Papá (II)

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— No…no te detengas. Acaba lo que estás haciendo. Las cosas no han de dejarse a medias — ordenó con templanza Ewen Quinto, advirtiendo de una manera autoritaria, con su voz hosca, que no admitiría una negativa por respuesta.

 

Curt no supo cómo actuar, y sólo tenía ganas de desaparecer. Deseó que el suelo se abriera en dos y le tragara, o que las piedras que revestían la cueva se uniesen y le aplastasen…de repente le entraron muchas ganas de llorar. No supo reaccionar de otra manera, con las manos petrificadas sobre el pene, que cada vez estaba más contraído; maldijo que el impacto y el susto no permitieran que eyaculase, y de aquella manera denigrante aunque efectiva pusiera fin a los incómodos momentos, obedeciendo a su padre.

 

Al deducir que debía aportar la réplica y que se esperaba una contestación por su parte, rompió el silencio con un leve susurro a modo de disculpa:

 

— No puedo…ya no puedo hacerlo.

 

Ewen Quinto, de sonrisa vacilante, se adelantó al sillón —por lo tanto también a Curt— y adoptó una postura de  perfil, posicionándose cada vez más contra la pared para poder observar con una mejor perspectiva panorámica la estampa que acontecía a su alrededor: cualquiera pensaría, como Curt lo hizo flotando en su ingenuidad, que recriminaría el desorden, el estropicio, la tableta de droga que parecía chocolate o la pornografía que hubo adquirido de forma ilegal. Pero todo eso a Ewen le traía sin cuidado; si bien era cierto que su fijación por Curt había disminuido considerablemente desde que éste evidenciara cambios —tanto conductuales como físicos— tras entrar en la pubertad, la distorsionada relación que les unía se había ido transformando en una especie de juego de dominación cuyas normas el adulto establecía y ejecutaba, basado en la atracción insana que le perturbaba e incrementaba su deseo. Ya no era el candor que tanto le entusiasmó hacía años, sino lo desafiante de sus expresiones y lo indomable —aunque al mismo tiempo sumiso— de su actitud lo que le motivaba.

 

— Ya que allanas un territorio ajeno sin permiso previo y haces uso de sustancias ilegales, lo mínimo que puedes hacer es acabar lo que estás haciendo. Tienes suficiente estimulación…al menos eso parece —. Inquirió de un modo tajante, haciéndole sentir incluso más desprotegido y abochornado que antes. A Curt le recorrieron calambres por el cuerpo, y pese a ello continuaba inerte, como de hielo; a veces pensaba que acabaría deshaciéndose por el suelo, pisoteado como un charco. Prefería hacerse agua, en aquellos instantes. Porque, ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Recoger sus bártulos con altivez y largarse de allí dejando a su progenitor con la palabra en la boca, a expensas de represalias peores? ¿Plantarle cara e iniciar una discusión, defendiendo de esa manera su pequeña y auto—adquirida porción de asilo político? Se hallaba demasiado achantado como para pensar en dichas reacciones, sin duda más razonables que la quietud: y es que aún era muy joven y estaba muy asustado.

 

Ewen no perdía la paciencia porque preveía las respuestas y los sucesos posteriores, en parte gracias a la ventaja que ofrecía su experiencia y madurez. Se trataba  de interpretar una obra cruel que había ensayado mil veces en sus ensoñaciones lujuriosas de enfermo. El truco era atenazar a Curt, algo que ya había logrado (más fácil de lo que suponía), e infundirle culpabilidad a raudales para que no dudara en acatar sus órdenes y las mantuviera en el silencio. A su favor habría que admitir que no todo estaba tan calculado: Ewen Quinto desconocía que su hijo utilizaba la bodega como refugio durante el horario escolar o que consumía algo más fuerte que simple marihuana. Su propia educación adolescente, estricta y fundamentada en la severidad, jamás le permitió asumir tales riesgos o pecar de indisciplinado, y entonces (o quizá por esa razón) era cuando avivaba en su fuero interno la aversión mezclada con el deseo, y la envidia por las propias experiencias vetadas que le transmitían las transgresiones de su hijo menor. Le deseaba y a la vez le humillaba, o más bien deseaba su humillación de una manera irrefrenable.

 

Repasó entonces el cuerpo del chico de arriba abajo, con mirada despectiva y mueca de autosuficiencia, en un gesto que intentaba ser comprensivo —o quizá paternal—, sin conseguirlo. A Curt le atemorizaba más el ceño de falsa benevolencia que el que solía fruncir como rutina, porque aquella rareza no era más que un indicio sospechoso que auguraba algo peor.

 

Ewen chasqueó la lengua, como sintiéndose defraudado ante la impasibilidad, y protestó enérgico cuando Curt quiso apagar la pantalla del ordenador, con el fin de salvaguardar algo de pundonor.

 

—No toques nada, déjalo tal y como está, mocoso — protestó. En ese momento Curt hizo caso omiso a dichas órdenes (aunque obedeció en la cuestión de no censurar las imágenes indecorosas de la pantalla), y reunió todos los arrestos para, en sepulcral silencio, ponerse en pie y vestirse a medias y con mucha torpeza, a la vez que intentaba recoger sus pertenencias sin perder un segundo, avergonzado, sin otorgar el beneficio del tiempo y totalmente subyugado.

 

Tuvo la impresión de moverse aturdido y hacia todos los lados posibles, como una veleta, sin que ninguna de sus acciones resultara de utilidad. A su padre, sin embargo, tan sólo le bastaron dos pasos más o menos largos —zancadas más que pasos— para posicionarse cerca suyo, y cuando Curt pudo percibir su aliento bajó aún más la cabeza por inercia, como si quisiera replegarse bajo un ala invisible. Con premura subió los pantalones y calzoncillos hasta la cintura, aunque desabrochados, pero logrando al menos sentirse menos cohibido.

 

—Desvístete, Curt —resonó la orden contundente del padre.

 

A Curt, de pronto, le pareció que pesaban mucho sus párpados…sintió dos yunques sobre sus ojos y las sienes tamborileaban a un ritmo frenético. Creyó volver su rostro exangüe, aunque en realidad no lo estaba, y notó su cuerpo a punto del desvanecimiento. No entendía la frase: el qué, el por qué, el cómo. Y como no la entendía no la procesaba y entonces no hizo nada, volviendo a quedarse paralizado en medio de la estancia.

 

— Quiero que te desnudes, Curt — volvió a repetir la voz adulta, acompañada de un suspiro. Hizo eco en sus oídos, como venida de otro mundo.

 

Las reacciones de Curt eran lentas, muy lentas (demasiado lentas), y se movía perdido (como embotado entre la niebla espesa, que ocultaba la puerta de salida y le mantenía desorientado, como prisionero en un refugio que hacia escasos minutos conocía al dedillo). Miraba todo de soslayo con los ojos húmedos, aunque más expectantes que acongojados. De nuevo no entendió la orden, pensó que se trataba de un comentario cruel, o una de las típicas bromas sarcásticas que solía hacer su padre, y no le hizo caso. Pero tampoco sabía de qué manera proceder, así que siguió parado e inmóvil a la espera de algo…porque algo, por fuerza, bueno o malo, había de suceder.

 

Ewen Quinto estaba muy excitado por dentro, aunque por fuera resultara imperceptible, prevaleciendo su gesto grave y solemne, siempre inalterable. Tras larga espera tenía su pajarillo a tiro, apresado, tal y como había deseado e imaginado en varias ocasiones, y todas las ideas se le amontonaban de repente. Esbozó una tenue sonrisa —que Curt no llegó a advertir— y repitió, aún más displicente si cabe:

 

— Desnúdate. He dicho que te quites la ropa. Es la tercera vez que lo repito, y sabes que no me gusta repetir las cosas.

 

Si habéis visto alguna vez la expresión de un perro cuando su dueño se va y le deja solo, esa mirada asustadiza que no entiende nada, comprenderéis hasta qué punto se transformó en aquel momento el rostro de Curt McNeill, de trece años de edad. Hasta el momento albergó la esperanza de que todo se tratara de un juego perverso, una especie de lección atroz —sin lugar a dudas ya la había aprendido—, sin más. Pero esa no era la realidad, y comenzó a sollozar al enfrentarse a lo que de verdad le estaba sucediendo, y observaba sin cesar la puerta de salida, como si ésta estuviera dotada de alguna corriente eléctrica activada al tacto. ¡Cuántas veces recordaría esos momentos y se diría a sí mismo, en el futuro: «estaba cerca de mí, sólo había que intentar abrirla. Sólo un intento….no tenía nada que perder. Estaba tan cerca…»!

 

Tragó saliva. Tragó muchas veces porque parecía que se quedaba obstruida en la garganta. Con las manos se sujetaba las presillas del pantalón, como escudándose en ellas, y acertó a susurrar, entre temblores de barbilla incontrolables y la voz rota:

 

—Yo no quiero estar aquí. Quiero irme de aquí. No me gusta estar aquí…no quiero, no quiero….no quiero estar aquí… —. En realidad no sabía muy bien si lo decía para apelar a la piedad paterna, para consolarse a sí mismo o para proveerse de fuerzas suficientes y al fin reaccionar… el caso es que aquella frase pronunciada en voz alta fue un flaco favor: le restó de seguridad mientras a su padre se la sumaba, y así de enaltecido fue quien cortó de raíz las súplicas y arremetió a modo de reprimenda:

 

—Deberías haber pensado mejor las cosas, si no quieres estar aquí. Para no querer estar aquí no deberías haber traído, por ejemplo, esta manta —y lanzó su manta al suelo, como un guiñapo, tan bien doblada y cuidada como estaba— o esta bolsa llena de droga, o este mechero —y arrojó el encendedor al suelo, el cual aterrizó junto a la manta, y estampó la bolsa de hachís contra su cara. De primeras podía parecer el retrato de alguien furibundo dando rienda suelta a su impetuosidad, pero Ewen aún podía contener su satisfacción, el deseo, su rabia y su sorpresa, todos esos sentimientos a la vez, y todavía parecía ajeno a ellos—. O estas porquerías que comes, o este cenicero y estas colillas…por dios, ¿cuánto has fumado? —y Curt vio cómo estrellaba el cenicero (que tantos recuerdos albergaba) contra el suelo y éste se hacía añicos, cómo lanzaba su comida por los aires y cómo la ceniza era esparcida sobre patatas fritas y frutos secos, tiñéndolos de gris. En ese instante, Ewen le miró con cierta anuencia engañosa y alzó por los aires las carátulas pornográficas: —Si tan a disgusto te sientes aquí no deberías ver esto aquí, ni deberías meneártela aquí. Y, puestos a hacerlo, no tengas reparos. Si eres suficiente adulto como para adquirir todo este material y apropiarte de lugares que no te pertenecen, deberías serlo también para asumir las consecuencias de tus actos. Para demostrar que  mereces estar aquí. Muéstrame cómo lo haces. Por cuarta vez: desnúdate.

 

Esta vez quedó claro, y Curt obedeció con los ojos llorosos, contra su voluntad…pero lo hizo. No sabía negarse, había algo gritando en su interior impidiéndole recoger sus cosas y largarse. Intentaba adivinar qué pretendía obtener su padre con tales caprichos, si acaso humillarlo y poco más. Quizá sólo era eso y todo se parara ahí. Curt no era tonto, y le constaba que hacía ya años que entre su progenitor y él tan sólo quedaba vivo como nexo un cierto tipo de aversión, de recelo, a veces incluso de repulsión. Su mente, ya saturada, se estancó pensando en eso una y otra vez haciendo las veces de consolación—convenciéndose de que se trataría de un mal trago, horrible pero corto y más o menos sencillo de olvidar— mientras se deshacía de la sudadera y la camiseta interior. Dobló la ropa con escrupulosidad, en un afán por proteger lo poco que allí le pertenecía, y la dejó sobre uno de los robustos brazos del sillón mientras, dubitativo, procedía a bajarse los pantalones, siempre intentando que los calzoncillos no se movieran del sitio correcto. Acabó con ello y se quedó allí pasmado, sucumbiendo al frío y con la mirada perdida en alguna esquina, sin decir nada; esperaba un “de acuerdo, mequetrefe, ya está, ya has aprendido la lección…ahora procura no volver a hacerlo” o alguna amenaza semejante. Sabía cómo respetar a la autoridad: no se le ocurriría discrepar, ni siquiera contestar o protestar, y tan sólo esperaba la última estocada que pusiera fin a la escena, sin alimentar la tensión. Pero nada sucedía y comenzó a inquietarse, aunque no quería volver a enfrentar miradas con su padre y rehuía el girarse hacia él, no sin pocos esfuerzos.

 

Y, de repente, oyó un “aún estoy esperando” inesperado que desbarató todos los planes y suposiciones trazados hasta el momento y que le mantuvo en vilo. Estuvo a punto de encogerse de hombros porque no sabía qué hacer. ¿Esperaba que se vistiera? ¿Qué fuera adonde él? ¿Qué esperaba? No se le pasó por la cabeza que se refería a la “desnudez integral”; Curt nunca se había desnudado, ya abandonada la niñez, delante de nadie. Aún no lo había hecho siquiera delante de ninguna chica que le gustara.

 

—Desnúdate, Curt.

 

Y ahí sí que el chico comenzó a temblar. Y, con la mirada siempre baja, rodeó la estancia y echó una ojeada de reojo a la pornografía que no se inmutaba en el ordenador y a su padre, de cintura para abajo, con una indiscutible erección bajo la tela del pantalón. Asió la escueta ropa que le quedaba en el cuerpo y la agarró como si le fuera la vida en ello, como si fuera el último amparo con el cual contar. Se lo quitó en segundos —no pudo ralentizarlo mucho más— pero todo el tiempo en aquellos instantes era demasiado poco, pasaba demasiado rápido, y hubiera dado algo muy valioso por detenerlo. Tragó la amarga sensación de vulnerabilidad y confusión, y miedo….no cesaba de tragarla puesto que no podía parar de producirla.

 

Estaba totalmente expuesto pero seguía ocultando su zona más íntima con ambas manos, mientras su padre se acercaba y le inspeccionaba como si de un objeto se tratase, aparentando decidir el próximo paso, con el futuro en sus manos.

 

—¿Ya se te agotó el ímpetu y la valentía? En tal caso…quizá tengamos que aprovechar otros recursos, ¿no crees, hijo?—. Ewen estaba tan cerca de él que casi le rozaba, pero Curt  parecía imitar una estatua, y aunque notaba algún restriegue voluntario de la ropa contra su piel desnuda, y percibía esa mezcla de olor a almizcle con perfume de aroma pesado, no quiso dejar entrever ninguna reacción debido a ello. Mientras, apretaba con los dientes la carne interna de los carrillos y se mordía el labio por dentro. Su padre le agarró del pelo por detrás y, sin hacer apenas fuerza, consiguió que se irguiera (hasta entonces se había mantenido cabizbajo) y girara la cara hacia él, para que pudieran estar al fin frente a frente; Ewen conducía el cuerpo del chico a su antojo, igual que si moviera la cruceta de una marioneta carne de su carne, sangre de su sangre, conociendo a la perfección cualquier reacción, y sin que nunca se le embrollara la compleja madeja de hilos que administraba con soltura y como le convenía.

 

Ewen, más excitado que nunca, le apartó los brazos sin apenas resistencia, y éstos cayeron ligeros, como inertes, a ambos lados del cuerpo. Acarició con el dorso de la mano el cuerpo atlético y desnudo de su hijo, desde los hombros hasta la pelvis, quizá un poco más, si acaso con más curiosidad que lascivia.

 

—Convendrás conmigo en que alguno de los dos tendrá que acabar algo de lo que tú has comenzado, ¿verdad? —le preguntó en tono aleccionador y con la voz muy baja, casi emulando un murmullo, disfrutando con la humedad de los ojos de su hijo y rememorando para sí sus irreverencias pasadas, una a una, fusionando la atracción física con la moral prohibida, y el asalto a las normas que siempre respetó pero que ahora disfrutaba quebrantando. Seguía con una mano sosteniendo, sin apretar, la parte trasera de la cabeza de Curt y con la otra se desabrochaba el pantalón, liberando su miembro erecto. A Curt le costó enmascarar el asco que todo le producía, pero se mantenía fiel a la única arma que le ayudaba a soportarlo: mostrarse asintomático en todo momento, obligando a sobresalir su entereza. Que no le viera sucumbir, que no pareciera importar más de la cuenta y que todo lo acontecido rebotara, que nada le importara…como si se tratara de otro cuerpo en otra persona muy diferente a él, una vivencia ajena.

 

Si Curt miraba en línea recta, podía ver la cabeza de su padre (no los rasgos faciales, porque eran detalles difusos que se le difuminaban, puesto que en aquel momento sólo atisbaba su contorno) y el suelo, al fondo, cubierto con sus cosas desbaratadas, y luego muchas botellas de vino expuestas en bloque, incrustadas en las juntas de las piedras con habilidad, apuntando hacia ellos como metralletas. Éstas representaban la imagen más vívida. Decidió que lo más cercano había de volverse borroso para que así careciera de importancia (una estrategia, por cierto, que le sirvió de bien poco). Notó más presión en la nuca, guiándole hacia abajo para que sus rodillas chocaran contra el suelo, y aunque se revolvió un poco al principio con la intención de rescatar algún pico de dignidad y reafirmar su disconformidad, no quiso alargarlo demasiado, puesto que no había alternativa ninguna. Entendió entonces que había de perfeccionar su táctica de desvanecer las imágenes que se le aparecían en un primer plano en cuestión de segundos, como algo urgente.

 

—Venga, hazlo como si lo hicieras con la tuya. Hazlo rápido, rápido… —ordenó su padre, entre jadeos. Podría haber pensado en hacerle daño en un momento tan vulnerable (de seguro hubiese dado resultado), en apretar durante aquellos instantes, o arañar y dejarlo fuera de combate y así huir, pero para ser honestos ni siquiera se le pasó por la mente. Se limitó a obedecer, a hacerlo rápido, a diluir su realidad y concentrarse en las paredes de piedra y en las cenizas que recubrían el suelo donde él mismo se apoyaba, intentando desoír jadeos entrecruzados de los actores de una película que parecía nunca acabar y los de su padre, ambos taladrando en los tímpanos como acordes graves y feroces. Curt nunca más sería capaz de volver a hacer uso de ningún tipo de pornografía, tal era la aversión que desarrolló a raíz de aquel suceso.

 

Aunque, de fondo, escuchaba la voz de su padre implorando que no aminorara el ritmo y que posara sus ojos en lo que hacía, o que acercara más su cara, Curt no sucumbió a hacer nada de aquello que se le pedía entre espasmos, gemidos ascendentes y leves cambios posturales. Él movía muy rápido la mano rogando porque así su padre eyaculara en la máxima brevedad posible, arriba y abajo de la forma más automática que se€ le ocurría, y seguía con la vista fija en el atrezzo de fondo, intentando disimular llantos y arcadas, sin dirigir un simple vistazo a sus movimientos y consiguiendo alejarse por centímetros, de una manera que resultara imperceptible, luchando por poner distancia. Hasta entonces no supo cómo se podía sentir una persona aguantando tanto tiempo la ansiedad y el grito, las ganas de golpear y romper todo cuanto encontrara a su paso…jamás se había sentido tan reprimido.

 

Temió que al llegar al clímax las garras de su padre se clavaran en su cabeza o sobre sus hombros como las de un ave de presa y le condujera hacia actos aún más involuntarios, pero nada de eso sucedió. Tuvo suerte y se retiró lo suficiente para que nada le salpicara, aunque durante días tuvo la sensación de que algo se había quedado en el pliegue de sus dedos, y temiendo que fuera permanente estuvo lavándose a conciencia y con todo tipo de productos tóxicos de limpieza esa porción de piel. También se desharía de la ropa utilizada aquel día, e iría directa al camión de la basura, porque por más lavadoras que pusiese no conseguía eliminar el olor que se impregnó en las ropas aquel día.

 

No supo Curt por cuál razón, al observar el esperma blanquecino extendido por el suelo, pensó que le habían robado incluso el derecho de haberse deshecho como un charco de agua, de tanto hielo como quiso hacerse o aparentar…ahora estaría mezclado con eso, fabricado por el interior podrido de su padre…hasta eso le habían quitado. Ya nunca podría volver a su refugio, algo que le resultó muy doloroso y que le hizo sentir más perdido.

 

Cuando adivinó el final no sabía si ya podía dar por finalizadas las represalias —resultaba más una expiación—, y se debatía entre el deseo de ponerse en pie o la prudencia de mantenerse en la misma posición hasta nueva orden, cuando las garras del ave rapaz que tanto temió antes le cogieron desprevenido, perforando su nuca e inclinándole hacia abajo, de tal manera que su nariz, labios y barbilla rozaban el suelo. Así le mantuvo su padre mientras oía su voz lejana, ahora profunda y vuelta a ser autoritaria, recobrando la soberbia habitual:

 

—¿Aprendiste bien la lección, mocoso? Debería hacerte limpiar todo esto con la lengua…quiero que dejes este lugar inmaculado, recoge tus bártulos y deja las llaves en la cerradura de la entrada. No volverás a pisar mi bodega, ¿entiendes? Limpia, vístete, lárgate…por este orden. Y, de ahora en adelante, acudirás a las comidas y a las cenas en el comedor y  durante el horario previsto, ni un minuto más tarde, ¿queda claro?

 

“Cristalino”, pensó Curt, y aguardó en aquella degradante postura hasta que oyó los pasos alejarse. Ahora sólo había silencio: todo había finalizado. Incluso los actores habían acabado su respectiva sesión, y la pantalla se había vuelto negra. Su estrategia anterior de la hipótesis filosofal “si no veo, no siento, así pues no existe” se había ido al traste: ya no podía difuminar el contorno de nada, no le servía hacer ojos ciegos a lo que se plantaba ante él. Todo lo que abarcaba su visión era aquella charca blanca rodeada de ceniza, en medio de un suelo abarrotado de porquería. Limpiar todo aquello fue un infierno.

 

Como consecuencia perdió voluntariamente todos sus objetos valiosos, que también eran los que acumulaban más valor sentimental: en la hoguera ardieron los libros con los que tantos ratos se hubo evadido, y también redujo a polvo la manta que le había acompañado desde la infancia. Nunca devolvió las cintas al videoclub, jamás volvió a pisar aquella tienda de ultramarinos por vergüenza y porque le servía de recordatorio: como hacía en su propia casa, ideó nuevas rutas para no tener que deshacer aquel mismo camino. Ya se le estaban agotando las rutas y las calles. A los pocos días se compró un nuevo ordenador, y relegó el que tenía al fondo del armario, hasta que quedó obsoleto con el pasar de los años.

 

Aquel día devastador cambió a Curt por completo, fue el pistoletazo de salida de muchas obsesiones que, con el transcurrir del tiempo, acabarían dañando de forma irreversible su salud mental, alterando su conducta. Por ejemplo…comenzaría a obsesionarse por la pulcritud en momentos de tensión, hasta llegar al punto de la ofuscación. Todo a su alrededor pasaría a estar ordenado y limpio hasta la saciedad, de una forma compulsiva y violenta. Sus ceniceros pasarían a ser de hierro, evitaría los mecheros y utilizaría siempre cerillas, le costaría un mundo volver a arrellanarse sobre cualquier sillón. Sufriría un alarmante cuadro cercano al pánico siempre que tuviera que pisar alguna bodega situada en sótanos. A partir de entocnes se masturbaría ya en contadas ocasiones, siempre por pura necesidad…hacerlo se convertiría en un suplicio, apartaría siempre la vista. A partir de entonces comenzó a odiar una lista interminable de situaciones, de cosas, de personas….

 

 

 

Comentarios

  1. Luis

    17 diciembre, 2018

    Aunque yo no esté para esos trotes, debo admitir que posees mucho talento, ya lo sabes, supongo. Se agradece, para la lectura, el necesario formato en párrafos para un relato extenso. Eres una mina. Un saludo y mi voto!

  2. Klodo

    17 diciembre, 2018

    Tienes una prosa robusta, límpida, implacable y con una mirada psicológica
    que estremece.
    La construcción dramática de tu novela está muy bien delineada. El hilo dra
    mático principal es muy sólido y no pierde consistencia con las historias pa
    ralelas.
    Sabes intrigar siempre y mantener el interés por los avatares de los persona
    jes.
    Un saludo afectuoso para ti y mi voto.
    Sergio

  3. GermánLage

    24 diciembre, 2018

    Hola, Esteff. Como hoy es 24 de diciembre, me voy a limitar a desearte una feliz Navidad. El año que viene, supongo, seguiremos conociendo los orígenes de los profundos traumas y de la sorprendente conducta de Curt.
    Feliz Navidad, Estefanía.

  4. Jose Ruben Goycochea

    29 diciembre, 2018

    Estefania, después de varias lecturas me decido a comentar. Es una realidad tan cruda que quiero pensar que no existe. ¿Existirá tanta maldad en la mente malsana de un “padre?” Quiero pensar que no. Eres una escritora fenomenal al poder describir lo que has descrito. Un gran abrazo y muy feliz año.

  5. JR

    29 diciembre, 2018

    «Aquel día devastador cambió a Curt por completo, fue el pistoletazo de salida de muchas obsesiones que, con el transcurrir del tiempo, acabarían dañando de forma irreversible su salud mental, alterando su conducta.»

    Magistral resumen de todo lo ocurrido y descrito.

    Un abrazo.

  6. Cartapacio

    1 enero, 2019

    Freudiano y Papa II
    Hola Estefanía

    De los tres cigarrillos incluidos en la cuota correspondiente a mi jornada de escritura de hoy, he empleado uno en este comentario, indicación con la cual espero poner en evidencia no sólo alguna de mis tantas manías, sino, sobre todo, la importancia -o más bien la significación- que tiene para mí el sentarme a escribirlo. Durante los últimos días me ha dado vueltas en la cabeza la duda acerca de qué es lo que exactamente me llama, atrae, atrapa -y hasta empuja, podría decir- de esta narrativa. Obviamente que para determinarlo con alguna precisión -no dudamos tanto de lo que no sabemos como de lo que sabemos a medias- tendría que tener una visión más amplia, y realmente de conjunto (por eso hablo de narrativa más que de una narración específica, aunque me esté basando en dos de ellas) que sin duda, a la luz del vasto material que has consignado en esta página, rebasa las menudas dimensiones de la muestra de la que se sirve este comentario.

    Aún así, me he atrevido a hacerlo, ya que Freudiano y Papa II están en secuencia, cosa con la que he dado por casualidad, pero que me permite apreciar el contraste y continuidad de un episodio a otro. El primero termina en la estupefacción del adolescente inesperadamente descubierto por su padre en acción y actitud censurables (dicho desde la perspectiva ética de lo normal y cotidiano). A continuación, el episodio de Papá II desarrolla la conducta del adulto descubridor y censor -o más bien la infamia que se oculta tras ella- y en la que el estupefacto termina siendo el lector. No voy a decir lo bien escrito que está, porque barrunto que, en tu caso, algo así ha de ser el tipo de opinión vana y que se detiene al borde de la inconsciente o ingenua ofensa en la que casi nunca reparamos al incurrir en ella. Por lo demás, como alguien dijo, para un escritor(a) de verdad, escribir bien es un deber, nunca una virtud. Para alcanzar la virtud, quien escribe bien, apenas si cuenta con las condiciones mínimas necesarias para iniciar el camino. Y, aún así, nada garantiza que no fracasar en el intento.

    ¿Cuál era, entonces, la virtud que, sin saber yo definir, como digo, estuvo dando vueltas en mi cabeza? Creo haberlo resuelto así: el plano psicológico en el que se fundamenta el desarrollo de la narración. Puede que suene a lugar común. Sin embargo, no me estoy refiriendo con ello sólo a la excelente caracterización de los personajes, de lo cual nadie debe tener la menor duda. Pero no apunto a asunto de caracterización psicológica. De lo que hablo es del concepto narrativo en virtud del cual haces de la interioridad de los personajes el auténtico espacio en el que el narrador desarrolla su discurso; un espacio en el que se atan, o desatan, los nudos de una trama que, sin saberlo los involucrados, toca a todos, aún cuando cada uno continúe aislado en la particular interioridad que como individuo le es propia. Hay aquí una armoniosa confluencia narrativa entre el todo y parte, que se mantiene al margen del conflicto entre personajes, que se ubica más allá de la interacción entre ellos, que los relaciona de una manera mucho más crucial en el plano narración de la historia de que forman parte de lo que ellos creen hacerlo en el de la vida real.

    Normalmente, en busca de la verosimilitud que le da sentido como género, una novela se construye basada en el modelo de lo real. En virtud de ello construimos las historias en las que los personajes transcurren como parte fundamental y principio motor de la acción narrada. Pero la interioridad de los personajes, por una parte, y la historia en la que estos actúan, por la otra, son espacios distintos desde el punto de vista narrativo. La virtud de tu narrativa radica en el modo cómo rompe con esta diferenciación. En lugar de ello, nos encontramos con una interioridad no psicológica en el sentido de atributo del personaje, sino narrativa en el sentido del fluir de discurso. Tal interioridad narrativa es común a todos los personajes. A ella tributa la psicología de cada uno, y es, por lo mismo, narrativamente hablando, trascendente a cada uno de ellos; la fuerza que los estructura en el todo del relato. Éste es el auténtico y único espacio en el que se desarrolla la historia.

    Beckett decía que, muy a diferencia de Joyce, que escribía desde la grandeza trascendente del que todo lo sabe, él sólo podía hacerlo desde la impotencia cotidiana del que todo lo ignora, como consta en Malone Muere o El Innombrable. ¿Acaso no se hunden padre e hijo en una impotencia cotidiana, pero tan profunda que no alcanzamos ver desde la misma cotidianeidad? El espacio narrativo de tu trabajo es el que nos proporciona la visual apropiada y gracias a la cual podemos alcanzar esa brecha entre generaciones que, oteando entre sí de uno o otro lado del abismo que se abre entre ellas, ni siquiera sospechan el tejido terrible que las mantiene unidas en un infierno que les es común, pese a sus particulares historias. Si Curt, en su obsesión aislacionista, se ha instalado en la interioridad material de un recinto predio de su padre, el narrador que de ello nos habla, lo hace desde la desolada interioridad del adolescente mismo. La interioridad de Curt no se reduce así a su caracterización psicológica, sino que se constituye en el espacio narrativo desde el que el narrador nos relata no sólo la historia de Curt, sino también la del padre de Curt, cuya interioridad, cuando éste aparece, redimensiona el mismo espacio narrativo que es común a las particulares circunstancias de ambos personajes. De tal manera que, la estupefacción del adolescente al ser descubierto y la premeditación y alevosía de su progenitor al descubrirlo no son sólo datos de la historia, sino, mucho más que eso, modos en que la narración de ella abre las puertas del mismo infierno al que nos quiere llevar y en el que padre e hijo, por igual, hacen de condenados. Dicho en otras palabras, es éste un narrador que no se conforma con señalar hacia el lugar en el que acontecen las cosas, sino que, como Dante hace con Beatriz, nos lleva de la mano por los círculos de esa otra existencia, la infernal, que se camufla entre los pliegues de la que reconocemos como normal y cotidiana.

    Bueno, Estefanía. Lo dicho está basado en una muestra tan modesta como la apreciación que hago de ella. La hago más como lector que como escritor, hasta donde algo así sea posible para quien escribe. Lo que sí puedo asegurar, es que ya sé de que se trata aquello daba vueltas en la cabeza. El resolverlo ha contribuido a un pequeño ensayo en el que ahora trabajo, dedicado al tema de la escritura. Así que agradecido quedo por tu indirecta e involuntaria contribución a la tarea. Disculpa lo largo. Mas te será fácil imaginar la de cosas que quedaron en el tintero. Saludos y felicitaciones.

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