Los cuentos de mi abuela

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La tarde caía precipitadamente como es costumbre en los meses incrustados en el otoño. Los arreboles empezaban a teñir el horizonte de un pálido cobrizo y las brisas se amontonaban para salir a hostigar  las angostas calles  inundadas de casas de bahareque con techos de palma. Dichas calles un poco onduladas  y polvorientas eran las que conducían a la casa de mi abuela.

En esa casa no había reloj de pared pero se sabía cundo eran las cinco de la tarde. El olor a café tinto y el sonar de las cucharas de platino que portaban casi una docena de nietos que raspaban el pegado de arroz era la clave para saber que la cena estaba en su apogeo. Aunque a veces se alcanzaba a escuchar en la vieja radiola que yacía colgada en un horcón  a un locutor con voz de trueno decir la hora al estilo militar después de que había sonado  un bolero de toña la negra o un tango de Gardel.

Mi abuela  era una señora de armas tomar sin haber estado en la guerra un solo día de su vida, pero curtida en el arte de matar el tiempo a punta de oficios y quehaceres domésticos que no tenían  fecha en el calendario.

En medio de su nostalgia siempre contaba que su mañana era tan corta que solo le alcanzaba para pilar cuatro arrobas de maíz, barrer la casa junto con la media hectárea de patio, dar de comer a las crías de gallinas y patos sin contar los imprevistos cuando tenía sus hijos pequeños.

Antes que la noche se embadurnara de su prieta bruma empezaba el desfile de los animales del corral que buscaban su puesto en los arboles cercanos al comedor, en esos momentos aquella octogenaria señora trasteaba sacando las cosas de su baúl en busca de su último atado de calillas, para fumar quizás un par de ellas sentada en su viejo mecedor mientras se desenredaba las dos trenzas y con su peineta de carey alisaba su larga cabellera.

A medida que consumía los famélicos cigarros el mechón de kerosene, aquella lámpara rudimentaria  titilaba encima del seibó de madera de pino que reposaba en un rincón de la pequeña sala.

Desde su sitio de reposo daba la orden de armar la hoguera con ramas de matarratón para espantar los mosquitos que no alcanzaron a escapar con el humo del tabaco.

De un momento a otro empezamos a rodearla para hacerle un sin número de preguntas que ella no respondía si no que por el contrario empezaba sus hermosos relatos del tiempo viejo como ella se refería a sus años mozos.

Nos contaba las hazañas del jinete sin cabeza y nos juraba que muchas veces había escuchado el trote de su caballo mientras se perdía en la penumbra.

Justo en esos instantes nuestra concentración entraba en éxtasis cuando decía que la noche anterior oía el estropicio de la troja del otro mundo,  nunca nos explicó como hacía para no asustarse con esas malas energías.

Los relatos anteriores quedaron en pañales cuando inició la narración de el caso de un hombre que se lo llevó el diablo, contaba que aquel mozalbete era muy grosero con su mamá por eso llegó el malévolo lucifer convertido en un gigante gato negro lo y dejó sin lengua  tirado a la vera de un oscuro camino.

Ese cuento sí que nos dejó sin aliento,  sigilosamente ella observaba que nuestros rostros se tornaban aterrorizados debido a los espeluznantes relatos quizás sacados de su imaginación o de una larga tradición en su familia contadora de historias. Sin vacilar  nos preguntaba si teníamos miedo, a lo cual respondíamos sin pensar que no, aunque por dentro el corazón nos galopara a millón.

Todo eso lo hacíamos con el fin de que siguiera sus fantásticas narraciones que pasaban a ser nuestro entrenamiento nocturno hasta que la lámpara quedase sin combustible y llegara la hora de hacer las paces con Morfeo.

Por ultimo hacía referencia a su joven vecino que falleció sin ser bautizado y decía sin que su voz titubeara que esos muertos salían porque quedaban moros. Además confirmaba haberlo visto cierto día subido en los arboles más altos que colindaban con su casa.

Cuando la adrenalina recorría nuestras venas y el pavor se hacía dueño de nuestros pensamientos, a tal punto que alguno de los presentes no se podía ni mover de su puesto, nuestra abuela pedía  que alguno de nosotros le hiciera el favor de buscarle la bacinilla que ella todos los días necesitaba para irse a dormir por si acaso una imprudencia, decía sin sonrojarse.

Lo más interesante era que en ese instante se había agotado la totalidad del combustible al candil y lo que ella pedía se hallaba nada menos y nada más que al fondo del oscuro patio.

Comentarios

  1. Mabel

    7 febrero, 2019

    Muy hermoso Cuento. Un abrazo Luis y mi voto desde Andalucía

  2. Belerofonte

    7 febrero, 2019

    Gracias Mabel por tu apoyo , te saludo desde la costa norte de Colombia.

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