Otro cuento de Navidad

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Estaba sentada al piano cuando cayeron los primeros copos de nieve. Agarró el mando y bajó las persianas. Encendió la lamparita que tenía sobre el instrumento; una luz amarillenta se unió al resplandor de la chimenea y un tono meloso cubrió la habitación. Cambió de partitura, necesitaba algo intenso con lo que aporrear las teclas.

            —Daniela, ha llegado este paquete para ti.

           —Joder, Alejandro, ¿no ves que estoy ocupada? —Le había dicho mil veces que no la interrumpiera cuando tocaba, pero su marido no lo entendía.

            —Lo siento, me pareció importante, es de Sofía.

            Siguió ensayando sin mirarlo, Alejandro posó la caja sobre el piano y salió de puntillas.

            —Mierda. —Cerró la tapa del teclado—. Vamos a ver qué es esto.

            Sofía le enviaba Cuento de Navidad y una postal con un Papá Noel que volaba junto a la luna: «Quería ser la primera en felicitarte las fiestas. Se te echa de menos en el cielo».

            Se arrastró por el asiento hasta la silla de ruedas, colocó cada pierna en su lugar, quitó el seguro y rodó hacia la chimenea. Cuando abrió la puerta de cristal el calor le abrasó la cara, lanzó el libro y la postal a las llamas y miró cómo se arrugaban con los ojos irritados y secos.

—Ya no se puede conducir, no ha parado de nevar en todo el día. Suerte que dejé las cosas listas en la tienda. Haré las gestiones desde aquí, a ver si no se va mucho la cobertura. —Alejandro intentaba romper el silencio de Daniela. No sabía qué más hacer; había estado a su lado los meses de hospital, los de juzgados; la había acompañado al psicólogo, al psiquiatra, a Lourdes; ahora, había alquilado esa casa aislada porque ella se lo había pedido—. ¿Qué te mandaba Sofía?

            —Un libro con el que intenta decirme que hay gente peor que yo y una postal para recordarme que nunca más seré azafata. No sé qué cojones se ha pensado. —Hablaba sin mirarlo, ya no se atrevía a encontrarse con los ojos de nadie, ni siquiera los de su marido.

            —Igual se ha pensado que es tu amiga y quiere ayudarte. —Sorbió la infusión, la de Daniela se enfriaba en la mesita; parecía interesada en el programa sobre adicción al móvil, pero él sabía que miraba la pantalla sin verla.

            —¿Sabes qué me ayudaría?

            —La verdad, me gustaría saberlo porque estoy bastante perdido.

            —Me ayudaría no haber conducido borracha; haberme muerto yo en vez de matar a esa familia.

            Alejandro se levantó del sofá, había pasado la tarde decorando la casa con aquellas antigüedades navideñas que habían coleccionado durante años y que tanto les gustaban, pero Daniela ni siquiera lo había notado. Encendió las luces del árbol, una cadena de bombillas blancas iluminó el semblante amargo de su mujer. Puestos a pedir milagros, dijo:

            —Feliz Navidad.

Comentarios

  1. Mabel

    28 diciembre, 2018

    ¡Qué hermoso! Un abrazo Laura y mi voto desde Andalucía. ¡Felices fiestas!

  2. The geezer

    7 febrero, 2019

    Uff, me ha llegado como un gancho al estómago! Pero creo que está bien recordarnos estas cosas.
    Un saludo
    César

  3. LU

    8 febrero, 2019

    Muchas gracias, @cesarholgado, me alegro de que te haya llegado este cuento. No todas las Navidades iban a ser felices, ¡ni mucho menos!
    Un saludo

  4. JR

    11 febrero, 2019

    La tristeza y la Navidad para muchos van tomadas de la mano.

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