Insomnio

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Oigo a mi padre trasteando en la cocina. Lleva así varias noches, despertándose de madrugada y deambulando por las habitaciones. No me hace falta mirar el despertador para saber que pasan cinco minutos de las tres. Él mismo se asombra de esa puntualidad no buscada. Aunque intenta ser sigiloso los ruidos y sonidos de la casa mientras se mueve le delatan. Escuchándolos puedo ver lo que hace y aventurar su siguiente paso.

Todo empieza con el leve chirrido de la puerta del cuarto de baño. Luego vienen las toses, las arcadas y el vómito. Le ocurre cuando está nervioso, me dice, y así libera la tensión. A continuación escucho el agua del retrete, el grifo del lavabo, y el sonido que hace cuando se frota las manos con agua y jabón, como de pequeños chasquidos.

Con los pies descalzos se desplaza por el pasillo a oscuras. No pisa fuerte, camina ligero, apenas le oigo pasar por delante de mi puerta entornada. El interruptor de la cocina me da el aviso de su nueva posición. Allí los ruidos son más nítidos, más cercanos y exactos. A veces le oigo cuchichear a través de la pared que nos separa.

Ahora tenemos dos opciones: o café o cacao. Primero sacará el cazo para calentar la leche. Ahí está, la puerta de la nevera abriéndose. La leche llenando la pequeña cazuela. Luego escucho el grifo y el agua: hoy entonces toca café. Bien papá, no hay nada como un café cargado para el insomnio. Brillante idea.

Con la taza de café caliente se sentará en la vieja silla de enea. Aunque está delgado su peso hará quejarse al pobre asiento, que deberíamos cambiar por otro nuevo. Un día de estos se va a desarmar con sólo mirarlo. Pero no queremos deshacernos de él.

Ya solo queda el sonido del mechero encendiendo su cigarro, el seco toque de la taza cuando la deja sobre la mesa, y el roce de las hojas del libro que tendrá sobre su pierna, sosteniendo un bolígrafo en la mano derecha, apoyado en su frente, como si quisiera atravesarla con él.

Suena el despertador, son las seis y media. Me levanto. Tengo frío y me pongo la manta rosa por encima. Siempre bromea diciendo que parezco una princesa con su capa, despeinada y ojerosa. Voy a la cocina. Él ya se ha ido. Ha fregado y secado la taza. Queda café frío de ayer en la cafetera. También ha fregado y guardado el cazo de leche. Su libro y su libreta de dibujos siguen sobre la mesa, tal y como los dejó la última vez.

Por estas fechas, cuando se acerca el aniversario, desde hace tres años, me vuelven sus últimos días.

Comentarios

  1. Esruza

    27 diciembre, 2018

    ¡Hermoso relato!

    Saludos y mi voto

    Estela

  2. JR

    27 diciembre, 2018

    @jgulbert – Que hermosa narracion! Me has hecho recordar mis dias de infancia cuando las cosas que has descrito eran casi iguales! Casi me llego el olor del cafe. Un abrazo y mi voto.

  3. Mabel

    28 diciembre, 2018

    ¡Qué belleza! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. ¡Felices fiestas!

  4. Luis

    28 diciembre, 2018

    Hermoso homenaje Julián, muy emotivo y cercano, un abrazo y mi voto, amigo!

  5. The geezer

    3 enero, 2019

    Me encanta tu estilo compañero , no falta ni sobra una coma, y por encima de todo, el sentimiento, que es lo principal. Un saludo y mi voto.
    César

  6. Arena

    3 enero, 2019

    Es un relato muy tierno y real… Me gusta mucho como escribes, mi voto y un abrazo!

  7. gonzalez

    4 enero, 2019

    Me gustó mucho, Jgul. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

  8. Klodo

    9 enero, 2019

    Me gustó tu evocador relato, JGulbert.
    Se te ve muy cómodo en tu diáfana prosa. Es un relato muy ágil
    que interesa desde el primer momento. Y, que sabe mantener el
    interés, dejando un grato recuerdo.
    Felicitaciones y mi voto
    Sergio

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