Amores fugaces

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Como de costumbre, bajé del vagón en la estación de St Denís. Era un día frío, así que me había puesto el suéter de punto y el abrigo nórdico. Me abroché la cremallera hasta el cuello, metí las manos en los bolsillos y comencé a andar por el andén. Con paso lóbrego caminaba a través de los pasillos vacíos de la estación, mirando al suelo. Me había levantado bastante desganado y no me apetecía nada ir a trabajar al estadio. De pronto, levanté la mirada y ahí estabas tu. Por casualidad nuestros ojos se cruzaron y permanecí inmóvil un instante. Todo parecía ir deprisa, salvo tú. Apartaste la mirada y me dedicaste una sonrisa sencilla mientras continuabas caminando. Sin saber por qué, mi corazón latía como no lo había hecho nunca.

Estuve todo el día pensando en ti, en tus ojos profundos y tu sonrisa desmedida. Por primera vez, tenía ganas de salir de mi oscura habitación alquilada para ir al estadio a trabajar. Quería volver a verte. Puede que solo fuera una ilusión. Era probable que no volvieras a aparecer, que todo hubiera sido casualidad. Pero tenía esa sensación de querer bajar de nuevo en la estación de St Denís.

A la mañana siguiente no me hizo falta despertador, mis ojos se abrieron pensando en ti. Me puse mis vaqueros de pitillo, mis zapatillas clásicas y mi camiseta deslucida. Me abroché bien mi nórdico, no necesitaba suéter, el calor que desprendía mi pecho ya era suficiente. Salí de casa y corriendo llegué suburbano. Mi corazón palpitaba más y más con cada parada que faltaba hasta llegar a la mía. El convoy entró entonces en la siguiente estación. Leí el cartel y allí estaba de nuevo St Denís. Las puertas se abrieron. Salí con el pecho a mil por hora. – ¿Te volvería a ver? – me pregunte. Con ansiedad y el corazón mas que acelerado te buscaba por el pasillo. Pero mi cabeza empezó a desmoralizarse al no verte. Empezaba a auto-insultarme por pensar que no te encontraría de nuevo. Todo parecía haber sido un espejismo, una ilusión, una mala pasada de mi cerebro. Metí de nuevo las manos en mis bolsillos y volví a mi paso lóbrego de costumbre, cuando de pronto, al ir a bajar la mirada, te volví a ver. Allí estabas tu, con tus vaqueros semirotos, tu tu pelliza negra a juego con tu pelo azabache. Con esa cara de ensueño parisina y esos ojos profundos. Nuestras miradas se cruzaron de nuevo y esta vez, sonreíste sin dejar de mirarme. Entonces, me guiñaste el ojo y miraste de nuevo hacia delante mientras caminabas con las manos en los bolsillos. Quieto, inmóvil, con cara de embobado observé como te alejabas hacia el final del pasillo. En ese momento, supe que tenía que conocerte de verdad. Ahora entiendo por qué a este lugar se le conoce, como la ciudad del amor.

J.G. Núñez

Comentarios

  1. Mabel

    27 marzo, 2019

    ¡Qué bella historia! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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