Algoritmos estuporosos

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“¡Hola, hola! ¿Nos estamos faxiando?

 

En estos tiempos milenarios hay asuntos desorbitantes de los que no solamente es difícil sino hasta imposible hablar: la comunicación electróni­ca. Principalmente porque se encuentra rodeada de muchas fantasías creadas en rea­lidad para sostener un mito fundamental: que la comunicación existe. Y la gran dificultad para ha­blar de la comunicación estriba en que pertenece al mundo de las imágenes y la fantasía: del espec­táculo, la farándula y los algoritmos. Y las apa­riencias tienen algo de secreto precisamente por­que no se prestan a la interpretación, es decir, no son tangibles, no las podemos verificar: son instrucciones.

Una aclaración de banco, de tar­jeta de crédito, de Internet o Telmex, se debe hacer telefónicamente por medio de grabaciones u ope­rarios con los que no es posible ninguna argumen­tación o excepción que no esté incluida en el guión-instrucción preestablecido, no hay pues una comunicación per­sonal, humana.

En otros tiempos se hablaba de producción, de fuerzas productivas, de mercados en donde el clien­te, la persona humana, era factor primordial en las relaciones de producción. Ya desde los años noven­ta se habla de consumo, de gráficas, signos y se­ñales y… principalmente de cifras. Y hoy día no se habla sino de mensajes, datos, información, competividad, globalización y “feed back” de los data-mer­cados por la Web. Las formas en que hoy se da la comunicación son del tipo de: salta de la realidad y brinca a la Nube para navegar en el “page market”, llegarle al sitio, al E-mail o a la arroba, que pueda secuestrar (arrobar) tu imaginación.

A la ilusión de que a más difusión más pro­ducción y mayor riqueza social –desmentida desde la gran depresión económica de 1929, hasta la depre-glo­balización de hoy– corresponde otra ilusión: la de que la comunicación será más perfecta a medida que haya más tecnologías. Y el caso es que en lugar de hacerse perfectible, merced al exceso de medios e instrumentos, tiende a desaparecer su eficacia (su utilidad) en función de su propia satu­ración y rápida obsolescencia.

En la realidad actual “toda la gigantesca opera­ción tecnológica de la telecom no hace sino denunciar la ausencia de la misma”. Dice Baudrillard, filósofo de los Medios:  «el sonsonete electrónico, el artefacto visual, el aparato colectivo, que asegure ¡por fin! la exis­tencia de la comunicación, aparece cuando el in­tercambio automático entre los seres humanos ha dejado de tener sentido y la circulación de la pala­bra –la vigencia del lenguaje– se encuentra aban­donada».

Ante esa enajenación de –la-palabra-que-une– el pantocrato de la “incomunicación” social asig­nará nuevas abstracciones magnéticas que conviertan el acontecer, los hechos, en un aparato difusor costosísimo: equipos, códigos, instituciones, dispositivos técnicos y legales, etc., al grado de que todo se vuelva mensaje. Lo que era un acto humano esencial -trabajo, comunicación, convivencia- se convierte en una árida pantalla de algoritmos (instrucciones).

Y aunque los medios tienen la capacidad de reproducirse (tanto como los humanos) resultan, paradójicamente, más es­tériles. Los culebrones de la Taxista y su émulo de Amáme un poquito. El escándalo de la Guzmán, los soeces de TvImágen-noche y su Verdulera, enseguida del troglo Finanz Päramo, cual funciones de carpa para dar cabida al mor­bo y al amarillismo vulgar de las Ciro-Imágen-Excel noticias, ramatadas por la chorcha futbolera.

Lo que pasa es que ya nos han tomado la medi­da (de penitentes) y nos venden toda esa escoria televisiva como noticias e información. Una espe­cie de reciclaje electrónico insertado en un “chip” y enchufado en los sujetos receptores (nosotros), a manera de una prótesis, que se vuelve su negati­vo: la no comunicación.

Así pues, la eficacia y la velocidad de los medios electrónicos, dice Baudrillard, se debe a que “todo comunica, pero nadie se toca”. O sea, que nos estamos “faxiando… moldeando y arrobando” por la red electronizada.

En el milenio de la tecnología “comunicada”, se vuelve común el sometimiento a las imágenes a los mensajes y a la epidemia de los signos (poder, dinero, glamour), de los sueños inducidos por los artefactos apantallantes y las Tvofertas estercoleras para su comodidad (fat-away).

Pero… lo más peligroso de este video-ritual es que puede hacer desaparecer la singula­ridad del sujeto (persona) en contra del objeto (cosa), en tanto que, el yo individual, pierde su di­ferencia, su secreto y su encanto; pues si el otro, el semejante, desaparece, ya no habrá desafío ante su mirada, ni compromiso ante sus ojos, ni verdad ante su (i) realidad.

Quién ignora que el teléfono se convirtió en el instrumento idóneo para evadir compromisos (Telcel, iPod, Amazon) para engañar y posponer respuestas o deshacer tratos: ¡llámale por teléfono y asunto arre­glado!

La intensidad de la comunicación real -hu­mana- se evapora con el mito de la relación superflua –valemadrista– de la telecomunicación.

Y así, de la existencia apantallada de las mentes panta­lla (mini y macro), Tv-arrobadas por la intensificación de la electrocom, parece palpitar la paradoja que las empuja al vacío abismal de las imágenes estuporosas, y que también las sustrae de su propio vacío interior.

 

CORTEX

 

 

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