Agobiante realidad

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De pronto comencé a oír un sonido tenue pero intenso. Era el despertador de mi móvil, sonando una vez más, como cada mañana. Me incorporé de la cama y me froté los ojos, luego miré el móvil y apagué aquél aparato infernal. Tras levantarme y hacer mis necesidades, me vestí como todos los días, con ese mono asqueroso de trabajo que era mi traje. Camisa, pantalón, zapatos, chaqueta y corbata. Un traje que suponía un signo más de rutina, borreguismo y esclavitud.

 

Después de compadecerme de mi mismo frente a aquel espejo de la habitación, que mostraba una cara destrozada por el cansancio, me apresuré a cambiar el gesto. Ahora tocaba lo más duro del día, despertar a los niños a unas horas intempestivas, para llevarlos al colegio antes de que ni siquiera el sol hubiera amanecido. El hecho de tener que llevarlos dos horas antes de la entrada normal del recinto escolar, me partía el alma. Sus caritas de recién levantados reflejaban una imagen más del zombi que todos llevamos dentro. – Venga chicos, que ya es casi viernes – Decía entre sonrisas y gestos tontos para que denotaran en mí un tono alegre, amigable y comprensivo.

Entonces apareció por la puerta mi luz de la mañana, mi esposa, para vestir a la pequeña mientras yo me encargaba del bebe. Una escena que a pesar del cansancio, la desesperación y la pena, era lo más bonito de la mañana. Solo pensar en la felicidad y el orgullo del que se llenaba mi corazón, al ver lo que habíamos construido juntos, me daba la energía suficiente para aguantar toda la jornada de trabajo.

 

Ahora tocaba correr, había que llegar al coche, después iríamos al colegio sorteando los obstáculos que nos hubieran puesto en la carretera durante la noche. Una tubería rota, los semáforos apagados, un bache sin arreglar, cualquier viaje por las calles de esa ciudad era una nueva aventura día tras día.

Ya en el cole, la pequeña se baja, – Adiós mama, adiós papa, adiós hermanito. – Así sonaba una despedida que nos rompía el corazón cada mañana. Mirábamos el reloj, todo bien, cinco minutos antes, todo un record.

De nuevo, tocaba correr, el niño tenía que llegar a la guardería, para que nos diera tiempo a continuar hacia nuestros puestos de trabajo. Pero de nuevo nos encontrábamos con la aventura. El nuevo proyecto urbanístico de la gran ciudad, convertía la carretera en un hervidero de coches y malos modos. Usar el transporte público es lo mejor para la ciudad, rezaba un cartel impreso a todo color, en una valla publicitaria del extrarradio. – Si – Decía yo sarcásticamente al leerlo. – Podrá ser lo mejor, pero dile a los cientos de personas que están esperando el autobús, que tienes que subir con el carro del niño y todos los enseres, para poder dejarlo en su escuelita y luego llegar a tiempo a tu trabajo. Cuando no cabe un alfiler ya en el vehículo. – Continuaba diciendo mientras sonreía a mi mujer, que compartía mi sarcasmo con gesto sonriente.

Por fin llegamos a la escuelita, al otro extremo de donde habíamos partido. Era increíble que a pesar de tener escuelas cerca, hubiéramos tenido que traer al niño a ésta, debido al sistema de puntuación escolar. – Adiós pequeñín – Decía mi mujer ahogando una lagrima, mientras me veía partir con el carrito hacia la entrada del recinto.

 

Esto no acababa más que empezar, ahora tocaba la verdadera lucha, llegar en transporte público al centro de trabajo. Siempre aparcábamos nuestro coche a las afueras después de dejar a los niños. Un sitio, donde poder coger el metro y olvidarnos de los trastornos que el consistorio de la ciudad causaba a todos aquellos que quisieran acceder en coche. No sin parte de razón, está claro.

Un beso rápido y un -hasta luego cariño- era todo lo que podíamos pronunciar, antes de que nuestros pies cogieran velocidad para no perder el convoy que llevaba a nuestro destino.

Una vez dentro, lidiar con todo tipo de personas y comportamientos hacía que el día se tornara de nuevo en aventura. Una trama propia del mismísimo Dr. Jones, pero esquivando tabletas, móviles, cables de auricular, personas sentadas en el suelo, etc… En vez de serpientes, dardos envenenados, trampas de pinchos, etc… Toda una odisea, que no se la deseo a nadie.

Alcancé mi destino dos horas y media después de que sonó mi despertador. Aún quedaba toda la jornada de trabajo por delante. Reuniones, trabajo de oficina general, papeleos, etc… Se llevarían todo el resto de la mañana. Después, un almuerzo rápido, para luego volver a la parte que más odiaba de mi trabajo, los asuntos de última hora. Esos trabajos que siempre te mandan con carácter urgente, justo cuanto está a punto de finalizar la jornada. Esos trabajos que todos sabemos que jamás tendrían que estar tipificados como urgentes, puesto que suelen ser tonterías varias, pero que en forma de estadística, queda muy bien para los jefes.

 

Ya era tarde, volví a salir una hora después de haber finalizado mi jornada laboral. Menos mal que el turno de mi mujer era más amigable y podía recoger a los pequeños al salir del trabajo. No sé qué haría sin ella. Ella era el motor de nuestra vida, aunque a veces parezca que pasa desapercibida su labor de cara a la gente.

Después de una hora y media de transporte público, ya que mi mujer era la que traía de vuelta el coche para poder recoger a los niños, llegué a casa. La pequeña salió corriendo a la puerta a buscarme, mientras el pequeño solo observaba, reía y jugaba en su parque de juegos. Es la hora del baño y de la cena. Bañaba a los niños mientras mi mujer preparaba las cosas del día siguiente. Luego me dirigí a la cocina para hacer la cena, la pequeña se vino conmigo, quería ayudar a papa, nos colocamos el delantal y nos pusimos cortar las verduras y limpiar el pescado, para hacer un rico plato.

Luego todos a la mesa, la cena ya estaba lista y humeante. La radio sonaba de fondo con el programa de música infantil de todas las noches. La televisión apagada, no hay que distraer los ojos mientras se come.

Tras la suculenta cena, de la que no hay mucho que contar, además de un par de raspas de pescado y el rebañar del plato, empieza a dejarse notar el cansancio. Los niños se frotan los ojos y su modo básico comienza a aparecer, ya no ríen, ni juegan, todo va como a cámara lenta para ellos. Es hora de dormir.

Después de ponerles el pijama y arroparlos bien, los pequeños cogen su posturita para dormir. Un poco de biberón aquí, un poco de agua allá y poco a poco van entrando en ese maravilloso mundo de fantasía que es el rincón del sueño.

 

Ahora sí, ya está, puedo descansar, todas las tareas del día han acabado, es el momento en el que puedo disfrutar de lo que me apetezca, hacer lo que quiera. Pero espera, miro el reloj, es muy tarde. Ya no me da tiempo a ver la televisión, ni a jugar a la videoconsola, ni siquiera a leer un capítulo de mi libro favorito. -Debo irme a dormir.- Me repito una y otra vez mientras mis ojos se cierran a medida que me tumbo sobre la cama. Doy un beso de buenas noches a mi esposa y noto el suave tacto de mi almohada mientras apoyo la cabeza. También el sedoso roce de las sabanas sobre mi cuerpo al cubrirlo. Luego, cierro los ojos del todo. De pronto, comienzo a oír un sonido tenue pero intenso. Es el despertador de mi móvil…

 

J.G. Nuñez

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