El último mensaje en la historia – Capítulo 7: La gran actuación

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Las conversaciones siguieron entrando la noche. Como dos niños pequeños, el joven y el mecanismo no paraban de hablar, de reír y de compartir. Cualquier que los hubiera visto hubiera dicho que eran amigos, dos seres inseparables destinados a estar juntos en este mundo. Pero ¿Qué tanto será cierto eso?
 
Las risas se detuvieron, la charla quedó en silencio, todo al poner mi mano sobre su hombro. Lo sentí temblar, su musculo reaccionando a mi toque. Estaba frío. Lentamente el joven desvió la mirada a su espalda para verme sonreír. Reacciono en pánico, alejándose y diciendo.
 
– ¡Ahora no, vete!
 
No fui yo el que respondió. El mecanismo cambio su máscara para mostrar su confusión. Le pregunto
 
– ¿Qué pasó? ¿viste algo?
 
El joven solo volteó a verlo. Su mirada cambiaba de mí al de aquella cosa.
 
– ¿No… la puedes ver? – pregunto
 
– ¿ver qué?
 
– Ya te he dicho – dije – solo Tu puedes verme. Solo lo vivo puede verme, y solo si yo lo deseo.
 
– ¿Qué haces aquí? – preguntó el joven
 
– ¿con quién hablas? – el mecanismo intervino.
 
Por un segundo no hubo palabras. El joven me miraba nervioso, expectante de mi próxima acción. En cambio, aquel mecanismo solo mantenía su máscara de confusión. En un momento, el joven se levantó, irritado. Se movió hacia a mí, agarrando mi mano y alejándome de la zona. Antes de irse le dijo al mecanismo.
– Ya vengo… necesito algo de aire.
 
De la luz de la fogata pasamos a la oscuridad de la noche, solo la luz de los relámpagos haciendo de nuestra única fuente de iluminación. El joven se veía irritado conmigo, moviéndose de lado a lado mientras buscaba sus palabras. Tras un suspiro al fin dijo.
 
– Estoy feliz… pensé que ya no aparecerías mas.
 
– No sé si eso es decepción en tu voz o alegría – dije, sonriéndole.
 
– ¿Por qué estás aquí? – siguió – estoy feliz, encontré a alguien más aquí afuera. ¿Por qué te sigo viendo?
 
– ¿alguien más? – dije, sorprendida y algo irritada – ¿consideras a esa cosas un persona? No. Por favor, no te dejes engañar por una mera copia.
 
– ¿De qué hablas? ¿Por qué sigues aquí?
 
– Por qué no puedo dejar que esa “cosa” este contigo. Tú también lo has visto. Tú también has tenido esas dudas. Lo que llamas “persona” no es más que una complicada serie de sistemas. Uno que imita al humano, pero que no lo es.
 
– Estas demente… – el tono de su voz mostraba su duda – ¿Qué importa que Cid sea o no un robot? Me habla, conversamos, nos reímos y nos enojamos. Por el amor de dios, se ríe de mis chistes. Eso es lo más humano que he encontrado aquí afuera. Estoy feliz.
 
– ¿pero eso es lo que buscabas?
 
Mis palabras tuvieron efecto. Como alguien dándose se cuenta que su recreo ha terminado, el joven recobro su sentido. Luego dijo.
 
– No…
 
– ¿lo has olvidado?
 
– ¡No he olvidado nada! – gritó – No tienes que recordarme de lo que estoy haciendo, estoy plenamente consciente de ello.
 
– ¿Entonces qué haces aquí? Perdiendo el tiempo con aquella cosa.
 
– ¡Porque estoy feliz! ¿de acuerdo? ¿tan malo es tomar un momento para ser feliz?
– No sé, no soy experta en eso. Pero si me pregunto ¿tienes tiempo que perder en una felicidad como esta? Estás feliz con algo que no es nada más que un accidente, una copia, un robot. Es solo una ilusión. No es más que circuitos y programación. Y tú lo llamas amigo. Los años pasaran y tu morirás, pero él seguirá, se olvidara de ti y nada habrá cambiado.
 
– Él no es una simple maquina…
 
– ¡Es un accidente! Una simple copia de algo mayor, de algo natural ¡y tú lo tratas como un humano! honestamente, no lo entiendo…
 
– No espero que lo entiendas. No espero otra cosa más que desaparezcas. Quieras o no él es más que una simple máquina. Puedo sentirlo. No dejaré que una alucinación hable mal sobre él.
 
Con eso se alejó, dejándome en aquella parte oscura del refugio. Antes de irse, me dijo.
 
– No he olvidado porque esto aquí afuera. Al salir el sol, saldré. Y junto a mi nuevo amigo buscaremos ese mensaje… Ah y una cosa más. Él se llama “Cid”, no lo olvides.
 
Dicho esto, volvió a su compañero mecánico. Las charlas y las risas volvieron como si nada hubiera pasado. Perdido en su ilusión, el joven continuo la noche en lo que él llamo “felicidad”.
 
Las horas pasaron y con ella el sueño. Ya el fuego se había apagado, solo la luz roja de aquella maquina iluminaba el refugio. Los estruendos de los truenos rebotaban por la ciudad, junto ellos los gritos de las maquinas que hacían del gran leviatán su hogar. Aun así, él dormía cómodamente. Aunque sea solo en aquel lugar, la paz reinaba. Por primera vez vi al joven en paz.
 
La máquina bautizada Cid lo miraba, intrigado. Las conversaciones de antes se detuvieron y ahora solo veía al joven dormir. Como un niño lo imitó esperando caer en el mismo estado que su nuevo amigo. Tomó la pose y cerró los ojos, apagando su luz roja. Ahora ambos dormían. Uno perdido en el descanso y él otro tratando desesperado de imitarlo.
 
Pero si tanto quería alcanzarlo ¿Quién era yo para no dárselo? Me acerque a su cuerpo mecánico posando una mano sobre su hombro. Tras tocarlo solo me reí.
 
– Confieso que las palabras del joven me intrigan – le dije en un tono bajo – ¿Qué eres exactamente? ¿Cosa viva o muerta? si es que puedes llegar a ese estado… ¿De verdad te puedes llamar vivo o solo eres un mero espejismo?
 
Ahí me di cuenta de algo. Una simple idea que me daría todas las respuestas que buscaba de aquel mecanismo. Me separe de él, riendo como una niña pequeña en su día especial.
 
– Cosa viva o máquina que actúa… no hay diferencia supongo. Solo importa que llegue a su último momento – no paraba de reírme – Sera divertido ver que tan lejos llegar “Cid”
 
Ahora era tiempo del joven. Su rostro mostraba el goce del descanso. Eran tan tierno.
 
– No te preocupes – le dije – Ya lo entendí. Esa cosa no es más que un obstáculo. Parte del viaje. Una prueba más que sobreponerse… algo para que tu viaje tenga más significado al final.
 
Su cuerpo se movió, disgustado.
 
– Ya no te estorbo más. Descansa, joven, mañana será un día largo.
 
Así pasó la noche, durmiendo de forma pacífica en las entrañas del gran leviatán. El amanecer pronto llegaría, pero con ella solo llegaría las ansiedades del nuevo día. Fueron los sonidos de los truenos lo que despertó al joven. Lo vi confundido y aturdido mientras miraba de lado a lado de la habitación. Buscaba con la mirada, pero no vio a nadie, ni a mí ni a su acompañante. La habitación estaba oscura. Lo sonidos de la fogata desaparecieron, la lluvia volvió a tomar su lugar.
 
Primero vino la calma, la idea de que todo está bien. Pero no tardó en darse cuenta que no lo estaban. Luego la duda. Llamaba y llamaba a su amigo pero no tenía respuesta, se decía que no era nada. El pánico no se acento de inmediato, tardo en crecer mientras llamaba lado a lado a su nuevo amigo. Creció hasta que no pudo más. Gritó.
 
– ¡Cid! ¡¿Dónde estás?!
 
No hubo respuesta. Los relámpagos resonaron. Empezó a moverse, corriendo de lado a lado, por cada abertura del refugio, luego los lugares cercanos y por último la calle. Su búsqueda terminó en medio en las calles de la ciudad a kilómetros de distancia. Ahí, en el pavimento, rodeado de la vegetación encontró el cuerpo del mecanismo, tirado boca abajo sin aquella luz que antes lo distinguía.
 
– ¡¿Estás bien?! – gritó el joven corriendo hacia él. Aun sin respuesta – Oye responder ¿qué paso? ¡Reacciona! ¡Cid!
 
Una luz apareció en sus ojos, el joven vio aquellos ojos rojos mirándolo de vuelta. Esa reacción fue suficiente, el joven lo abrazó, sin esconder lo que sentía. Una sonrisa de paz llenó su rostro. Mas sus sentimientos no fueron respondido. Aquella cosa poco a poco volvió a estar de pie, dejando de lado al joven en el suelo. Una máscara inexpresiva se formó en su rostro. Volteó a verlo dándole la mano para ayudarle a levantarse. El joven la tomó, aun sonriendo, y luego le dijo.
 
– ¡No me asuste así imbécil! Casi me da algo ¿estás bien?
 
– Esta unidad no recibió daños.
 
– Buen chiste. Vamos a dentro.
 
– Espere por favor – intervino – Unidad haciendo proceso de mantenimiento.
– ¿Por qué hablas así?
 
– Sistemas principales reiniciándose – continuó el mecanismo – Directiva principal de esta unidad… error… Por favor, llamar a proveedor para reparación.
 
– Oye – dijo nervioso – Deja eso ya ¿sí? volvamos adentro.
 
– Activación de funciones básicas. Directiva no encontrada. Esperando directivas de humano dueño encargado.
 
– ¡Cid deja eso ya! – gritó al fin, dejando salir toda su frustración
 
Desconozco si fue por el grito o pura coincidencia, pero aquella maquina volteó a ver al joven preocupado. Vio la mirada desesperada que este le hacía, tan expectante de una señal y respuesta de lo que antes era, de la vida que vio ayer. Ante eso el mecanismo respondió.
 
– Lo siento esta unidad no reconoce ese nombre.
 
– ¿De qué hablas? ¡Ese es tu nombre!
 
– Lo siento esta unidad no reconoce ese nombre ¿Desea que esta unidad sea llamada así?
 
– ¡Maldita sea, ya deja esto!
 
Lo empujó pero solo logró retrocederse el mismo. Siguió gritando
 
– ¡Tu nombre es Cid! Te salve ayer en el edificio que tú derribaste. Me dijiste las cosas que te gustaban, lo que no te gustaba. Maldita sea, no dejabas de hacer chistes y actuar como un niño pequeño. ¿No te acuerdas de nada de eso?
 
– No.
 
El joven retrocedió a esa respuesta. Era obvio lo que le pasaba, una idea simple entro a su mente y no salía. Debió pensar “Este no es Cid” pero luego se daba cuenta “Pero su pierna… el torniquete que le hice, está ahí…”. Y era cierto, el torniquete aún estaba ahí pero la pierna ya no era la misma. Todo el daño había sido reparado, había recuperado la forma que le correspondió. Ahora solo el torniquete lo distinguía.
 
– Por favor, asignar a esta unidad una directiva – intervino el mecanismo.
 
– ¡No lo haré! No eres un instrumento ni un programa… ¡Tú eres Cid! ¿Por qué no lo recuerdas?
 
– Por favor, asignar a esta unidad una directiva.
 
– ¡Maldita sea! No lo haré. Por favor, tienes que reaccionar.
 
– Por favor, asignar a esta unidad una directiva
 
– ¡Cid!
 
No sé cuántas horas pasó gritando ese nombre. Lo que si se es que algo había cambiado. Aquellos ojos rojos que antes lo veían habían perdido su encanto. Yo lo noté, también él. Ahora si era pura imitación. El joven hizo todo lo posible para recobrar aquella actuación de ante, pero esta nunca volvió. Sin importar lo que hiciera o pasara el joven no volvió a recobrar aquel mecanismo llamado Cid. Solo quedaba el caparazón.
 
Las horas pasaron hasta llegar la tenue luz del amanecer. La lluvia bajó y el camino a continuar se abrió ante el joven. Pero poco de eso importaba en ese momento, cualquiera descanso que hubiera tenido antes ya no importaba. No tuvo otra opción más que seguir con su misión. Pero ya él no era lo mismo. La sonrisa y la intriga que antes tenía no la veía, solo quedaba la ira enfocada que había visto antes. No sabía si aún miraba al mismo joven. Antes de que saliera me hice presente. Le hable y por primera vez no me vio.
 
– ¿Ya te vas?
 
– Si… Te estaba esperando – dijo sin verme – Ayer vi un milagro ¿sabes? Un robot que se movía, actuaba y sentía como un humano. Algo parecido a mí, algo imposible creo. Pero lo vi, hablé con él, lo ayude y nos divertimos juntos. Parecía algo irreal. Luego me fui a dormir y tuve un sueño, o quizás una pesadilla. Soñé que todo lo que viví la noche anterior era una mentira. El robot no tenía vida sino que actuaba. Se prendía y apagaba y hacia lo que yo le decía. Le pedía que hiciera un teatro para mí y me hacía feliz. Entonces desperté.
 
Hizo una pausa. Volteó a verme y dijo.
 
– ¿Qué crees que significa?
 
Tarde en responder
 
– No lo sé.
 
– ¿Sabes? esperaba una respuesta más creativa, en especial de ti – me contestó y suspiró – Lo más raro de todo fue que, en el sueño, tú no estabas ahí.
 
Sus palabras resonaron sin respuesta alguna. Antes de que el silencio se propagara, preguntó.
 
– Tú llegaste a verlo ¿no?… quiero decir, tu viste al robot. Hablo de Cid… ¿Qué te pareció?
 
– Sí, yo lo vi– dije secamente – un mecanismo, nada más que eso.
 
– Ah… Bueno… ¿Sabes? Yo vi un robot que quería ser humano – me sonrió con tristeza – pero creo que ya eso no importa
 
No dije nada.
 
– Me gusto ¿sabes? – continuo – Después de todo esto, pienso que buscare a más robots como él.
 
– No creo que…
 
– De seguro no hayan más o quizás yo solo me imagine – dijo interrumpiendo me – pero me gusta la idea. Déjame solo esto… Por favor.
 
Tome un momento para decir
 
– Como desees.
 
– Gracias… Tengo que continuar. Aún faltan cosas por hacer ¿no te parece?
 
Ahí terminó la conversación, se adentró a aquella lluvia con un paso lento pero seguro. Al principio, no lo seguí. La historia del sueño me conmovió a ver aquel mecanismo nuevamente. Estaba apoyado en la pared, sin luz o mascara que lo caracterizara. Lo estudie con gran detalle, tenía que verlo nuevamente, verlo moverse. Con solo un toque volvió a recobrar aquella luz roja de antes. Él dijo.
 
– ¿En qué puedo servir?
 
Mire aquello ojos y dije.
 
– Solo una copia.
 
Sin decir más lo deje. La luz roja ahora inundo la habitación, pero el mecanismo no dijo nada. Solo miraba al frente como un juguete puesto ahí. No sé qué esperaba de todo aquello. Era tonto, en verdad. Volteé a ver la otra pared, justo en frente donde estaba apoyado. Él joven pasó toda la mañana mirando y trabajando en aquel gran muro, construyendo aquel mensaje escrito específicamente para el mecanismo.
 
“Tu nombres es Cid. Cuando lo recuerdes búscame en el lugar que te dije. Estaré esperando”
 
Lo leí y salí. Ya no faltaría mucho para llegar y terminar.

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