El último mensaje de la historia – capitulo 5: El disturbio

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Con el pasar de las horas, la noche acechaba. Como un vagabundo, el joven caminaba por las antiguas carreteras de aquella jungla de plantas y concretos. Su caminata se detuvo cunado encontró aquella ruina, aun techada, entre todos los demás escombros. Tuvo suerte. Entre las ruinas, un refugio se erigía ante él. Era su lugar para descansar. No dudo en tomarlo, mientras daba sus torpes y cansado pasos a su interior. En poco tiempo, armo su campamento, iluminando por una fogata improvisada, antes de caer cansado en el duro suelo. Lo vi con frió y con dolor, mientras buscaba la forma de dormir en un ambiente imposible. La tos lo afectaba y con el paso del tiempo solo se hacía peor. Aun así, el sueño lo consumió.

 
– No debí salir del bunquer… – se quejó al caer dormido
 
Durmió muy poco. Cada cierto tiempo despertando desesperado y empapado de sudor, con una mirada de terror y apuntando su arma a todos lados. La misma pesadilla, o quizás la misma traumática experiencia del ultimo día, repitiéndose una y otra vez en su mente. Había sufrido y experimentado muchos en poco tiempo. Parte de mi pensó que no se levantaría, pero las cosas te sorprende.
El caos comenzó y cayó sobre la ciudad a mitad de la noche. Unos estruendos e impacto llenaron el ambiente. Durando demasiado tiempo. Por todo lo que duro, el sonido de la lluvia fue ahogado. El joven reacciono caos con terror, en posición fetal, con el pánico de alguien que está seguro de que va a morir. Duro un rato en esa posición, mirando y temblando a cada entrada de su pequeña guarida. Nunca nada vino por él. Cuando todo termino, lo único que quedo fue un llanto, alto y adolorido, que sonaba en dirección donde paso los estruendos. Eran casi humanos aquellos gritos desconocidos, y aun así yo dudaba de eso. Él también lo escucho, y no pudo resistir su llamado.
Salió de su escondite, dirigiéndose hacia afuera. La ciudad y la lluvia le dieron la bienvenida. A lo lejos, ya el sonido del caos se había detenido, en su lugar quedo el llanto de agonía de alguien.
 
– Sira ¿Qué fue todo eso? – pregunto entre alientos.
 
De inmediato la luz apareció en su muñeca.
 
– Parece que uno de los edificios de la ciudad fue derrumbado por algo – respondió – hay movimiento en la zona.
– ¡¿Un robot hizo todo ese ruido?! – grito – debes estar bromeando
– No bromeo maestro. Desconozco que más pudo haber sido.
– Pues no pienso salir a morir allá afuera.
 
Retrocedió devuelta a su escondite.
 
– Concuerdo maestro, no está en condición de salir. Aquel llanto deberá esperar
 
El joven se detuvo
 
– Parece humano – dijo el joven.
– Poco probable, maestro, el escáner no da señales de vida en la zona.
– Deben ser robots – dijo con un suspiro – pero ¿acaso los robots lloran sira?
– lo ignoro.
– Bueno – dijo, mirando el cielo. La lluvia cayó sobre su cara – Parece que tengo que ir.
 
El joven dio unos cuantos pasos hacia el exterior, solo se detuvo por aquella luz.
 
– Maestro – intervino la luz – aún está muy débil para continuar.
– Tranquila, Sira. Lo sé– le respondió.
– Es peligroso salir, más en su estado. Recomiendo quedarte.
– Créeme, me gustaría – dijo – Pero hay algo llorando ahí afuera. No puedo ignorar eso – dijo sonriendo a su comunicador – Además, ¿un llanto de ayuda en una ciudad muerta? ¿Qué es lo peor que pueda pasar?
– Hermosas últimas palabras, maestro.
– Gracias, también lo pensé…
 
Con su sonrisa cansada volvió a los pasadizos bañados por la eterna lluvia. No tardó en encontrar la zona del derrumbe, era casi imposible no verla. Una gran nube de tierra cubrió tanto la vegetación y el cemento de la zona del impacto. El área estaba cubierta de una densa nube de polvo y humo que ni la propia lluvia lograba ahogar. Colocándose unas gafas, el joven se adentró a la nube con cuidado y lentitud, logrando ver desde sus entrañas lo que había pasado. El edificio derribado, una enorme y desconocido torre que se extendía kilómetros hacia arriba, había caído sobre sí mismo haciendo que montañas de escombro y basura se esparciera por el área cercana. Había lodo por todos lados. Lo que quedo de aquella gran torre no fue más que un pedazo partido que apenas rozaba las nubes grises de la lluvia. Esto fue lo que quedo de aquel caos. Pero lo que más llamaba la atención era aquel llanto, ahora más fuerte, que prevenía del interior de la torre.
Él se dirigió al interior del edificio, al nivel del piso, donde encontró al causante de aquellos llantos agonizantes. De inmediato supe que no sería bueno.
 
– ¡Por favor ayuda! – gritaba una y otra vez.
 
El joven quedo atónito ante la figura humanoide que tenía enfrente. Yo no pude contener mi disgusto por aquella “cosa”. Vi con asco esa cara que imitaba la desesperación mientras gritaba y pedía ayudara; una imitación que había engañado al joven. Él espera un humano, la realidad le mostró otro mecanismo. Pero distinto, no como los demás. Su figura, liviana y elegante, se movía con fluidez en el lugar en que estaba; era una figura que imitaba la del hombre natural, distinta a las pesadas y lentas maquinas anteriores. Una compleja serie de partes metálicas, sistemas y luces elegantes, formaban su torso y sus extremidades. Mas lo que me ofendían eran sus ojos, una perfecta imitación del ojo humano, casi reales. Era asqueroso. No eran reales, pero cualquiera diría lo contrario. Aquellas pupilas rojas casi humanas, la luz que emitían, ofendían a toda naturalidad; y aun así no negaba su belleza.
 
– Por favor, ¿hay alguien ahí? – siguió gritando el mecanismo. Ahora el tono digital era incuestionable – ¡necesito ayuda!
– Disculpa – dijo el joven – ¿puedo ayudar?
 
El mecanismo, al ver al joven, quedo sorprendido. Su cara no tenía partes, y no había arte. Una falta total de facciones. En vez, para mostrar expresión, una compleja masa de metal se moldeaba alrededor de su liza cara. Aquella masa, metálica y casi viva, se moldeaban sobre su cara para mostrar las expresiones de humanos. Las cejas, la nariz, la boca y hasta una estructura facial se hacían y desasían en la cara plana de aquel ser. Era casi como una máscara. Sorpresa, tristeza, intriga y alegría aparecían alrededor de su rosto lizo sin expresión; una después de la otra, casi sin transición. Excepto por sus ojos rojos, todo lo demás era una vil copia barata de lo que era natural. El joven lo miro sorprendido, llenando su curiosidad de asombro.
 
– ¿Qué… eres? – preguntó en voz baja
– Dios, si, por favor ayúdame – respondió casi balbuceando el mecanismo.
Su cara se tornó de alegría esperanzada. Una parte de mi pensó ver una genuina sonrisa en aquella masa de metal, aquella mascara. El joven, lentamente, se acercó hasta donde la cosa estaba.
– ¿estás bien? – le pregunto
– Esta unidad no ha sufrido daños – dijo de forma monótona – Digo, estoy bien – se corrigió – pero no me puedo mover ¿sabes?
 
Su pierna quedo atorada. Escombros enormes la habían enterrado. El joven miro a los lados, vio los escombros de lo alto del edificio rodeando todo ese nivel. El techo, o lo que quedaba, tenía varias aberturas, algunas goteando, algunas bloqueadas por escombros. Lo más impresionante era aquel gran agujero en el medio, justo arriba de donde estaban ellos dos. Fue ahí donde el joven se dio cuenta, de verdad, donde estaba parado. Sumergido un metro bajo el piso en un cráter enorme, justo en el medio, se hallaba él y aquella cosa atrapada. Una idea vaga de los sucesos se formó en la mente del joven. Su cara de espanto y sorpresa era casi adorable.
 
– La torre no callo por accidente… ¿Tú derribaste esta torre? ¿causaste todo este desastre? – pregunto mirando a los lados.
– ¿Que? Cayo sobre mi cuando estaba subiendo – dijo cambiando de cara – pensé que era mas resistente
 
El joven se alejó unos pasos.
 
– ¡¿Tu solo destruiste esta torre?! – grito sorprendido
– ¡No lo siento! – el mecanismo se cubrió la cara – ¡Fue un accidente! No soy como los demás, no quería destruir las casas de los humanos. Pero no fue mi culpa. Solo se derrumbó. Yo…Yo…Yo no podía hacer nada cuando comenzó a caer.
 
El joven quedo atónito ante las palabras de aquella cosa.
 
– No quise que esto pasara ¿Sabes? En serio lo siento – su cara se moldeo a una expresión de tristeza.
– Yo… no estoy enojado – dijo con arrepentimiento en su voz – solo sorprendido. No quise asustarte. No sé qué esperaba en verdad.
– Creo que eso era normal en los humanos – la cara volvió a moldearse en una de sonrisa.
 
Por un tiempo, el joven lo contemplo. La cosa que tenía en frente no era humana, se parecía más a un monstruo. Fuerte para derribar la torre, resistente para sobrevivir su colapso. Una máscara de metal que cambiaba cada instante. Era totalmente desconocido. Y solo le sonreía. Como un cuento de hadas, el joven se encontró con algo imposible.
 
– Si no me quieres ayudar lo entiendo…
– ¡No, no! – dijo acercándose – Si te ayudare.
– ¿En serio? Duraste un tiempo sin decir nada ¿tuviste algún error?
– Solo… pensaba… creo
– ¡¿Tanto tardan en pensar los humanos?!
– ¿quieres mi ayuda o no?
– Si
– Entonces cállate.
– Entendido
 
En comparación con lo que hizo, la ayuda que pedía era insignificante. Había quedado atrapado bajo un pedazo de escombro, lo suficiente para cubrir su pierna. No fue difícil para el joven liberarla, pero no fue simple. Las horas pasaron antes de volver a ver la pierna de aquella cosa libre. Pero, al verla, el daño era obvio. Con la ayuda del joven, ambos salieron del cráter.
 
– Esto se ve mal – dijo el joven sobre la pierna – ¿Puedes moverla?
– No mucho – chispas y un sonido feo provinieron de su pierna – Me temía que esto pasara.
– ¿no puedes repararla?
– Con tiempo, mis sistemas lo reparan solo. Pero eso tardara. No tengo un lugar donde descansar.
– Creo que ahí puedo ayudarte.
El joven le dijo sobre su campamento, llevando aquella cosa afuera para apuntar su lugar.
 
– ¡Es perfecto! – grito el mecanismo, cambiando su expresión a emocionada – De verdad aprecio esto ¿sabes? Hace mucho, mucho tiempo que no vivo con un humano.
– Mejor agradéceme cuando lleguemos. es un viaje y con tu pierna… Sera mejor que comencemos.
– No olvidare esto, amigo
 
Ambos se adentraron hacia la lluvia y la nube de polvo.
 
– ¿amigos? – pregunto el joven – No eres un robot normal. ¿Tienes nombre?
– Esta unidad pertenece al modelo exploraron CID36 – respondió – quiero decir – volvió hablar en su forma normal – No tengo nombre ¿sabes? nunca pareció importante.
– ¡Pues tengo que llamarte algo! – dijo – te llamare Cid ¿te gusta?
– ¡Servirá!
Le respondió colando su máscara de felicidad. Con eso ambos se adentraron al gran leviatán.

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