Razón sin sentido

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¿Y qué es el prejuicio? ¡Un reflejo contra senido!

 

Eva y Adán, recién creados, no tuvieron memoria genética ni tiempo suficiente para desconfiar de las ser­pientes. En contraste, sus descendientes, aprendimos a juzgar con juicios previos o prejuicios acerca de ellas.

Y es que buscar evidencia que apoye las creencias que ya tenemos o ignorar la información que las des­acredite, se le conoce hoy como “sesgo confirmativo” y ha sido estudiado con resonancia magnética de imagen (el túnel diagnóstico) por el profesor Drew Westen y sus colegas de la Universidad de Emory Wa. D.C., quienes presentaron sus resultados en la conferencia anual de la Sociedad de Psicología de la Personalidad Social de los E.U.A.

Y la pléyade de la Casa Blanca tembló ante la debacle trumpiana.

Porque los sujetos de estudio eran militantes del Partido Re­publicano y también Demócratas, que cuando recibieron eviden­cia de opiniones contradictorias de sus candidatos, in­tentaron explicarlas de una manera sesgada, torci­da por medias verdades, que apoyara a su favorito.

Durante el experimento, con esas medias verda­des, las partes del cerebro que se asocian con el razo­namiento registraron muy poca actividad. En contras­te, las áreas involucradas en las emociones, en los juicios morales y las relacionadas con premio y placer, estuvieron super activas. Se concluye que, el área cognitiva, en lugar de analizar las razones, busca en­contrar las conclusiones que se anhelan: el lado posi­tivo esperado del candidato; proceso que se refuerza eliminan­do percepciones negativas y activando las positivas (TV-Spots en uno y otro sentido).

Estas implicaciones conciernen a todos los cam­pos de la interacción humana: social, económico, mo­ral, religioso, científico, político y mitológico. En el so­cial, muestra que discriminamos con prejuicios de gé­nero, color de piel, proporción corporal, forma y color de ojos o preferencia sexual. Otros prejuicios afectan la actividad económica que va desde erigir barreras de intercambio, mercancías y personas: el muro, el ori­gen y fortuna, hasta seguir sembrando cultivos obsoletos (amapola, cannabis) en el campo mexicano.

El sistema judicial es afectado por prejuicios procedimentales y “cuotas de gremio” que distraen las manos de Temis –sosteniendo la balanza y la espa­da– y le colocan un tercer ojo fuera de la venda.

Hasta los científicos son afectados, nótese como ejemplo cuán­to talento y dispendio se manifiesta en las armas de destrucción. Las religiones difícilmente podrán dejar de estar sesgadas, pero podrían ser más tolerantes, me­nos hegemónicas, para acabar con tantas muertes sesgadas en nombre de sus profetas, y reducir la ven­da mental moralina en el terreno de la sexualidad: dejar de ser párvulos prejuiciosos y acceder a la adultez: déjala ser libre.

El estudio, con resonancia magnética y todo, enfo­cado a la política mexicana, señalaría el mismo sesgo hacia candidatos y partidos de nuestra preferencia; ex­plicaría por qué antes de que la PFP entrara a Oaxaca ya habíamos tomado partido en el conflicto. Ruiz-Murat y la APPO son cabeza y cola de la misma iguana y ambas partes no lo podrán resolver pacíficamente. Por lo tan­to, hay que imponer el orden para hacer gobierno.

Blasfemia, gritarían desde el Pejeyac.

Entenderíamos también el lío causado por una elec­ción cerrada, y el apoyo o crítica a ciegas a favor del zambombazo electoral de Morena y la endeble resolución sin certeza del TEPJF en Puebla. Reduciría tiempos y cuantiosos gastos absurdos en las campañas electorales, en las que, sólo los indecisos pueden cambiar de opinión.

Ayudaría a que nosotros, los votantes, dedicáramos energía a ponernos de acuerdo —no en desacuerdo— como exper­tos teóricos de la polaka que somos. Pero, sobre todo, induciría a valorar las ideas políticas por lo que son: aire, estriden­cia, prepotencia, derroche y basura; asfixia televisiva de conexiones neuronales sesgadas y experimentos en el cerebro a la usanza de “naranja mecánica”.

Una persona sin prejuicios es quizá una quimera que nuestra condición humana elude o tuerce, equi­pado nuestro cerebro con juicios y valores que defen­deremos contra viento y marea. Aunque el experimen­to indica la baja probabilidad de alterar las conexiones neuronales que nos hacen razonar de cierta manera, también es parte de la condición humana tratar de convencer al otro hacia nuestro punto de vista.

La al­ternativa del escarnio, el garrote o el machete como instrumento proselitista, es una estrategia que puede ser desplazada con el uso del argumento: “y sin em­bargo se mueve” de Galileo a la convicción a pecho abierto del salvador de los 100 días: “mi alma, mi vida y mi muerte van en prenda por la 4T”.

Entre broma y no, con la visión del Pejeyac, se me ocu­rrió el uso de un “sesgógrafo”, un aparato hipotético para medir la mentira, lo torcido de las ideas y las in­tenciones en el cerebro de nuestros proceres y siervos de elección popular, para mostrarlo, primero, a los consejos partidarios del Bienestar y, segundo, a los electores beneficiarios.

Y para ser parejos, a la luz de lo que nos dejó el pasado sesgo electoral, propongo para usos posterio­res el uso de un “prejuiclómetro”, esta vez aplicado a los votantes, antes de emitir nuestro voto: “pa’ que no se nos chispotee la boleta”.

Tal vez un “escáner inter­no” a las profundidades emocionales y del razona­miento en nuestro cerebro, —al sopesar los sesgos de los candidatos y sus propuestas—, que nos ayude a ser ciudadanos con más razón, menos prejuicio y un más atinado sentido común.

 

CORTEX

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