El contrato (tercera entrega)

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Matar el aburrimiento

 

 

Ya había pasado un día.

Miré a mi alrededor abstraída; esto era peor que una cárcel. Todo permanecía en silencio, en apacible armonía. Los minutos se sucedían con extrema lentitud, era consciente de su sucesión por el fino tic-tac de un reloj de pared situado en el extremo más alejado de la habitación; si esto era lo que me esperaba a partir de ahora, debía buscar algo que me ayudara a combatir el aburrimiento.

Dentro de las tareas pendientes, estaba la de asegurarme de que mi familia se encontraba bien, así que aproveché la aburrida mañana para llamar a casa.

Ya habían trasladado a Marcos desde el hospital y disponía de una enfermera las veinticuatro horas. Edgar lo había organizado todo para que la casa dispusiera de lo necesario para su recuperación.

En cuanto escuché su débil voz al otro lado del teléfono, las lágrimas empezaron a agolparse en el lagrimal.

—Estoy mejor, Diana, no te preocupes por mí.

—Pero ¿y tus piernas? ¿Cómo vas con los ejercicios?

Se oyó un suspiro.

—No sé si podré volver a caminar. Tengo varias vértebras machacadas y… en fin, supongo que después de todo he tenido mucha suerte.

—¿Esos indeseables han vuelto a molestarte?

—No. Lo cierto es que parece como si se hubiesen olvidado de mí por completo.

—Eso es bueno –constaté.

—Pero ¿qué hay de ti? Tú eres la que realmente me preocupa, ¿cuándo volverás?

Desvié la mirada al suelo. Era incapaz de ofrecer una respuesta a su pregunta.

—No lo sé, Marcos. Todo es complicado ahora.

—¡Joder, Diana! –le escuché gimotear– Necesito que estemos unidos, esto es una puta pesadilla y no únicamente por lo que me ha pasado a mí, papá es un completo extraño, prácticamente no me reconoce.

El llanto siguió sucediéndose, era incapaz de refrenar las lágrimas que corrían rápidas por mi mejilla.

—Dame tiempo, Marcos.

—Me siento tan mal… tú no deberías estar con ese… –escupió las palabras como si fueran veneno–, ¡odio a ese tío, maldita sea! Todo ha sido por mi culpa y ahora no sé cómo arreglarlo.

Marcos empezó a llorar, y ser testigo de su vulnerabilidad acabó por romperme el corazón.

—¿Qué te ha hecho, Diana? –continuó con la voz engolada– ¿Te ha puesto una mano encima?

—¡¿Qué?! ¡No! –exclamé elevando la voz– casi no lo he visto, prácticamente tengo la casa para mí sola.

Suspiró, abatido.

—Si te hace algo no me lo perdonaré en la vida –bufó frustrado–. No deberías haberte involucrado en esto, ¿por qué lo has hecho? Esto no está bien, nada lo está. ¡Míranos! Nuestras vidas se han ido a la mierda.

—Marcos, para –intervine para calmarle–. Sabes que no teníamos opciones –susurré.

—Aun así, sacrificarte por nosotros ha sido una completa estupidez.

—Yo no lo creo –protesté, defendiéndome–, de hecho volvería a hacerlo, después de todo no ha salido tan mal.

Escuché como Marcos volvía a llorar y eso acabó por desmoronar mi poca entereza. Poco después, el teléfono se lo arrebató otra persona, seguramente su enfermera, y concluyó la conversación conmigo:

—Lo siento, Marcos necesita más tiempo para encontrarse bien. Recuerda que no únicamente acaba de salir de una delicada operación y está sometiéndose a duros ejercicios de rehabilitación, además estamos en pleno proceso de desintoxicación, por eso tiene tantos altibajos.

—Entiendo… –acepté enjugándome las lágrimas.

—Estaría bien que la próxima llamada la hiciéramos nosotros, cuando pase un tiempo y Marcos reaccione mejor al tratamiento. Estas cosas cuestan un poco, ya sabe…

Suspiré y tragué saliva. Esa mujer tenía razón, todo conllevaba un proceso y debía respetar los tiempos.

—De acuerdo –cedí–. En cuanto esté preparado para hablar conmigo, que me llame. Yo lo haré únicamente para que me informéis de su evolución.

—Muchas gracias por entenderlo, estamos en contacto, Diana.

Me despedí y colgué el teléfono. La sensación de vacío que recorrió mi cuerpo en ese momento fue indescriptible. Cogí aire e intenté por todos los medios animarme, pensar que había hecho todo lo que estaba en mi mano para que las aguas volvieran a su cauce, y lo había conseguido, aunque Marcos era incapaz de verlo todavía.

Para sentirme mejor llamé a la única persona que sabía que podía hacerme sonreír en un momento de debilidad como en el que estaba inmersa.

—¡Emma! ¿Cómo te encuentras?

—Menos mal que me llamas, ya estaba empezando a ponerme nerviosa. Estoy bien, pero dime, ¿cómo es? ¿Cómo va todo por ahí?

Emití un suspiro y me senté en una de las butacas del comedor.

—No te lo vas a creer, estoy viviendo en una casa enorme. Tiene cientos de habitaciones, hay hasta un gimnasio, más bien parece un palacio.

—Alucinante. ¿Y ese Edgar? ¿Te trata bien?

Hice una mueca, me costaba encontrar las palabras apropiadas para hablar de él, teniendo en cuenta que seguíamos siendo dos extraños compartiendo techo.

—Pues… Solo le vi el día de mi llegada, bueno, vi solo una parte de él, había poca luz y estábamos lejos.

—¡¿Qué diantres significa eso?! ¿Es guapo o no?

Hice una pausa.

—No lo sé, es… no sé, normal, supongo. Tiene una voz intimidante y parece tan seguro… acojona un poco, la verdad.

—¿Estás a gusto? –me pareció intuir cierta preocupación en su pregunta.

—Digamos que no estoy mal –reconocí–. Lo único que no me gusta es que ha escondido toda mi ropa. Mi armario está lleno de vestidos, faldas, zapatos y esas memeces…

Soltó una fuerte risotada que casi consiguió contagiarme.

—Sí, dicho así suena muy cruel –reconoció irónica–, ha cambiado tu ropa vieja por vestidos pijos.

Volvió a reír.

—Sabes a lo que me refiero, no me siento cómoda con todo esto, echo de menos mis cosas…

—Bueno, pues pídele amablemente que te las devuelva. De todas formas estás casada con un multimillonario, es natural que quiera que vistas con algo más de clase. Seguro que te queda fenomenal esa ropa.

Negué con la cabeza.

—En cualquier caso, las cosas no van a quedar así, ya me conoces.

Su risa sonó todavía más fuerte.

—¿Entonces vas a ser condenadamente exasperante?

Volvimos a reír.

—¿Así soy? –pregunté sin dejar de reír– Pero ya que lo dices, sí. Eso es justo lo que pienso hacer–asentí con convicción–, una cosa es que esté obligada a vivir aquí y otra es que tenga que hacerlo a su manera, ¿no? Pienso poner los puntos sobre las íes a ese snob estirado, aunque eso signifique ser condenadamente exasperante.

Emma soltó una carcajada y juntas seguimos hablando durante horas. Para ser sincera no quería acabar con la conversación, pero ella tuvo que interrumpirme diciendo que tenía que ir a la facultad. En poco tiempo había olvidado lo que era eso, sentirse joven, estudiar y pensar en banalidades como en las discotecas a las que iríamos el fin de semana, se podría decir que mi juventud se detuvo en el momento en el que me casé con Edgar, ahora debía empezar a actuar de otra manera, ¡por el amor de Dios, estaba casada! Y eso implicaba centrarme en cosas que me venían grandes. O puede que hubiese perdido mi juventud mucho antes, justo en el momento en el que todo mi mundo se volvió del revés, en cualquier caso, ya no había vuelta atrás.

 

Durante los días siguientes deambulé por la casa como un espectro, a esas alturas empezaba a conocerme cada rincón de memoria. Entraba en una habitación y acariciaba los muebles, me sentaba sobre las mullidas alfombras blancas, abría y cerraba cajones… nada despertaba mi interés, estaba aburriéndome como una ostra sin saber qué hacer.

Me quité los zapatos y caminé por los jardines sintiendo el fresco césped recién cortado bajo mis pies. Corrí por el prado, admiré las flores, canté las canciones de moda a vivo pulmón porque sabía que nadie podía escucharme y visité las cuadras.

Los establos estaban muy limpios y los caballos eran magníficos ejemplares, de eso no me cabía ninguna duda. Seguramente algún día aprendería a montar como una amazona, por ahora no era una prioridad, me daba miedo poner mi seguridad a lomos de un animal tan grande.

Otro punto a tener en cuenta era que el campo, la naturaleza en general, me gustaba en momentos muy puntuales. Lo mío seguían siendo las ciudades, los centros comerciales, los conciertos, las cafeterías, pubs… ¡Era de otra generación, maldita sea! No me iba nada la vida sosegada y tranquila que me ofrecía ese hombre anclado en una época anterior; nada, absolutamente nada estaba hecho para mí.

 

Tras los días se acumularon las semanas y todo seguía igual, entre comida y comida iba a curiosear por la casa, salía al jardín, jugaba a probarme ropa pija frente al espejo, hablando con acento francés y arqueando las cejas al máximo mientras descendía sutilmente los párpados mirando por encima del hombro, e incluso me atrevía a improvisar el mítico Sigle Ladies de Beyoncé con la música a todo volumen para luego acabar riendo como una loca de mi patetismo. Debía admitir que carecía de dotes artísticas y que la soledad me estaba haciendo perder la cabeza.

También disponía de todo el tiempo del mundo para ponerme al día en redes sociales, pero nada me saciaba y continuaba aburriéndome, con frecuencia me sentía enormemente sola en esa casa enorme tan llena de gente y vacía a la vez.

 

Esa mañana de sábado, tras despertarme y dejar que María me peinara y preparara el desayuno como solía hacer, decidí hacer algo diferente para variar y pedí un taxi. Quería ir a conocer la ciudad. Sentía el enorme impulso de fotografiar los pequeños detalles que formaban parte de una ciudad en movimiento, como la gente distraída al hacer sus compras, la fruta exquisitamente expuesta en los aparadores de las fruterías, los letreros con nombres extraños de los comercios… Siempre me gustó la fotografía, pasarme horas mirando a través del objetivo hasta captar la imagen perfecta.

Es curioso que tenga que hacer eso sola, siempre pensé que Edgar me llevaría a cenar, tal vez al cine, me sacaría de esos sólidos muros de piedra para empezar a hacer cosas juntos. Nada más lejos de la realidad, ya que solo le vi el día de mi llegada hace más de una semana y desde entonces, era como si viviera sola en una mansión abandonada.

Caminé por los jardines asegurándome de no ser vista hasta llegar a la verja de entrada, y por primera vez desde mi llegada, salí al exterior.

No me resultó difícil huir, pero tan pronto puse un pie fuera de la finca, me invadió un sentimiento extraño, tenía la sensación de estar haciendo algo malo o ilegal y eso me ponía muy nerviosa. No hacía más que mirar a mi alrededor como si estuviera fugándome de una cárcel de máxima seguridad y en cualquier momento pudiera ser descubierta por un ejército de policías.

«Tranquila, Diana, nadie se dará cuenta de tu ausencia, todo el mundo está muy ocupado trabajando en la casa y además, no estás haciendo nada malo, solo es una inocente escapadita.

Intenté avanzar con la cabeza bien alta hasta llegar al coche, pero sin querer di un traspié que me obligó a agarrarme a un árbol cercano por temor a caerme.

«¡Malditos zapatos de mierda!»

Entré en el vehículo y estiré el vestido blanco con pequeños motivos florales en verde que había elegido para la ocasión. Llevaba una rebeca a juego de color verde oliva y unos zapatos de tacón de aguja que eran los más incómodos del mundo. Suspiré resignada, aferrándome a mi antigua cámara de fotos como si ella pudiera proporcionarme la seguridad que me faltaba, y di las instrucciones al chófer para que me llevara a conocer el centro neurálgico de la ciudad.

 

Edimburgo era la segunda ciudad más grande de Escocia después de Glasgow, ubicada en la costa este, a orillas del fioro del rio Forth.

Tardamos alrededor de hora y media en llegar, lo que me hizo pensar que la mansión de Edgar estaba bastante aislada, y puesto que se encontraba en mitad de de la nada, únicamente podía desplazarme en vehículo privado, ya que ni siquiera el transporte público llegaba tan lejos.

Pagué al chófer con el dinero que había conseguido ahorrar en España y había cambiado a libras antes de venir, no era mucho, pero el suficiente para no tener que pedir nada a mi reciente marido hasta encontrar algún trabajo que me permitiera disponer de un ingreso mínimo para mí. Odiaba tener que rendir cuentas a alguien y no pensaba pedirle permiso. Siempre he sido muy orgullosa, puede que tuviese orígenes humildes y necesidades, pero no por ello iba a convertirme en la mantenida de nadie.

Al entrar en la ciudad me di cuenta de que era un día húmedo, el aire aguado hacía presentir que todo a mi alrededor había sido envuelto por una ola horas antes, pero no por ello las calles estaban vacías. Distinguía a los turistas por sus grandes mochilas colgadas a la espalda, señalando aquí y allá con entusiasmo.

Una vez el coche finalizó su recorrido, me apeé de él y caminé insegura por la acera adoquinada, sosteniendo fuertemente la cámara contra mi pecho e intentando que los dichosos tacones no se hundieran entre las juntas de las piedras.

Una ráfaga de aire me sorprendió obligándome a sostener el vuelo de mi falda antes de que se levantara por completo.

«¿Cómo alguien puede vestir de este modo en una ciudad así? ¡Es imposible!»

Seguí avanzando, pese al envolvente color gris, podía distinguir una ciudad luminosa debido al alumbrado. Todos los colores estaban en perfecta sintonía y tras los altos picos de las casas y edificios, se extendían verdes montañas que rodeaban toda la ciudad.

Me recriminé el no haber imprimido un mapa o algo que me sirviera para orientarme por ahí, pero decidí seguir a la multitud, el turista me llevaría a los sitios más emblemáticos.

Caminé largo rato por calles peatonales, algunas estrechas, otras más amplias, hasta desembocar en la Old Town. Un barrio histórico que me dejó con la boca abierta al instante. Me arrodillé sin dar importancia a lo delicadas que eran las medias de seda y saqué una fotografía partiendo de los adoquines hacia arriba. Conseguí el ángulo perfecto, la media curva desde donde podía ver la calle prácticamente entera.

Enseguida me maravillé de los callejones angostos y sombríos, edificios de piedra y un robusto castillo vigilándolo todo desde la cima. Era sin ninguna duda uno de los lugares más hermosos que había visto en mi vida. Hice más fotografías, captando detalles al azar, incluso el callejón repleto de colores estridentes que contrastaba fuertemente con la sobriedad de los edificios. Algunas casas estaban pintadas de fucsia, azul eléctrico, verde lima, rojo… Carecía de vocabulario para describir tanta belleza.

Fotografié también los escaparates de algunos comercios que despertaron mi interés, incluso tuve tiempo de comprarme un refresco antes de continuar investigando.

Todo marchaba divinamente, no tenía ni idea de dónde me encontraba pero no importaba, cuando quisiera volver solo debía encontrar un taxi y darle la dirección de la casa de Edgar, en ese momento solo me concentraba en recorrer palmo a palmo las calles de una ciudad desconocida.

 

 

Persecución

 

Estaba siendo un día perfecto, ya había encontrado un par de tiendas de moda que vendían vaqueros y sudaderas anchas. Reconozco que estuve tentada a comprar algo cómodo para el día a día, pero me frenó el hecho de que tendría que ir cargada el resto de la tarde con bolsas.

Caminé a paso ligero, quería ir a ver el museo de los escritores que había un par de calles más arriba. Automáticamente miré el reloj de la muñeca para controlar el tiempo, no quería entretenerme mucho más, pero por otra parte, no tenía ninguna prisa por volver, todo cuanto veía era tan hermoso…

Tardé un rato en darme cuenta que había una sombra a mi lado. Un coche negroaminoró la marcha paracircular a mi paso sin importarle la impaciencia del resto de conductores, que hacían señas detrás de él para que aumentara la velocidad.

La ventanilla del conductor bajó lentamente y ahí descubrí la identidad de la persona que estaba siguiéndome.

«Joder…»

—¿Philip? ¿Qué coño estás haciendo aquí?

—Señora, por favor, suba al coche.

Detuve mi marcha para mirarle con incredulidad. Sus cejas pelirrojas prácticamente se juntaron en señal de súplica, pero me negaba a acatar esa orden; era mi día, el momento de hacer algo diferente, y ahora que por fin empezaba a divertirme, nada ni nadie me lo iba a estropear.

—Lo siento Philip, no me apetece, aún me queda mucho por ver.

El estridente bocinazo del claxon del vehículo de atrás, me hizo girar bruscamente la cabeza y no advertí que la ventanilla trasera del coche se había abierto en su totalidad, mostrando a otro ocupante.

—Diana, no seas terca y sube al coche.

Su voz firme y ecuánime me hizo dar un respingo. No imaginaba que él también estuviera ahí. Desde mi llegada era la segunda vez que lo veía. De repente la curiosidad por ponerle rostro de una vez por todas pudo más que mis ansias de exploración, y me cuadré decidida frente a la puerta, dispuesta a abrirla.

Edgar estaba sentado en el otro extremo, tras el asiento del copiloto situado a la izquierda.

«Jamás me acostumbraré a que los coches conduzcan en sentido contrario, es algo que siempre me desconcertará».

No bien cerré la puerta, el coche reanudó la marcha y se incorporó a la circulación en una avenida mucho más amplia. Solo cuando adquirimos una velocidad normal, me atreví a girarme y mirar por primera vez el rostro del hombre que estaba a mi lado.

Su porte era serio e intimidante, no se giró en ningún momento por lo que solo pude entretenerme en su perfil. Nada en el rostro de Edgar parecía fuera de lo normal. Su pelo lacio y peinado hacia un lado le dotaba de cierta clase, así como el traje negro que lucía, que bien podía ser el atuendo de un magnate de película. Desde esa distancia, y sin estar frente a frente, no pude poner color a sus ojos, pese a que parecían ser claros. Su nariz perfecta, recta y lisa, ni demasiado grande ni demasiado pequeña destacaba marcando una atractiva silueta masculina, al igual que sus labios carnosos y bien definidos. La barbilla cuadrada terminaba en una pronunciada honda que daba lugar a un largo y bien definido cuello. Todo, absolutamente todo en él reafirmaba su evidente atractivo, aun así, no conseguí que abandonara su actitud distante y torciera el rostros para mirarme.

—¿Por qué has venido a buscarme? ¿Es que a caso no puedo salir? –me atreví a preguntar rompiendo la quietud que había en el interior del coche.

—Nunca, jamás, salgas de casa sin Philip o algún otro de mis empleados. No consentiré que vayas sola por una ciudad que no conoces –dijo en tono relajado y mirando al frente, sin prestarme la más mínima atención.

Su comentario hizo que se me crisparan los nervios.

—No necesito a nadie para salir de casa, además, conocería esta maldita ciudad si hubieses tenido la decencia de enseñármela –le rebatí.

Edgar sonrió de medio lado y negó lentamente con la cabeza, haciéndome sentir como una niña pequeña que hablaba sin pensar.

—Tengo cosas que hacer, no puedo dejarlo todo sin más para dar un paseo cuando se te antoje.

Me crucé de brazos dolida por su actitud, seguía sin mirarme, y confieso que ese desprecio estaba empezando a desquiciarme.

—No entiendo qué es lo que quieres de mí exactamente, pero sea lo que sea no me vas a arrastrar contigo. Tengo edad suficiente para salir de casa sin escolta y vivir un poco, no pienso quedarme todo el día encerrada como tú.

—No te lo volveré a repetir, Diana, no vas a salir sola –Claudicó con voz relajada pero tajante, convencido de que jamás volvería a hacer algo similar, aunque tuviera que encargarse personalmente de ello–. En primer lugar porque ahora eres mi esposa, y te guste o no, eso te convierte en vulnerable. En segundo lugar, porque quiero estar tranquilo sin tener que preocuparme en si sabrás volver o te ha pasado algo.

—Así que ahora soy tu esposa –espeté irónica–, soy la esposa de un hombre que no conozco, que ni siquiera me mira cuando habla y me presta la más mínima atención.

—En eso te equivocas, sí te presto atención –replicó.

—¡Vamos Edgar! –me quejé dando una palmada en el asiento, pero ni con esas logré que me dedicara una fugaz mirada– ¿Qué te da miedo? Tienes lo que querías, estamos juntos y no entiendo por qué. No hablas conmigo, no intentas conocerme, ni siquiera me miras… No tienes ni idea de lo frustrante que resulta esto para mí. Nos hemos conocido de una forma extraña, hemos firmado un acuerdo, ahora estamos juntos en algo que me cuesta entender. Esperaba un poco más de transparencia y ayuda por tu parte.

Mi acompañante suspiró y frunció el ceño negando tímidamente con la cabeza. Sabía que era capaz de ponerse en mi lugar y entender mi argumento, pero ni siquiera eso le hizo reaccionar. Confieso que nunca me había encontrado con un hombre tan impenetrable, un hombre que era un iceberg incapaz de alterarse lo más mínimo por algo.

—No creo que sea momento de ser más transparente, y no te equivoques, no tengo miedo de nada, simplemente considero que necesitas más tiempo para digerir los cambios. Sé que eres joven y hay muchas cosas nuevas que asumir, así que te concedo tu espacio para que te acostumbres a lo que va a ser tu vida a partir de ahora.

Le miré perpleja.

—¿Pues sabes? –me cuadré molesta– No me conoces si piensas que necesito mi tiempo para digerir las situaciones, opino que lo mejor es que venga todo de una vez y aceptarlo desde el principio, no es necesario tantos preámbulos y rodeos.

—Oh, Diana, no sabes nada –sentenció con desdén, presionando fuertemente el puente de su nariz con los dedos.

Su reiterado desprecio no hizo más que hacer bullir el fuego en mi interior, casi no fui consciente de que Philip había entrado en la propiedad de Edgar y acababa de aparcar el vehículo. Con discreción, entregó las llaves a su jefe y nos dejó solos dentro del coche para que terminásemos de hablar.

—¡Pues dime lo que tengo que saber de una jodida vez! ¡¿A qué esperas, maldita sea?!

—Diana, por favor, odio que las mujeres digan palabrotas, lo considero una bajeza.

Pestañeé aturdida.

—¿He tocado una fibra sensible, Edgar? –pregunté con maldad.

—Ni te has acercado –respondió con dureza–. Pero te lo advierto, aborrezco la vulgaridad sobre manera.

Le miré estupefacta, pero al mismo tiempo me sentía valiente, con ganas de hablar, por lo que no pensaba dejar pasar esa oportunidad.

Edgar hizo ademán de abrir la puerta del coche, pero me apresuré a interrumpir sus intenciones.

—Espera –dije sujetando su brazo, era la primera vez que le tocaba y ese efímero contacto hizo que se detuviera en seco–, ¿qué tengo que saber?

Escuché un profundo suspiro de resignación, un indicio de que iba a revelarme algo importante después de todo.

—No me dejes así –insistí–, dímelo.

Entonces, al fin, se produjo el cambio.

Edgar se giró lentamente en mi dirección y por primera vez, pude verle con total claridad, sin nada que me lo impidiera.

El aliento se me congeló en el pecho y fui incapaz de articular palabra. Por fin había descubierto el motivo de su aislamiento, el porqué de tanto misterio, de tanta prudencia…

Se me había hecho un nudo en la garganta y tragué saliva, pero en ningún momento aparté la mirada de él. Seguí escrutándole con osadía.

Edgar también me observaba sin pestañear, claramente esperaba que dijera algo o que mostrara alguna reacción, pero todavía estaba en estado de shock, así que seguí concentrándome en la profundidad de sus ojos mientras él hacía lo mismo con los míos, estudiándolos a fondo y con gran intensidad, esperando hallar en ellos las palabras que se habían quedado atascadas en mi garganta.

El hombre atractivo, serio e intimidante que creía que tenía al lado, acababa de convertirse en un monstruo ante mí. Su cara estaba dividida en dos mitades, la parte izquierda de su rostro parecía haberse fundido, materializándose en un conjunto de arrugas y grietas sonrosadas, todo estaba desfigurado, a excepción de su nariz y sus labios que parecían intactos. Me centré en ese rostro quemado, con imborrables cicatrices que seguramente había intentado reconstruir una y otra vez sin éxito, y luego miré detenidamente el iris de sus ojos claros. El azul predominaba en ellos, pero no era un azul común, sobre todo el del ojo izquierdo, donde se había instalado un velo ahumado. Tuve dudas de que pudiera ver a través de él.

Ahora entendía por qué su cabello estaba estratégicamente peinado hacia el lado izquierdo, intentaba cubrir parte de las marcas que le daban ese aspecto atemorizante, repulsivo…

—No había planeado que te enteraras así, pero me has dejado pocas opciones –ladeó el rostro para encontrarse nuevamente con mi mirada perdida, era como si quisiera encontrar una fisura que le llevara directamente a mis pensamientos–. No eres la primera persona que me mira así, –admitió– sin embargo sigue molestándome.

Cogí una enorme bocanada de aire y emití un desganado suspiro que sonó como un gemido ahogado.

—Así que eso era lo que ocultabas, ¿no? –dije con los ojos abnegados en lágrimas y la voz engolada– Me engañaste para que firmara esos papeles sin conocerte porque sabías que sería la única forma en la que una chica podría casarse con alguien como tú.

Su frente se pobló de arrugas ante mi inesperada afirmación.

—¡¿Alguien como yo?! –prosiguió enervado, con rabia en la mirada –¿Y cómo soy yo?

—¡Un monstruo! –grité, y sin querer, las lágrimas empezaron a correr rápidas por mis mejillas.

—Eres una hipócrita, ¿lo sabías? –contestó con ira– ¿En serio te crees mejor que yo? Si mal no recuerdo nadie te ha presionado para que hicieras nada, accediste de propia voluntad y por tu propio interés. Si no llega a ser por mi ayuda te recuerdo que las deudas de tu hermano habrían acabado con él, con tu padre y todo su patrimonio. Posiblemente tú serías la esclava de una organización ilegal, serías el pago a esas deudas o peor aún, también hubieras sido una víctima más. Pero podías haber hecho muchas cosas, ¿verdad?, acudir a la policía, huir del país… aunque te fue más fácil aceptar la ayuda de un extraño que iba a pagar todas esas deudas sin hacer preguntas, a poner de su parte para mejorar la vida de tu familia y haceros libres, asegurándose de que jamás os faltaría de nada. Yo propuse y tú accediste, eso no me convierte en el malo de la película.

—¡Te aprovechaste de mi necesidad, de mi vulnerabilidad e incredulidad! –grité.

—No te equivoques, Diana, nunca dije que fuera una ONG, sabías que toda esa ayuda tenía un precio.

Negué con la cabeza, sintiendo un profundo asco hacia la persona que tenía enfrente.

—Nada te da derecho a aprovecharte de los sentimientos de las personas, a jugar con sus vidas.

—Siento que lo veas así, pero te recuerdo que nada te frenó y cogiste mi dinero sin dudarlo. Un notario imparcial te explicó las condiciones y aceptaste, así que el negocio lo hemos cerrado ambos.

Edgar dio la conversación por finalizada y abrió la puerta del coche de mala gana. Me quedé sola un rato, llorando en silencio, sintiéndome como una mierda. En el fondo de mi alma sabía que él tenía razón, que todo podía haber sido diferente, que podía haber actuado desde el ámbito legal, haber denunciado a mi hermano y hacer públicos los negocios que se traía entre manos, pero él también era culpable de los delitos que había cometido y borrar ese rastro y hacer que todo volviera a la normalidad era lo que más quería en ese momento. Se podría decir que Edgar apareció en el momento justo, cargado de dinero y de gente experta para frenar la situación, para salvarme literalmente la vida en más de un sentido, así que quién se aprovechó de eso fui yo. Claro que jamás imaginé que él sería así, tan… tan… No encontraba palabras que le calificaran.

Me tapé el rostro con ambas manos para seguir llorando, me sentía la mujer más desdichada del mundo ya que había tirado toda mi vida por la borda. No me arrepentía de haberlo hecho si con ello salvaba la de los que me importaban, pero sí me apenaba verme sola, sin más opciones que seguir aceptando las normas de un millonario excéntrico, alguien que sin saber cómo supo de mi situación y me tendió una mano recubierta de espinas.

Pasaron horas hasta que decidí salir del vehículo e ir hacia la casa. El cielo se había cubierto de estrellas y solo el alumbrado proveniente de la finca ofrecía cierta claridad. Me abracé con fuerza para impedir que el aire gélido me calara hasta los huesos. Mientras avanzaba con torpeza por el camino adoquinado, me sentí observada, y tímidamente elevé el rostro para mirar hacia la ventana de la segunda planta. Podía ver su sombra observándome desde la oscuridad de la habitación, siempre vigilada… No bien me centré en él, dejó caer la cortina para apartarse de mí; esta era mi vida ahora y no tenía más remedio que empezar a aceptarla.

 

 

Observada

 

—¡Oh, niña! –¿Por qué has tardado tanto en entrar en casa? ¡Estás congelada!

María me envolvió los hombres con una manta, frotando al mismo tiempo las manos por mis brazos para hacerme entrar en calor.

—Gracias –dije en apenas un susurro, mi rostro aún estaba tirante a causa de las lágrimas que había vertido horas antes.

—Te voy a preparar un chocolate caliente, ¿te apetece?

Hice una mueca negando con la cabeza al mismo tiempo. Solo me apetecía aislarme, dormir y a poder ser, no despertar jamás.

—¿No hay nada que pueda hacer para que te sientas mejor? —preguntó cuadrándose delante de mí y alzando mi rostro con una mano.

—En realidad… –empecé desviando la mirada– me sentiría mejor si tuviera algo mío, mi ropa, por ejemplo. Me apetece dormir con mi pijama hoy.

Alcé la mirada y me topé con los ojos tristes de María, parecía que era capaz de captar mi angustia, mi desubicación. Durante los últimos días había intentado adaptarme, todos sabían que había puesto de mi parte, pero había llegado un punto en el que solo podía recobrar las fuerzas con lo que me era familiar, y mi vieja y desgastada ropa era lo único que mínimamente podía levantarme el ánimo en un momento así.

María cerró los ojos y asintió sin decir nada. Cuando se giró para ir en busca de mis cosas, di media vuelta sobre mis talones y ascendí la escalera para esconderme en mi habitación.

No tardó en llegar con mi maleta a cuestas, parecerá una tontería, pero en ese momento me envolvió una sensación de alivio indescriptible. La abrí con decisión y rebusqué en su interior, la tela todavía estaba impregnada con el olor a suavizante que utilizaba en casa, e inevitablemente, los buenos recuerdos empezaron a arremolinarse en mi mente.

Es increíble cómo un simple aroma puede hacerte olvidar y despertar sensaciones que creías ya olvidadas.

Aquella noche me sentí más cómoda de lo que hubiera imaginado, pero en ningún momento el sueño me venció por completo, se podía decir que estaba relajada, pero no hallaba la paz necesaria para abandonarme a los brazos de Morfeo.

Transcurridas largas horas, escuché el leve chasquido del pomo de la habitación contigua al ser girado con extrema lentitud. Mi cuerpo se tornó rígido de repente y cerré rápidamente los ojos para simular que estaba dormida.

Podía advertir la presencia de Edgar cerca de mí, atravesándome la piel con su inquisitiva mirada. En un momento de declive noté como el colchón cedía bajo mi cuerpo y supe que se había sentado sobre este para estar aún más cerca de mí. En ese momento comprendí que debía estar aterrada, expectante ante su intrusión y reaccionar de algún modo, pero por otra parte, me encontraba tranquila, inalterable, algo me decía que no corría ningún peligro y por alguna razón, esta situación me resultaba vagamente familiar, era como si ésta no fuera la primera vez que Edgar traspasaba esa puerta para verme dormir, como si ya se hubiese sentado con anterioridad en ese mismo lugar de mi cama… hasta ahora confundía esas sensaciones con sueños, pero ahora no cabía ninguna duda de que se habían producido de verdad.

Edgar acarició con la yema de sus dedos mis mejillas, el contacto fue tan fugaz que apenas sentí un cosquilleo. Con dulzura me retiró el flequillo de la frente para despejar mi rostro y seguir observándome. Intenté no mostrar ninguna emoción y esperar paciente su siguiente movimiento.

Percibí como su dedo índice recorrió mi pómulo y descendió lentamente a la barbilla, donde presionó levemente antes de retirar su mano.

—Perfecta –susurró.

Entonces puso fin a su exploración y volvió a alzarse para desaparecer, dejando nuevas dudas en mi mente.

¿Por qué hacía eso? ¿Qué había de perfecto en mí? ¿Por qué me eligió a mí de entre todas las mujeres que podía tener a su alcance? Cada vez estaba más convencida de que nuestro encuentro no fue casual, y que de algún modo, él sabía de mi existencia incluso mucho antes de que en mi familia las cosas se torcieran. Tantos misterios, tantos interrogantes… No entendía por qué llegados a ese punto las cosas seguían siendo tan opacas, pero de algo estaba segura: aunque fuese lo último que hiciera, iba a descubrirlo.

 

 

Continuará…

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