El doble

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     —“Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte”

    Con esta frase empezó su locución el presentador del telediario noche. No dejó indiferente a ninguno de los clientes que había en la cafetería del hotel. Unos asentían con la cabeza, y otros, incrédulos, lo negaban.

     El conserje, que estaba atento a las noticias, con una sonrisa malévola, no tardó en recordarle al botones, que éste tenía uno.

    —¿Has oído eso, Kilian?

   —Sí. Le mío lo tiene todo: Fama, dinero, tías ¡La madre que lo parió! Los hay que nacen con suerte y no como yo, un vulgar botones.

     —Habértelo montado mejor.

     —No me calientes más de lo que ya estoy… ¿Viste cómo se pavoneaba el otro día, el mierdas?… Va de gran actor y no es más que un fantasma.

     El conserje, mientras se reía por lo bajini al verlo quejarse como hacía siempre que hablaban de ese actor, le dejó caer una buena nueva.

     —Pues no te hagas mala sangre… que dentro de un rato vas a tener que subirle las maletas a la suite.

     —¡No me jodas!

     —Van a rodar una película en la ciudad, y se hospedará unos días en el hotel con todo su séquito.

     —¿Sabes que te digo?…

     —Nada bueno, seguro.

     —Que me pongo enfermo, y que otro le haga el paripé.

     —Vete con cuidado —le advirtió el conserje —a ver si aún vas a  perder el empleo y el sobresueldo que te sacas con esos trapicheos con los clientes. Gracias a ellos puedes darte esos caprichos tan caros.

     —¡Toma, y tú!… ¡No te fastidia!… ¿Acaso no estas metido en el ajo?

     —Venga, espabila. Que ha llegado el gran Martin Owen.

          Kilian se tragó su orgullo, y se fue murmurando toda clase de improperios hacia ese famoso actor. A medio camino su mente perversa le dio una idea. Se paró en seco, regresó a la consejería, pegó un puñetazo en el mostrador y exclamó:

     —¡Que le jodan! Este maldecirá el resto de su vidahaber venido a este hotel.

     —No te pases que…

    —¿Qué de qué? Estoy harto de oír… —y lo dijo con retintín— “Cómo te pareces al gran Martin Owen”

     —Déjate de tonterías, y atiéndelo ¡Ya!… que la envidia te corroe… ¡Venga, espabila!

      A la mañana siguiente, el vestíbulo del hotel se llenó de cámaras de las más prestigiosas cadenas de televisión. Los pasillos eran todo un ir y venir de reporteros con sus micros y grabadoras, a la espera de ser el primero en pillar una entrevista con aquella estrella mediática del cine. Una joven periodista, sumergida en esa carrera informativa, agudizó su ingenio y con disimulo se alejó de aquel bullicio para situarse justo al pie de la escalera que conducía a las habitaciones. De pronto una sensación placentera acompañada a la vez por un nerviosismo, se adueñó de ella. La suerte la había sonreído, y sin pensárselo dos veces, alargó el brazo y con el micro en la mano, preguntó:

     —¿Botones va ha ser su nuevo papel en la película, Martin?

      Kilian, que regresaba de atender a un cliente, se paró en seco, le clavó una de esas miradas que pueden fundir el metal, y con la mala leche que le caracteriza, le respondió cabreado:

     —¡¿Está de guasa señora?!   ¡A ver si se fija bien!

     La reportera quedó estupefacta por aquellos malos modos, pero al momento las puertas del ascensor se abrieron y…

     —¡Oh!, su parecido es impresionante. Son como dos gotas de agua —y al momento se disculpó— perdone la confusión —se quedó pensativa y… —Aunque debería estar orgulloso de su parecido con Martin Owen. Es un hombre excepcional.

         A Kilian, que la sangre le hervía por dentro, estaba a punto de desparramar toda su rabia, pero el conserje del hotel al tanto de ese rifirrafe, se puso el dedo índice sobre los labios en señal de que callara y de que no se metiera en problemas. La advertencia surgió efecto y aquel botones, que rozaba los cuarenta, le hizo caso y siguió  con sus quehaceres.

                                                          ***   ***   ***

       Una vez la prensa tuvo saciadas sus ansias periodísticas, fue abandonando el hotel y la calma volvió a reinar en todo el vestíbulo. Martin, después de  atender a los medios, fue a tomarse una copa para relajarse de tanta pregunta. Kilian, que había acabado el servicio de mañana, y lo observaba desde la puerta giratoria del hotel, se puso el disfraz de cordero y fue a su encuentro. El gran actor al verle entrar en la cafetería alzó el brazo y con la  mano gesticuló para que se acercara.

     —Gracias por su interés anoche, si no hubiese sido por usted pierdo el maletín.

     —Para eso estamos, señor.

     —¿No entiendo cómo fue a parar detrás de aquellas plantas decorativas?

     Kilian obvió la pregunta, ya que había sido quien lo puso allí y le preguntó con humildad.

     —¿Puede firmarme un autógrafo?

     —Como no. Faltaría más.

     —Soy fan suyo. He visto todas sus películas. Es ustedgenial.

      Halagado por ese comentario y satisfecho por la atención prestada de ese botones, Martin no dudo en invitarle a una copa.

     Mientras tomaban aquel vermut, Kilian le fue comentando anécdotas y pasajes relevantes de sus películas, hasta que dejó caer un silencio traidor.

     —¿Sabe que usted y yo tenemos un gran parecido?

     —¡Cierto! Eso mismo comentaba con mi esposa ayer noche  ¡Es extraordinario!… Incluso su pelo es rizado y del mismo color que  el mío.

     —Le propongo un reto.

    —¿Un reto?—preguntó aquella estrella del cine un tanto sorprendido.

     —Yo le enseño mi profesión y usted se hace pasar por mí en el hotel… ¡A ver si lo descubren!

     —¿Acaso duda de mis dotes de interpretación?

     —En absoluto, pero hay quien sí lo duda, y me gustaría demostrarle que está totalmente equivocado.

     Martin se picó y…

    —¿Cuando empezamos?

    —Si le parece bien esta misma tarde.

    —¿Dónde?

    —En el parking del hotel hay un rincón donde estaremos tranquilos.

     —De acuerdo, pero tendrá que ser a partir de las ocho.

     —Como desee… Por cierto ¿Cuánto tiempo estará hospedado?

     —Seis días.

     Durante los días siguientes, una vez libre del rodaje, Martin bajaba al sótano del hotel. Se dirigía a ese rincón  donde no pasaba un alma, y ensayaba cómo ser un botones con las malas leches y el vocabulario soez de ese admirador fortuito.

     A dos días de que ese actor regresara  a su país, Kilian al ver que desenvolvía perfectamente como si fuera él mismo, le comentó:

    —¡Es usted genial! Hasta yo mismo me confundo.

    —Me alegra oír eso —le respondió Martin satisfecho— Esté atento. Mañana le llamaré para empezar la representación.

     —Como usted mande.

                                                 ***      ***   ***

     Al día siguiente, a primera hora de la tarde, Kilian fue a la recepción del hotel.

   —Veo que haces muy buenas migas con el actor —le comentó el conserje—  El otro día te vi tomándote unas copas con él… ¿Cómo es eso?

     —Nada. Sigo tus consejos.

     —Por cierto… ¿En qué lio andas metido?

     —En ninguno ¿Por qué?

     —Hace un momento que acaba de llamar preguntando por ti. Me ha dicho que subas lo antes posible. ¿No se te habrá ocurrido pasarles el polvillo blanco?

     —¿Crees que estoy loco?

     —Tú eres capaz de todo ¡Anda sube a ver que quiere!

     —¡Toc, Toc!

     —Adelante —se oyó desde el interior.

     —Démonos prisa en cambiarnos que pronto regresará mí esposa —le dijo el actor.

     Mientras se intercambiaban la indumentaria, Kilian al ver en el fondo de la suite un armario abierto exhibiendo toda clase de prendas selectas, le preguntó maravillado:

     —¿Puedo probarme uno de esos trajes, Martin?

     —Por supuesto. Es más, le regalo uno.

     Una vez que el actor estuvo vestido con el uniforme de botones, cogió el carrito de servicio y empezó su representación en la vida real.  Mientras Kilian estaba distraído contemplando todo aquel vestuario llegó Madeleine, la esposa del actor. Cruzó por su lado como una estrella fugaz, y fue directa a la habitación.

     —¡Martin!—Le dijo desde allí— Han improvisado un cóctel en la terraza ahora a las cinco. Se va a celebrar el final del rodaje.

     —Estupendo; será divertido.

     —Si, pero no se te ocurra bajar con traje, ponte algo informal.

     —Por supuesto… me pondré el suéter de la guitarra.

     Madeleine asomó la cabeza desde el interior de la habitación y exclamó sorprendida.

     —¿El de la guitarra? ¡Si es horrible! —Se tomó unos instantes y matizó — vale, ya se que ha venido la hija de Roger y quieres quedar bien con ella, pero…

     —¡Como me conoces!— le dijo guardándolo de nuevo en el  cajón.

     —Mejor ponte el azul; A mí me encanta, y te favorece más.

     —Sí tienes razón ¡Que haría yo sin ti!

     Madeleine, que no estaba acostumbrada a estos cumplidos, le sonó extraña esa exclamación tan espontánea, y pensó para si:

     —¡Vaya!  Al parecer esterodaje te ha vuelto más atento.

                                               ***  ***  ***

       Kilian, sumergido ante todas aquellas personalidades del mundo del cine,  siguió la parodia lo mejor que pudo para que no se notara que él no era el gran actor. No le iba del todo mal. Durante esos días se informó por internet de la vida y milagros de ese actor que odiaba hasta la médula. A media tarde dejó por un momento aquel tentempié y se acercó a Martin para ver como le iba  haciéndose pasar por él.

      La respuesta la tuvo al instante al oír al conserje que decía:

    —¡Kilian!, ¡¿Puedes atender a Doña Sofía?!

    —Ahora voy —respondió Martin, camuflado de botones

    —Hay que reconocer que usted es el número uno —le dijo el verdadero Kilian.

     —¡Así que he pasado la prueba!

     —Sin lugar a dudas.

     —Bien —le dijo Martin— en cuanto mi esposa se vaya de compras con la señora Smith ya puede pasar por la suite a recoger el uniforme.

     —De acuerdo.

                                                        ***   ***   ***

      Cayó la noche y Madeleine, al regresar a la suite después de hacer las compras por la ciudad, le comentó a Martin:

    —¿Sabes que ha ocurrido?

    —No.

    —Han pillado a ese botones, que podría ser tu doble, con droga.

    —¡¿A Kilian?!

    —Si. Según me ha contado la mujer de la limpieza, se dedicaba a venderla a los clientes y sacaba un montón de dinero.

    —Quien iba a pensar que… Y ella con su peculiar nerviosismo, le interrumpió:

    —Me ducho en un abrir y cerrar de ojos, y bajamos a cenar. Ya sabes que a los Smith no les gusta que les hagan esperar.

     —Lo sé.

     Mientras recogía aquellas bolsas llenas de ropa y enseres de los mejores establecimientos de la ciudad, le dijo a su marido.

     —¿El traje azul marino vas a ponerte?

     —Si, claro.

     —Mejor el verde oscuro, por la tarde ya has ido de azul.

     —Si tienes razón.

                                                    ***   ***   ***

    A la mañana siguiente, durante el vuelo de regreso a New York, Madeleine  se recostó en el hombro de Martin y le murmuró al oído:

      —¡Mmmm! Que viril estuviste anoche. ¡Hacía tanto tiempo que no gozaba así…!

Comentarios

  1. gonzalez

    16 abril, 2019

    Me gustó mucho, Luis. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

  2. The geezer

    5 mayo, 2019

    Estimado Luis: Me he divertido muchísimo con tu relato y ese final que se ve venir pero no decepciona jaja!! Un saludo y enhorabuena
    César

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