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La vida para Curt, a partir de ese momento, se redujo a unos cuantos puntos cardinales que servían como rutina, pura monotonía que a veces empalagaba pero que, sin embargo, le ayudaba a mantenerse cuerdo.

Casa. Silencios aderezados con música de ascensor, almuerzos de conveniencia y convivencia obligada y antipática, impostados, el odio acrecentándose a diario. Silencios tensos y sonrisas forzadas inmersos en un aire viciado, miradas bajas y, desde que se sentara a la mesa, un cúmulo de deseos de acabar el plato de forma voraz e indigestible para conseguir huir de allí lo antes posible.

Música y guitarra. El instrumento rasgado y las letras, rimando o no, como catarsis, terapia y válvula. Dormía poco, se le iba la madrugada sobre seis cuerdas, prueba de ello eran las durezas que se acumulaban en las yemas de los dedos, esas que tanto llegó a apreciar. Aprendiendo las melodías e inducido por la simple pasión melómana, guiándose por el oído, sin formación técnica previa, invirtiendo muchas horas, con paciencia y constancia. De esta manera llegaron copias privadas de Summertime, la versión más lastimosa y menos edulcorada de Janis Joplin y Jimmi Hendrix. Los vibrantes primeros acordes del Paint it black de los Rolling Stones. La dulzura, evocando ternura, de And I love her, de los Beatles. Consiguió calcar de forma casi idéntica, a fuerza de trabajo semi—obsesivo, el In the army now de Statu Quo. Estudiaba y repetía de memoria varias piezas de Bob Dylan, y eso que Dylan hacía ya tiempo que había cedido el protagonismo a las letras, confiriendo un punto y aparte a la experimentación musical de sus primeros años.

Cine en sesiones matinales extraordinarias. No sentía predilección por ninguna temática, tan sólo se reclinaba en la butaca a esperar cualquier pase, y a veces se descubría siendo el único miembro en toda la sala. En ocasiones le acompañaba el acomodador o el taquillero (meras presencias físicas), colocados en la esquina opuesta, tres figuras de cera ante una pantalla de dimensiones descomunales, los últimos románticos del celuloide. No le importaba el género, los actores, la trama ni el director, lo veía todo, respetaba tanto la labor que contemplaba que era incapaz de lanzar cualquier crítica y a todo le exprimía algo bueno, y sino bueno al menos reseñable, y de paso la evasión le ayudaba, porque precisaba desconectar. Todo era agradecimiento hacia el cine, desde la reposición del séptimo sello de Bergman al Annie Hall de Woody Allen, pasando por La naranja mecánica de Kubrick hasta el Terminator de James Cameron. Resulta difícil explicar cuánta felicidad le proporcionaban esos noventa o ciento veinte minutos de ficción, de huida, y lo que llegaron a suponer para aquel chaval convertido en alguien extraño de la noche a la mañana, sobre todo para sí mismo.

Libros, muchos libros, en los que de alguna manera se veía reflejado. El gato negro vuelto verdugo en las paranoias de su dueño, y el desquiciante ojo de buitre de El corazón delator, ambos relatos de Allan Poe. La lealtad de los mosqueteros, puesta a prueba de espadas y floretes, deslealtades, de ardides y traiciones, de Alexandre Dumas. El teatro mágico, y los tesoros, secretos, malas y buenaventuras que escondían en su interior las cinco puertas escogidas por Harry Haller, en el Lobo estepario de Hermann Hesse. El capitán Ahab, el obsesivo temerario, con su persecución autodestructiva, anteponiendo y dedicando su vida a la venganza y la caza de Moby Dick, el gran cachalote blanco que le privó de su pierna. La pasividad y el escepticismo del sr. Merusault en el extranjero, de Albert Camus.

Estudios. Implicándose casi sin querer y con poco esfuerzo en sus asignaturas preferidas, las de índole artística, para luego  seguir encantado la estela de la fotografía y la música, fracasando pues en las materias consideradas más serias y troncales: química, gramática, matemáticas, ciencias, biología, geometría, geografía o economía, para disgusto de sus padres. El resultado era unas notas finales con un variopinto abanico de ceros y dieces, que llevaban consigo reprimendas, miradas de reproche, comentarios de desprecio y amenazas acumuladas. Comparativas ofensivas, en ocasiones incluso humillantes, con las calificaciones trimestrales de su hermano mayor, desterrado en un internado de otro país, quien sólo aparecía de visita diez días por cada tramo de vacaciones. Ewen, el alumno e hijo de quien poder presumir, académicamente perfecto, estudiante impecable de matrícula de honor, la gran promesa del derecho, destacando en la carrera universitaria más recta del mundo. Un currículum impoluto frente al suyo, tan lleno de altibajos, tan marcado por sus preferencias y su testarudez e insubordinación. Pero ni la peor de las ofensas consiguieron que dedicara menos tiempo a estudiar las grandes obras de la escultura, el lujoso sarcófago dorado de Tutankamón, la imperfecta perfección de la Venus de Milo sin brazos, un vuelco al corazón tras observar con detenimiento La piedad de Miguel Ángel, la musculosa reflexión barbuda de El pensador, de Rodin. Luego llegaron los estandartes  de la literatura, las novelas que cambiaron e hicieron reaccionar al mundo, desde la ficción distópica del 1984 de Orwell hasta las tragedias familiares y los soliloquios poderosos de Shakespeare, el retrato maldito de Wilde y su maldición de la juventud eterna, las aventuras hacia lugares recónditos de Julio Verne, entre otras muchas más obras, clásicas y contemporáneas. Y, sobre todo, se mostraba interesado por conocer toda clase de estilo musical, instrumentos exóticos, cantos africanos, conmovedoras plegarias hebreas hechas melodía, cantes de flamenco, folklore soviético, la introspectiva y solemne chanson francesa, la alegre y afinada era dorada de la música italiana; piezas atemporales: desde la clásica de Brahms, las Valkirias impetuosas de Wagner, los valses de cisnes de Tchaikovski, el romanticismo de Chopin, la calma y tormenta de Beethoven, el jazz frenético de Ray Charles y el más melancólico de Billie Holliday, una lección de presencia y clase en esa variación de blues y big band que renovó Sinatra, el grunge hastiado de Nirvana, el rock operístico de Queen, los agudos poperos de Michael Jackson, las infinitas canciones taciturnas de The doors, los gritos rebeldes y rabiosos de Sex Pistols, las letras que eran poemas en la voz de Leonard Cohen, hasta el rock a golpe de cadera y flecos de Elvis Presley. Y, como un amor a primera vista, un verdadero punto de inflexión entre el antes y el después en su vida, la inmersión en el arte de la fotografía, las diversas técnicas de revelado y el esmero en aprenderlas y practicarlas, funcionamiento y métodos secretos para conseguir una instantánea perfecta, la perseverancia con el fin de acertar y dar con el juego de colores fusionado, deseado y único.

Escapadas en horas lectivas a sus paraísos secretos, cada vez con más asiduidad, envuelto de soledad consentida y pensamientos que contaminaban su mente, que él no sentía ni nocivos ni amenazantes aunque sí lo fueran. Buscaba infinidad de porqués, y en su refugio natural y apartado exigía explicaciones a la vida, apelaba a su justicia, ansiaba rendirle cuentas. Dedicaba más y más horas a aquellas evasiones, reduciendo el contacto social a lo imprescindible. Ya se comunicaba tan poco con el resto del mundo, que a veces ensayaba con personajes sacados de su imaginación, sólo para comprobar que no había olvidado conversar.

Fotografía. Hacerlas, contemplarlas, analizarlas…vivirlas. Pasatiempo elevado a nivel de pasión, vicio curativo e insustituible. Adoraba expandir su sensibilidad sin evidenciarlo demasiado, casi como un oficio anónimo, e inmortalizar instantes únicos, puntuales y volátiles, y guardarlos como alhajas.

Henri Cartier Bresson. Escenas cotidianas hechas arte: un hombre con paraguas saltando sobre un charco dando una gran zancada…pero su silueta negra no parece saltar, sino que asemeja una bella danza, aún más hermosa e impresionante por tener a la torre Eiffel de fondo,  casi por casualidad. Un niño bajando los escalones torcidos de la entrada desvencijada de su casa en bicicleta. Cartier Bresson, el padre admirado que le enseñó la importancia de estar en los instantes decisivos, de apretar y hacer click en el momento justo, la belleza de lo efímero, toda una vida condensada en un segundo. Robert Capa, el fotoperiodismo, un fusilamiento en directo, un miliciano muriendo con las botas puestas, sin rendirse, inmortalizando el momento de la caída cuando aún sostienen suficientes fuerzas para desbordar coraje. Robert Doisneau, y su gama de grises, y una pareja besándose en plena urbe, pasando desapercibidos para la gente y parados en medio del centro, rodeado de ajetreados cosmopolitas solitarios corriendo de aquí para allá: que el tiempo se detenga para la pasión, que la fotografía se le haga cómplice. Los edificios vistos desde el filtro de Thomas Struth, como penitentes imponentes posando para un solo hombre, la ciudad desierta a través de su objetivo. Cindy Sherman, y sus mujeres inalcanzables (¡Pero qué hermosas eran!), de belleza trágica, femeninas criaturas que no miraban a la cámara de frente, siempre dispersas, siempre pensativas, y sin embargo tan magnéticas, tan serias y misteriosas, con la fragilidad oculta… véase sólo si se escarba en su fotografía, pero dedicando mucho rato a su contemplación. Material delicado, trátenlo con cariño. Los retratos de Steve McCurry; los ojos verdes de la niña afgana, que casi le traumatizaron, que le perseguían en sueños, que le obsesionaron y le perturbaron, iris hipnóticos de serpiente que adoraba y revisaba varias veces al día, y buscaba en todas las miradas de mujer que se cruzaba por la calle; sabios hindúes con turbante y sonrisa complaciente y relajada, ojos profundos de pozos negros, arrugas bellas de la experiencia contando una vida entera en una sola imagen.

Y así podríamos seguir sin saber cómo parar. Porque adoraba la fotografía, y la revisaba, y volvía a la carga, y apreciaba el trabajo de otros, e intentaba crear el suyo, con una autocrítica voraz y estricta que avivaba su perfeccionismo, exigiéndose más y más, actuando como reconstituyente vital. Observar, diseccionar, imaginar. Evaporarse. Sobrevivir.

Y fue precisamente el arte de la fotografía, en casa, en la calle, en galerías y exposiciones, el que le salvó la vida.

Día tras día todo se repetía como un círculo vicioso:

Libros. Muchos libros.

Estudios, exámenes, trabajos.

Escapadas en horas lectivas a sus refugios.

Música. Soles de música, lunas de guitarra.

Fotografía: durante mil cuatrocientos cuarenta minutos. Durante ochenta y seis mil cuatrocientos segundos. A falta de cámara, sus ojos aprendieron a convertirse en filtro y objetivo. La fotografía, en Curt, duraba veinticuatro horas cada día, sin derecho a festivos.

Comentarios

  1. Luis

    23 abril, 2019

    Gran texto: saludos y mi voto Estef!

  2. GermánLage

    27 abril, 2019

    Excelente exhibición de cultura artística, más de la autora que del personaje por ella creado, pues no deja de sorprender que, siendo Curt «bikingo», sepa tanto de pintura española y tan poco de pintura inglesa. En cualquier caso, un inmenso placer leerte de nuevo, Esteff.
    Un fuerte abrazo.

  3. Estefania

    27 abril, 2019

    @germanlr ciertojaja a veces me dejo llevar por otra de mis pasiones….adoro ME AYUDAN MUCHISIMO con mayúsculas tus comentarios constructivos como éstos (por eso no los quiero perder). A la hora de juntar y organizar todo y de darle salida es muy muy valioso.
    Muchas gracias por todo (y por eso no os quiero perder como lectores!)
    Un abrazo grande!

  4. JR

    27 abril, 2019

    @estef314 – Estefania, Sábado en la mañana, dedicado a esta maravilla de narración que nos regalas. Muy difícil decidir entre tanto arte mis partes favoritas, pero aquí van, pues son con las que más me identifico:

    «Dormía poco, se le iba la madrugada sobre seis cuerdas, prueba de ello eran las durezas que se acumulaban en las yemas de los dedos, esas que tanto llegó a apreciar.»

    Hermoso detalle con el que me identifico a perfección,

    «Resulta difícil explicar cuánta felicidad le proporcionaban esos noventa o ciento veinte minutos de ficción, de huida, y lo que llegaron a suponer para aquel chaval convertido en alguien extraño de la noche a la mañana, sobre todo para sí mismo.»

    Impresionante!

    «Ya se comunicaba tan poco con el resto del mundo, que a veces ensayaba con personajes sacados de su imaginación, sólo para comprobar que no había olvidado conversar.»

    Puro realismo mágico…

    «Música. Soles de música, lunas de guitarra.» ¿Y dices que no eres poeta?

    Me encanta tu forma postmodernista de narrar. Me ha encantado!!

    Saludos y un enorme abrazo!! Y por favor, no te tardes tanto en regresar!!

  5. JR

    27 abril, 2019

    Lamento solo poder darte un voto…

  6. Klodo

    29 abril, 2019

    Estefanía
    Tú eres una tremenda escritora, socióloga artística y musa a la vez.
    » El instrumento rasgado y las letras, rimando o no, como catarsis, terapia y válvula. Dormía poco, se le iba la madrugada sobre seis cuerdas….»
    Como tú vez, coincido en buena parte con JR.
    A veces, los personajes se le arrancan al autor y adquieren vida propia.
    Contigo es al revés. Eres tú quien se evade del personaje y lo sobrepasa.
    ¿ Qué pensará Curt de esta infidelidad ?
    Esta parte de tu novela es como un ensayo acerca de aspectos artísti
    cos relevantes de las últimas seis décadas. Buena selección.
    Cuidado con la línea dramática de tu novela.
    Felicitaciones
    Sergio

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