El blues de Juan Carlos

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Esta es la historia de Juan. Su apellido era Carlos. Por raro que pareciese, ése era su nombre y ningún otro. Toda su vida, desde que tuvo uso de razón hasta la actualidad, que ahora tiene 30 años, toda persona que conoció lo llamó Juan Carlos. Pero a él no le gustaba su nombre. Él siempre quiso llamarse Miguel. Habían días que llegaba llorando a la casa de la escuela, rogándole a su madre que le cambiase el nombre a Miguel, mas ellos no accedieron nunca. Así fue como, un día después de cumplir treinta años, se decidió y fue al registro civil a cambiarse el nombre. Tras meses de papeleo burocrático su petición fue rechazada. Estaría estancado con su nombre para siempre. Lo peor de todo y que sólo un selecto grupo de personas sabía que no tenía segundo nombre y que su segundo apellido, para su desgracia, también era Carlos. Así que su nombre completo, el que salía en su carnet de identidad, era Juan Carlos Carlos.

Juan Carlos Carlos ya no lo aguantaba más, así que rompiendo toda regla de la construcción de una historia, fue a la casa de su creador, o sea, yo. Irrumpió en mi casa y, llorando como un niño pequeño me rogó que le cambiase el nombre. Ya no quería ser llamado Juan Carlos Carlos nunca más. Yo lo miré y le dije que la agonía que sentía por su nombre no tenía nada que ver con éste en sí, sino que yo le había hecho la vida miserable sólo para escribir esta historia, la cual se me ocurrió mientras intentaba dormir una siesta. Juan Carlos Carlos contempló su vacía existencia, carente de significado y en medio de una crisis existencial, intentó golpearme con todas sus fuerzas, pero yo lo detuve, sólo escribiendo que lo había detenido.

-Está bien -le dije, con mi voz varonil y mi presencia avasalladora (ya que soy el escritor, puedo elegir como me veo, después de todo) -. Dejaré que te cambies de nombre. El que tú quieras.

-Quiero llamarme Ángel Enrique -dijo él, aún paralizado por mis palabras. No se daba cuenta que yo elegí ese nombre para él, que resultaba no ser más raro que Juan Carlos. Elegí que no se diera cuenta, porque tenía ese poder sobre él y lo usaría a mis expensas.

-De acuerdo, tu nombre ahora será Ángel Enrique. Pero debes marcharte de mi casa ahora mismo.

Y así lo hizo, porque yo lo escribí. Vivió una vida normal y medianamente feliz de ahí en adelante, como Ángel Enrique.

 

Fin

Y al momento de escribir “fin”, su existencia desaparece, siendo reencarnada cada vez que alguien lea esto, así que no te consideres inocente, lector. Estamos juntos en esta manipulación de la pobre vida de Juan Carlos Carlos.

 

 

Comentarios

  1. Mabel

    8 abril, 2019

    Muy buen relato. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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