Diálogos con la muerte I

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                    El anciano encontró la llave en esa nieta que el destino le brindó para que sus ansias de vivir se abrieran de nuevo en su interior. Ya estaba en la columna del siete y pocas le quedaban por pasar.

      Su vida transcurría esperando aquel maldito final que se acercaba a pasos agigantados. Los años, cada vez más veloces, caían del calendario de su vida como las hojas caducas de un otoño gobernado por el viento.

     De cuando en cuando, ese ermitaño que llevaba dentro le jugaba malas pasadas. Dejaba que la melancolía le invadiera al recordar aquel pasado, que no volvería jamás. Y lo peor de todo, el balance de su vida. Errores irremediables, sacrificios absurdos… <<¡Huy, si pudiera empezar de nuevo!>> —exclamaba para sus adentros.

    ¡Ah!, pero aquella vocecita de esa chiquilla venida del cielo rebosante de vitalidad, le rescataba de esas elucubraciones mentales llenándole de entusiasmo, día a día.

       Por las tardes iba a recoger a Sarita al colegio, y  aquel griterío alegre y ensordecedor que dejaban escapar los chiquillos a su salida, le sabía a gloria. El revivir de cuando sus hijos eran pequeños le hacía sentir joven, había retrocedido treinta años; casi nada.

     Durante el camino de regreso a casa, la pequeña iba dando saltitos a paso de baile mientras le contaba sus andanzas escolares. Él la escuchaba satisfecho dándole algún que otro consejo de abuelo y cogiéndole su manita fuertemente, no fuera caso que se soltara y tuvieran algún disgusto.

      Llegaron a casa acompañados por un tiempo espléndido; el verano ya estaba a la vuelta de la esquina. Mientras Sarita se impacientaba para entrar y disfrutar de esa merienda de chocolate, que su abuela ya le tendría preparada, el anciano abrió la puerta, entró en el salón, y…

      —¡¿Tú  aquí?!

    —Sí ¿A quién esperabas encontrar a tu edad? —Le preguntó apoltronada en el sofá con las alas recogidas, cubierta por una capa oscura, su tétrica mirada, y alzando su guadaña como estandarte.

     —A ti no, por supuesto.

     —Deberías de alegrarte —le dijo con una ironía malévola— he venido a traerte un pasaje para la eternidad.

     —No pienso acompañarte, métetelo por donde te quepa.

     —¡¿Te atreves a desafiarme, anciano?! —le inquirió revoloteando sus alas negras para amedrentarle.

     —Sí, soy un anciano, pero un anciano joven. Tengo los setenta recién cumplidos y el alma llena de vida.

     —¿Y crees que con eso puedes vencerme?

     —Eso espero. Lucharé hasta mi último aliento.

     Ella, dejó caer una sonrisa sarcástica y le dijo:

     —Podría haber venido antes y no lo he hecho ¡No te quejes!

     —Ah, Encima tendré que darte las gracias. ¡Qué desfachatez!

   —¡Basta ya de tanta palabrería absurda! ¿No me negarás que en más de una ocasión has deseado que apareciera para rescatarte de tus penurias terrestres?

    —Eres patética. Sólo eran malos pensamientos.

    —¿Seguro que no quieres ver lo que hay más allá de mí?

    —¡No! ¡Vete! — le respondió con firmeza.

     Contrariada por la decisión del anciano, su rostro esquelético empezó a moverse de un lado para otro lleno ira.

     —¡Tú lo has querido! Tendrás el final  más cruento que te hayas podido imaginar.

      El ángel de la muerte hizo revolotear sus enormes alas y se abalanzó sobre él cubriéndole de oscuridad. Alzó su guadaña para arrebatarle la vida, pero en el instante de darle la estocada final, unos fuertes temblores hicieron tambalear toda la estancia, desvaneciendo su fuerza  por momentos.

     —Te lo dije, no te saldrás con la tuya. Tengo a un ejército de almas que con su desfibrilador me llenan de vida. Vete por donde has venido, si no quieres probar el sabor de la derrota.

    —De aquí no me voy de vacío —le replicó— lo que me da vida es llevaros conmigo.

     Una vez que aquellos temblores cesaron, aquel espectro malévolo retomó su camino en busca de otro ser que sumar a su lista, y la paz reinó en el alma de aquel anciano.

     La luz era cada vez más intensa en sus pupilas. Abrió los párpados, miró a su alrededor y preguntó:

      —¿Dónde estoy?… no me respondáis… en el cielo.

       Era la habitación de cuidados intensivos del centro hospitalario. Estaba rodeado por su familia y aquella nieta que le tenía cogida la mano con todas sus fuerzas para que su abuelo no la abandonara.

      De entre sus labios, aún maltrechos por aquel amago de infarto, dejó escapar una leve sonrisa y murmuró al aire:

     —Esta vez has perdido. Tendrás que esperar. Ya te dije que mi ejército no se daría por vencido.

Comentarios

  1. Mabel

    5 marzo, 2019

    Muy buen relato. Un abrazo Luis y mi voto desde Andalucía

  2. Esruza

    6 marzo, 2019

    Me parece muy tierno, «Lleno de vida!

    Mi voto

    Esruza

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