Evelyn

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La perilla dorada se giró violentamente, ajetreada, como si se rehusara a dejar que la persona, o el monstruo, que se encontraba de pie tras aquella puerta, tuviera acceso a la casa. Evelyn contemplaba la fiera batalla entre el ser, cuya apariencia desconocía, y la perilla. Tras unos cuantos segundos, en los que la pequeña retuvo el aliento y empuñó las palmas al tiempo que se aferraba a su oso de peluche, se desenmascaró al contrincante de la puerta. Era su padre. Entró azotando a su añeja enemiga, escudriñó la alfombra de la sala de pigmentos rojizos y ornamentos dorados en las esquinas, donde descansaba su hija, creyó percibir el pavor en su mirada castaña. Él intentó tranquilizarla con palabras incompresibles, tanto por el efecto del alcohol como por el motivo de que Evelyn era sordomuda. 

—¡Ah, pero por todos los cielos!—gruñó el padre—¡Mi hija es sorda! ¡Y además muda! ¡Qué maravilla!

Soltó una risotada cáustica que irrumpió con la paz que antes transitaba por cada recoveco de la casa. Se oyeron pasos en la escalera, la madre venía bajando agitada y alebrestada.

—¡¿Qué demonios te pasa, Marcus?!—espetó—¡Tomaste otra vez!

Evelyn fue testigo de una nueva contienda acalorada entre sus progenitores. Se quedó muy quieta en su lugar, temerosa de ser participe de su riña. Cerró los ojos y en su mente, antes plegada de oscuridad, apareció un nubarrón rojizo que explotaba una y otra vez. Ella no percibía el mundo como el resto de la humanidad, no obstante, eso no significa que lo hiciera de una manera errónea. Al cerrar los ojos y deshacerse de las imágenes que la avasallaban diariamente, era capaz de ver colores, y dichos colores le indicaban lo que estaba sucediendo. El rojo era una clara alerta de peligro, casi siempre veía rojo cuando su padre andaba cerca, siempre malhumorado, hediondo a alcohol. La niña sintió que sus mejillas se humedecían. Otra vez estoy lloviendo, pensó. Y el nubarrón rojo intercaló su color carmesí con un tono turquesa. Por la escalera vio descender una figura iluminada por un haz de luz dorado, su hermano mayor, su salvador. Evelyn levantó los brazos para facilitarle el trabajo a Job, quien bajó apenas las oleadas iracundas de sus padres azotaron sus costas de indiferencia. Llegó hasta donde se encontraba su hermana y la cargó, besó su mejilla mientras le susurraba que todo estaría bien. Él sabía que ella no lo escuchaba, pero siempre que le besaba la mejilla y le bisbiseaba al oído aquellas palabras, sentía como el corazón de la niña cambiaba sus latido desbocados por un ritmo sosegado. Los brazos de Evelyn se aferraron a su cuello. Las almas de los hermanos subieron entrelazadas las escaleras. 

Llegaron a la fortaleza, su cuarto. Una vez ahí suspiraron, exponiendo su dolor en dos nubes de aire del interior, que se convirtieron en una sola al hacer contacto la una con la otra. Job le explicó con señas a su hermana que su padre estaba un poco desorientado y que su madre tuvo la necesidad de reñirlo. Evelyn no respondió, simplemente asintió, fingiendo que se tragaba la falacia que su hermano le inventó para suavizar el granizo que caía sobre ella cada vez que sus padres se enfrentaban.  

La pelea cesó minutos después, sólo entonces Job se levantó de la cama de su hermana, donde se aseguró de recostarla y arroparla, besó su sien y le dijo que la amaba en la lengua de señas que Evelyn comprendía. La niña sonrió, en su mente apareció un destello dorado, el mismo que siempre acompañaba a su maravilloso héroe. Devolvió la seña y se quedó dormida.

Despertó antes del amanecer, abandonó su lecho y salió por su ventana. Subió la escalera que daba acceso a la parte superior de la casa. Sus pies descalzos recibieron el impacto del frío apenas tuvieron contacto con el suelo de la terraza, Evelyn ignoró las quejas de sus dedos acalambrados y siguió caminando hasta llegar a la orilla. Inhaló el viento de los últimos momentos de la madrugada, sintió que la brisa gélida le erizaba cada vello del cuerpo. Únicamente ahí, de pie frente al mundo entero, sin que nadie la observara, o la juzgara, sentía que podía ser escuchada y comunicar lo que había dentro. 

Sus ojos se anclaron en un muchacho que salía de su hogar, le extrañó ver a Job tan temprano, supuso que tenía algún asunto pendiente. El chico se detuvo en la esquina de la calle y esperó paciente a que la luz del semáforo marcara el rojo, a pesar de que no se atisbaba ningún vehículo. Evelyn notó cómo su hermano imitaba los movimientos de las baquetas con sus dedos, se percató de que traía puestos los auriculares. Se preguntó qué sería escuchar música, y también se preguntó que, tal vez, si usara audífonos podría sentir el sonido de la música, es decir, ¿Cómo no puedes sentir algo que está tan cerca de ti? Mientras repasaba aquellos pensamientos, emergió un automóvil negro. La manera en que manejaba le recordó el comportamiento regular de su padre, desenfrenado y caótico. 

El carro avanzó por la calle que Job cruzaba justo en aquel momento, Evelyn se destrozó aún más las cuerdas bocales tratando de advertir a su hermano, a su héroe, a la otra mitad de su corazón, que corría peligro. Pero apenas emitió mugidos desesperados. Job se volvió a la terraza, como si hubiese sido capaz de percibir la presencia del ser que más adoraba en el planeta, sonrió al verla, y después al apreciar el rostro distorsionado por la ansiedad de su hermana, se asustó. 

Fue demasiado tarde, el auto hizo volar a Job al menos tres metros, para después aterrizar en el pavimento. Evelyn jamás olvidaría el característico color negro del vehículo, pues durante el resto de su vida sería el nubarrón que aparecería en su mente cuando se tratase de muerte. 

La niña corrió, alertó a sus padres golpeando la cama, sin embargo sus reacciones fueron muy lentas. Corrió por el teléfono y marcó el número de emergencia, nunca odio tanto no tener voz, se lo dio a su madre al tiempo que la jalaba fuera de su habitación para llevarla a la calle. 

Su madre aulló con tal intensidad que hubo una vibración en el pecho de su hija. Evelyn se convirtió en tormenta. El padre llegó a la escena poco después. Y el cuadro quedó incompleto, pues en aquella calle desolada, pocos minutos antes del amanecer, había tres de cuatro miembros, no obstante, ningún corazón latía ya.

 

Comentarios

  1. Mabel

    28 diciembre, 2018

    Muy buen cuento. Un abrazo Ivana y mi voto desde Andalucía. ¡Felices fiestas!

  2. gonzalez

    30 diciembre, 2018

    Me gustó mucho, Ivana. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

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