Un lugar en un sueño

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U N   L U G A R   E N   U N   S U E Ñ O

 

Era un sueño del que ignoro si se había desprendido de otro o había empezado antes; porque cuando mi mente se despertó –de alguna forma- en él, yo estaba en el lugar y no sabía si algo había ocurrido con anterioridad en el sueño

El lugar era –asÍ lo intuía- las afueras de un arrabal; eso que parece –siempre- un campo, pero que al final no lo es, gracias a la desidia humana.

No había ni brizna de vegetación, ni tierra todavía fértil; aunque se palpaba tan empapada de agua, como una cubierta de fango. Pero era una fangosidad extrañamente reseca, cuarteada, maloliente y putrefacta; aunque endurecida lo bastante para que fuera un asiento en el que la chavalería del barrio pudiera jugar a algo que yo, aún, no distinguía.

Yo –en este insólito devenir- pasaba entre los pequeños grupos sorteándolos –a veces, casi tropezando con alguno-, aunque casi no nos mirábamos: por mí parte, sin atreverme a hacerlo; por la de ellos por lo que parecía desinterés, pese a que notaba que sí estaban alertas y bastante seguros…

Lo que sí pensé–quizás por miedo-era que el juego no se veía ni infantil ni inocente, sino peligroso; pero que no se relacionaba con nada mío, ni siquiera, con mi extraña intromisión en su barrio.

Pero, la sensación que iba albergando se estaba haciendo demasiado perturbadora…Y cuando dejé atrás al grupo, apareció un declive del terreno y los chicos empezaron a levantarse y a seguirme; el miedo –ya, era miedo- se hizo –casi de golpe- dueño de mi presente, aunque reconocí que venía de mucho antes.

La bajada era corta; el campo, un campo sin más, que desaparecía al borde de un precipicio, fondeado por un horizonte demasiado alejado en el sueño. Y en este nuevo lugar un pequeño grupo de chavales; aparentemente ociosos, de pie y apoyados en una pared de la que no veía más; aunque, otra pared al otro lado del campo, sí podía verla; al menos, lo suficiente para reconocer en ella una fachada ruinosa, con una escalera exterior casi suspendida en el aire y, arriba, el hueco de lo que parecía un ventanal.

Lo más inquietante para mí era la situación que se iba creando. El grupo que me había seguido se iba acercando al otro; pero tan despacio, desordenado y despreocupado, que, desde fuera, nada aparecía que motivara su acercamiento…nada…; hasta que indolentemente se detuvo y sus miembros se apostaron en la pared, como si fueran espectadores de algo.

Los que estaban de antes –aparentemente, de menor edad- empezaron, entonces, a moverse; a hacer algo que yo temía casi desde que comencé a bajar, aunque sin saber qué.

Alguien –sentí que era un niño-se movía entre ellos; notaba su jadeo, el empujar a los del grupo y el forcejeo para sujetarlo. De pronto –lo liberaron adrede- se hizo visible para todos, aunque ellos sabían indudablemente quien era.

Yo, había temido ser yo mismo, cuando era pequeño; pero no, no…Era alguien –quizás un hermano menor mío- en una situación de maltrato y en mi presencia. Sin embargo, a pesar de eso, no hice otra cosa que quedarme quieto y atemorizarme; aunque, después, traté de hablar con ellos.

El que lo había vuelto a sujetar no era mucho mayor que el crío; pero se veía acostumbrado a peleas y a usar cualquier violencia para dañar a su víctima; … y no parecía alguien con quien se pudiera hablar, cuando estaba en esa situación. Pero en el grupo de los mayores – los que me habían seguido-uno de ellos lo controlaba todo y los demás estaban pendientes de él, con sólo, en apariencia, pensarlo; porque ni hacía, ni decía nada al respecto.

Los dos me atemorizaban: uno, porque sería capaz de hacer cualquier maldad que le pidieran; el otro, con su frialdad, me helaba por dentro. Pero, también, el crío –que trataba con todas sus fuerzas de escaparse y enfrentarse, si fuera necesario, a todo- me llenaba de vergüenza por lo que yo –no- hacía y todos estaban viendo.

…Solamente me salió una frase; una súplica –“por favor”-, encarando al cabecilla; pero…ni me miró. Después, la situación se disparó: el crío se zafó y salió corriendo sin que lo siguieran; llegó al borde del campo; volvió sobre sus pasos y empezó a subir con decisión por la desvencijada escalera de la pared; a pesar de la falta de apoyos para hacerlo.

Yo sentí un ligero alivio por el crío, no por mí. Fue tan rápido que no pudo mitigar mi angustia, cuando presentí que todo iba a salir mal; otra vez como si –por parte de ellos- nada tuviera importancia, ni siquiera les resultara excitante; sino algo maquinal, preciso y frío:

“El menor solo estaba observando lo que el crío trataba de hacer, los demás solamente miraban y el jefe parecía pensar. Cuando ambos se entendieron, el plan –simple y curioso- se puso en marcha: el menor cogió un gran trozo de espejo –resto del edificio-, lo encaró al sol, lo orientó hacia la pared y al crío;…y cuando éste –equivocadamente- llegó al hueco, intentó adentrarse y no pudo –sólo era una suerte de hornacina casi sin fondo-; el fuerte calor que empezó a sentir, sin comprender la causa, lo comenzó a aturdir… Mientras, abajo, todos vislumbraban el final de aquello.

…En el sueño llegué a ver llamas, oír gritos y caer un cuerpo”.

 

 

 

Comentarios

  1. Mabel

    25 marzo, 2019

    Muy buen Cuento. Un abrazo Jose Luis y mi voto desde Andalucía

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