de mi vida, el que me había arrastrado irremisiblemente a esa situación– lo siento –me resigné con pesar–, tiene razón, siga con las condiciones, por favor.

El notario asintió y siguió hablando durante horas, pero yo ya estaba en otro lugar, mi mente se encargó de trasladarse a mi breve etapa universitaria, esos serían a partir de ahora la mejor época de mi vida. Con este acuerdo todo lo que conocía, había acabado. Ahora me veía empujada a sobrevivir en un futuro incierto, lejos de mis amigos, de mi familia… lejos de todo lo que amaba.

Contuve las ganas de llorar y me centré en uno de los pocos momentos felices de mi pasado:

 

—¡Marcos, cógeme! –dije intentando aguantar el equilibrio sobre la tabla de surf.

—Esto lo tienes superado, hermanita, procura no caerte, aguanta al menos hasta que te saque una foto.

—¡Maldita sea, Marcos, estoy a punto de carme! ¡No me sueltes!

Marcos rió y me dejó sola, intentando sortear las leves sacudidas de las olas que amenazaban con tumbar mi tabla.

—Preparada…, lista… ¡ya! –sacó la instantánea y mi cuerpo se desplomó como un castillo de naipes quedando sepultado bajo el agua.

Los brazos fuertes de Marcos me sujetaron haciéndome emerger hacia la superficie, cogí una enorme bocanada de aire y empecé a reír de su cara de susto.

—¡Ves! Te dije que me caería.

—Al menos he podido sacarte la foto antes de que lo hicieras–cogió la cámara para mostrármela con orgullo–, vaya –suspiró resignado–, pues no ha salido.

Empezamos a reír con complicidad, y es que mi hermano y yo siempre habíamos estado muy unidos, junto a él me sentía protegida y tan querida… No hacía falta que me lo pidiera, siempre supe, incluso antes de ese instante, que habría hecho cualquier cosa por él.

Nuestra felicidad se interrumpió cuando Marcos se centró en dos figuras masculinas que se acercaban desde la lejanía, se puso tenso y me apartó antes de empezar a caminar hacia la orilla.

—¿Qué ocurre? –requerí extrañada por su repentino cambio de humor.

—Nada –me miró con una sonrisa afectada–, quédate ahí, ¿quieres? Enseguida vuelvo.

Marcos siguió a esos hombres con la mirada mientras yo los estudiaba desde la lejanía. ¿Quiénes eran? ¿Por qué le buscaban? ¿Por qué él parecía tan tenso? Había muchas cosas que desconocía en ese momento, y no podía negar que inmersa en mi ignorancia, era feliz. Pero esa felicidad no duró mucho, un par de semanas después descubrí que el mundo idílico que había a mi alrededor no era tan perfecto como creía, y que Marcos, mi adorado hermano, tampoco era la persona que creía.

 

—¿Entiende todo lo que le he dicho? –la voz del notario me hizo reaccionar y regresar al presente.

—Perdón, ¿qué decía?

—Decía que esas son todas las condiciones del acuerdo, si quiere un tiempo para pensárselo y revisar a conciencia el contrato, estaré encantado de citarla en otro momento.

—No, ehhh… creo que no hace falta –asentí con convencimiento y arrebaté el bolígrafo de su mano, dispuesta a firmar.

—Señorita, ¿está completamente segura de lo que va a hacer, verdad? ¿Necesita que profundicemos un poco más sobre algún punto en particular?

—No hará falta, gracias. La decisión ya está tomada.

Estampé mi rúbrica en todos y cada uno de los documentos y le entregué el dossier con rapidez. Cuanto menos vueltas le diera, mejor.

El notario adjuntó a ese documento el informe psicológico al que tuve que someterme días antes para certificar que el contrato había sido firmado en pleno uso de mis facultades mentales, otra esteticidad más del hombre sin rostro que pretendía convertirme en su esposa los próximos veinticinco años.

—Le entregaré una copia lo antes posible, en cuanto el juez lo apruebe, y… mi más sincera enhorabuena– dijo dibujando una forzada sonrisa en su rostro afable–, a partir de ahora será la señora Walter.

Apreté los labios con fuerza, no quería derrumbarme mostrando mi debilidad.

—Así que eso es todo –terminé levantándome de mi asiento–, desde este momento dejaré de ser una mujer libre.

El joven notario me miró, y seguidamente siguió guardando los documentos en su cartera, colocándolos meticulosamente en su interior para que no se arrugaran.

—¿Sabe una cosa? –preguntó centrando su atención en lo que estaba haciendo– James Mullen dijo una vez que la libertad, al fin y al cabo, no es sino la capacidad de vivir con las consecuencias de las propias decisiones. Usted ha decidido libremente cómo enfocar su vida y si por algún motivo desea tomar un camino distinto al que ha emprendido, siempre puede retroceder –terminó de guardar los papeles y me miró con mucho interés–. Un trozo de papel no es una cadena, ni siquiera el dinero lo es.

Me sonrió con amabilidad y abandonó la habitación dejándome a solas. No pude contener por más tiempo las emociones y como una niña pequeña, derramé las lágrimas que había estado reprimiendo durante toda la mañana. Simplemente dejé que los sentimientos afloraran como un fresco torrente invadiendo mi rostro, aceptando, como el notario había dicho, las consecuencias que implicaba mi decisión, consciente de que aunque había vuelta atrás, a partir de ese momento nada volvería a ser igual.

 

 

Adiós

 

Edgar Walter Blanch, hombre caucásico de treinta y ocho años, británico. Padre inglés y madre española residente en Escocia. No había más información útil acerca de él. Ninguna foto. Nada.

No tardé en constatar que era un hombre hermético y muy receloso con su intimidad, ajeno a redes sociales, entrevistas y apariciones públicas. En internet no había nada que pudiera ayudarme a hacerme una idea de cómo era, y confieso que eso me desilusionó bastante.

«¡¿Cómo alguien podía mantenerse al margen de las nuevas tecnologías en pleno siglo XXI!? ¡No era normal! Ni faceboock, ni instagram, nada».

Edgar Walter era un fantasma, un fantasma que invertía un gran esfuerzo en que su imagen no se difundiera por ningún medio público, ni siquiera sus entrevistas se hacían en persona.

Por otra parte sí encontré centenares de artículos acerca de sus logros profesionales. A esas alturas las empresas de Edgar se habían multiplicado tanto como su patrimonio y era un hombre muy respetado por altos empresarios de la comunidad inglesa, incluso de otros países.

De sus orígenes se decía que había fundado con éxito una banca privada de inversión en cuanto se graduó en la universidad. A partir de ahí había ido ampliando su empresa y diversificando su cartera de negocios, que incluía un banco hipotecario, compañías de seguros, fondos de inversión, negociación de valores, gestión patrimonial e inversión en subastas de arte y preservación del patrimonio histórico, entre otros proyectos. Lo había manejado todo con inflexible determinación, atención precisa a su organización e insaciable ambición de poder.

Debí haber prestado más atención a esos detalles, eran la pista de la personalidad que se escondía en las sombreas, pero lo que más me importaba en ese momento, era poner rostro al desconocido que había irrumpido como un tsunami en mi vida. Por alguna razón sentía que todo lo demás podía esperar, ya que una sola mirada bastaría para aclarar muchas de mis dudas.

 

Durante los días siguientes a la firma del contrato, diferentes hombres vinieron para ayudarme a tramitar el papeleo, dado que tendría que residir oficialmente en otro país, debía dejar bien cerrado un capítulo de mi vida para empezar otro. En todo ese tiempo pregunté sobre la secreta identidad de mi marido a todas las personas que venían en su nombre, pero nadie parecía dispuesto a ofrecerme respuestas y las preguntas no hicieron más que amontonarse generándome mucha ansiedad. Lo más inquietante era que físicamente nadie pudo ofrecerme información alguna, ni siquiera las personas que trataban directamente con él, y vale, después de haber llegado hasta ahí, dudaba que ese aspecto fuese relevante, pero me inquietaba no poder poner rostro al hombre con el que me había unido durante veinticinco años, no lo veía justo y mi mente se encargó en ponerse en lo peor.

Pero por encima de todo, el aspecto más escabroso, el que conseguía quitarme el sueño por las noches, era que no podía entender por más que lo intentaba, cómo Edgar Walter, un hombre poderoso que tenía cuanto podía desear, decidió ayudar a mi familia sin reparo alguno poniendo como única condición que contrajera matrimonio con él.

¡¿Quién en su sano juicio querría casarse conmigo sin saber nada de mí?! ¡Pero si yo nunca he tenido nada, ni siquiera una habilidad especial! No era más que una chica joven, inexperta, desorganizada y llena de problemas. Además, por lo poco que había visto, era completamente opuesta a él y a todo su mundo.

Me derrumbé varias veces pensando que había cometido una estupidez, pero era demasiado tarde para emendar mi error, y cuando lograba mínimamente sobreponerme y ver las cosas desde su objetividad, volvía revivir los miedos, las dudas e inseguridades que intentaba enterrar a toda costa. Tampoco ayudaba demasiado el hecho de que no mostrara el mínimo interés en mí, en intentar conocerme y establecer cualquier tipo de vínculo, por ínfimo que fuese.

Todo el asunto me descolocaba por completo y me infundía un inconmensurable pavor. Por suerte, en los últimos meses había aprendido bien a enmascarar mis sentimientos y aceptar que esa decisión era meramente un trámite para conseguir un fin. Haber firmado esos papeles había beneficiado a mi familia y había solucionado muchos de los problemas que por mí misma era incapaz de resolver, pues carecía de medios.

 

—Supongo que ya está todo, ¿verdad, hija?

Miré a mi padre con ternura, tal vez esta sería la última vez que le vería tan lúcido, y eso era algo en lo que no dejaba de pensar, en lo injusta que habían sido nuestras vidas y lo mucho que habíamos sufrido todos. Pocos sabían la verdad acerca de nuestros problemas, y los rumores malintencionados estaban a la orden del día. Pero eso era algo que no podía controlar. Por otra parte, sí podía hacer que de ahora en adelante mi familia tuviera un futuro plácido y tranquilo. Pensar eso dotaba de cordura todas las decisiones que había tomado hasta la fecha, y ya no me parecía tan alocada la idea de sacrificarme por el bien común de mi familia, pues técnicamente era lo único que tenía.

—Debo irme, papá, pero no estarás solo mucho tiempo, pronto Marcos regresará a casa contigo.

—Marcos… ¿cómo está mi muchacho? ¿Ha marcado otro gol?

Contuve el llanto y asentí con la cabeza sin entrar en detalles. Desde que murió mamá, ingresaron a Marcos en el hospital, mi padre perdió su negocio familiar por una mala gestión y embargaron nuestra casa, él no ha vuelto a ser el mismo. Era como si su cerebro hubiese hecho un «crac» desviándose del camino correcto. Los días los pasaba ausente en su habitación, sentado sobre la cama con las manos en las rodillas, mirando fijamente un punto en la pared sin moverse. Solo había que verle para ver el sufrimiento más infinito grabado en sus ojos grises, un hombre que hace unos años fue un pilar fundamental para esta familia, ahora permanecía sumido en su propia locura, siendo engullido por una enfermedad que avanzaba a pasos agigantados alejándole cada vez más del hombre fuerte que siempre fue.

 

—Griselda te cuidará para que no te falta nada –le dije recogiendo mi equipaje de mano del suelo.

—Ya verás que contenta se pone tu madre cuando le diga que su hijo ha vuelto a marcar. Este niño tiene madera, en cuanto le vea un ojeador le fichará sin dudarlo. Por cierto, ¿dónde está tu madre? Alguien tiene que decírselo…

Me acerqué a mi padre conmovida por sus palabras para besar su mejilla repleta de arrugas; su aspecto también se había marchitado.

—Te quiero, papá.

—Yo también, polvorilla, todos te queremos.

Le miré una última vez más y mis ojos se llenaron de lágrimas. Siempre añoraría el sobrenombre que con tanta frecuencia salía de sus labios: «polvorilla». Mi padre solía decir que era una niña tremendamente inquieta, cualquier cosa me provocaba y me aceleraba sobre manera, que era altamente inflamable como la pólvora y así me lo hacía saber con su cariñoso apodo. Nadie me conocía mejor que él.

Mientras mi padre se alejaba y regresaba a la cama para sentarse en el borde del colchón, mirando fijamente la pared de su dormitorio, yo no hacía más que preguntarme si alguna vez podría recuperarle. Le echaba tanto de menos…

—Le acompaño a la puerta, señorita –dijo Griselda, haciendo ademán de coger mi equipaje.

—Gracias por ocuparte de todo, recibirás los pagos puntualmente y sobre todo, no te olvides de informarme cuando Marcos vuelva a casa. Quiero estar al corriente de su rehabilitación y cualquier cosa que precise él o mi padre yo…

—No se preocupe –me tranquilizó sonriéndome–, hemos adaptado la casa a sus necesidades y los mejores terapeutas siguen de cerca su caso, estoy convencida de que mejorará.

—Eso espero –deseé de corazón.

Griselda me abrazó con fuerza frente a la puerta de entrada. El taxi encargado de llevarme al aeropuerto ya estaba preparado y ahora sí debía decir definitivamente adiós a mi hogar, a los míos…

Me subí al vehículo y miré distraída por la ventanilla. Barcelona me parecía hermosa con la luz anaranjada que bañaba los altos edificios al atardecer, ese sería el último recuerdo que guardaría de la etapa más importante de mi vida. No quería decir que jamás volviera a mi ciudad, pero sabía que no serían más que visitas esporádicas, durante veinticinco años, mi residencia oficial estaría en Escocia.

Saqué mi cámara de fotos predilecta de la maleta, una Réflex SLR analógica que había sido de mi padre cuando era joven, e hice la instantánea de mi ciudad en movimiento a través de la ventanilla del coche. Intenté captar la estela luminosa que dejaban la multitud de colores a medida que los dejábamos atrás, parecían deshacerse por el camino, llegando incluso a desintegrar la solidez de los edificios. Fue irremediable sentir una punzada de nostalgia en lo más profundo del corazón; echaría de menos todo aquello.

El pitido proveniente de mi teléfono móvil desvió el rumbo de mis pensamientos y me apresuré a abrir el mensaje.

 

«¡Diana! jamás perdonaré que no me hayas dejado ir a despedirte, no dejo de pensar en ti y… bueno, no quiero ponerme sentimental, recuerda que me has prometido mantenerme informada de todo, así que espero noticias tuyas en cuanto pongas un pie en tierra».

 

Sonreí tras el mensaje de mi mejor amiga, Emma. Sería una de esas personas a las que siempre echaría de menos.

Cerré los ojos unos instantes para permitirme el lujo de pensar en ella:

 

—No puedo hacer otra cosa, Emma, es la única salida que tengo.

—Pero… ¡joder¡ ¡Tienes veinticinco años! Además, ni siquiera le conoces, lo más seguro es que sea un loco de esos con dinero que…

—Emma… –susurré liberando las lágrimas que tanto empeño había puesto en retener–, estoy muy asustada y no sé lo que va a pasar, solo sé que él lo está arreglando todo, si no fuera por lo que ha hecho por mi familia no sé cómo…

—Shhhh… –siseó mi amiga dándome un fuerte abrazo–, tienes razón, perdona por hablar más de la cuenta, la verdad es que no conocemos a ese hombre para juzgarle. Nadie puede negar que te ha ayudado como nadie más ha podido hacerlo, solo por eso se merece un voto de confianza –emitió un suspiro–. Debe ser un hombre bueno.

—¿Tu crees? –dije separándome ligeramente de ella.

—Tiene que serlo –confirmó tajante–, aunque tanta prisa por casarse… –meneó la cabeza confusa– ¡encima sin conocerte! ¡Coño, ¿qué le hubiese costado una cenita romántica primero?!

Rompí a reír enjugándome las lágrimas al mismo tiempo, Emma siempre conseguía sacarme una sonrisa en el momento oportuno.

—Ahora en serio –insistió poniéndose seria–, ¿Por qué quiere correr tanto? ¿No crees que es algo pronto para una boda?

Me encogí de hombros.

—Supongo que quiere asegurarse que cumplo mi palabra antes de seguir ayudándome, tendrá miedo de que cuando solucione todos los problemas que acumula mi familia, no quiera seguir con esto… en cierto modo, le entiendo.

Emma hizo un gesto de aprobación con la cabeza.

—Bueno, entonces solo nos queda ver las cosas con positivismo –sentenció estirando su cuello al máximo–, creo que es un misterioso príncipe escocés, tan jodidamente guapo y famoso que no puede salir de su castillo por la persecución de los paparazis. La única forma de conocer a una chica decente es así, manteniendo su anonimato.

Solté una fuerte risotada.

—Creo que se te va la cabeza –sentencié tumbándome sobre su cama boca arriba.

—Si lo prefieres también tengo la versión del psicópata homicida –dijo imitando mi gesto.

—Si no te importa, me quedo con la del príncipe escocés. Soñar es gratis.

—Yo también –reconoció mirando el techo de su habitación–. Seguro que es pelirrojo –se hizo un pequeño silencio–. Cuando lo conozcas no te olvides de mirarle ahí abajo, a ver si todo el vello de su cuerpo conserva el mismo tono rojizo.

Le di un leve empujón sin dejar de reír.

—¡No digas esas cosas! –reproché, avergonzada.

—Es una curiosidad que tenemos todos los humanos, los pelirrojos son tan escasos que… –interrumpió de repente su discurso– Por cierto, sigues tomando la píldora, ¿verdad?

—¡Emma! –grité.

Se echó a reír.

—Es solo una broma –se disculpó alzando las manos.

Negué con despreocupación, pero sus bromas consiguieron dejarme intranquila.

—Estás como una cabra, ¿lo sabías?

—No tanto como tú, Diana, no tanto como tú…

 

—Ya hemos llegado, señora.

Parpadeé aturdida varias veces y cogí una enorme bocanada de aire; había llegado el momento para el que me había estado preparando los últimos meses.

Una vez en el avión, dejé la mente completamente en blanco. Me centré en las instrucciones de las azafatas y escuché los temas de conversación livianos de los pasajeros más próximos.

Todo el mundo hizo silencio cuando el piloto informó por megafonía la ruta de vuelo estipulada y el clima favorable que ayudaría a que fuese una travesía tranquila y amena. Me gustó la familiaridad con la que el comandante James Orwell se presentó al pasaje. Sin saber por qué, consiguió transmitirme una enorme tranquilidad y eso era lo único que necesitaba en ese momento.

 

 

Continuará…

Comentarios

  1. Mabel

    12 diciembre, 2018

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida

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