Vichyssoise

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Cuando él la miró a los ojos contestando “Sí mi amor, para siempre”, ninguno de los dos imaginaba que “para siempre” iba a significar tan poquito tiempo. Cumplían un mes de casados y había decidido invitarla a cenar en el mismo hotel donde celebraron el banquete de boda. La sorpresa incluía una noche de miel, en la misma suite en la que no pudieron consumar el matrimonio por culpa de los caprichos de la naturaleza.

La recogió a las puertas de su trabajo y usó un pañuelo que le impidiera ver dónde iban y cómo una peluquera contratada para la ocasión reconstruía el peinado nupcial. Ella se estremeció al sentir unas manos que no reconocía y le quitaban lentamente la ropa, pero se dejó guiar hasta un baño de espuma en el que apenas pudo relajarse, antes de salir corriendo hacia una limusina que hacía sonar una y otra vez la bocina para que todo el barrio la viese partir.

Su rostro se iluminó al encontrarlo esperando dentro del coche, con un ramo de rosas amarillas y un beso apasionado colgado de los labios. Llegaron al hotel amarrados y entraron como vendaval en un invernadero. No hicieron caso del señor que aguantaba las sillas y se sentaron, muy cerquita, en la esquina de una gran mesa redonda, mejor decorada incluso que el día en que recordaban haber dado el “Sí, quiero”.

Había más flores y velas, copas de varios tamaños y cubiertos que ni siquiera sabían utilizar. Una larga lista de artilugios que arrinconaron a lo lejos, o pidieron que fueran retirados, para que nada se interpusiera entre sus manos. Pero lo mejor de todo era ese gran mantel color pastel, que llegaba hasta el suelo y les había permitido sacarse los zapatos y jugar a acariciarse despacito, con la punta de los dedos primero y casi hasta las rodillas cuando el vino comenzó a hacer su efecto.

No había palabras, sino besitos tiernos y otros más largos, junto a miradas profundas que dieron paso a otras furtivas, hacia lugares prohibidos que se adivinaban por las holguras de un vestido descolocado a fuerza de tanto achuchón. No había palabras sino silencios cada vez que el camarero se acercaba con una nueva exquisitez.

Él fue feliz al descubrir un pequeño roto del mantel que con habilidad descompuso para abrir camino a su mano. Y ella disfrutó de sus caricias, cada vez más certeras, a medida que avanzaba la cena, y sobre todo cuando supo que pasarían allí la noche. Él sintió que se perdía cuando tirando de las patas de la silla la atrajo bruscamente, y sus dedos anunciaron la humedad de una entrepierna.

Fue en ese instante cuando decidió usar la otra mano para llevarse a la boca una aceituna aliñada, que degustó imaginando el resto de la noche, con tan mala fortuna que el hueso se le clavó en la tráquea, impidiendo el paso del aire. Aún tuvo tiempo de esbozar algo parecido a una sonrisa triste antes de desplomarse sobre una vichyssoise que apenas había probado.

El juez se mostró vivamente enojado al tener que abandonar la cena en que celebraba sus 25 años de matrimonio, justo cuando aquella mujer, que lo conocía mejor que él mismo, le había preguntado con voz melosa, un tono que invariablemente anunciaba revolcón posterior: “¿Me querrás para siempre, mi amor?”. Pero esa noche estaba de guardia, y tocaba levantar un cadáver.

Comentarios

  1. Mabel

    27 marzo, 2019

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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