El contrato (segunda entrega)

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Diana por fin conoce a su reciente esposo y es muy diferente a como había imaginado. Es consciente de que oculta algo, no cesará en su empeño de descubrir aquello que le esconde. Aquí se inicia la aventura.

 

En tierra extraña

 

 

Aterricé en el aeropuerto de Edimburgo entrada la noche. Caminé por los amplios pasillos hasta desembocar en una gran sala delimitada por barandillas de acedo, donde se encontraban los familiares de los pasajeros esperando. Miré a mi alrededor, sabía que un hombre tan precavido no era capaz de dejarme a la deriva en un país desconocido. Por un momento me puse nerviosa; ¿Habrá venido él a buscarme?, ¿le conoceré al fin? Mi corazón palpitaba a un ritmo frenético mientras estudiaba todos y cada uno de los rostros desconocidos de las personas que me rodeaban, entonces vi un hombre en la lejanía, junto a un carro con mi equipaje. En cuanto le enfoqué, sonrió como si ya me conociera y exhibió tímidamente un cartel con mi nombre pulcramente escrito, entonces ya no tuve dudas. Caminé despacio hacia él, estudiando sus rasgos, y para mi sorpresa, Emma tenía razón y Edgar era pelirrojo, alto, fornido y con la piel bañada por diminutas pecas anaranjadas producto del sol. No podía decir nada más acerca de él, estaba tan nerviosa que a duras penas me atrevía a alzar la vista del suelo. Cuando estuvimos lo bastante cerca, le dediqué una sonrisa fugaz y me afané en saludarle.

—Hola, Edgar –dije acercándome para darle dos rápidos besos en las mejillas.

—No, señora –dijo en un forzado acento español, apartándose de mí con nerviosismo al mismo tiempo–, no soy Edgar, soy su chófer, Philip– seguidamente me tendió la mano con prisa.

—Ah –me quedé descolocada un rato, pero se la estreché–. ¿Y por qué no ha venido él a recogerme? –le interrumpí mostrando indignación.

—El señor Walter debe atender sus negocios, pero no se preocupe, toda la casa espera su llegada y está ansiosa por darle la bienvenida.

—¿Y cuándo se supone que voy a tener el enorme honor de conocer al señor Walter? –proseguí con retintín.

—No lo sé, no estoy al tanto de las intenciones del señor.

Acompañé a Philip hacia el coche, un imponente mercedes negro con los cristales tintados. Esperé a que me abriera la puerta con caballerosidad y subí a lo bruto, después de todo, no estaba hecha a ese tipo de cursilerías.

—Y dime, Philip, ¿conoces en persona al señor Walter? –tanteé intentando conseguir información.

—Por supuesto.

—¿Y cómo es?

—Ah, pues… es un hombre comprensivo, señora. Para que usted se sintiera más cómoda exigió que todo el servicio tuviera nociones de español.

—¿Edgar también habla mi idioma?

—Sí, claro –rió como si lo que acababa de preguntar fuese una estupidez.

—Bien, aunque también me gustaría practicar mi descuidado inglés…

—Eso no es problema, señora –me sonrió a través del espejo retrovisor.

—Llámame Diana, por favor Philip, me hace sentir vieja eso de señora, y ni se te ocurra tratarme de usted. Ya tengo que soportar demasiados cambios y tantos formalismos empeoran mi situación.

—Está bien, Diana –asintió exhibiendo una resplandeciente sonrisa.

Sonreí. Enseguida supe que Philip y yo nos llevaríamos bien, había bondad en sus ojos.

—Y bueno, dime –continué yendo directamente al asunto que quería tratar–, ¿qué más puedes decirme de Edgar? ¿Cómo es físicamente?

—Oh, pues… el señor se cuida mucho y hace deporte.

«Bueno, algo es algo».

—Bien, ¿qué más?

—No sé qué más quieres oír…

—Pues, ¿cómo es su cara, de qué color tiene los ojos…? Más detalles de su persona.

—Pues verás… –se mordió el labio–, no sabría decirte…

—¿Y eso?

—Nunca deja que nadie se le acerque lo suficiente, así que…

«¡¿Cómo?! ¿Se trataba de una broma?»

—¿Me estás diciendo que ni siquiera tú, que trabajas para él, puedes decirme cómo es físicamente?

—Me temo que no soy muy observador… –hizo un gesto de disculpa con el rostro.

Arqueé las cejas con incredulidad.

«¡Vaya por Dios!, teoría del príncipe escocés jodidamente guapo descartada».

Suspiré y recosté la cabeza sobre la ventanilla, al parecer nadie podía decirme gran cosa acerca de él y eso ya empezaba a mosquearme de verdad.

 

Me dormí de camino a casa de Edgar, y cuando Philip me despertó anunciándome que habíamos llegado, me di cuenta que el coche ya estaba estacionado. Habíamos entrado en lo que parecía ser una finca enorme, rodeada de verdes praderas y jardines exquisitamente cuidados. El coche se había detenido frente a una casa de piedra, no podía ver toda su totalidad pese al alumbrado eléctrico, pero sí podía decir que era exageradamente grande. En la fachada rústica y sobria destacaban los grandes ventanales que la rodeaban, lo que me daba a entender que durante el día debía albergar mucha luz en su interior. Parecía el típico palacio escocés que había sido reformado por expertos arquitectos, poniendo especial esmero en conservar la esencia clásica que la caracterizaba y combinarla con los avances modernos más innovadores.

Solo con darle un rápido vistazo supe que eso era demasiado para mí. Solo había visto construcciones de ese tipo en las revistas de decoración o en reportajes acerca de las casas de los famosos, en el mundo real, no había estado cerca de algo así en toda mi vida.

Philip me abrió la puerta y me ayudó con el equipaje, advirtió mi gesto fascinado y no se atrevió a interrumpir, permaneció a mi lado hasta que decidí emprender la marcha hacia la puerta con cautela. Me sentía intimidada, todo ese escenario podría ser el típico de un cuento de hadas, sin embargo, a mí me parecía más propio de una película de terror. Los sólidos muros de piedra, el porche de madera tratada y los cristales blindados no dejaban de ser como una cárcel de oro, sería imposible sentirme cómoda y acogida en un lugar así.

Traspasamos la puerta y una mujer menuda corrió sonriente a mi encuentro.

—Es María, la ama de llaves –susurró Philip con prudencia.

—Ah… –fue lo único que pude articular.

—¡Qué alegría tenía de conocerte al fin! –exclamó envolviéndome con un fuerte abrazo, a juzgar por su aspecto y su forma de hablar, era tan española como yo– Procuraré que te sientas a gusto aquí, cualquier cosa que necesites, a cualquier hora, estaré encantada de proporcionártelo.

—Genial… –musité por lo bajo.

—Hace años que trabajo para Edgar –me sorprendió que se dirigiera a su jefe con tanta familiaridad, señal que entre ellos había cierta confianza–, yo era amiga de su madre, ¿sabes? Pero de eso hace muchos años, su madre, que en paz descanse, también era Española, del sur.

Por lo visto María era esa clase de mujeres a las que les gustaba hablar sin cesar y a mí no había otra cosa que me cansara más, pero dadas las circunstancias, tal vez fuese bueno tener alguien así a mí lado, seguramente podría resolver muchas de mis inquietudes.

—Me parece muy bien, pero… –miré distraída a mi alrededor, dentro, la casa seguía siendo tan impresionante como por fuera. Abrumadora, para ser exactos, pero ahora otro pensamiento acaparaba toda mi atención–, en fin, ¿puedo conocer ya al señor Walter?

—Oh, mi niña… eso no es posible –dijo la mujer cabizbaja. Seguidamente se pasó la mano por su melena castaña acomodándose el pelo detrás de la oreja–. Él no podrá atenderte hoy, es tarde y…

Me detuve en seco.

—¿Por qué, es que no está en la casa?

—Bueno, ss-sí-sí está –tartamudeó–, pero ya sabes cómo son los hombres como él, siempre tan ocupados… –se encogió de hombros–, ya habrá tiempo para eso, ¿no crees? Ahora estarás cansada después de un viaje tan largo y…

—¡De eso nada! –me cuadré enfadada cruzando los brazos sobre el pecho y negándome a dar un paso más–. O se digna a recibirme ahora o no me moveré de aquí.

—Pero es que…

—Lo siento, María. No es nada personal, agradezco tu amabilidad y todo eso, pero necesito verle ahora y no se hable más. He esperado mucho para este momento y no creo que pueda posponerlo más, cuanto antes le conozca mejor, ¿no crees?

María ladeó ligeramente el rostro y me contempló con ternura. Su mirada afable me envolvió de un reconfortante calor. No hicieron falta más palabras, ella también estudió mis ojos y vio en ellos que estaba al límite de mi paciencia, esta locura ya había durado suficiente y no podía estar más tiempo bajo el mismo techo que un hombre al que no conocía.

—Está bien, espera aquí –dijo con familiaridad–. Veré lo que puedo hacer.

Asentí con un firme movimiento de cabeza y exhalé un largo suspiro. No solía imponer mi voluntad así como así, y mucho menos a desconocidos, pero estaba en pleno derecho de conocer a la persona con la que me había casado. Empezaba a intuir que algún problema debía haber por haber puesto tantos obstáculos para conocerle y estaba decidida a acabar con todos ellos esa misma noche.

—Bien, tengo buenas noticias –dijo María caminando apresurada hacia mí–, Edgar ha accedido a verte y te espera en su despacho, así que si me acompañas…

—Claro –sonreí–, me alegro que lo hayas conseguido.

Se giró en mi dirección devolviéndome la sonrisa.

—Después de todo pienso como tú, ya que vas a alojarte aquí como mínimo deberías conocerle.

Seguí a esa mujer menuda, de cara entrañable, por toda la casa. Era incapaz de retener el camino por el que pasábamos, parecía estar en el corazón de un laberinto, pero ya habría tiempo para familiarizarme con la casa, estaba convencida de que al final la conocería como la palma de mi mano.

Descendimos unas escaleras que parecían formar parte de un sótano, y en ese momento contuve el aliento, aunque podía parecer valiente, me daba miedo ese lugar y sobre todo, la persona con la que me encontraría aquella noche.

—Ya casi estamos –me tranquilizó María.

Cuando las escaleras se acabaron, desembocamos en una enorme sala abierta y luminosa. Seguramente tenía tantos metros como toda la casa, pero lo más impresionante, eran las vitrinas acristaladas repletas de antigüedades. Todo estaba exquisitamente expuesto e iluminado con luz cálida. Parecía estar dentro de un museo y esa sensación logró reconfortarme, aunque prácticamente no tuve tiempo de admirar todas las bellezas que habían a mí alrededor, pues nos habíamos cuadrado frente a la última puerta de la estancia y supe que se trataba de su despacho.

María llamó tímidamente a la puerta, pese a que permanecía entreabierta.

—Adelante –escuché desde su interior.

El corazón me iba a mil por ahora, por fin iba a poner cara a mi desconocido, sentía un miedo alojado en el fondo de mi estómago que me impedía avanzar. De repente vi que la luz de la habitación disminuía notablemente, convirtiéndose en apenas una penumbra.

—Pasa, niña–Me animó María, transmitiéndome valor.

Di los últimos pasos y me adentré en el oscuro despacho sin ventanas y sin más iluminación que la artificial. Al igual que todo lo demás, parecía enorme, pero mirara donde mirara no logré distinguir a nadie.

—Puedes irte, María –Ordenó una voz masculina –, gracias.

Me afané en mirar en la dirección en la que provenía la voz, parecía joven, suave y templada, sin un ápice de nerviosismo.

María se ausentó y entonces el hombre que había hablado se puso en pie, descubriendo su posición. La luz tenue del escritorio le alumbraba discretamente hasta mitad del pecho, su rostro se encontraba en las sombras, lo cual me obligó a enfocar la mirada intentando inútilmente vislumbrar sus facciones.

Edgar era un hombre alto, de constitución normal, vestía con unos simples vaqueros y una camisa blanca remangada hasta los codos, sus manos estaban medio enfundadas en los bolsillos de los pantalones y mantenía una postura relajada. A parte de su cuerpo, no logré ver nada más.

—Bueno, pues… –emití una mueca nerviosa y me encogí de hombros– aquí estoy –constaté estirando los brazos–.

—Ya lo veo, –reconoció y me pareció intuir una leve sonrisa en su voz– ¿has tenido un buen vuelo?

—¡Ya lo creo! –reconocí con más ímpetu de la habitual a causa de los nervios– Nunca había viajado en primera clase. ¿Sabías que ofrecen hasta servicio de manicura? Es de locos… –me mordí la lengua para evitar decir más tonterías.

Me pareció escuchar otra fugaz sonrisa, pero no estaba segura, necesitaba verle y saludarle como es debido, después de todo, estaba casada con él.

Me aproximé dos pasos en su dirección pero él desenfundó una mano del bolsillo para impedir que continuara.

—Quédate ahí por favor, ahí estás bien.

Me paralicé en seco.

—Pero…, ¿por qué estás tan lejos? –pregunté con ingenuidad.

—Ya habrá tiempo para conocernos mejor, ahora no es un buen momento.

Sus palabras hicieron que mi rostro se tornara pálido como la cal, y es que no podía negar que seguía teniendo mucho miedo, y más de un hombre tan desconfiado como para darse a conocer.

—Bien,–continuó después de un largo silencio– ahora debo hablarte de esta casa–dijo señalando a su alrededor con la mamo que había utilizado para detenerme–, eres libre de ir a donde quieras, hay gimnasio, jacuzzi, piscina climatizada, biblioteca y sala recreativa, supongo que María te pondrá al tanto de las instalaciones como es debido. Desde hoy la casa es tuya, así que puedes hacer y deshacer lo que quieras. Si algo no te gusta puedes cambiarlo, lo principal es que te sientas cómoda. También hay un establo, hectáreas de terreno y jardines donde puedes disfrutar del aire libre –tragué saliva y seguí escuchándole con incredulidad–. Pero este sótano es mi espacio. Es exclusivamente mío. Aquí trabajo, atiendo negocios y realizo mis hobbies –señaló hacia atrás con la mano para que reparara en un caballete con un lienzo en blanco, tras este, decenas de cuadros pintados y amontonados que no podía distinguir desde la posición en la que me encontraba–, así que te agradecería que no bajaras aquí, y menos sin anunciarte previamente. No me gustan las sorpresas ni que intenten invadir mi espacio personal, ¿ha quedado claro?

Me obligué a coger aire ya que inconscientemente llevaba un tiempo aguantando la respiración.

—Es decir –intervine ordenando mis pensamientos–, yo dispongo de toda la casa y tú únicamente de esto –señalé con la mano el sótano. ¿Es eso?

Esta vez sí escuché con nitidez una tímida sonrisa.

—Diana –era la primera vez que decía mi nombre y un escalofrío recorrió mi espalda–, obviamente yo no estoy dentro de estas cuatro paredes las veinticuatro horas del día. Mi dormitorio está en la planta superior y me gusta disfrutar de mis lujos, únicamente digo que esta área de la casa en particular es solo mía y no debes entrar a menos que sea estrictamente necesario.

—Vaya –dije cruzándome de brazos un tanto molesta–, ¿hay alguna restricción más, señor Walter? –pregunté sarcástica.

—Mmmm… En realidad, no. –No sabría decir si sus últimas palabras encerraban cierto recochineo o no– ¿Alguna pregunta más?

No podía creer que existiera tanta insensibilidad alojada en un cuerpo humano. Apenas acababa de llegar y él no solo se negaba a recibirme como es debido, además, me imponía las normas y restricciones que tenía en la casa.

Chasqueé la lengua con fastidio, conmocionada por el giro inesperado que había dado nuestro primer encuentro. Cuando conseguí recomponerme y salir de mi estupor le contesté:

—Ya que lo dices, sí, tengo unas cuantas cientos de miles de preguntas.

—Pues será mejor que no las hagas todas de una vez –contestó risueño–, tenemos veinticinco años por delante y hay que racionarlas.

Al recordar el contrato que firmamos se esfumó todo atisbo sarcástico de mi rostro. No me podía creer que alguien en su sano juicio recurriera a ese tipo de acuerdos con una persona a la que no conocía. Habían muchos misterios y mi mente no daba tregua, sentía la imperiosa necesidad de formular todas las preguntas que me inquietaban de una vez, aunque me obligué a serenarme y encontrar una vía de conversación más segura.

—¿Qué pasa con mi familia? –pregunté con un ápice de temblor en la voz.

—He cumplido con mi parte del trato. Mira ahí –dijo señalando la mesa de su despacho. Me dirigí hacia ella con cautela y reparé en unos sobres cerrados de color blanco–, ahí están los recibos de los pagos efectuados. La casa vuelve a estar a nombre de tu padre y tu hermano no deberá preocuparse por las deudas, están saldadas en su totalidad. Además, te gustará saber que he contratado al doctor Víctor Moliner, es el mejor fisioterapeuta de España y se ocupará de la rehabilitación de tu hermano personalmente. Al parecer ha hecho un pronóstico favorable de su caso, aunque le queda un largo camino por delante para recobrar la movilidad de las piernas.

—Vaya… –parpadeé aturdida– no sé qué decir… gracias –estaba al borde del llanto, recordar a mi familia me había puesto sensible de repente–. ¿Podré verlos alguna vez? –pregunté con los ojos abnegados en lágrimas.

—No pondré objeción alguna siempre que sea algo justificado y planificado con tiempo. Pero ahora acabas de llegar –me recordó sereno–, y deberías centrarte en otras cosas, como en familiarizarte con tu nuevo hogar.

—Sí, claro… –tragué saliva. A parte del fino nexo de unión con mi familia, no había nada más que esa persona y yo tuviéramos en común.

—Una última cosa –intervino obligándome a alzar el rostro de nuevo.

Esperaba que se disculpara por haberse comportado como un auténtico capullo, por haberme cohibido con sus restricciones, o tal vez que pusiera un motivo a su poca transparencia, era lo mínimo que podía hacer por intentar reconfortarme.

—Como ves aún no tienes anillo de casada–miré tímidamente mis manos–, no quería regalarte uno sin saber cuáles eran tus gustos o preferencias, así que cuando quieras, ve al centro y compra el que más te guste. No te preocupes por el precio, estaré encantado de pagarlo sea el que sea.

Mi mandíbula se descolgó por la incredulidad, ¿cómo diablos podía ser tan insensible con algo tan delicado? Debía tratarse de una broma de mal gusto, pero me quedé cortada, desubicada por su falta de tacto y no supe cómo reaccionar.

—De acuerdo –contesté en un susurro sin salir de mi asombro.

—Ahora, si no hay nada más, deberías ir a descansar –zanjó de repente–. Has hecho un viaje muy largo.

Y de esa forma dio por concluida nuestra primera charla, parecía que quería deshacerse de mí cuanto antes.

Asentí con la cabeza y di media vuelta para dejarle a solas. No quise añadir nada más, ahora tenía nuevas cosas en las que pensar, nada se había resuelto en ese sinsentido.

En cuanto salí de la zona privada de Edgar, encontré a María esperándome en el vestíbulo. Nada más verme aparecer se aproximó a mí y no dudó en retirar el pelo de mi cara en un gesto maternal.

—¿Cómo ha ido? –preguntó con prudencia y esa pregunta, justo en ese momento de debilidad, me hizo desatar un llanto descontrolado.

No pude articular palabra. Sus manos me acunaron intentando tranquilizarme, pero nada de lo que hacía me ofrecía consuelo. No fui capaz de aguantar toda la tensión acumulada y me dejé ir de la peor manera posible. Poco a poco María fue acompañándome a mi habitación y me ayudó a desvestirme para meterme en la cama entre palabras de consuelo. No hablamos de lo que había ocurrido, ni siquiera me atreví a mirar el nuevo espacio que me rodeaba, solo podía llorar, y así lo hice hasta acabar vencida por el más profundo de los sueños.

 

Explorando

 

 

–Buenos días, niña –escuché el danzar de María por la habitación y cómo descorría las cortinas con energía. Las anillas ejercieron un chirrido estridente sobre la barra metálica.

—María, por favor, no me apetece levantarme. Si no te importa me gustaría quedarme aquí un par de días para aclarar las ideas y…

—¿Pretendes pasar todo el día en la cama? ¿Es eso lo que intentas decirme? –preguntó poniendo los brazos en jarras.

Arqueé las cejas. No iba desencaminada, estar en la cama me relajaba más que cualquier otra cosa.

—Esa es la idea –confirmé ahogando la voz contra la almohada, esperando a que se diera por aludida y me dejara a solas de nuevo.

Sentí cómo María se aproximó a mí deteniéndose justo al lado de mi cama.

—¿Sabes? hoy hace un hermoso día, para variar, y por si no lo sabes, no abundan los días así por aquí. La última vez pasó un mes entero lloviendo y fue desolador. Yo de ti no perdería el tiempo entre estas sábanas y saldría a explorar.

Bufé, cansada. Al parecer no iba a respetar mi voluntad.

— ¿Y qué más da? Después de todo, tengo autorización para hacer lo que quiera en la casa –alegué sarcástica, recordando la conversación que mantuve con Edgar el día anterior.

María chasqueó la lengua y se sentó en el borde de la cama.

—Edgar me ha dado instrucciones precisas y bajo ningún concepto quiere que estés un día entero encerrada en la habitación, así que… –hizo ademán de querer destaparme pero yo me agarré más fuerte a las sábanas frustrando su maniobra.

—Pues ahora tengo todavía más ganas de quedarme aquí –remugué molesta –¿Quién se cree que es para decidir lo que debo hacer en todo momento?

María puso los ojos en blanco.

—¡Vamos! Es por tu bien, créeme –me animó, y esta vez sí retiró la colcha de un estirón, dejándome desprotegida– Yo te ayudaré a peinarte, vestirte… –dio una palmadita de entusiasmo que me hizo dar un bote en la cama– Me hace mucha ilusión encargarme de esas cosas, siempre he querido tener una hija, pero por lo que se ve mi destino no era el de criar hijos propios, en fin –suspiró–, las cosas vienen como vienen, no hay que darle más vueltas… –pasó las manos por delante para restarle importancia a ese hecho.

Suspiré y decidí concederle la victoria levantándome de la cama. Al fin y al cabo era demasiado curiosa como para quedarme un día entero encerrada en la misma habitación.

—¿Dónde hay un baño? –Pregunté ligeramente aturdida, frotándome los ojos para desperezarme.

—Es esa puerta de ahí –señaló la que estaba a mi izquierda.

Miré hacia la puerta que había en el lado opuesto a la que me había indicado.

—¿Y la otra puerta? –dije indicando la de la derecha.

—Es la habitación de Edgar.

Empalidecí.

—¡¿Cómo?! ¿Duerme ahí? –comenté absorta, señalándola.

—Sí, claro –rió de mi reacción.

Me obligué a cerrar la boca.

—¿Y ahora está…?

—Oh, ¡No! –sonrió con indulgencia– Él se levanta muy temprano para hacer ejercicio, luego, trabaja en su despacho casi todo el día. Casi no te cruzarás con él.

Me mordí el labio inferior, y decidida, puse los pies descalzos sobre la superficie de parqué. Mientras María no miraba me dirigí con sigilo hacia la puerta de la habitación contigua. Intenté girar el pomo varias veces pero este parecía estar bloqueado.

—No te molestes, Edgar siempre cierra con llave, únicamente la sirvienta y yo podemos abrir.

—¿Por qué cierra su habitación, qué guarda ahí?

—Bueno, –se encogió de hombros– supongo que ya habrás observado que es muy reservado y más cuando se trata de sus cosas –seguidamente señaló hacia la puerta del servicio–. Ahora voy a prepararte un buen baño, ¿qué me dices?, te hará sentir como nueva.

María se encaminó canturreando hacia el cuarto de baño sin esperar respuesta y empezó a llenar la bañera. Era una mujer extraña, demasiado vital por la mañana para mi gusto. Seguidamente bufé y analicé fríamente la situación: estaba en una casa extraña, en un lugar remoto con un hombre con el que apenas me cruzaría. María parecía ser la única vía de escape de la que disponía, así que haría lo posible para que nos lleváramos bien.

Seguidamente me dirigí hacia el armario que abarcaba toda la superficie de la pared principal, curiosa por saber qué encontraría. Abrí todas sus puertas y cajones. Estaba lleno de ropa de mujer, ropa interior que tenía pinta de ser muy cara, pijamas, bolsos, joyas… pero nada de lo que había ahí era mío, eran las pertenencias de otra persona.

—¿Y mis cosas? ¿Dónde está mi ropa? –grité para que pudiera oírme desde el baño.

—Lo que hay en el armario es tuyo ahora, Edgar lo compró para ti. Dijo que debías empezar a vestir como una mujer.

Empalidecí, ¿era una broma?

—¡Quiero mis cosas! –grité desesperada– ¿Y mis vaqueros, mis zapatillas y mis camisetas de rock? ¿Se ha deshecho de todo? –pregunté escandalizada.

María reapareció en la habitación con semblante serio.

—Si no te gusta lo que hay en tu armario dijo que podías ir a comprar lo que quisieras, claro que él deberá aprobar tu vestimenta de ahora en adelante.

Desvió rápidamente su mirada para no encontrarse con la ira de la mía.

—¡Pero qué coño…! –bramé alterada.

No me lo podía creer. Sabía que era un hombre dominante, acostumbrado a mandar, pero tenía claro que no le dejaría aplicar sobre mí la influencia de su poder, ¡hasta ahí podíamos llegar!

—Lamento que estés disgustada –intentó sosegar María, pero yo ya estaba que echaba chispas.

—¡Muchísimo! –corroboré cerrando un cajón de un sonoro puntapié–¡Pienso ir a hablar ahora mismo con ese cabeza de alcornoque! ¡Ayer me cogió con la guardia baja pero hoy ya sé con qué clase de persona debo lidiar y voy a dejarle las cosas claras! ¡¿Quién se cree que es para decirme cómo debo vestir?! ¡Y una mierda! Se va a enterar el muy…

Abrí la puerta de la habitación de un brusco estirón, dispuesta a recorrer centímetro a centímetro la casa hasta encontrar su despacho, pero no llegué a salir, María corrió para detenerme antes de que pudiera cumplir mi amenaza.

—¡Por favor! –dijo jadeando por el esfuerzo–, dale una oportunidad a esta ropa, la han elaborado los mejores diseñadores y estoy segura de que te sentará bien…

—¡Me da igual quién haya diseñado esa ropa! ¡Quiero la mía! –protesté–. Me siento más cómoda vistiendo de «mercadillo» –entrecomillé la palabra con los dedos–y si no le gusta, se aguanta. Siempre puede divorciarse de mí y casarse con una de esas modelos de revista capaces de embutirse en vestidos ajustados y calzarse tacones de cuarenta centímetros.

—Diana, cálmate –me sosegó con una sonrisa afectada–, solo es ropa, nada más.

Cogí aire y volví a cerrar la puerta, pero estaba más seria de lo habitual. Ese incidente era un pequeño detalle de lo que ese hombre pretendía hacer conmigo: cambiarme, convertirme en una mujer que no era. Otra diferencia más que nos separaba, porque si eso era lo que realmente le gustaba, una mujer florero para lucir colecciones de altas firmas, ¿por qué ese interés por casarse con alguien como yo? Una mujer mucho más joven, moderna y práctica que es feliz escuchando música pop y vistiendo vaqueros desgastados con zapatillas deportivas. Seguía sin entender todo lo que estaba pasando.

Tras el baño, que me di únicamente por complacer a María, me envolví en la toalla y caminé hacia la habitación con el ceño fruncido, incapaz de ocultar mi cabreo. María se puso en pie nada más verme reaparecer y me cogió de la mano para conducirme hacia el armario.

—Dale una oportunidad a esta ropa, si miras bien tal vez encuentres algo que te guste de verdad –dijo tras una tensa sonrisa señalándome la ropa extravagante que colgaba de las perchas.

Emití un gemido de angustia.

—No se trata de si esta ropa me gusta o no, se trata de que me ha arrebatado parte de mi identidad, la capacidad de decidir, de expresar mi personalidad a partir de algo tan cotidiano como la ropa. Nadie tiene derecho a decidir por mí, ¿es que no lo ves?

María frunció los labios y asintió mi argumento, vi en sus ojos un ápice de remordimiento.

—Entiendo perfectamente que lo veas así y opino que deberías hacer algo al respecto.

Fruncí el ceño sin dejar de mirarla.

—Algo como qué.

Se encogió de hombros.

—Con Edgar nunca conseguirás nada por las malas. Ir a su despacho y decirle a los cuatro vientos lo poco considerado que es por obligarte a desprenderte de tus cosas, no servirá de nada.

—¿Entonces?

—Debes ser más astuta, hacerle ver cómo te sientes.

Bufé resignándome.

—El problema es que es un hombre que intimida, solo he tenido un encuentro con él y ya me he dado cuenta que el diálogo no es precisamente su fuerte.

Rió y me retiró el pelo acomodándolo tras la espalda.

—¿Has oído hablar de Swami Vivekananda?

—¿Quién?

—Fue un pensador hindú, hay un libro con muchas de sus frases, una de ellas decía que no debes dejar que nada te intimide, aunque estés exhalando tu último aliento, no debes tener miedo. Continúa con el valor de un león, pero, al mismo tiempo, con la ternura de una flor. Ese es el secreto del éxito.

—¿El valor de un león y la ternura de una flor?

—Exacto –asintió satisfecha.

Achiné los ojos, evaluando su argumento.

—Y ahora –continuó señalando hacia el armario–, deberías escoger algo qué ponerte.

—Francamente, me da igual. Nada de eso va conmigo.

—¿Qué te parece este de aquí? –descolgó un vestido burdeos, con la falda en tubo hasta las rodillas y puse los ojos en blanco, rindiéndome.

«¿Servirían de algo mis protestas?»

La ama de llaves disfrutó conmigo esa mañana, me ayudó a vestirme, me secó el pelo y me maquilló un poco mientras hablaba de temas sin relevancia. Yo no hacía más que pensar en el incidente de la ropa; esta vez el snob estirado con el que me había casado había ganado el primer asalto, pero me juré una y mil veces que eso no quedaría así, encontraría mis cosas aunque tuviera que poner la casa entera paras arriba, y le dejaría bien claro que conmigo no puede jugar a las casitas de muñecas. No me va tanta parafernalia, tanta esteticidad y debía hacer un esfuerzo por intentar conocerme y aceptarme tal y como era si pretendía pasar los próximos años a mi lado. Podía intentar reunir el valor de un león y la ternura de una flor para hacérselo saber, pero fuese cual fuese el método, el mensaje sería el mismo.

—Eres mucho más guapa de lo que había imaginado –dijo cepillándome mi larga cabellera que caía hasta media espalda como una cascada de oro líquido. Como si no fuera más que una muñequita de porcelana, permanecí lívida, dejándome hacer–, quiero decir, –rectificó con rapidez– sabía que eras hermosa, por supuesto, pero jamás imaginé que tanto. Y esos ojos…

—Tengo heterocromía –intervine desviando la mirada al suelo–, un defecto de nacimiento.

—¡De eso nada! No es un defecto –me corrigió alzándome el rostro–, es algo… único. Nunca había visto una chica con un ojo verde y otro azul, es algo tan distinto…

Me encogí de hombros.

—Se ve raro. Ya estoy acostumbrada, pero la gente que me ve por primera vez… en fin, desconcierta bastante.

—Y esa piel tan blanquita y suave –continuó acariciando mis hombros con delicadeza–, por no hablar de tu sonrisa… –concluyó sonriendo frente al espejo– eres muy, muy guapa, Diana. Pareces un ángel.

Sonreí por lo bajo. No era la primera vez que alguien hacía alusión a mi físico del mismo modo, pero eran halagos a los que no prestaba demasiada atención. Jamás he podido verme con los mismos ojos con los que me veían los demás, desde la adolescencia arrastraba pequeños complejos, como casi todas las chicas de mi edad. Tampoco había tenido tiempo de mirarme con detenimiento y descubrir la mujer en la que me había convertido, los problemas familiares empezaron a amontonarse y no pude centrarme en nada más, dejando mi vida interrumpida. Se podía decir que durante los últimos años me había olvidado de mí misma, por ello esa mañana, mientras María me peinaba y enumeraba mis cualidades, miraba atentamente al espejo pensando que la que había reflejada era otra persona, pues esa chica de apariencia dulce y delicada no se parecía en nada al concepto de mujer guerrera que tenía de mí misma.

—Bueno, ahora vamos a desayunar y luego te enseñaré el resto de la casa –dijo cogiéndome cariñosamente de la mano–. ¡Vamos! –me animó– Te va a encantar.

 

Francamente la casa era una pasada.

Recorrí el comedor con la mirada, fijándome en la sobriedad de la decoración minimalista. Para mi gusto todo era excesivamente frío. El sofá de cuero blanco en forma de media luna no tenía pinta de ser cómodo, ni siquiera había cojines que ofrecieran cierta calidez. Por no hablar de los pesados adornos de acero que estaban sobre los muebles, figuras abstractas en color plata o negro que intentaban romper con el impoluto blanco que reinaba en el lugar.

Me fijé también en que no había nada personal en aquella casa, ni siquiera fotos suyas y de amigos. En definitiva, no había nada que indicara que Edgar mantenía lazos afectivos con otro ser humano.

El resto de la vivienda era igual de impresionante. Entré en decenas de habitaciones, cada una decorada con un estilo diferente. Otra particularidad que denotaba la antigüedad de la vivienda, era que cada dormitorio disponía de una chimenea de mármol blanco con figuras mitológicas talladas a ambos lados. Parecía de la época clásica, pero combinadas con la modernidad del espacio, daba una visión señorial al conjunto.

Tampoco podía despegar la vista de los altos techos, las cornisas de yeso repujadas, algunas con incrustaciones doradas. En contra punto estaba el suelo de mármol gris en el que apenas se apreciaban las juntas de las piezas, tan brillante que podía verme reflejada en él mientras caminaba. Un suelo frío y sin personalidad, muy diferente al cálido parqué de los dormitorios.

En ese momento supe que jamás podría sentirme cómoda en aquél lugar. Por muy acondicionada que estuviera la casa, jamás la identificaría como propia.

Recorrí cada centímetro del espacio en silencio, analizando cada detalle por si me revelaba más información sobre su propietario, pero pronto empecé a intuir que como mucho descubriría el estilo del diseñador. Seguramente Edgar había tenido poco que ver en todo aquello, si quería conocerle realmente, saber más cosas íntimas de él, únicamente las encontraría en su despacho, donde me había vetado la entrada.

Emití un suspiro cuando me detuve frente a la puerta que daba acceso a las escaleras que llevaban al sótano.

«No sé cuándo ni cómo, pero algún día bajaré e invadiré «tu espacio»».

 

Continuará…

Comentarios

  1. Mabel

    14 diciembre, 2018

    Muy buena historia. Un abrazo Annabel y mi voto desde Andalucía

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