La señora Kenning

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– Te presento a la Sra. Kenning. Ella será la encargada de selección de personal de la empresa, a partir del día de la fecha.  Trabajará en la oficina de al lado en colaboración con tu departamento. Tratá de ayudarla por el bien de todos

Su nueva compañera se veía moderadamente madura, ágil y atractiva. La moderación era, justamente, la virtud de esa mujer que estableció contacto visual con su nuevo coequiper e inclino su cabeza a modo de reverencia.

– Encantado – dijo él, admirando sus ojos claros.

– El gusto es mío – afirmó ella apretando su mano con firmeza en el saludo, indicándole que no era una mujer fácil de llevarse por delante.

– Espero que esta sea una alianza proactiva entre sus respectivos departamentos – afirmó la Gerente saliendo de la oficina y dejándolos solos.

– Voy a conocer mi despacho – la Sra. Kenning se mostraba segura de sí misma cuando salió de la oficina de Luis.

Mientras ella caminaba hacia la puerta, él aprovecho para escanear su silueta. No era alta pero tampoco baja. No era flaca pero tampoco gorda. No era musculosa pero se mostraba fuerte corporalmente. Lo que si mostraba era una agilidad felina al caminar. Luis se mostró moderadamente atraído por su nueva compañera.

El resto de la jornada laboral los encontró  tan ocupados que no se vieron hasta la hora de salida. En ese momento casi se chocaron esperando el ascensor:

– ¿Que tal el trabajo? – preguntó él.

– Bien algo atrasado pero ya lo pondré al día.

– Hace tres meses que no se cubre el puesto – le confió Luis.

Llegaron a planta baja y la Sra Kenning salía para tomar el bus cuando él le pregunto:

– ¿Para dónde vas? Estoy con auto, puedo acerarte…

– Vivo en Belgrano, pero no te molestes

–  No es molestia voy para ese lado

Luis le abrió la puerta del auto y la invitó a subir, ella agradeció su caballerosidad con una enorme sonrisa.

Durante el viaje hablaron de sus respectivas vidas hasta que cerca de la Estación de Trenes, él le comentó que iba al gimnasio que estaba enfrente.

– Yo vivo dos cuadras antes; ¿Hacés pesas?

– Judo

– «El camino suave»

– Ahhhh, conoces

– Practiqué de joven, después me casé y tuve que abandonar. Mi ex marido no quería una judoka en casa… «esas son cosas de hombres, decía» …vivo en aquella casona de la esquina – indicó señalando con el dedo

Luis arrimó el auto a la vereda y cuando se saludaron le dijo bromeando:

– Tendríamos que hacer un desafío.

– Lo voy a pensar, no lo descartes.

La madura mujer le dio un beso cerca de la comisura de los labios y bajó del automóvil raudamente. La respuesta lo dejó estupefacto. Una sensación de sorpresa y placer invadía su cuerpo.

Durante la clase no pudo dejar de pensar en su nueva compañera de trabajo. Muchos interrogantes lo atormentaban ¿Cómo se movería en el tatami? ¿Sería rápida y ágil? ¿O técnica y fuerte? Tanto se distrajo durante la sesión que hasta el propio Sensei lo advirtió con una reprimenda por su poca atención.

Durante el mes la cordialidad siguió siendo el trato mutuo hasta que al finalizar la quincena y llegar las liquidaciones de sueldos se suscitó una discusión entre ambos por un empleado que no te nía sus papeles en orden. Él la reprendió y ella no se quedó atrás y le respondió con vehemencia.

Los meses siguientes continuaron con una fría indiferencia entre ambos. Solo se permitían un correcto trato laboral. Después de un tiempo, ella pudo comprarse un Fiat que le permitió dejar de viajar en el transporte público.

Hasta que una tarde, en el horario de salida volvieron  encontrarse en el ascensor. Luis iba con su bolso a cuestas. Ella lo miro y le preguntó:

– Vas a entrenar ¿Por qué no dejaste el bolso en tu auto?

– Tengo el auto en el mecánico. Hoy taxi para mí -bromeó Luis.

– Yo te acerco, me queda de paso -agrego la atractiva madura.

– No quiero molestarte.

– No es molestia, aparte puedo devolverte las veces que me llevaste vos.

– Acepto ¡Muchas gracias!

Durante el viaje, hablaron de asuntos del trabajo, de diversión, de asuntos familiares y hasta de aquella discusión por un tema laboral que los tuvo distanciados un tiempo. Se rieron de sus desavenencias hasta que al llegar a un semáforo cercano al gimnasio de Luis, la Sra. Kenning comentó:

– No te olvides que tenemos un desafío pendiente…estuve entrenando y quiero probar mi judo .

Luis quedo petrificado ante la declaración de su maura compañera de trabajo y ella lo notó:

– No me vas a decir que te olvidaste – pronunció con picardía y agregó – ¿O te asustaste?

– No ..no – balbuceó el sin salir de su sorpresa.

– Solo me gustaría poner dos condiciones.

– Las que quieras.

– Solo con las chaquetas del judogi y newaza.

– Por mi, no hay problemas…

– Bien, entonces te espero el sábado en casa a eso de las ocho. Voy a tener todo preparado para nuestro desafío.

El joven luchador se sentía atraído e intimidado ante semejante suceso. Algo que había comenzado como un chiste se había vuelto realidad. En su intimidad quería probar su judo con la Sra. Kennnig pero a la vez temía ser dominado y humillado.

Todos esos sentimientos encontrados se apoderaron de Luis hasta que llegó el fin de semana de la verdad. Ese sábado Luis amaneció nervioso; no quería hacer un papelón.

Llegada la hora, tomó su bolso. Puso su judogi blanco adentro y se dirigió a su automóvil; abrió el baúl y lo introdujo en él. Se sentó al volante y durante la media hora que duró el viaje hizo un recorrido mental por su relación con la Sra. Kenning. Le llamó la atención acordarse de pequeños detalles de esos largos meses de contacto. Estaba en esas tribulaciones cuando se encontró arribando a la vieja casona del barrio de Belgrano.

Bajó del auto y se apersonó en la puerta, muñido de su bolso deportivo. A un costado, el viento hacía sonar una campana estilo del llamador de Ángeles. El sonido le daba un toque oriental al momento. Tocó el timbre y grande fue su sorpresa cuando aquella gran puerta se abrió. Apareció en todo su esplendor la figura de la Sra. Kenning, ataviada con un kimono de seda azul con dibujos blancos, algo más cortos que los tradicionales lo que le permitía mostrar algo de sus piernas.

Ella sonrió, se saludaron y lo invitó a entrar. Caminaron por la sala hasta un pasillo que los condujo hasta una habitación. Era pequeña muy tranquila y de las paredes colgaban rollos decorativos, en un costado había un ikebana y en centro una pequeña mesita con utensilios necesarios para la ceremonia del té. Al fondo de la sala se veía una especie de portal corredizo revestido de un cristal que parecía papel. La Sra. Kenning lo invitó a cambiarse:

-En la puerta de enfrente del pasillo está el toilette. Cambiate y podemos empezar. Después de acabar contigo vamos a tomar un té al estilo tradicional – sonrió picara – Mientras voy preparando el tatami.

-Si, si. Ya vuelvo – dijo Luis y se encamino a cambiarse de ropa.

Su grado de excitación era tremendo. Sentimientos como euforia, sensualidad, coraje, miedo se mezclaban y apoderaban de su cuerpo de Judoka.

Cuando volvió a la pequeña habitación, notó que un resplandor envolvente se veía detrás del portal corredizo. Se acercó, lo abrió y quedó asombrado. Era un tatami como los de las casas japonesas que había visto en fotos. Contra las paredes había pequeños muebles llenos de velas artesanales de diferentes tamaños que la Sra. Kenning iba encendiendo una a una. Al prender la última, el ámbito quedó con una iluminación sensualmente tenue.

La madura mujer ya estaba lista con su chaqueta del judogi de color salmón. Sus piernas desnudas se veían esplendidas y Luis no tardó nada en establecer contacto visual con ellas. La Sra. Kenning lo notó y sonrió. Él se sonrojó un poco y luego la imito con una sonrisa cómplice.

Ella lo invitó al saludo de rodillas (za rei) y ambos besaron el tatami. Y por fin el momento tan deseado llegó. Se acercaron y chocaron sus rodillas. Un estremecimiento se produjo en el cuerpo de ambos pero ella fue más rápida que él. Saltó enlazándolo en una tijera al cuerpo que ahogó a Luis que intentó colocar su brazo para romper la inmovilización que lo asfixiaba. Ese esfuerzo lo obligo a descuidar el otro brazo y ella aprovechó esa distracción para moverse como una gacela y cambiando de posición, intentó enlazar sus piernas al brazo izquierdo de Luis (juji gatame). No consiguió una inmovilización y control perfecto por que Luis consiguió introducir el brazo derecho entre las piernas y quedar al borde de sufrir una tijera en la cabeza. El joven luchaba denodadamente por salir pero sus fuerzas iban desapareciendo poco a poco. Ella lo dejo luchar un poco, hasta que decidió dar el golpe final.

Rodó su cuerpo por el tatami llevando consigo el cuerpo ya casi inerme de Luis. Quedó en posición dominante con su cuerpo montado sobre él. Luis sentía como la enredadera del cuerpo de su rival lo inmovilizaba por los cuatro miembros. Tate shihio gatame fue la asfixia que acabó con sus pocas fuerzas. Pasados unos pocos segundos Luis comenzaba a ver borroso hasta desmayarse para quedar a merced de su madura compañera…

 

Comentarios

  1. Montagar

    27 diciembre, 2018

    Acabo de avergonzarme por publicar aquí… Maestro!!! Muy sensual. Definitivamente abordas este tema con maravillosa elegancia orlada de sutil voluptuosidad. Espero con ansias seguir leyendo de este tema. Fuerte abrazo.

  2. Mabel

    28 diciembre, 2018

    ¡Excelente Cuento! Un abrazo y mi voto desde Andalucía.¡ Felices fiestas!

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