Adiós, muchachos

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(….)

Compartía casi todas las horas lectivas y de ocio —las que en casa le permitían, cuando no le tenían cronometrado— con Mick, pues tras todos los años de amistad que les avalaban, sin preguntárselo y por inercia, realizaban siempre juntos los trabajos escolares en grupo, si las exposiciones habían de ser conjuntas daban por hecho que ellos dos ya de por sí se valían y se coordinaban a la perfección, y algunas veces organizaban un grupo de estudio en la biblioteca municipal que por regla general comenzaba siendo un cuarteto (Curt, Mick, la novia esporádica de Mick, alguna amiga que hacía de carabina y que estaba destinada a ser la pareja del amigo). Pero el poco receptivo Curt acababa ignorándolas, ahuyentándolas con su silencio o sus ásperas contestaciones, poco proclive a conceder la sola oportunidad de entablar una conversación simple o de conocerlas más a fondo, aunque fuese con la única intención de congeniar y acariciarse bajo la ropa.

Él no hubiera tenido problema alguno en besarse, o incluso practicar sexo sin apenas sentimientos, siempre y cuando evitara intimar de una forma más espiritual, pasando por alto todas las charlas de cortesía, el agotador despliegue de conquista o las chácharas que jugaban a ser profundas para forzar alguna conexión especial; pero nunca conseguía librarse de aquella parafernalia que tanta pereza, e incluso rechazo, le causaba. Él no quería explicar nada de su vida ni de él mismo, ni carácter, ni gustos, ni preferencias, pero también carecía de paciencia y de interés por escuchar las revelaciones sinceras de los demás. Así pues, su acompañante forzosa solía molestarse, o en base al silencio tenso y reinante se daba por vencida, y entonces instigaba a su amiga a inventar una excusa para acabar reduciendo de forma brusca el grupo de estudio de “a cuatro” a un simple y triste dúo masculino. Mick solía resignarse a ello sin protestar, aunque cada vez evidenciaba un creciente malestar ante las mismas repetidas situaciones; aun así se negaba a fustigar todavía más su conciencia y sobre todo descartaba la idea de dejar de incluir a Curt en sus planes, debatiéndose entre el furor de las hormonas y la obligación moral de prestar un hombro en una situación abstracta que, aunque intuía, seguía sin comprender por falta de información, pero qué más daba: era él, su amigo de la infancia, con el que tanto había compartido y que tanto había cambiado, y era evidente que no estaba pasando por su mejor momento, fuera cual fuese la causa. Por tanto, no sería él quien lo dejara en la estacada a cambio de supuestos escarceos sexuales pero limitados con chicas eventuales, a quienes apenas llegaba a conocer a fondo.

Y aunque la relación amistosa de ambos seguía el curso normal, en apariencia, Curt cada vez era más consciente de su problema de sociabilidad, su falta de empatía, o su exceso de desidia e impermeabilidad, y de cómo indirectamente esta actitud que se veía incapaz de frenar afectaba a su amigo. Las consecuencias que conllevaba. A veces, tras aguar la respectiva velada, ciertas incógnitas flotaban en el ambiente, sin necesidad de formularlas en voz alta. “¿Será homosexual, seré yo quien le guste?”, pensaba Mick no pocas veces, aunque luego descubría de qué manera, algo libidinosa, se le iban los ojos a Curt detrás de casi todas las faldas cuando creía que nadie le observaba, y desechaba esa hipótesis por falta de validez. Tras una etapa contemplativa, llegó a la conclusión de que con toda probabilidad su amigo se había vuelto un sibarita más exigente de lo habitual, que tenían preferencias diferentes y al final él no acertaba nunca con las jóvenes que le presentaba. Lo que en parte evitaría discusiones por la misma chica en el futuro, así que en definitiva y siendo optimista, tal actitud podía derivar en algo bueno. Mientras tanto, a Curt el pensamiento que le reconcomía giraba en torno a un posible y progresivo proceso hacia lo que él bautizó como “metasexualidad”, una extraña sensación que le hacía sentir deseo todo el tiempo, con una erección semipermanente y en la mayoría de ocasiones inoportuna, fruto de las ansias y reacciones pubescentes. Pero el problema llegaba a la hora de cortejar para rematar, de fundirse en conversaciones buscando la chispa necesaria, de abrirse en canal frente a una desconocida y previa supuesta amante; la búsqueda de la magia especial no tan excepcional en los romances juveniles, aquellos de picos altos e intensos pero de corta duración…algo que simplemente no encajaba ni fluía, no le motivaba, mutando en una situación que se le hacía demasiado cuesta arriba. Así, llegó al punto de renunciar a momentos de pasión experimental por no realizar él mismo ese esfuerzo de exteriorización, por no fingir un interés en la vida del otro; prefirió la castidad consecuente a padecer una malsana envidia envenenándole por dentro cuando escuchaba experiencias entrañables y retazos de vida encantadores que él no conservaba, incapaz de renunciar a que su conocido cinismo  campase a sus anchas cuando oía quejas y lamentaciones por lo que él consideraba simples bagatelas, resistiéndose a ofrecer consuelo y respondiendo con algún sarcasmo lo suficiente hiriente como para interrumpir cualquier charla amiga o íntima.

Lo cierto es que a Curt comenzaban a molestarle las relaciones sociales en general, inmerso cada vez más en una etapa de soledad ermitaña, negando su exposición gratuita al mundo. Tal vez fue por eso que, un lunes sin más y sin previo aviso, clausuró por tiempo indefinido su amistad con Mick, tras haber reflexionado mucho sobre ello y aunque le doliera, arrastrando secuelas ya previstas a raíz de su decisión. Sentencia unilateral sin debate ni juicio previo que afectaba a dos personas, y que él adoptó de buena fe, por el bien de ambos. Porque, según su criterio, en qué mundo sinsentido su estado actual podría beneficiar a quienes pretendían andar, junto a él, un mismo camino. Así pues empezó a rehuirle en la escuela como pudo, ofreciendo silencios y respuestas monosilábicas y tajantes a cualquiera de sus preguntas, no le esperaba ya en la salida y escogía el camino opuesto para evitar su compañía, no participaba, y ni siquiera se pronunciaba, ante ninguna de sus propuestas. Indiferencia ascendente una semana, dos semanas, tres semanas. Al iniciar la cuarta, un lunes por la tarde, Mick se plantó frente a su casa de improviso y, ni corto ni perezoso, llamó a su puerta sin reparar en horarios. No recibió respuesta alguna, y tras un rato de espera e insistencia oteó los alrededores, fijándose en los detalles y respaldado por la seguridad de que Curt sí se hallaba allí dentro durante aquellas horas vespertinas. De repente, le vio asomado tras una de las ventanas del segundo piso, tomando las alturas, con medio cuerpo y medio rostro oculto por las cortinas dispuestas en forma de triángulo, con las facciones algo borrosas por el efecto del cristal laminado. Entonces se miraron a la vez, y en cierta manera se entendieron, comprendieron la situación: no hizo falta que Mick volviera a aprisionar el pulgar contra el timbre, ni que le gritara por su nombre o hiciera aspavientos desde la entrada, ninguna obra teatral ni espectáculos de abandonos, explicaciones, de egos inflamados ni orgullos heridos. No tenía lugar ningún discurso con guión a base de excusas, ni mentiras diplomáticas que no iban con ninguno de los dos. Y de esta manera, silenciosa y pasando casi de puntillas,  concedieron un descanso a la complicidad, las pequeñas aventuras, las grandes dudas y los secretos que les unieron a lo largo de tantos años; una pausa prolongada, un cese temporal, un hasta luego, que no un adiós. Mick se quedó con la mirada colgada en el saledizo de la ventana, incluso tiempo después de que Curt se apartara y desapareciera, deshaciendo las cortinas en forma de A y convirtiéndolas en un telón opaco de color gris perla.

“Adiós. Quien seas, cuida de Curt, allá donde esté. Porque ese de ahí ya no es mi amigo, alguien le está suplantando, deformando, matando. Aquí estaré cuando decida regresar”, pensó Mick para sus adentros, con una sensación extraña que aglutinaba una especie de alivio y la opresión de  los congojos subidos de golpe y contrayéndole la garganta, cierta lástima mezclada con la certidumbre de que se reencontrarían en el momento justo, ni antes ni después de lo necesario, y sin embargo albergando la reprochable impresión de haber fallado, mezclada con el bálsamo de no verse inmiscuido en una causa que se le supusiera demasiado inabordable.

Y de esta forma, ambos se distanciaron por un tiempo.

(…)

Comentarios

  1. GermánLage

    12 abril, 2019

    Me encanta ver cómo sigues recreándote en cada episodio, por lejano y nimio que sea, sin importarte que la obra se alargue y se alargue. Cuando uno sabe lo que que quiere, las prisas están de sobra. Adelante Estefanía. Yo tampoco tengo prisa.
    Un abrazo desde Bruselas..

  2. JR

    15 abril, 2019

    @estef314 – Estefania, has dado un nuevo y complicado giro a tu historia pero lo has manejado con la misma abilidad de siempre. Intricado y profundo pero todo un gusto para leer.
    Saludos y un gran abrazo. Es un gusto leerte de nuevo.

  3. gonzalez

    16 abril, 2019

    Me gustó mucho, Estefanía. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

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