Canciones de taberna III: Sentimental Journey

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Sentimental Journey
10 de diciembre
Las clases estaban a punto de terminar; yo volvía a experimentar el repetitivo ciclo de emociones que todo estudiante sufre (o por lo menos a mi idea) ante tal situación: me invadió la felicidad, el gozo, el sentimiento de libertad, como si me hiciera ligero y pudiera correr cuanto desee sin padecer consecuencia alguna de persecución… pero, al mismo tiempo, un vacío en mi interior se formuló (no significaba alguna preocupación, sólo mera duda y nerviosismo que me dejaban seguir flotando…), desenmarañando éste mis recuerdos, algunos empolvados y otros ocultos bajo la sombra del miedo y la vergüenza, los cuales exhibían en mi mente imágenes que no provocaban en mi pena o tristeza, sino, increíblemente, añoranza, nostalgia.
Para mi desgracia, todavía sentía un peso sobre mis hombros, pecho, piernas… sobre mi cuerpo, e incluso sobre mi alma. Y actualmente dicho peso estaba entrando por mis ojos (¡Los muy malditos!).
―¿Se lo dirás?…
Mi amigo Fred, mi gran amigo (el vacío me mostraba muchos momentos con él, los cuales no necesitaban ayuda alguna para poder ser vistos con gran alegría y anhelo), me acababa de levantar de otro de mis muy frecuentes trances provocados por la belleza de un radiante cabello largo―llegaba hasta la espalda―, que resaltaba la piel morena de cierta chica que, en estos meses, había estado nombrando como (sólo para mis adentros, por supuesto) «deseo». Una descripción muy simple y vaga, sí, pero la pasión causada que llenaba mi cabeza de las mejores muestras del fogoso sentimiento llamado amor―aunque casi siempre muy desordenadas―, era la causante de llevarse mis memorias, y dejar al mismo tiempo un intenso ardor, como el del limón al purgar las heridas.
―Se te acaba el tiempo ―dijo, con un tono de decepción, como si él hubiera cambiado sus palabras sólo por el bien de nuestra amistad: «Se te acabó el tiempo, muchacho».
Sí, sí, sí, lamentablemente sí, fiel compañero: el tiempo se me había terminado. Por desgracia, todo fue efímero, mas debo aceptar mi cobardía; yo lo hice efímero, fugaz… Merecía perecer en el fondo de la arena movediza que es la incertidumbre.
―Para ti también, compañero. ―No debía haber empleado «compañero», porque, aunque compartíamos situación, nosotros no…yo no merecía…
―Sí, sí, sí ―respondió, terminando sus palabras en el siseo demacrado que suelta la víbora al ser aplastada.
Me sentí atormentado: mi comentario revelaba más de la cruda realidad (por un momento, creí que lo había hecho deliberadamente, porque, sí de algo estoy muy seguro de mí, es que soy un miserable sobre lo referido a tragos amargos). Pero, para mi suerte, él todavía seguía presente, y no perdido como siempre terminaba yo:
―Pero no tengo muchas esperanzas. Ya sabes… ella me…
¿Por qué soy así? Fred, eres un ser muy valioso; aguantas la miseria, miseria mía, que disperso por mi cobardía. En realidad, pocas son las cosas que yo afronto con valor (aunque sea una pizca): son contables con una sola mano.
―Tranquilo, Fred. Olvidemos todo. ―Traté de arreglar el daño que causé, brindándole unas palmadas en la espalda. Seguido, solté una gran verdad, la diferencia, la razón por la que no somos «compañeros» en este gran sentimiento que sólo nos había dejado una honda amargura (pero la vida seguía fluyendo en el día a día)―: Tú fuiste capaz de decírselo, Fred, no como yo, que me lo guardó desquiciado.
Otra vez (aunque no sé si él fue sincero, ni siquiera tenía la certeza de que yo lo fuera), los dos volvimos a sonreír al mundo que se postraba ante nosotros.
La chica desapareció, llevándose consigo al resto de mis esperanzas por redención, y dando a notar los pocos riesgos por los que yo optaba; viendo por última vez su cabellera lacia y su cuerpo que siempre me excitaba (un pobre y calenturiento joven: lo normal de nuestros años), yo resigné a la lucha por el rojo sentimiento latente.
«Se te acabó el tiempo, muchacho».
 
2 de marzo
―¿Y cómo vamos, George boy? ―preguntó Fred, alejándose de la calma sonora de sus auriculares.
A decir verdad, todo iba mejor que nunca. Estoy tan perfectamente bien, que ni siquiera la imagen que se postraba ante mí era capaz de derribarme, y créanme, si es que pude cautivarlos lo suficiente como para seguir adelante sin mandarme al diablo durante el amargo proceso de mi historia (como bien merecido me tengo yo, un ser que sólo cuenta miedos), esto delante mío podría llegar a significar el derrumbamiento abrupto y apocalíptico de mí pobre ser… Delante tenía a la chica que hizo que cayera en la trampa tentadora del enamoramiento; delante la tenía a ella, correspondiendo amor a alguien más mediante el carnoso acto del beso (y va más allá, según los rumores, rumores que, más que susurros, llegan a sonar estridentes como primicia).
―¿Quién lo diría? ―Pude notar un destello de admiración en los ojos de mi amigo, pero bien podría estar yo equivocado, como en muchas otras cuestiones (muchas olvidadas por el manto del pasado)―. Hace unos meses, tú estarías tan inquieto como los drogadictos de la plaza; pero no, tú estás aquí, tranquilo… no, feliz, como cuando escuchas a ese Luigi Prima.
―La vida sigue, amigo mío. ―La frase salió de mí tan natural como el fracaso, pero sin la propia agitación exhaustiva.
La vida sigue. ¡Ni siquiera ver a la chica de pelo largo disfrutando del roce de los labios de otro hombre podía detenerla! Qué hermosa canción: ¡¡¡Its the Good Lifeeeee!!! Podría cantarla, aun a pesar de que mi voz suene peor que interferencia grabada.
¡¡¡It´s the good LIFEEEE!!!
―¿Podrías ayudarme, por favor?…
Voz angelical; la réplica perfecta: con la violencia medida para el mayor sufrimiento posible, pues no me dejaba sujetarme, pero tampoco me arrojaba directamente al abismo, sino que era manipulado, como si fuera la marioneta del peor y más enfermo desquiciado (sí, porque también podía percibir el goce lascivo que desprendía el causante, quien era, muy posiblemente, yo).
5 de junio
Podía recordar haberme jurado que nunca más me volvería a pasar, y esto lo recordaba más que cualquier otro momento, incluso más que la enseñanza que mis padres―al igual que todos los padres, supongo―me dieron sobre el orden: «Ya lo sabes, hijo: un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar». Pero, a pesar de que juré con desesperación y con la cabeza llena de llantos y arrepentimiento, yo volví a rondar por esas calles peligrosas, y, como obvia consecuencia, terminé siendo acorralado en el mismo maldito callejón sin salida… Y ¿para qué? Esta pregunta es la que me revelaba que esta vez era peor que la anterior, pues en la anterior iba en busca de esa droga marginal que hace a uno suspirar (y en muchas formas); pero ahora no tengo ni la más mínima de idea de porqué me aventuré a tal arriesgada travesía (qué idiotez mía llamarla «travesía»… Bueno, no es sorpresa, soy un idiota, y puede que desde siempre).
A pesar de haber jurado, heme aquí, temeroso, sudoroso―aunque esto suena redundante cuando se habla de adolescencia―y con el alma ardiéndome como si fuera mismísima esencia del infierno. Marejada de sentimientos causados por el hecho de intentar profundizar con aquella chica de largo cabello rizado, mas no tan largo como el de la anterior, pero sí más perfumado (la esencia me bloqueaba mis pensamientos; la sangre dejaba de fluir en la cabeza, enfocándose todo el torrente hacia… Ustedes, si ya pasaron o cursan mi época, sabrán bien de qué hablo). Por alguna razón («anterior» me parecía incorrecto), aquello me provocaba disgusto, pero yo rechazaba ese disgusto; una batalla librada entre la aceptación y el pequeño cachito de mente que piensa de mi lo peor, como la excitación con la que se encuentra uno al enfrentar la aceptación a la muerte.
―¿Cómo te fue con los cálculos? ―Sólo estas preguntas salían por mi garganta contraída por los nervios.
―Supongo que no tan bien como a ti, listillo. ―Sonrió, y esa sonrisa iluminó el manojo de nervios que era yo, pero sólo momentáneamente, pues después sufrí el miedo de pensar que su alegría sea sólo efímera, de que se trate de una simple sonrisa de cortesía. La sonrisa continúo―: Envidioso. ¿Por qué no me ayudaste con el último ejercicio? Sólo eso necesitaba.
Me acerqué más, me aferré más a la barra que cuidaba al jardín cercano de la acera. Me sentí confiado: ella me prestaba más atención a mí que a la llegada de su transporte, y eso que ya anochecía.
La conversación continuó su curso: yo evitaba trabarme, rascando cada área de mi cerebro para conseguirlo; pero la tarea me resultaba, reiteradas veces, imposible, pues mi experiencia era limitada, por no decir ínfima. Dicha labor terminó bloqueando mi memoria: lo que yo mencioné o balbuceé lo olvidé tras segundos, y, extrañamente, deseé más y más, aun sabiendo que lo olvidaré; siento que la esencia de sus palabras logra profundizar hasta llegar a acoplarse a mi alma.
Por desgracia, no todas las palabras desprenden una buena esencia: algunas remachan el corazón con un rastro de azufre y cieno.
―Tengo que irme ―dijo con un rostro que se me había hecho ya habitual (muy temido): un rostro vacío de alegría, parte del clímax de la extenuación y la tristeza, sentimientos que ella había estado aguantado durante todo el día, y, tan claro como mi afán, era obvio que yo había provocado dicha catástrofe.
Lo sabía, lo sabía; esa era la peor parte. Sabía, pero no veía, no escuchaba, no creía, no actuaba. La realidad merodeaba elíptica por mi mente, y cuando me hallaba a punto de relacionarme con ella, el temor golpeaba brutal y arrasaba con toda aceptación.
Ella se volteó, y yo recibí otro golpe gélido de aquel rostro, pero esta vez también veía enojo en la comisura de sus labios.
Aquella noche, mi conciencia se convirtió en un desastre, en donde las emociones acabaron cercenadas hasta quedar irreconocibles y los pensamientos se traumaron hasta perecer ante la fría sumisión del agotamiento.
Al día siguiente, aun a pesar de acabar inmerso en la desesperación y el llanto silencioso de la destructiva autocrítica, yo regresé a aquel callejón peligroso; ya me había vuelto adicto otra vez, pero ahora sin motivos claros, como el que degusta droga sólo por hallar aburrimiento en lo cotidiano.
20 de agosto
Cada día mi imaginación creaba una nueva realidad en la que mis labios se encontraban con los de ella. Una nueva realidad en la que ella se acercaba a mí y me enredaba en sus brazos, brindándome el calor y el amor del regalo de la experiencia. Soñaba, sonreía y disfrutaba; cuando gozaba del dulzor del fruto del segundo y el tercero, llegaba el crudo momento de darme cuenta de que me encontraba atrapado en el mundo del primero.
La realidad llegaba después en forma de lágrimas, lamentos y remordimientos… Pero la frustración llegó y se llevó todo eso para convertirlo en enojo, el cual no tardó mucho en salir:
―No, no puedo hoy, Fred. Tengo que ir…
―Si tienes algún problema, dilo de una puta vez, George. Llevas más de dos semanas con lo mismo, y yo no estoy para soportar lloriqueos de nena.
―No, no tengo ni un problema, sólo que hoy deseo estar solo. ― La ira causada por despertar de alguna de esas múltiples fantasías evitaba que pensara con claridad―. A veces, simplemente eres muy insistente, molesto. No se puede soportar siempre tu parloteo lento. ―Vi a la chica, y mi deseo de seguirla aumentó mi desesperación; tenía esperanza de que alguna de esas fantasías se hiciera por fin realidad… Era todo un ingenuo.
―Y tu simplemente eres un imbécil. Y yo no puedo soportar a alguien tan mierda como tú. ―Me dio la espalda y se alejó, pero se detuvo―. Sé por qué pasa esto… Sólo espero que te des cuenta pronto… antes de que no haya más remedio.
Y esas, justamente, fueron las palabras que acabaron con una amistad de años.
Yo, siguiendo un camino incierto que advertía múltiples peligros (todos creados en mis fantasías), continúe en pos de ella.
10 de septiembre
Me encontraba en la conversación más placentera de los últimos meses. Curiosamente, el tema era uno que me desagradaba por completo: gatos.
―¿Te gustan los gatos? ―me preguntó esta chica pelirroja de cabello enrulado mientras me mostraba a su pequeña (de pocas semanas de nacido) mascota.
No le conteste enseguida, pues me encontraba enfocado en la chica por la que, días antes, desviaba mi camino de salida del colegio, la chica por la que acabé con una amistad… Me siento terrible cada vez que digo aquello, ya que no es culpa de ella, yo lo sé, pero no lo acepto; sin embargo, el enojo continúa saliendo y yo actuó como el viejo cascarrabias que culpa del frío a la lluvia en vez de así mismo por no abrigarse. Yo sabía que la lluvia se acercaba, pero fui tan testarudo que preferí seguir desprotegido.
―No realmente ―respondí yo, luego de sentir el pelaje del pequeño minino.
La chica continuó con su afán de entregarme a su diminuto gato, por el cual sentía una repulsión libre de asco y odio. Yo, mientras tanto, trataba de apartar la mirada y concentrarme en la otra… pero no pude. Aquella chica seguía entregándome al gato, aquella chica continuaba tratando de entablar alguna conversación conmigo, aquella chica no era repelida por el ser asocial en el que me había convertido en el transcurso del año, aquella chica… Por primera vez, yo sentí que alguien quería relacionarse conmigo, con el yo que está detrás de los ojos. No sé por qué, pero lo sentía: sentía como se reconfortaba mi cuerpo, mi ser… ¡¿Qué sé yo sobre este tema?! Si algo relatan mis páginas, es mi nulo conocimiento sobre este amplio y turbulento campo; por desgracia, esto lleva a la curiosidad, y la curiosidad lleva a la duda, y esto, al final, lleva a la perdición del joven perdido que tanto busca la emoción que endiosa este mundo.
―Cuando son así de pequeños ―agregué cuando acepté por fin al peludo blanco―, no son nada terribles, pero cuando crecen se convierten en unos malditos bastardos…―En mi interior, el sentimiento de fracasó comenzaba a brotar, pero, en lo profundo, sentía que atentaba, apropósito, contra mi felicidad; nada nuevo.
―Sí, algunos sueles ser muy desgraciados. ―Sonrió; la felicidad quebraba la congestionada presa de auto-conflicto―. Pero algunos son graciosos a su bastarda manera.
Reía, y, después de tanto tiempo (o quizá por primera vez), percibí que se trataba de un sentimiento genuino.
Pero no se olviden de mi talento: transformo la dicha en desgracia, de maneras sumamente increíbles.
15 de noviembre
Los últimos días se transformaron en vivencia mental. Pasaba de lo material y real a la impalpable fantasía, al mundo de la imaginación. La maldita imaginación. «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos […] la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación»: el resultado de vivir bajo la guía del maldito tesoro que se le es otorgado a todos nosotros. Imaginación: esa llave que abre las puertas que nadie quiere ver… las puertas que desenmarañan la belleza inalcanzable, el recuerdo incesante del fracaso de metas que se van creando infinitamente sólo por… no lo sé, o tal vez no deseó afrontar tan terrible verdad, ni siquiera tratar de formularla. «Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada»: el escabroso remate, que nos enclaustra la garganta y nos priva del dulce sabor de los anhelos. Me había convertido en (y también muchos más; no tengo la fuerza para soportar dicho pensamiento yo solo) un mendigo que corta carne carente de peso y sabor, en un plato que no resplandece ni sustenta, con su cuchillo que no corta ni mucho menos palpa, llevándose luego a la boca el suculento bocado para degustar del sabor vacío de la imaginación; se sigue saboreando una y otra vez dicho plato hasta caer muerto con una sonrisa en el rostro, una sonrisa también imaginaria.
Ahí estaban una y otra vez los recuerdos: eran dos clases de recuerdos, dos mundos que se veían tan perfectos y hermosos, dos mundos que ocultaban auras dañinas y enfermizas.
En uno involucraba siempre a la chica de cabello largo a quien yo siempre perseguía en la salida: «―Te amo ― decía aquella chica, e inmediatamente sellaba el amor con un beso que revitalizaba mi alma» «Ella me tomaba la mano, me abrazaba y, como acto de magnetismo, nuestros labios se atraían. El sentimiento de alivio, pertenencia, destino, descubrimiento personal… Ese beso englobaba una batiente de dimensiones emocionales. No importaba nada más; sólo éramos ella y yo, unidos por ese despliegue de sensaciones barnizadas por la miel y el vino»… Este mundo también presentaba otra salida, una que alimentaba a mi desvergonzado y patético narcicismo: «―¿No ves que yo…?― la chica temblaba, lloraba; su alma se desbordaba por sus ojos rojizos». «Yo ganaba coraje (¿De dónde? No sé) y le sujetaba de la mano, luego elevaba su mentón, y, mientras observaba el fulgor de las lágrimas, yo la besaba―. Yo también te amo».
Otras veces, mi mente se desquiciaba con los recuerdos de la chica del gato: «El día más feliz de mi vida: había chistes, jugarretas, cosquillas; habían risas y felicidad en cada rincón de la habitación… Había una pequeña pelirroja (o yo soy el gigante) y un gatito, cuya presencia comenzaba a tolerar. Las cosquillas vinieron acompañadas de una embestida. Ella terminó encima de mí, y las risas se convirtieron en el silencio de los amantes. El silencio se mantuvo, pues los labios se combinaron y formaron el corazón que están destinado a formar».
No deseo evocar más recuerdos; no deseo que tengan una imagen más baja mía de la que ya estas páginas relatan… Bueno, la verdad es que no deseo lastimarme más, no deseo que la marca sea tan profunda como para ser capaz de perseguirme durante toda la vida (no sé qué hare con estas páginas, a veces pienso quemarlas… Ni de eso estoy seguro).
Ese era mi día a día: el pleno funcionamiento de ese maldito tesoro llamado imaginación. Sí, era hermoso ver dichos momentos, casi como si viviera (la bastarda es muy poderosa, incluso logra recrear experiencias, y ni hablar de las que son únicas y profundas) cada una de esas manifestaciones. Pero, al fin y al cabo, todo estaba confinado sólo en mi mente. Todo estaba en ese maldito ente, al cual había entrenado para atormentarme (es mi culpa sufrir la lluvia, no de las nubes, maldito anciano decrépito).
Básicamente, mi vida se había convertido en fantasía. Ya ni siquiera podía conectar con lo terrenal, y cuando lo hacía, todo ese peso de sueños y éxitos penetraban en mi pecho con más intensidad que la de una bala; lloraba apenas abrir los ojos.
Buscaba algo que era imposible para mí, no por fealdad―tampoco soy el más guapo―, sino por cobardía. Temía a las consecuencias. Durante toda mi vida, yo me adoctriné bajo la siguiente frase: «si algo puede salir mal, saldrá mal». Y, pues, en estos temas, bajo experiencias pasadas, yo me aferró aún más que nunca a ese credo.
Había tocado fondo, o, mejor dicho, había traspasado ese fondo, sumergiéndome en aquel paraje en el que incluso la oscuridad llega a reunir esencia alguna. Ya no se podía caer más bajo ¡Esperen! Recuerden que, si algo he aprendido en mi vida, es que yo destaco en este campo.
El colapso
Se iniciaba la cuenta regresiva.
Estaba en mi punto clímax. Todo mi cuerpo se desmoronaba con el pasar de los días, las horas, los segundos. ¿Cuándo comenzó? No tengo ni la más remota idea, pues, como saben, he estado perdido en el mundo de la fantasía…
Pero ahora, este mundo de fantasía lleno de amor, pasión, risas, besos, caricias, sexo (me avergonzaba por ello; pero eso no detenía la excitación, ni mucho menos al instinto que me obligaba a bajar mi pantalón), estaba transformándose en algo horrible y degenerado (mucho más que la masturbación crónica). Mis sueños se transformaron en abominaciones; llega un punto en el que la sonrisa que la droga te deja pegada en la cara deja de ser de felicidad y se transforma en una de locura, es decir, amor por el morbo del efecto, el cual te arranca cada vez más de la humanidad.
Esas risas y alegrías con la pelirroja amante de los gatos, que maquinaba a cada momento del día para escapar de la maldita realidad… La pasión de los besos de la chica de largo cabello que mi mente generaba en mis labios (tortura, pienso yo) … Todos esos recuerdos se transformaron en… muerte.
No lograba sacar más pistas. No lograba saciar los resultados esperados por mis frecuentes hipótesis (las cuales se tornaban negativas). Todavía quedaba un método―el más directo de todos―sin probar, pero, sin el instrumento adecuado (coraje), éste nunca se llevaría a cabo. Entonces mi subconsciente sacó una forma de revelar los sentimientos de estos dos seres celestiales (eran opuestas, pero aun así ellas lograban avivar un sentimiento único en mí; sin embargo, el abandono de éste me dejaba incluso más arruinado que el vicio de la droga).
«―Lo amaba… Yo lo amaba… ¿Por qué me aleje de él? ―La chica de cabello largo mostraba fuertes sentimientos a través de sus ojos rojizos y su respiración constante. La felicidad, la cual se me era ocultada a mí (dadas mis deducciones), se había desvanecido por completo. Sufrimiento: era lo más apreciable en la escena puesta». Ese rostro desvalido comenzó a serme adictivo, al igual que las primeras palabras que ella cruzó conmigo. Llegué a disfrutar de su penuria, pero, ojo, sólo de la que era causada por mi muerte (en aquel tan lejano y tan cercano mundo de mi consciente, enfermiza y ególatra en estos momentos).
«El gato se postraba junto a su desfallecida dueña. Aquella estrella resplandeciente que iluminaba a todos los seres que entraban en su órbita, había pasado a ser uno de los más horrorosos agujeros negros: se podía ver la succión en el gato sin vida, en el fuego del cabello que se opacaba y adquiría aspecto cenizoso, en los ojos que se mantenían firmemente abiertos y con vista al vacío. No había ningún sonido, pero si una imagen punzante. Una vasta pintura expresionista creada con una profunda gama de grises». Yo era el pintor… y me sentía orgulloso de mi obra.
Se habrán dado cuenta de algo, y si no, yo se los diré: en lo único que se enfocaban estos parajes mentales, eran en el peso que yo cargaría en estos dos seres opuestos. No veía a nadie más: no veía a mi querida madre, ni a mi padre, ni a al mejor amigo que tuve en la vida, absolutamente a nadie más. Y en parte, me sentía bien por ello, ya que no soportaría―tampoco me perdonaría―llegar a crear la imagen de mis padres velando mi muerte. Sin embargo, desde el otro lado, me sentía un ser patético, vacío y dañino, pues los anhelos de mi vida (la razón de ser) actualmente eran provocar interés en otras personas; mi vida, mi felicidad, dependía de la reacción que yo podría causar en otros.
Mi mundo se había convertido en una atracción de circo, y de cierta manera, yo le veía un agrado a cómo eran las cosas… Creo que el valor que le daba a ese sentimiento, el cual nunca encontré, pero que era muy halagado por la sociedad, compensaba toda esta travesía; siempre se recorrerá con una sonrisa el arcoíris, ya que aun a pesar de que en el trayecto se encuentre hasta a la mismísima muerte, uno ira sonriendo, pues les contaron que hay una promesa de oro al final del camino… Pero algunos ya inician el viaje estando muertos.
Temo por lo próximo: las clases se acaban, y no tengo la certeza de qué será de mí. Qué miseria la mía.
Una última bifurcación
Siento el viento recorrer por mi piel, por mis vellos erizados, por mis venas. Tengo el panorama de una ciudad que se prepara para soportar el velo de la noche. El olor a concreto invade mi nariz.
¿Dónde estoy? Pues estoy en la azotea del edificio en el que vivo.
¿Por qué? Pues estoy aquí para resolver una última cuestión.
Recapitulemos, pero esta vez lo hare más rápido y sencillo, para que no los aburra aún más todavía: el año se terminó y me separé de las dos fantasías más extrañas que haya tenido; ellas no me dijeron nada, y yo tampoco les dije algo a ninguna, es más, ni siquiera planeaba hacerlo, pues mis movimientos eran planeados bajo al temor a la reacción (en las fantasías, anhelado) de la cobardía. Y el distanciamiento tuvo más de mi parte, pues sólo quería acabar con todo de una vez y alejarme lo más rápido posible; llegué a la situación en la que me enfrento a la adicción en silencio, velándome a mí mismo. Sí, podrá ser la peor manera, pero no podía llegar a expresarme (o simplemente acabe odiando la compasión de los demás).
Los primeros días fueron arduos: cada día deseaba volver a ese último momento y, en resumidas cuentas, hacer algo. Sobreviví, y, pasado el mes, los vestigios de aquellos mundos fueron desapareciendo, siendo limpiados por el silencio y la soledad; de una manera triste, sí, pero, al fin y al cabo, limpiados (aunque lamento haber angustiado a mis padres).
La vida empezaba a tomar más rumbos. Me empezaba a interesar en asuntos que anteriormente descartaba. Empezaba a sonreírle a la mañana. Empezaba a dejar de sentir ese vacío que sólo se desvanecía al ver a uno de esos amores. Empezaba a volver a conectarme con este mundo.
Pero la historia continuó y llegó al terrible desenlace.
Un día de febrero, mi recién adquirido celular comenzó a sonar. Naturalmente, respondí… y aquella voz que pidió ayuda la primera vez que se cruzó conmigo salió de la bocina. Deseaba colgar, pero la adicción retornó de inmediato y me impidió acabar con aquella hermosa melodía. A la mitad del acto, mi mente comenzó a maquinar de nuevo: «¿Sabes qué significa esto? Amor, amigo mío. Ella te buscó. ¡Ella te buscó! Parece ser que no estabas para nada equivocado». Me tragué de nuevo ese hermoso verso. Me tragué esa transformación de la realidad. Se sentía tan bien…
―¿Me podrías ayudar…….?
Colgué apenas escuchar esa palabra.
―Ves, ¿Por qué demonios no despiertas y ves la realidad, maldito idiota? ―me grité a mí mismo, enojado y aliviado.
Me tumbé en mi cama con el celular en mi pecho. Volvió a sonar. Una y otra vez volvió a sonar.
En mi interior, se batallaba por el control de mis acciones. Batallaba por ese oro «Dicen que hay oro, ¿por qué no vas por el oro, idiota?».
Diez llamadas pérdidas y 3 mensajes: ahí dejo de sonar.
La curiosidad me ganó y revisé los mensajes: todos ellos hablaban sobre un reencuentro. Sonaba inspirador… pero al final del tercer mensaje, me espabilé:
Ya que los 2 pensamos estudiar lo mismo, ¿por qué no estudiamos juntos?
Me di cuenta que esto tenía que parar. Todo esto tenía que parar de una vez. Ya que había llegado al punto de inventar una vida opuesta a la mía con tal de atraer su atención. Cualquier intento sería sólo vivir una mentira. Una búsqueda de satisfacción a través de la reacción de otros, esperando que fuera devastadora, o, por lo menos, notoria. Una vida basada en una filosofía de existencia: existes cuando eres percibido.
No podía arriesgarme a escuchar ese celular otra vez.
Y aquí estoy yo, sintiendo el viento, oliendo el concreto, viendo a la ciudad encendiéndose para enfrentar al ocaso. Viendo como brilla el concreto del piso ante el enfoque oscuro, brillo que me hace pensar que cualquier cosa que impactase contra él sería liquidada de inmediato. Aquí estoy yo… admirando al concreto, a un paso de bajar hacía él.
Saqué el celular del bolsillo, escribí un rápido mensaje, y dejé caer todos mis problemas.
3
Había trasformado toda mi vida para el disfrute de otros.
2
Dejé de existir, sólo para atraer personalidades que sí encajasen con las fantasías y no con los propios hechos.
1
Me había dejado dominar por el deseo de percibir, por primera vez, un sentimiento desconocido. Seguía persiguiendo a ese arcoíris, y sin importar el clima o el panorama, yo continuaba buscando aquel oro y felicidad del cual todos hablaban. No puedo culpar a tal belleza, sólo a mí mismo por haber transformado enfermizamente la realidad. Sólo me engañaba, y a cada rastro de duda, creaba una mentira para reemplazar a la otra…
0
Todo un enlace se esfumó al estrellarse. Dejé de sentir ese gran peso en el pecho.
Miré los restos del viejo celular que me había regalado mi tío (lo siento por él, verdaderamente) y sonreí. En verdad aquello me resultaba mucho más bello que el mismísimo arcoíris.
Bajé del techo corriendo: en treinta minutos volvería a ver a un gran amigo; regresaría a un verdadero rumbo, en el cual la belleza y la felicidad se pueden apreciar incluso en unos escombros de plástico y metal.

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