Reclamo al despertar

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Hoy amanecí con ánimo de reclamo, de reclamar todo lo que no he reclamado antes. Me desperté pensando en un sueño reciente, donde peleábamos a gritos, me pregunté, si ese sueño era señal de un resentimiento escondido. La respuesta llegó pronto, resentimiento no, pero ira sí, un coraje atorado hace tantos años, que parecen siglos. Madre, escribo para decirte todo lo que viene a mí, desde el alma rota, de mi corazón partido; quisiera que hubieras pensado un poco en lo mucho que te extrañé al crecer; estabas, pero no, estabas más bien de cuerpo presente. Yo sabía que contaba contigo, pero te sentía lejana, problemática, colérica, controladora, a disgusto, triste, melancólica, cargando una cruz pesada, callando lágrimas sofocantes. Era pequeña pero más frágil de lo que tú crees, fui creciendo como retoño bajo la tempestad, esperando que algún día la avaricia y el alcohol te soltaran, para tenerte de vuelta conmigo.

Madre, por qué no me enseñaste a vivir, por qué te empeñaste en guardarme en una jaula de oro, me diste cosas, pero me falto amor. Cuidabas tanto mis pasos y controlabas tanto mis pensamientos, que terminaste por cortarme las alas; fui despojada de mi identidad y obligada desde pequeña a hacer tu santa voluntad, aprendí a tenerte miedo, a ser en exceso cautelosa, a temblar frente a la adversidad. Me enseñaste desde ese entonces, que nada de lo que hiciera, fuera, sintiera o pensara sería suficiente para hacerte feliz; mientras me empeñaba en conseguir tu aprobación, tu amor y tu orgullo, perdí lo que más amaba en la vida: mi esencia. Siempre fui una buena niña, la niña perfecta, pero al final nunca me sentí completamente feliz, ni satisfecha conmigo misma. Fui arrancando pedazos de mi alma, mutilándome, cualquier cosa por complacerte; cualquier cosa por conseguir tu amor, porque sentía que se me iba de las manos.

Madre, qué pensabas todas esas noches en que te dejabas perder en el alcohol, creías que escapándote a tu dolor, podrías por fin triunfar. Nunca te diste cuenta de que yo estaba allí, siguiendo tus pasos, cuidando tus caídas, preocupada por ti y culpándome de tus problemas. Fui callada y reservada, porque creí que sufrías en demasía, que mis dolores solo incrementarían tu desdicha. No quise agregar a tus pesadas cadenas, otra carga para llevar; pero al ser yo niña y tú mi mamá, hoy sé que esos dolores habrían sido más sencillos de llevar la una con la otra.

Comentarios

  1. Luis

    1 febrero, 2019

    Muy buen texto, un saludo y mi voto!!

  2. Mabel

    1 febrero, 2019

    ¡Excelente! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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