La venganza de Abigueil

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     —¡Abigueil! ¿Has preparado los entrantes?

     —Sí, Chef.

    —Vale, aspirante a cocinera —dijo Tomás sonriente— trae  tu cuaderno de recetas; anotarás otra. Hay que aprovechar que estamos solos. Ten en cuenta que el hijo de la metre, es un fisgón de cuidado… Por cierto ¿Ya lo tienes a buen recaudo?

     —Sí, claro.

     — Pronto voy a jubilarme y te mereces ser mi sucesora.

     —Para llegar a tu altura…

     —¡Jovencita! ¡Tus manos son una bendición de Dios!  No como las de Marc, que no valen ni para freír un huevo. Además, ni está atento a lo que le digo, y a la que puede ya se ha escaqueado.

     —En eso tienes razón; es un poco despistado.

     —¿Un poco? El otro día, sin ir más lejos, el sofrito estaba incomestible. Eso que le tengo dicho mil veces “Prueba la comida antes de servirla”. Ni caso.

     —Lo dicho jovencita que…

     —Ya no soy tan jovencita, Tomás, estoy a punto de cumplir los treinta.

     —Pues nadie lo diría.

      De pronto una voz desagradable, que provenía de la sala comedor, se oyó en aquella cocina:

      —¡Basta ya de tanto cotilleo y acabad de recoger la cocina que son las cuatro de la tarde! —gritó Elisabeth, la Metre,  una cincuentona de armas tomar.

     —Si jefa, terminamos en un momento —le respondió Abigueil.

     —Ésta es peor que la Rottenmeier —apuntó Tomás— y su hijo un donnadie que baila al son que ella toca; Si trabaja en esta cocina es gracias a que ella tiene camelado al director.

       Día tras día, Abigail iba tomando nota de todas aquellas recetas secretas que le pasaba ese Chef de renombre, que habían hecho de ese restaurante uno de los más prestigiosos de la ciudad. El tiempo es inexorable, y llegó el día que Tomás tuvo que colgar los cuchillos y dedicarse a contemplar con satisfacción desde su lejanía, como esa jovencita seguía sus pasos, pero no fue así.

     Elisabeth, para que su hijo Marc llegara a ser reconocido como un gran chef, suplió la marcha de Tomás contratando a un simple ayudante de cocina, y se aprovechó del talento de Abigueil obligándola a terminar los platos correctamente como si los hubiera hecho él. Éste se volvió altanero yendo de gran Chef, y el ambiente se volvió muy hostil para Abigueil. Más de una vez había pensado en abandonar el restaurante, pero el sueldo que percibía era imprescindible para ayudar a su familia. Relegada a una vulgar pinche de cocina no tenía otra alternativa que aguantar aquella terrible humillación.

     El tiempo fue pasando hasta que una tarde, Elisabeth antes de hacer la presentación en el restaurante de un libro de cocina que publicó Marc, le ordenó a Abigueil.

     —Toma, escoge de este libro una receta  de canapés; la que más te guste, y ayuda a mi hijo a prepararlos para después de la charla.

    Abigueil al ver que todas las recetas eran idénticas a las de su cuaderno, se fue directa al sótano donde lo tenía escondido. Cogió un taburete, se subió en él y empezó a palpar con desespero por detrás de unas cajas que había en una estantería, cuando…

     —¡¿No estarás buscando esto, verdad?! —le preguntó Elisabeth con el orgullo de sentirse vencedora.

     —¡Ese cuaderno es mío! —exclamó Abigueil irritada.

     Elisabeth ya tenía la excusa perfecta para sacársela de encima y con ironía exclamó:

    —¡¿Me tratas de ladrona?! Eres una insolente. Cuelga el delantal y vete.

    —No puede despedirme.

    —Claro que puedo. Has puesto en duda mi honorabilidad.

    —Mis padres dependen de mi sueldo.

    —Eso no es de mi incumbencia.  Lárgate por tu propio pie si no quieres  que le cuente al director como me has tratado y te echará sin ninguna referencia.

    Y Abigueil, con los ojos inundados de lágrimas, le deseó llena de odio:

     —Espero que se pudra en el infierno.

     Elisabeth, estalló en carcajadas y con un sarcasmo malévolo, apostilló:

    —Lo veo difícil querida, ese es mi lugar preferido.

    Aquella metre, una arpía de cuidado, consiguió que la despidieran sin ningún informe y le faltó tiempo para difundir una mala imagen de ella por las redes sociales del sector. Eran malas épocas para encontrar trabajo y con las puertas de la hostelería cerradas su vida se convirtió en un suplicio.

    Abigail, angustiada, buscaba sin tregua otro tipo de empleo que le permitiera seguir aportando el dinero necesario para su familia. Por fin la suerte le ofrecía una tenue sonrisa y uno de tanos correos que mandó tuvo respuesta. Una empresa de arquitectura la contrató a media jornada en el servicio de limpieza.

      David, licenciado en informática, que trabajaba en la sección de diseño, no le quitaba ojo de encima cada vez que iba a limpiar a su despacho. Abigail, aunque vestía con el mono de trabajo, seguía conservando su atractivo. Con esos ojazos que enamoraban al más pintado, envueltos por su preciosa melena pelirroja y cara llena de pecas, a ese joven treintañero se le subía el santo al cielo cada vez que la veía pasar por delante sé su mesa. Los tejos iban, pero volvían como un bumerán. Con el panorama que ella tenía en casa, los amoríos eran un postre prohibido.

     —No te subas a la silla para limpiar el cristal con la ventana abierta —le advirtió David— puedes caerte a la calle.

     Abigueil, al girarse para agradecerle su interés se tambaleó, y éste, temeroso de que se precipitara al vacío corrió hacia ella  para sujetarla.

                                                           ***   ***   ***

       La vida siguiósu curso en aquel restaurante y Elisabeth no paraba de cosechar elogios por parte del director, que veía en su hijo a un gran chef. Tenían reservas para más de un mes de antelación y todo gracias a ese cuaderno de recetas. Todo iba de maravilla hasta que Marc navegando por las redes sociales, le comentó:

     —¡Mama!  ¿Te acuerdas de Abigail?

     —Sí, claro —le respondió Elisabeth— Como no voy acordarme. Lo que me costó convencer al director para que la echara.

     —Está muerta. Los herederos de su cuenta en Facebook lo han publicado. Se cayó desde un cuarto piso mientras limpiaba—Ésta hizo caso omiso, y siguió con sus quehaceres.

     El tiempo fue avanzando hasta que Octubre, aliado con Noviembre, preparaba su última noche. Con Halloween la vuelta de la esquina y con el restaurante al completo de reservas para esa noche, Elisabeth estaba preocupada por David;  no daba pie con bola.

      —¿Se puede saber qué te pasa hijo? Hace unos días que te encuentro inquieto y todo te sale mal —le preguntó el día anterior.

     —Es el aroma de Abigail, mamá, que  está por toda la cocina y cada día que pasa es más intenso.

     —Debe ser su espíritu que prepara su vuelta del más allá para la noche de Halloween; querrá vengarse de ti. Como le has usurpado el puesto.

     —¡¡Cállate!! ¿Acaso no sabes que todo esto de los espíritus me impresiona mucho?

     Elisabeth dejó caer una carcajada  y le dijo:

     —Déjate de tonterías, que de ahí no vuelve nadie —y se marchó refunfuñando— ¡Jo!, ¡Que cruz tengo contigo! siempre tan aprensivo. No se te puede hacer ni una broma.

      Al rato, una sartén con aceite se incendió.

     —¡Fuego!—gritó el ayudante de cocina.

     Elisabeth, acudió al instante y entre los tres pudieron sofocarlo.

     —¿Estás bien, hijo?

     —¡¡No!! La vitrocerámica estaba apagada.

     —¿Seguro?

     —Si mamá ¡Seguro!

     —¡Escúchame! Te quiero sereno para mañana, a ver si aún vas a arruinar la cena de Halloween—le advirtió, harta de sus elucubraciones mentales

    —Lo intentaré, mamá.

     Halloween llegó, y Elisabeth iba estresada organizando la fiesta de disfraces que el director del restaurante le había encargado para esa noche.  Marc, entre el aroma de Abigueil que envolvía la cocina y el salón abarrotado de asistentes camuflados con esas tétricas máscaras, no podía concentrarse.

Después de servir el segundo plato fue a poner la repostería en el horno, cuando un ¡¡Crasss!! se dejó oír por todo el restaurante. Fue la bandeja de pasteles al caerse al suelo.

    Su madre al oír el estruendo fue de inmediato a la cocina:

    —Abigueil… su cara… acabo de verla reflejada en el cristal del horno—le decía Marc fuera de sí.

    —¡Vaya desastre que has hecho, hijo! ¡Todos los postres por el suelo!

    —No se apure jefa —dijo el ayudante— traeré más del congelador, vuelvo enseguida.

    —Y tú ¡espabila! Que por tus elucubraciones mentales la cena aún se irá al garete… ¡A ver que les digo yo a esa gente por el retraso!

     Marc, desquiciado por lo ocurrido, mientras limpiaba el suelo de esa nata que dejaron ir los pasteles al caer , vio frente a la despensa unos pies con unas zapatillas que le eran familiares; alzó la vista y…

     —¡Aghgggggh!

      Era Abigueil vestida con una túnica negra. Pálida y con los ojos ennegrecidos, le clavó su mirada maléfica amenazándole con voz ronca y ahogada:

     —Di quien es el verdadero autor de las recetas, o seré tu sombra el resto de tu vida.

     Marc se levantó y gritando corrió despavorido hacia la sala:

     —¡Está en la cocina!, ¡está en la cocina!…

     —¡¿Quién está en la cocina?!—preguntó Elisabeth, harta de tanta tontería

     —Abigueil… ¡Acabo de verla con mis propios ojos!

     —¡¿No digas sandeces? Está muerta, tú mismo lo  leíste.

     —No me dejará en paz hasta que cuente la verdad.

     —¡¿Qué verdad?!—Exclamó iracunda.

     —¡Que te apropiaste de su cuaderno de recetas para hacer el libro!

     —¡Eso es mentira!

     —No lo niegues mamá, yo veía a Tomás como se las pasaba a escondidas.

      Al momento dos comensales, se quitaron la máscara, se levantaron y fueron hacia ella.

    —Queda detenida por usurpación de la propiedad intelectual. Tiene derecho a…

    —Lo hice por ti, lerdo. Lo has estropeado todo.

     Aquellos policías la esposaron y en el momento de llevársela hacia el exterior del restaurante, Elisabeth vio a una mujer que se quitaba la máscara, dejando su rostro al descubierto.

    —¡¿Abigueil?! ¡Maldita seas. Estás viva! —Exclamó sorprendida— No te saldrás con la tuya, a mí nadie me…

     Derrotada por aquella joven, estalló en cólera y empezó a lanzarle todo tipo de insultos. David, el artífice de aquella pantomima, mientras aquellos insultos se perdían en la lejanía,   le susurró al oído a Abigueil:

     —Por fin lo has conseguido, Abi.

     —Sí. Gracias a ti y a Tomás, que convenció al director de que las recetas pertenecían a mi cuaderno, y te permitió  instalar el holograma  para desenmascararla.

    Pasado aquel paripé, en el que participaron todos, Tomás fue a  darle un fuerte abrazo a su cocinera preferida. El director arrepentido por no haber estado a la altura y dejarse llevarpor aquella malvada mujer se disculpó con ella.

     —Siento lo ocurrido, Abigueil, y quiero que sepas que aquí siempre tendrás un puesto.

    —Gracias—le respondió ella satisfecha.

    —¡Que siga la fiesta! —Dijo el director en voz alta— hoy es una gran noche.

     Los asistentes pasaron al  gran salón y la música amenizó el resto de la velada, con baile incluido.  Una vez solos en aquel rincón del comedor, Abigueil al ver a David absorto, le preguntó:

     —¿En qué piensas?

     —En aquella mañana que estuviste a punto de caerte por la ventana; casi no llego a tiempo.

     Abigueil escondiendo una sonrisa picarona le confesó:

    —No fue del todo así. Lo hice ver. Desde que empecé a trabajar en tu departamento, me di cuenta que me hacías ojitos a escondidas. Y al decirme que podía caerme con esas ansias de enamorado no puede contenerme más y…

     —Y ahora sólo me toca esperar a que seas una Chef famosa para informatizar tu propio restaurante.

     Abigueil, le besó en los labios y le dijo:

    —Mejor en nuestra futura casa.

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Comentarios

  1. Mabel

    11 marzo, 2019

    Muy buena historia. Un abrazo Luis y mi voto desde Andalucía

  2. Esruza

    12 marzo, 2019

    De acuerdo con Mabel.

    Mi voto y un saludo

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