Halley

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Tras jugar todo el día, el niño vio a Halley, contuvo la respiración y pidió un deseo. Luego soñó que pasaba el resto de su vida buscando una felicidad que se hacía inalcanzable.
Un instante después, se despertó, cogió su bastón y subió con torpeza hacia la azotea para volver a mirar al cielo con asombro. Esta vez lo maldijo por no haber concedido su plegaria.
Habían pasado setenta y seis años; entonces supo con certeza que la felicidad es sólo un instante fugaz que irrumpe cuando no la invocamos y que un deseo es sólo un sueño que respira cuando no dormimos.

Comentarios

  1. Mabel

    19 marzo, 2019

    Muy buen relato. Un abrazo Rafa y mi voto desde Andalucía

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