La escalera

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El sonido intenso de la sirena arranca grave. Un chasquido metálico destraba la enorme cancela y, enseguida, vomita una turba de hombres de paso anquilosado. El frio duro, que empuja al sol hasta el borde mismo de la tarde, les golpea de lleno. Su paso se acelera. Corren con dificultad hacia la red de calles que  sale de  la plaza, cerca de la factoría. La tímida nevada que les acecha gana intensidad. Josué se abre paso entre ellos con cierta prisa. Con gesto distraído, levanta el cuello de su abrigo, que envuelve la bufanda y después, con su mano izquierda, cierra sus solapas sobre ella. En los últimos meses ha estado sisando tiempo a su férrea rutina y dinero a su estrecha economía. Ha conseguido ahorrar unos eslotis y comprar un camafeo de plata que sabe qué le gusta a Anna. Es una humilde joya antigua que atesora más historias que valor y que, una vez más, vuelve a cambiar de manos. Ella le espera en casa, para celebrar su quinto aniversario.

La gente lo mira, tan incrédula como molesta. Su sonrisa le delata. Sin siquiera darse cuenta, alardea de una felicidad impropia de esos días, que hiere con su vehemencia a todo el que se le cruza. Josué solo piensa en Anna y en su inminente encuentro. Apenas hace doce horas que la dejó para acudir a la fábrica y siente que el aire le falta. En estos años nunca se han separado y ella llena cada minuto de su vida. Con su imagen en el pensamiento, aprieta el paso y enseguida alcanza la esquina que accede al callejón en el que vive.

Al doblarla se topa con un camión que, con el motor en marcha, permanece detenido frente a la entrada del pequeño edificio. Sus ruedas, hundidas en el barro, han dejado tras de sí una estela de fango que la nieve aún no ha cubierto. La muchedumbre corre de un lado a otro, evitando la proximidad del vehículo. Los gritos suenan tan ininteligibles como hostiles. Unos instantes después, solo suena el ruido ronco del motor del camión, que acompaña su traqueteo con bocanadas de un humo pringoso. La nube grasa, que se extiende sobre el suelo, es incapaz de elevarse y flota perezosa sobre la nieve recién caída.

Un zumbido breve suena cerca de él y, enseguida, un golpe seco. El impacto se produce en medio de la bruma aceitosa. Pronto le sigue otro y un tercero más. Su maleta de cuero grueso y otra más pequeña, de mano, yacen ahora frente a él hundidas en la nieve. Sobre ellas, la última en caer, una vieja bolsa de viaje, que se ha reventado con el golpe, ha vomitado por un costado el retrato de su boda, que hasta ahora siempre había estado sobre su mesita de noche.

Su mirada se eleva al cielo. Recorre fugaz la vieja fachada en busca de una respuesta. No entiende nada. Enseguida ve, como desde otras ventanas, brazos precipitados que  lanzan toda suerte de objetos personales. La lluvia de enseres es creciente y el golpeteo seco salpica con sus colores tristes y viejos el suelo blanco. Con cada impacto, la nube se revuelve. Se eleva sobre sí misma y, un instante después, se deja caer lánguida para envolver todo bajo su capa gris.

Josué piensa en su aniversario y en Anna. El pequeño paquete, con su regalo dentro, cae al suelo y sus puños se cierran con la fuerza de la rabia. Se lanza a la carrera abriéndose paso entre la gente que se agolpa en la entrada. Un vecino le increpa, otros le gritan que se marche, que corra lejos de allí. Alguien, incluso le sujeta del brazo para que no entre, pero Josué, con un gesto tan hostil como brusco, se zafa enseguida y acelera el paso. Ya ha conseguido entrar en el portal. Tras él, amontonada en la entrada, la gente le observa entre curiosa e inquieta. Todos han quedado atrás y con ellos los gritos y el ruido. Ya no se escucha el golpeteo seco sobre la nieve, ni el traqueteo del motor. La penumbra de la entrada se alimenta de un rio de oscuridad que desciende por la escalera. Arriba, en las plantas superiores, se escucha el estampido de alguna puerta que cierra precipitadamente.

Sube los escalones de los primeros tramos de dos en dos. Sus grandes zancadas se alimentan de la fuerza del amor que siente por Anna. Los peldaños crujen quejicosos. Los primeros, tímidos bajo la fuerza de sus pisadas, apenas le rozan con dudas. En cada paso imagina un nuevo peligro y para luchar él, inventa una respuesta heroica, que la salva ella.

Para cuando Josué ha alcanzado la primera planta, su imaginación ha pensado ya en tantos peligros como victorias incontestables. Su mente ha ganado cien batallas y se siente un héroe. Quiere que el mundo lo sepa. La gente, la misma que le gritaba que huyera, debe conocer cuánto ama a Anna y todo lo que es capaz de hacer por ella. Enseguida, y con su energía casi intacta, reanuda su camino hacia la segunda planta. El torrente de oscuridad, que desciende con creciente velocidad, gana caudal frente a él. La entrada del portal se le antoja muy lejana y Josué siente una sensación nueva, diferente. Es una inquietud creciente que ahora se abre camino en su imaginación y ya retumba con insistencia. El temor asciende por sus piernas y ralentiza su carrera. Aminora su marcha. Cada paso se torna más cauteloso que el anterior y con cada uno, su fuerza se agota. Ahora, cada victoria es más costosa. Descubre en su recuerdo imperfecciones de Anna, su imagen presenta una belleza más ajada.

El camino a la segunda planta es un campo lleno de trampas. Cada escalón esconde una batalla que merma su fuerza. Los miedos arrecian y el continuo irrigar de temores, que le ha ido calando, es ya un chapoteo grueso. Las dudas, cómo pasa con el agua sucia del charco, que se torna barro, ya han cuajado en miedo. Un miedo que lo tiene detenido en el último escalón que da a la siguiente planta.

Por primera vez, una duda alcanza su inquebrantable fortaleza. En su firmeza se abre una pequeña fisura, que un segundo después, es ya una enorme grieta. Sus certezas se resquebrajaban a cada paso y cada nuevo peldaño se torna una fortaleza a conquistar. Cruza veloz el pasillo que recorre la entreplanta. Ahora esa velocidad que imprime a su carrera tiene algo diferente. Sus ojos, rápidos, recorren cada rincón con aprensión. Su mandíbula, apretada hasta el dolor,  intenta contener el grito qué ahoga su garganta. Sus manos se aferran al pasamanos con la ansiedad del que sabe que sus rodillas no van a sostenerle más. El  pánico le persigue y Josué, piensa en Anna y si ella haría lo mismo por él; y siente que no y en su memoria, empiezan a convocarse recuerdos con sus defectos y sus decepciones. Enfrentándose a ellos y a su miedo,  enfila el tercer piso.

En el nuevo tramo, los escalones ceden bajo sus pies. La madera se comba de forma inverosímil y con cada crujido seco chilla una advertencia. Sus pasos se vuelven más cautos y el grito de la escalera se le hace ensordecedor. Su pisada apoya con desconfianza. Sus piernas flaquean  y cada paso, le consume. Al enfilar el último tramo, en el rellano, se detiene exhausto. Rebusca en sus recuerdos, en su amor por Anna y a duras penas reúne la fuerza para afrontarlos con éxito. Palpa el límite de su resistencia. Al llegar arriba se da cuenta, en ni uno solo de esos últimos peldaños ha encontrado nada de Anna por lo que luchar. La duda, una enredadera que se alimenta de la sombra, ha arraigado ya con tal fuerza en su pecho que,sus primeras flores, el miedo y la sospecha, han florecido intensas. Piensa en el sentido de todo aquello. Recuerda a su padre, cuando lo llevaba de la mano y el calor del abrazo de su madre. Siente la nostalgia de los tiempos en que todo era más fácil. Piensa en el amor, cuando solo es juego y en lo efímero de las promesas eternas.

Se detiene al principio del pasillo de la tercera planta. Allí nace la escalera, o quizá muere, piensa Josué. Se gira sobre si y mira atrás para ver como desciende. La observa con melancolía. Entre las sombras que se vierten por ella, ve asomar, desparramados, los restos de su naufragio. Su vitalidad yace ahora junto a su heroicidad. Salpicados por los peldaños también hay retazos de su amor deslavazado y trozos de su ilusión y su inocencia. Incluso, vislumbra, esparcidos por algún rincón, años enteros de su casi recién estrenada juventud, perdidos en esa tarde.

Se gira de nuevo para mirar al frente. A penas a diez pasos está la entrada de su casa, al otro extremo de una galería que avanza estrecha y se abre camino entre el pasamanos  y una claraboya rectangular que asoma sobre el tejado. Dos puertas mas, intercaladas a lo largo del pasillo, también permanecen cerradas. Mira inquieto y descubre la noche negra, que se derramando por el tejado como una ola de alquitrán, se filtra por el dintel de la ventana. Los detalles de la galería y los pocos colores que quedan allí,  se esfuman bajo su negritud. Tan densa como pringosa, la sombra avanza sobre él, sedienta. Busca beberse su cuerpo y también su alma.

La oscuridad alcanza pronto sus piernas, que se hunden en ella. Se siente pequeño, cada vez más pequeño y el pánico le invade. Frente a él, tras la débil hoja de madera de entrada a su casa, suena un golpe fuerte. Le sigue el grito de una mujer que pronto enmudece tras un nuevo impacto. Escucha unos pasos firmes que resuenan sobre la tarima de madera y se acercan. Se detienen. Siente el peligro frente a él y sabe que la exigua madera que los separa no es suficiente para frenarlo.

Josué, instintivamente corre. Se dirige hacia la primera puerta a su izquierda. La empuja intentando abrirla, sin suerte. Intenta controlar su pánico. El picaporte de su casa hace un chasquido. Ve cómo se gira y sabe que se va abrir ya. Desesperado corre hasta la entrada de la segunda vivienda que hay en el pasillo, casi junto a la suya. La empuja y la puerta cede. Josué, con un movimiento rápido, se gira y la cierra tras de sí. Se apoya de espaldas, como si el peso de su cuerpo fuera oposición suficiente para evitar que entre el miedo que le persigue.

Un instante después, se gira. Aprieta su cara contra la madera. Busca acomodo para observar por la mirilla y contiene la respiración. Fuera, se escucha el crujir de una puerta que se abre, es su casa. Un tenue resplandor amarillento se extiende por el pasillo hasta chocar con la oscuridad y, sobre él, recortada, la silueta de una figura alargada que avanza con paso marcial. Le sigue otra más frágil. Un segundo más tarde, ve pasar un hombre de semblante serio y uniforme oscuro. Unos pasos detrás le sigue una mujer delgada, que va vestida con precipitación. Su pelo se mece alborotado mientras recorre el pasillo a trompicones. Ella se detiene un instante al otro lado y le observa. Josué se encuentra con una mirada gris, enmarcada por una tez blanca, que le presiente. Y ve una lágrima fugaz que surca rápida la mejilla y que se funde en la sangre que brota de sus labios. Es Anna, que sabe que él está al otro lado.

Josué, se agacha incapaz de seguir mirando. Cae de rodillas y su cuerpo se retuerce hasta hacerse un ovillo. Se envuelve en sus brazos y se esconde; de ella, de su amor, de su vergüenza, de su miedo, de los ruidos de la escalera que le atormentan y de la oscuridad que le oprime. El silencio de ese instante eterno, se rompe desde el otro lado. Los pasos se reanudan y se alejan. Y los peldaños crujen de nuevo, con un sonido diferente, sometido. Un paso rítmico, casi metálico desciende y se aleja hasta desaparecer. Solo queda silencio y noche.

Es el final de un septiembre que se viste de un blanco impropio, que lo ha robado a un otoño precoz, que sabe a invierno. De un tiempo que trae noches demasiado negras para ser buenas y grises nuevos de miserias por estrenar. De pájaros que ya no cantan, enmudecidos por sirenas que graznan y les espantan. De aires cargados de olores rancios, preñados de muerte. De nieve que arrastra cenizas de vidas incendiadas. 1940 apura ya sus últimos meses y desfila lento hacia su final, como otro reo más de los atrapados en el exterminio del gueto de Varsovia, que acaba de empezar.

Comentarios

  1. Mabel

    4 febrero, 2019

    Muy buena historia. Un abrazo Pedro y mi voto desde Andalucía

  2. Esruza

    5 febrero, 2019

    Buena historia, Pedro. Te doy mi voto.

    Saludos

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