Eso me basta

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Son las 2:38 de la noche y no consigo dormir. La luna llena llena la habitación, puesto que nunca he sido partidario de utilizar las persianas. Me resulta tremendamente incómodo subir una persiana y darme cuenta de que se me ha estado escapando el día. Prefiero levantarme con la luz, como mis antepasados debieron haber hecho. Manías.

Oigo tu respiración contra mi espalda y algo parecido a la ternura me inunda el organismo. Me giro con cuidado de no despertarte y observo tus largas pestañas y la curvatura de tus labios. Te toco una teta y te beso el ombligo por si te apetece algo más. Pero sueltas un suspiro y te das la vuelta. Te susurro a través de tu cabello buscando tu oreja izquierda que no puedo dormir y que voy a dar una vuelta. Asientes diciendo que tenga cuidado.

Me visto de cualquier manera, me calzo las botas y cojo las llaves de todas mis propiedades: un pisito de alquiler a las afueras y un cochecito que basta para llevarnos al trabajo y hacer alguna excursión de vez en cuando. Bajo a la calle y me meto en el coche, aparcado a poca distancia. Y es entonces que empiezo a circular por la ciudad sin rumbo predefinido. Paso por la estación de tren, lugar a donde llegaba los domingos entre una marabunta de estudiantes con maletas repletas de ilusiones y ropa limpia. Y de repente me acuerdo, al ver a dos borrachos meando junto a un arbusto, de que es jueves y que por el centro estará lleno de gente en los bares y las discotecas. Costumbres del primer mundo. Solución y origen de muchos problemas.

Dejo la estación a la derecha y llego a una rotonda y subo por la calle del Hórreo hasta la Plaza de Galicia. Los semáforos guiñan sus ojos ámbares permitiendo que circule con comodidad pero siempre alerta. Una ambulancia aparece fostiada hacia la Alameda. Algún exceso, quizás.

Tres amigos abrazándose aparecen en medio de la calle y reduzco la velocidad. Me evocan tiempos desenfadados en que bebíamos ocho veces por semana en los garitos y pafetos. Recuerdo especialmente aquel que había en unas galerías. Un garito heavy con futbolines fuera y mil melenudos agitando lo propio al compás de unos acordes más duros que el turrón del año anterior. Me acuerdo, en especial, de lo pegajoso del suelo, lo guarros que estaban los baños y las chicas interesantes que por allí pasaban. Cuando íbamos nos poníamos en formación cerca de la barra con un vaso y bajábamos litros hasta que nos sonaba alguna canción y nos íbamos desperezando como mamíferos a las puertas de la primavera tras su letargo. Y entonces sonaba alguna canción de los Heredeiros da Crus, Robe Iniesta o Boikot y nos poníamos a bailar o hacer el ganso, lo cual coincidía con sorprendente regularidad. Y bebíamos y escuchábamos música y fumábamos. Y luego íbamos a otros sitios más sofisticados pero ya no era lo mismo. Aquel recuncho era la mierda. Y es un pedazo de mi juventud. Para bien o para mal.

Sigo dando vueltas mientras voy rememorando días pasados. Repaso las calles donde me enamoré y que tantas veces caminé para arriba y para abajo. Veo que algunos negocios han cerrado y otros han abierto. Algunos negocios siguen en pie, como aquella cafetería en Pelamios que tienes que bajar unas escaleras y que atendía un tío delgado y preparaban unos perritos calientes con barra de pan que estaban a menos de tres euros. O los bares varios donde cenabas y te emborrachabas baratamente alrededor de la residencia de estudiantes donde viví el primer año. Novatadas, whiskey, Bukowski y rock and roll. Y soledad, y odio hacia mí mismo, e incomprensión, y falta de autocontrol. Pero ya, si eso, otro día, me digo sacudiendo la cabeza.

Los coches son escasos y peligrosos por la noche. Supongo que en los océanos pasa lo mismo. No con coches, evidentemente, pero con criaturas de los abismos con esas lucecitas para atraer víctimas. La naturaleza, qué cabrona. A mí me gusta ver los árboles y las montañas, las estrellas y los ríos. Pero eso no quiere decir que me ponga a abrazar osos cuando los veo. Cada cosa en su sitio. Y ojalá los humanos aprendamos a convivir con la naturaleza de una vez por todas, si es posible. Yo prohibiría hacer una construcción más. Ni carretera en nombre del progreso ni rabos de gaita, como decía mi profesora de matemáticas cuando estudiaba en las monjas en Monforte de Lemos. Y que me maten pero me acuerdo de todos ellos. Estaba Vicky, la profesora de Inglés. Ana, la de Matemáticas. Dora, la de lengua. Carmiña, la de gallego, etcétera. De Dora recuerdo un episodio que mancha mi historial un poco.

Lo cierto es que un día Dora pidió unas tijeras y un niño hacia el fondo le dijo que tenía unas. Yo, movido por el psicópata que llevo dentro, grité que se las tirara. La profesora, como es obvio, se viró hacia mí y me dijo algo del tipo oye niño tú eres tonto. Me dolió. Yo aún me creía inteligente. Pero más le habría dolido a ella.

Circulo hacia las afueras de la ciudad y los recuerdos se agolpan en mi mente uno tras otro, a veces se funden y otras veces vienen bien separaditos. Me acuerdo de los amigos que han desaparecido y que decían oye, nos seguiremos llevando hasta que nos muramos. Y todo eso. Las cartas, las quedadas de vez en cuando, los veranos de festival. Y ojalá hubiese sido cierto. Pero incluso si se celebra una de estas reuniones para vernos las jetas cincuenta años más tarde no creo que vaya. Prefiero mantenerlos en mi mente tal y como eran, pura energía, niños, con ilusiones. No quiero ver en que se han convertido. No, gracias. No quiero que vean tampoco en que me he convertido. Uno más, simplemente un número más luchando por no ser un cero a la izquierda.

Todas las personas que conocí y conoceré estarán ansiosas por compartir sus opiniones de mierda, tan vacuas de sentido como la mía propia. Esgrimiendo libertad, democracia, que si izquierda o derecha, que si comunismo o capitalismo, que si feminismo o machismo, que si esto o lo otro. Y, mientras, en algún despacho, los algoritmos trabajando y riéndose de nuestras trivialidades. Joder, que pensamientos más felices que tengo a las tantas de la madrugada.

Llego a Noia sin casi darme cuenta y aparco en el malecón. Salgo del coche. No hace mucho frío. Me apoyo en el capó. La luna es la misma que te ilumina en la cama, la misma que mi madre vería de estar viva. Una vez, cuando me fui lejos me dijo en un discurso algo cursi que la luna sería la misma cuando la mirásemos. Uno tiene sus momentos bajos. También mi abuelo el macho lloraba cuando venía de vacaciones a ver a mi madre y cuando se marchaba de nuevo. Mientras le decíamos hasta el próximo año, abuelo, él preguntaba ay ay ay y llegaré. Era un tío especial, mi abuelo materno. Decía que al morir lo incinerásemos y lo echásemos por el retrete. Yo creo que era para hacerse el duro, como me lo hago yo de vez en cuando.

Me meto de nuevo en el coche y sigo quemando rueda por el lado sur de la ría. Abro las ventanas y dejo que el frío entre en el coche. Me siento vivo, conduciendo, contaminando porque sí para sentirme libre. Cuando llego al aparcamiento cercano a Castro Baroña me bajo y comienzo a caminar hasta el poblado ruinoso. Casi me escoño un par de veces, pero consigo llegar y sentarme en las rocas. El sonido de las olas me llena de paz. El mar enfurecido es un regalo para mis oídos. Cuando visito lugares como estos, suelo ponerme a imaginar cómo vivía esta gentuza hace tantos años. Ni internet ni motos de agua, ni grifos con agua corriente ni medicinas en el sentido moderno. Vivirían al día, con lo puesto. Y vendrían luego los romanos, los putos amos, y se los cargarían y follarían a sus mujeres y los esclavizarían. La historia no es más que una sucesión de violencia y placer. Y dos mil años más tarde cuatro intelectuales elegirían lo que les interesase de la historia y forjarían un relato nacionalista de medio pelo para unir a la gente y cantar cosas sintiéndose menos solos en el universo. Y eso no está mal, claro. Hay que matar el tiempo de alguna manera.

Algunos lo matan quejándose, otros escribiendo trapalladas, otros viajando o viendo películas y otros mejorando el mundo de alguna forma. Otros se matan a sí mismos. En realidad, no lo niego, he considerado el suicidio alguna vez. A los dieciséis años me puse a jugar en las vías del tren. Llegué incluso a posar la cabeza en el frío de los raíles solo por saber un poco mejor a qué sabía la muerte. Uno se siente más vivo cuando es consciente de la muerte. Pero menos mal que todo eso pasó ya. A veces me quedan coletazos y, cuando voy en coche, me veo dando un volantazo y mandándome a la mierda por un viaducto. Pero se me pasa rápido.

Vuelvo al coche y recomienzo a conducir hacia Santiago por las carreteras. Poco coche. Aparco en el mismo sitio y son las seis de la mañana. La luna sigue ahí arriba, sigue ahí arriba, llena.

Me meto en cama y te despiertas poco a poco. Me preguntas dónde he estado y te digo que por ahí. Sé que sabes que a veces me pongo triste y necesito estar por ahí y que no me vas a hacer preguntas ni pensar cosas sobre amantes. Te beso, porque sé que me entiendes y eso me basta. Eso, me, basta.

 

Comentarios

  1. Luis

    22 febrero, 2019

    Escribes muy bien, casi como un genio irredento. Un saludo y mi voto Andrés-.

  2. AVM

    22 febrero, 2019

    Gracias, amigo, por venir por aquí de nuevo. ¡Un abrazo!

  3. GermánLage

    22 febrero, 2019

    «Sé que me entiendes, y eso me basta». Pues, claro. Nada más gratificante que el saber que a uno le entienden.
    Me encanta tu estilo, fluido, impecable en su ritmo. Excelente la técnica de tejer toda una vida, a base de recuerdos, en torno a una acción tan simple como un paseo matutino en coche. Un relato de verdadera altura, Andrés. Te felicito.
    Un abrazo.

  4. Mabel

    22 febrero, 2019

    ¡Excelente relato! Un abrazo Andrés y mi voto desde Andalucía

  5. Estela Rubio

    22 febrero, 2019

    Leyendo tu relato, (excelente) me pregunto: ¿Por qué hay hombres, -porque casi siempre son los hombres-
    que aparentemente tienen todo para ser felices, no lo son. Tener quien los entienda y los ame, no es muy común. En fin, no entiendo a los hombres.

    Excelente texto que muestra las tristezas de un hombre.

    Mi voto y saludos

  6. JR

    23 febrero, 2019

    Realmente muy interesante el paseo que nos has llevado a dar juntos. No solamente pudimos ver el mundo externo por donde pasabas sino tambien algunos de tus recuerdos y tus traumas. Como han dicho otros: excelente. Saludos y mi voto.

  7. Gian

    23 febrero, 2019

    ¡Que buen relato. Me gusta tu estilo. Saludos y mi voto.

  8. Vladodivac

    24 febrero, 2019

    @andresvarelamiranda

    Me gusta Andres, me gusta tu forma de contar las cosas , de narrar lo cotidiano, un voto merecido y mi abrazo.

    Semper Fidelis.

    Joaquin.

  9. Mónica

    3 marzo, 2019

    Te doy un 10. Me encanta!

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