El revelador mundo de los sueños

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“Anoche tuve el sueño. Es decir, algo que se ha ido convirtiendo en un sueño recurrente. En él tengo unas enormes y majestuosas alas, con plumas inmensas pero quebradizas, del tamaño de las del pelaje de un avestruz, y puedo volar. Puedo volar millas en segundos, porque son enormes, y puedo cruzar el cielo con rapidez, tan veloz como un halcón peregrino.  Pero, en mitad del sueño, siempre aparece una figura extraña, que es mitad animal y mitad hombre, una visión demoníaca y grotesca vestida totalmente de negro; es algo parecido a una gárgola, con nariz ganchuda y pose grotesca, caminando encorvado con ojos rojos, deforme, flaco y  monstruoso, de perfil esperpéntico. Hay un círculo oscuro, como un pozo sin fondo, que se proyecta bajo sus pies y le sigue a cualquier lugar donde se dirija. Su sola presencia hace que se apaguen todas las luces tras su paso. Tiene unas alas raquíticas y puntiagudas pero muy duras, y las plumas parecen de acero y cortan como el filo de las cuchillas al simple roce. Siempre pretende acercarse a mí, y la mayoría de las veces consigo huir o volar antes de que me atrape, herido pero vivo, aunque en estas últimas noches soy incapaz de hacerlo. Entonces nos enzarzamos en una extraña lucha, a muerte pero bella, casi estética, visto desde lejos es como si representáramos un número de danza, y aunque puedo zafarme pierdo plumas en la caída. Pierdo muchas. Alzo el vuelo a trompicones, pero cada vez veo caer más y más plumas alrededor…que ya no vuelven a crecer en mi cuerpo.  Todo lo caído está perdido,  es irrecuperable, y mi piel se va pelando y deformando, dejando claras allí donde antes nacía mi libertad, y mi salvación. En una de ésas, tras la huida y por fin perder al monstruo de vista, me desoriento y me pierdo, con mis alas rotas. Los precipicios son demasiado altos como para deslizarme sobre ellos, y el bosque demasiado frondoso como para adentrarme en él, y estoy tan malherido que me es imposible correr, o coger carrerilla para planear. Antes me atrevía, pero ahora ya no: mis plumas no son suficientes, las más poderosas ya no están, y tengo miedo. Siempre tengo miedo. En mi último sueño, tras la pelea con el monstruo, acabo aturdido y solo en una especie de sendero, donde solo existe la noche. Un único rayo de claridad apunta sobre mí, como un dedo acusador, tal y como le sucede al monstruo (como si yo, sin darme cuenta, me estuviera convirtiendo en él), y aunque intente cambiar de dirección no se despega de mi lado. Así que no tengo más remedio que caminar en la oscuridad, aturdido y sin destino visible, rezando para que no me encuentre, y con mis alas cada vez más quebradas, dejando caer plumas que ya no se sostienen a cada paso…y entonces despierto de la pesadilla, y tengo que golpear las sábanas y la mesilla de noche para convencerme de que nada de todo eso es real. ”

 

Esto fue lo que Curt confesó a Mick en una conversación que quizá surgió demasiado tarde, en un contexto trágico, lo que supuso un ingrediente básico para que pudiera sacar a relucir los sueños que le atormentaban de noche y las fantasías que le perseguían por el día, y Mick entonces se las apañaba para ir hilvanando las metáforas como podía y sacar algo en claro en mitad de la vorágine. Pero remontémonos mucho antes.

 

En los días posteriores al desagradable desencuentro —denigrante, sin duda alguna— con su padre, Curt decidió acomodarse en el hermetismo y cada vez fue replegándose más en sí mismo. Entre los muros del hogar adoptó una postura sumisa y obediente, y en el instituto abandonó los conflictos y las discusiones con profesores y alumnos (desde su posición asentada a base de años como adalid en peleas, zafarranchos, controversias y revoluciones estudiantiles), y optó por una actitud un tanto retraída, casi misántropa, lo cual supuso el sorprendente cambio de líder a inadaptado social bajo propia voluntad. Aun así de extraño, a nadie se le ocurrió preguntarle qué le  ocurría o qué se le pasaba por la cabeza, cuál debía ser el motivo de tal diferencia radical de comportamiento; y, si bien ni a alumnos, profesores o personal de servicio doméstico se le pasaba por alto que de algo grave había de tratarse —sin duda—, nunca le preguntaron directamente; si alguien lo hizo de pasada, aunque fuera por mera curiosidad, no insistieron demasiado en ello por miedo a encontrarse con un asunto  turbio que les salpicase. Y eso que tan sólo leyendo los ojos de Curt —que se abrían desmedidos tras una pregunta de preocupación nimia y de rutina, implorantes de atención y ayuda, aunque como coraza ese gesto se contradijera con las frases desdeñosas que soltaba a su vez— podía adivinarse que algo no andaba bien en su vida y entorno. La realidad, sin embargo, era que nunca nadie decidió indagar al respecto. Ni siquiera Mick, que siempre se proponía el mantener una conversación íntima, azuzado por un sexto sentido, y a la hora de la verdad se acobardaba al sentir las vibraciones de la energía negativa que el recelo y el temor de Curt propagaban. Quizá para no alterar ni su vida estable ni su tranquilidad rehusó el entrometerse, incluso cuando se le presentaban las  oportunidades más idóneas para sacar el tema a colación.

 

Curt pasó entonces a compartir momentos de unión forzada con sus padres, y desde aquel día los desayunos y los almuerzos los realizaban juntos por orden expresa del progenitor, en una mesa muy larga pero estrecha que hacía las veces de sistema solar propio, eran tres planetas orbitando a años luz de distancia entre uno y otro. Curt comía sin pronunciar una palabra y con avidez, apenas levantando los ojos del plato, y extrañando los momentos de evasión, autonomía y soledad que no hacía mucho tiempo tanto y tan bien le habían acompañado; imperaba de tal forma el silencio, incómodo, durante aquellas horas de mediodía, que incluso escuchaba sorber la sopa a la institutriz (ella comía en la cocina, situada en la habitación contigua). El leve rumiar —casi imperceptible— de su madre, habituada a dietas muy restrictivas, ésta vez una que se basaba en consumir tan solo un grupo limitado de verduras crudas—. Las sibilancias intermitentes y resuellos de su padre —que le sacaban de quicio—, o el propio ruido que hacía él mismo al triturar las frituras, directo a ensordecer sus tímpanos, con el mismo efecto en su cerebro que el tic tac de una bomba de relojería en plena cuenta atrás. En realidad poco pintaba su presencia en aquel cuadro deprimente donde, a pesar de compartir lazos de sangre, nadie hablaba con nadie, y pronto entendió que no suponía más que una excusa para controlarlo, nada que ver con forjar recuerdos emotivos o familiares, sino la pretensión de su padre, que  no era otra que atarle bien corto para evitar que se relacionara en exceso con otros grupos sociales, que contara más secretos de alcoba de lo debido, o que en un ambiente propicio y disoluto se le soltara demasiado la lengua y hallara cómplices que abrieran la caja de Pandora.

 

Otro tema era el Curt escolar, convertido en una sombra silente y autómata, que asentía sin rechistar y no participaba ya en charlas ni debates, quien a menudo se saltaba varias clases de instituto aprovechando los treinta minutos de recreo para inspeccionar nuevos barrios y para callejear por lugares desconocidos, algo que sucedía cuando se notaba a punto de estallar entre las aulas, e intentaba controlar su genio y sus arrebatos de furia pasional contra el mundo subiéndose a un tren, y sin destino prefijado apeándose donde le pareciera más agradable, pasando el resto del día en cualquier parte. Lejos, contra más lejos mejor. Así descubrió Curt algunos de sus refugios más bien atesorados, fiel a ellos incluso en la edad adulta, como el rincón aislado de los páramos, entre matorral de monte y pradera,  o el bosque de álamos que se alzaba entre la ladera y la cima de la montaña, en las afueras de Glasgow, un rincón que le costó sudores  descubrir y explorar, donde iba a meditar, a llorar, a relajarse y a gritar sin miedo y sin que nadie le replicara, o le tildaran de loco tras sorprenderle hablando solo.

 

Porque sí, a veces hablaba solo, conversaba como si tuviera algún cómplice incondicional cubriéndole permanentemente las espaldas sin soltarle de la mano, como una sombra, e inventaba situaciones dónde ambos salían victoriosos de cualquier conflicto, arropándose el uno al otro, en un mundo imaginario apacible con sus habitantes asertivos y cercanos, sin rastro de la hostilidad que en los últimos tiempos le parecía encontrar a cada paso, donde todo parecía haberse vuelto enemigo.

(…)

Comentarios

  1. Luis

    2 abril, 2019

    Muy buen texto y continuación de esta terrible historia; tu técnica descriptiva es muy acertada. Un saludo y mi voto Estefanía, me alegra que regreses!!

  2. Mabel

    2 abril, 2019

    Los sueños según la perspectiva que tu tengas y como lo interpretes, las sensaciones se vuelven tan reales que es como si siguieras dentro del sueño. Algunas veces esos sueños pueden contigo y te hacen enloquecer, haciendo que todo alrededor cobre vida. Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía.

  3. GermánLage

    2 abril, 2019

    ¡Vaya, Estefanía! Como el Guadiana, has vuelto a reaparecer, hurgando impertérrita en el pasado de tus muchschos, con tu técnica y tu estilo invariable. Yo me había hecho ya a la idea de que me iba a quedar con las ganas de conocer el final de la historia, pero ya veo que eres bondadosa y no vas a cometer esa maldad. Te garantizo que somos muy tercos y esperaremos lo que sea preciso. Eso sí, disfrutando con cada nueva peripecia.
    Un abrazo, Estef.

  4. JR

    3 abril, 2019

    ¡Estefanía, que gusto leerte de nuevo! Como siempre, magnifica tu habilidad descriptiva y la manera en que entrelazas lo que parecen pormenores en la vida de tus personajes para luego hacerlos resurgir. ¡Qué bueno que estás de vuelta! Saludos y un enorme abrazo.

    JR

  5. ÉraseUnaVez ! (Rosii)

    7 abril, 2019

    Soñar es un mundo aparte. Me recordaste a alguien al describir aquel sueño en el principio je. Excelente relato como siempre. Mi voto 😘

  6. Klodo

    8 abril, 2019

    Hola Estefanía
    Me gusta que aunque conservando tu identidad literaria, busques
    nuevas formas para expresar tu prosa. Se nota que tú te renue
    vas.
    Tus personajes polifacéticos, se parecen cada vez más a los se
    res humanos. Un logro difícil e interesante.
    Sergio

  7. gonzalez

    17 abril, 2019

    Me gustó mucho, Estefanía. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo. (Cada vez que veo tu foto me enamoro un poco más jeje)

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